(Viabilidad de las empresas burguesas, rentabilidad y productividad)

Conozcamos el rol de los Marginalistas

Buscamos la descomposición del desaguisado matemático que ha recibido el visto bueno de connotados economistas desde los tiempos premarxistas para acá, como si la crítica a las Economía Política clásica[1] y preclásica no hubieran recibido ninguna contribución de parte del creador de la Moderna Economía Política, Carlos Marx, con su portentosa obra: El Capital, una megaciencia social envolvente, atacada, tergiversada, y cuya universalización sólo cristalizará con la extinción del modo burgués.

Tan así es que fabricantes y comerciantes siguen lanzando al mercado una oferta por un precio o coste marginal superior al valor que por ella pagan, para garantizarse una ganancia en caso de colocar cualquier volumen de su producción. Semejante procedimiento les permite estimar la viabilidad del proyecto en mientes.

De hecho, en la Economía Política Vulgar y su Contabilidad burguesa sigue privando la data del mercado frente al valor creado dentro de la fábrica. La Escuela de los “marginalistas”, o matematizadores” de las lecciones de  economía vulgar, con el pionero   Antoine Augustin Cournot  y todos sus sucesores: Jevons, Walras y Marshall, siguieron y siguen aconsejando que primero se estime la ganancia y luego se vaya en su búsqueda en el mercado.

Tal procedimiento contable constituye un magnifico intento por explicar matemáticamente la rentabilidad del capital sin reconocer explícitamente que esta procede de la explotación de la productividad de los asalariados. Se evade así la imputación expresa de la plusvalía al costo de fabricación, en el sentido marxiano de la palabra. Los conocidos costes crecientes marginales, que fungen de precios crecientes de oferta, se  apoyan en una supuesta ley del decrecimiento de la productividad marginal decreciente[2].

La ley de la productividad marginal decreciente puede ser   válida cuando se trata de rústicas labores agrícolas, las del Medievo tardío con permanencia inercial durante varios siglos después del XV, y de las minero petroleras, pero no así en ninguna labor artesanal ni mucho menos industrial moderno porque los rendimientos de las herramientas, de la maquinaria, y la limitación de la jornada laboral así lo confirman.

Cuando esa misma ley aclara que su validez está condicionada a la complementariedad que ata entre sí los factores de la producción, pareciera que para los marginalistas el irrespeto de esta condición fuera la norma en la dinámica empresarial. Es   claro que sólo los empresarios muy pobres suelen mantener inversiones en costes fijos con rendimientos erráticos y decrecientes por falta de mantenimiento oportuno o maquinaria y demás medios de trabajo de cuestionable calidad.

Cada empresa, con un monto de capital acorde con sus proyectos de producción y venta, opera en condiciones de absoluto respeto a la necesaria armonía y complementariedad que impone técnicamente todo proceso de trabajo, es decir, si cuenta con excelentes valores de uso consuntivos y productivos, no correspondientemente: fuerza de trabajo y medios de producción disponibles oportunamente en cantidades adecuadas. Resultaría   muy irrentable mantener maquinaria y herramientas de alto costo con irregularidades en el suministro de sus repuestos o en el  de la materia prima, energéticos, paz laboral, o con bajones periódicos de la oferta-demanda. Esta situación revelaría, entre otras variables, que esa empresa habría carecido de un correcto estudio de viabilidad para el periodo de vida previsto, o a situaciones imponderables.

Por el contrario, con una maquinaria y personal debidamente entonados, a mayor productividad (del trabajador), menor valor de cambio marginal agregado, gracias al uso consuntivo de maquinarias y herramientas que, alimentadas con materias primas de primera calidad[3]   y con otros medios de trabajo concomitantes, son un prerrequisito infraestructural para la misma cantidad de trabajadores por día.  

Cuando los marginalistas sacan sus cuentas, la hipótesis de los costes marginales crecientes se apoya en la ignorancia o en la renuencia a separar y no confundir los dos caracteres de la mercancía[4]. Por una parte, el rendimiento de los medios de producción se mide por la mayor cantidad de unidades de valores de uso (rendimiento técnico),y por otra, la productividad (rentabilidad económica) de la fuerza de trabajo se mide en menores valores de cambio o costes medios, como resultado de un mismo capital   repartido entre una mayor oferta.

De perogrullo, una mayor oferta, para unas condiciones técnicas dadas, arroja infalible y contradictoriamente menores costos marginales de fabricación, y en consecuencia, por término   medio,   este parámetro es el que la empresa usaría para valorar su producción. Entonces, mal puede seguirse sosteniendo la desfachatada ley que considera científico vender al coste máximo para obtener el “beneficio máximo”.[5] Este desaguisado se recoge en la conocida gráfica 1 que trabajaremos más adelante, y ya ofrecida en “Conozcamos” anteriores[6].

Nos explicamos: una cosa es el decrecimiento de la cantidad marginal del rendimiento o cantidad de valores de uso ( mal llamado por los marginalistas decrecimiento de la productividad) o sea, de las unidades mercantiles para la oferta, y otra cosa es su valor de cambio. Este valor de cambio es el que inevitablemente le servirá a la empresa para fijar sostenida y competitivamente el precio de venta, en lugar del coste marginal sugerido por los marginalistas. Los consumidores necesitan la mercancía como valor de uso, es cierto, pero exigen que su valor de cambio se ajuste al “valor de cambio” (cantidad de valor trabajo),   y este, repetimos, es decreciente.

Desde luego, el uso de la curva de costes marginales crecientes, como curva de oferta, ha venido enmascarando el reconocimiento subrepticio de la ganancia fuera del mercado, en fábrica. Tal es el rol que  los  representantes del marginalismo vienen desempeñando desde los tiempos clásicos de la Economía.



[1] Carlos Marx, El Capital, Libro Primero, Cap. III-D, Nota 29, (Cartago).

[2] Heinrich f. v.  Stackelberg, Principios de Teoría Económica, Cap. I, pássim.

[3] Carlos Marx, Ob.cit., Libro Primero, Cap. VII, Subc. I.

[4] Ibídem, Cap. I, Subc. II. / José Castañeda, Lecciones de Teoría Económica, Lección 22.

[5] José Castañeda, Ob. cit., Lección 26, # 3.

[6] http://www.aporrea.org/ideologia/a127286.html

marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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