A propósito del torquemada Antonio Aponte

¿Quienes inventarón la frase 'çonciencia del deber social"?


Comenzaré con un viejo chiste que no entendieron o no escucharon nuestros apologetas del “putrefacto espectro del estalinismo” (ideas elementales: “socialismo en un solo país”, “partido-único”, “planificación burocrática”, “propiedad estatizada”, “deber de sumisión ideológica”, “hegemonía autoritaria”).  

En una escuela de Moscú:  “Una maestra pregunta a sus alumnos: ¿Donde los niños son los más felices del mundo? Todos a coro responden: ¡En la Unión Soviética! Vuelve a preguntar la maestra: ¿Dónde los niños tienen los juguetes que quieren y todos los chocolates y dulces que quieren? El coro responde: ¡En la Unión Soviética! ¿Dónde los niños crecen sanos y alegres y seguros del futuro? De súbito, la maestra interrumpe la clase: una niña Liudmila, está llorando. ¡Pero por que lloras Luidmila? Ay maestra, yo quiero vivir en la Unión Soviética.” 

Una cosa entonces es la sociedad de la propaganda (una orwelliana propaganda), otra cosa es la sociedad de la realidad (la construcción colectiva y democrática de la realidad). A esto se le denomina “doble lenguaje”,  “doble realidad”. Cuando una teoría o ideología es traicionada por la práctica, se asemeja a una cínica mentira, o a una construcción irrealizable. El cuerpo doctrinario comienza a socavarse por una poderosa fuerza de deslegitimación, y el estado de ánimo de las masas populares va reservándose a sus adentros una prístina arrechera.  

Esto ocurrió con el imaginario de la “Gran Patria Socialista Rusa”. Hay quienes proponen soluciones a la carta, con el guión del viejo socialismo realmente burocrático, para establecer una armonía idílica entre los intereses de los individuos y de la sociedad. Y peor aún, suponen que la política de un Partido único y del Estado Socialista, lograra efectivamente tal “armonía”.  

Volvamos a los síntomas que nos abren a la cruda realidad encarnada en los chistes, y no a la “sociedad de la propaganda”: 

Un campesino judío es citado  a las oficinas del partido y allí se coloca frente al secretario general, quién le pregunta cuál es su opinión acerca de la cuestión de la comunidad hebrea en la URSS, a lo que el judío responde de inmediato declarando su coincidencia estricta con el editorial de Pravda sobre el tema del día 2 de septiembre de 1976. El secretario regional insiste: “Si, por supuesto camarada, conocemos su lealtad y de su identificación con la línea del partido; pero usted debe tener una opinión personal sobre eso. Es lo que le estamos pidiendo: su opinión personal…” El judío sudoroso, tartamudeando confiesa que el ha reflexionado sobre el asunto, pero encontró todas sus dudas despejadas en el editorial de Pravda del día 2 de septiembre de 1976, y honestamente no tendría nada que agregar. El Secretario General vuelve a preguntar: “ Pero, por favor, camarada usted no me va a decir a mi, seriamente, que no se ha formado su opinión, la suya propia. Usted debe confiar en el partido, y decir su opinión personal…” El judío al fin acorralado exclama: “Bueno si, camarada secretario, yo tengo una opinión personal ¡pero discrepo de ella!”. 

En una sociedad de propaganda y con doble lenguaje, no hay opiniones propias, púes hay que armonizarse con el “deber social”, a través de la propiedad de las ideas administrada por el Estado y sus burócratas de turno.  

Todo esto nos lleva incluso a un debate que a estas alturas pudiera ser anecdótico entre Stalin y Mao, sobre la “Ley de la contradicción” y las leyes de la Dialéctica, que puede ser consultado por quienes sientan algún interés (y no por ninguna apología extemporánea del llamado “maoísmo”): 

Dice Mao: “A propósito de la dialéctica, Lenin dice: “En una palabra, la dialéctica puede ser definida como la doctrina acerca de la unidad de los contrarios. Esto aprehende el núcleo de la dialéctica, pero exige explicaciones y desarrollo.” Explicaciones y desarrollo: he aquí nuestra tarea. Se exigen explicaciones, pero nuestras explicaciones han sido insuficientes. Se exige, además, desarrollo y, con el rico caudal de experiencias que hemos acumulado en la revolución debemos desarrollar esta doctrina. Lenin dice también: “La unidad (coincidencia, identidad, equivalencia) de los contrarios es condicional, temporal, transitoria, relativa. La lucha de los contrarios, mutuamente excluyentes, es absoluta, como es absoluto el desarrollo, el movimiento.” Ha sido precisamente con base en esta concepción como hemos formulado la política de “Que se abran cien flores y que compitan cien escuelas”. La verdad existe en comparación con la falsedad y se desarrolla en lucha contra ella. Lo hermoso existe en comparación con lo feo y se desarrolla en lucha con ello. Lo mismo sucede con lo bueno y lo malo: las cosas buenas y los hombres honestos existen en comparación con las cosas malas y los hombres perversos y se desarrollan en lucha con ellos. En fin, las flores fragantes existen en comparación con las hierbas venenosas y se desarrollan en lucha con ellas. Es peligrosa la política de prohibir a la gente entrar en contacto con lo falso, lo feo y lo hostil, con lo idealista y lo metafísico, con las cosas de Confucio, Lao Tse y Chiang Kai-shek. Tal política conduciría a la gente a la involución ideológica y al simplismo mental y la dejaría incapacitada para enfrentar al mundo y encarar coros opuestos. En filosofía, materialismo e idealismo forman una unidad de contrarios, son dos cosas que luchan entre sí. Además de esta pareja, hay otra –dialéctica y metafísica–, con la cual sucede lo mismo. Siempre que se habla de filosofía, no pueden faltar estas dos parejas. En la Unión Soviética, ahora ya no se enfocan las cosas en términos de pareja, sino de solitario, y ello con el argumento de que solo se debe franquear el paso a las flores fragantes, cerrándolo a las hierbas venenosas, con lo que se niega la existencia del idealismo y de la metafísica en los países socialistas. En realidad, en todos los países se puede advertir la presencia de idealismo, de metafísica, de hierbas venenosas. En la Unión Soviética, muchas hierbas venenosas hacen su aparición bajo el manto de flores fragantes y muchos planteamientos peregrinos salen con el rótulo de materialismo o realismo socialista. Nosotros, en cambio, reconocemos abiertamente la lucha entre materialismo e idealismo, dialéctica y metafísica, flores fragantes y hierbas venenosas. Esta lucha continuará por siempre, dando un paso adelante en cada etapa. Quisiera dar un consejo a los camaradas aquí presentes. Si ustedes poseen conocimientos de materialismo y dialéctica, deben estudiar, a modo de complemento, algo de sus contrarios, el idealismo y la metafísica. Es preciso leer materiales negativos como libros de Kant y Hegel, de Confucio y de Chiang Kai-shek. Si no conocen nada acerca del idealismo y la metafísica ni han entrado en lucha con tales cosas negativas, sus conocimientos de materialismo y dialéctica carecerán de solidez. Un defecto de algunos de nuestros militantes e intelectuales del Partido reside precisamente en su escasísimo conocimiento de las cosas negativas. Se limitan a repetir lo que han aprendido en unos cuantos libros de Marx, y eso suena bastante monótono. Sus discursos y artículos carecen de fuerza convincente. Si uno no ha estudiado las cosas negativas, no puede refutarlas. Marx, Engels y Lenin procedieron de otra manera. Estudiaron e investigaron con ahínco las más variadas cosas de su tiempo y de la historia y, además, enseñaron a la gente a obrar así. Las tres partes integrantes del marxismo nacieron en el proceso del estudio de teorías burguesas –la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo utópico francés– y de la lucha contra ellas. Stalin fue un poco débil en este sentido. En su tiempo, la filosofía clásica de Alemania fue considerada como una reacción de la nobleza alemana contra la revolución francesa. Con semejante conclusión se la descalificó a toda ella en bloque. Stalin negó la ciencia militar alemana al afirmar que, como los alemanes habían sido derrotados, ya no tenía validez su ciencia militar y no había para qué leer los trabajos de Clausewitz. En Stalin hubo mucho de metafísica; además, él enseñó a mucha gente a ponerla en práctica. En el Compendio de Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, planteó que al método dialéctico marxista lo caracterizaban cuatro rasgos fundamentales. Presentó como el primero de ellos la conexión de los objetos y fenómenos y lo hizo como si todos ellos estuvieran vinculados sin más ni más. Pero, ¿qué es lo que se haya vinculado? Los dos términos contrarios. Toda cosa supone la existencia de dos términos contrarios. Al explicar el cuarto rasgo –las contradicciones internas implícitas en los objetos y fenómenos–, se limitó a hablar de la lucha de los contrarios sin mencionar su unidad. De acuerdo con la ley de la unidad de los contrarios –la ley fundamental de la dialéctica–, los contrarios están en lucha pero al mismo tiempo conforman una unidad; se excluyen mutuamente pero también están vinculados entre sí y, en determinadas condiciones, se transforman el uno en el otro. La cuarta edición del Diccionario filosófico abreviado, redactado en la Unión Soviética, refleja en su definición de la “identidad” este punto de vista de Stalin. El diccionario dice: “Fenómenos tales como la guerra y la paz, la burguesía y el proletariado, la vida y la muerte, no pueden ser idénticos, porque son radicalmente contrarios y se excluyen mutuamente.” Esto quiere decir que tales fenómenos radicalmente contrarios, en vez de tener una identidad marxista, solo se excluyen entre sí, no están mutuamente vinculados ni pueden, en determinadas condiciones, transformarse el uno en el otro. Tal afirmación es por completo errónea. Según la opinión de ellos, la guerra es la guerra y la paz, la paz, sin que entre una y otra haya conexión alguna sino simple exclusión mutua; la guerra no puede transformarse en paz, ni viceversa. Lenin citó una vez las siguientes palabras de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios.” La lucha en los tiempos de paz es política, y lo es también la guerra, aunque valiéndose de medios especiales. La guerra y la paz se excluyen mutuamente y al mismo tiempo están interconectadas; además, en determinadas condiciones, la una se transforma en la otra. Si la guerra no se incubara en los tiempos de paz, ¿cómo podría estallar de repente? Y, si durante la guerra no se incubara la paz, ¿cómo podría ésta llegar súbitamente? Si la vida y la muerte no pudieran transformarse la una en la otra, cabría preguntar: ¿de dónde salieron entonces los organismos vivos? En un principio, en la Tierra solo existía materia inerte; la materia viva apareció más tarde, gracias a las transformaciones operadas en la materia inerte, es decir, en la materia muerta. En todos los organismos vivos tiene lugar el metabolismo, tiene lugar el crecimiento, la reproducción y la muerte. En el proceso total de la existencia, vida y muerte incesantemente luchan entre sí y se transforman la una en la otra. Si la burguesía y el proletariado no pudieran transformarse el uno en el otro, ¿cómo se explicaría que el proletariado se transforme, por medio de la revolución, en clase dominante y la burguesía pase a ser clase dominada? Por ejemplo, nosotros y el Kuomintang de Chiang Kai-shek estábamos en posiciones diametralmente opuestas. Como resultado de la lucha y la exclusión mutua de los contrarios, nosotros y el Kuomintang cambiamos de posición: éste pasó de dominante a dominado y nosotros, de dominados a dominantes. De los kuomintanistas, solo un décimo huyó a Taiwán, mientras que nueve décimas se quedaron en la parte continental. A éstos los estamos remodelando, lo cual supone una nueva unidad de contrarios en nuevas condiciones. En cuanto a ese décimo que está en Taiwán, sigue formando con nosotros una unidad de contrarios y también lo transformaremos a través de la lucha. A Stalin se le escapó la conexión existente entre la lucha y la unidad de contrarios. La mentalidad de ciertas personas en la Unión Soviética es metafísica; es tan rígida que, para ellas, esto es esto y lo otro es lo otro, sin que reconozcan la unidad de los contrarios. De ahí sus errores en lo político. Nosotros, por nuestra parte, nos atenemos firmemente al concepto de la unidad de los contrarios y adoptamos la política de “Que se abran cien flores y que compitan cien escuelas”. Cuando se abren flores fragantes, es inevitable que aparezcan hierbas venosas. Esto no tiene nada de temible y hasta es provechoso en determinadas condiciones. (...) La razón fundamental de que uno tenga miedo a los desórdenes y, al mismo tiempo, los trate de manera simplista, es que ideológicamente no reconoce que la sociedad socialista constituye una unidad de contrarios y que en ella existen contradicciones, clases y lucha de clases. Durante largo tiempo, Stalin se mantuvo sin reconocer que en el sistema socialista subsisten la contradicción entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas y la contradicción entre la superestructura y la base económica. No fue sino hasta su obra Problemas económicos del socialismo en la URSS, escrita un año antes de su fallecimiento, en la que se refirió, pero a medias palabras, a la contradicción entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas en el sistema socialista, afirmando que podrían surgir problemas si la política no era correcta o si faltaba una regulación apropiada. Sin embargo, ni siquiera entonces planteó como un problema que afectase a todo el conjunto la contradicción entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas y la contradicción entre la superestructura y la base económica en el sistema socialista, ni llegó a comprender que éstas son contradicciones fundamentales que impulsan hacia adelante la sociedad socialista. Él estimaba que el Estado bajo su dirección era ya estable y sólido. Por lo que a nosotros respecta, no debemos considerar que el nuestro sea ya estable y sólido, pues simultáneamente es y no es así. Según la dialéctica, del mismo modo que el hombre tiene que morir tarde o temprano, también el sistema socialista, como fenómeno histórico que es, ha de desaparecer un día, ha de ser negado por el sistema comunista. Si uno afirmase que nunca desaparecerá el sistema socialista, ni las relaciones de producción y la superestructura socialistas, ¿en dónde habría dejado el marxismo? ¿No equivaldría esto a un dogma religioso, a la teología, que predica la eternidad de Dios? Cómo tratar las contradicciones entre nosotros y el enemigo y las existentes en el seno del pueblo en la sociedad socialista es una ciencia, una ciencia que merece ser estudiada concienzudamente. En las condiciones de nuestro país, la actual lucha de clases es, parcialmente, manifestación de las contradicciones entre nosotros y el enemigo, pero, en la mayoría de los casos, manifestación de las contradicciones en el seno del pueblo. (...) A mi modo de ver, todo el Partido debe estudiar la dialéctica y promover la práctica de obrar conforme a ella. Todo el Partido debe prestar suficiente atención al trabajo ideológico y teórico, forjar un contingente teórico marxista y reforzar el estudio y la propaganda de la teoría marxista. Hay que aplicar la teoría marxista de la unidad de los contrarios para observar y abordar los nuevos problemas relativos a las contradicciones de clase y a la lucha de clases en la sociedad socialista, así como los nuevas problemas que surjan en las luchas en el ámbito internacional. (De: Idem, “II. Discurso del 27 de enero”, Obras escogidas de Mao Tsetung, tomo V, págs. 399/402, 411, 418)  

A pesar de admitir que tanto Stalin y Mao adhieren al llamado “marxismo-leninismo”, existen claras divergencias. Aquí Mao parece al menos estar más cerca de un “método dialéctico”. Aunque recae en una modalidad particular de interpretar el Diamat/Hismat. Pero como dice Mao: hay que aprender de las malas hierbas. 

Otra situación puede ocurrir cuando un doctrinarismo escandalosamente impopular pretende hacerse hegemónico. Si esta fuera la hipótesis, uno tendrá que diseminar clandestinamente cualquier figura del pensamiento crítico socialista, en un “país gobernado por el buen pastor del partido único socialista, función rectora y dirigente de la sociedad y el Estado”. Justamente allí reside el putrefacto espectro del estalinismo. 

Tres ejemplos concretos: 1) cuando se realizo un semi-debate sobre el hiper-liderazgo, inmediatamente salieron a pontificar los Torquemadas de la línea política correcta, a descalificar a los cuatro vientos cualquier señal de crítica al personalismo excesivo de Chávez. 2) cuando aparece una marcha de trabajadores de UNETE, con gente para ellos, reformista y claudicante del PCV, por reivindicaciones que Lenin calificaría de mínimas, como una ley del trabajo nacida al calor de la nueva Constitución, entonces se lanzan un artículo sobre el “egoísmo proletario”. Tremendo disparate, contratado con las líneas que le dedicó Marx al proyecto proletario. Y para colmo, 3) ahora le toca el turno al Frente Campesino Ezequiel Zamora. Es decir, a los que junto a los pueblos indígenas y afro-descendientes, como campesinos insurgentes, son los que ponen los muertos ante las arremetidas de las clases dominantes. ¿Que tal? A el que no cae ni con el pétalo de una rosa es al amo que los alimenta: las fracciones de la burocracia “roja rojita”. Hasta la burocracia, en su propia metafísica revolucionaria, “será digna, necesaria y buena”. 

Es esta actitud policial de andar disparándole a diestra y siniestra descalificativos porque no se piensa ni se dice como ellos, es lo que conforma el putrefacto espectro del estalinismo. Y su forma sectaria de endiosar el culto a la personalidad, una muestra típicamente estalinista de “lealtad a Lenin”. ¡Por supuesto! 

Finalicemos con otro chiste crudo, checo de los años 70: 

A la hora de salida de una fábrica, unos sociólogos armados de papel y lápiz están haciendo una encuesta. Uno de ellos aborda a un obrero: ¿Usted es comunista? El obrero mira muy serio al encuestador, echa un vistazo a un lado y otro a ver si tiene compañeros cerca, y le pide con una señal al encuestador que lo siga. Se alejan de la fábrica, pero el obrero, que vuelve la cabeza una y otra ves, camina hacia el descampado seguido por el encuestador. Cuando están ya muy lejos y ya no se ve a nadie en los alrededores, el obrero le responde bajito al oído: “Si”. 

¿Así se practicará la crítica socialista en el seno de la revolución? Bajito, sin que nadie se entere. ¿Quién inventó la frase conciencia del deber social?  No hay duda en cualquier estudio riguroso de las fuentes documentales, que no fue  el Che (que siguió una idea y la reinterpreto como clave de la moral comunista), sino el “marxismo soviético”.  

Diccionario soviético de filosofía-1965. Ediciones pueblos unidos. Montevideo.  Deber Necesidad moral de cumplir las obligaciones. A diferencia del idealismo que busca la fuente del deber en la «idea absoluta» (Hegel), en la «razón práctica» autónoma (Kant), &c., el marxismo considera que las obligaciones tienen un carácter objetivo. Se hallan determinadas por el lugar del hombre en el sistema de las relaciones sociales, se derivan del curso de la historia, de las necesidades del progreso social. Esto condiciona las distintas clases de deber: humano, civil, de partido, militar, [106] trabajador o empleado, familiar, &c. Por el hecho de entrar en determinadas relaciones, el hombre toma sobre sí obligaciones. La conciencia que de ellas tenga aparece como comprensión y vivencia (sentimiento) del deber. En la sociedad dividida en clases antagónicas, el deber se encuentra estrechamente vinculado a los intereses de clases. En la sociedad socialista, la base del deber civil está constituida por los intereses de la lucha en pro del comunismo. Es deber de todos los ciudadanos de la U.R.S.S. participar activamente en la edificación del comunismo. El código moral del constructor del comunismo incluye en sí el principio de la elevada conciencia del deber social, la intolerancia frente a toda infracción del mismo. El cumplimiento del deber llena de sentido la vida y el trabajo del individuo, proporciona la más alta satisfacción a la conciencia. Las tendencias individualistas y pequeñoburguesas conducen a un empobrecimiento de la personalidad. La riqueza espiritual del ser humano depende de la riqueza de sus relaciones reales, es decir, depende también de sus obligaciones. El cumplimiento del deber real (y no ficticio) es el bien. Es característico de muchos sistemas éticos burgueses de nuestro tiempo el desvincular el deber, de las necesidades del desarrollo social, de los intereses sociales, del bien. 

Conciencia 1. Forma superior, propia tan sólo del hombre, del reflejo de la realidad objetiva. La conciencia constituye un conjunto de procesos psíquicos [77] que participan activamente en el que conduce al hombre a comprenaer el mundo objetivo y su ser personal. Surge en relación con el trabajo del hombre, con su actividad en la esfera de la producción social, y se halla indisolublemente vinculada a la aparición del lenguaje, que es tan antiguo como la conciencia. El lenguaje ha ejercido una influencia enorme sobre el desarrollo de la conciencia, sobre la formación del pensar lógico y abstracto. Únicamente en el proceso del trabajo, en las relaciones sociales que los hombres establecen entre sí, llegan éstos a hacerse cargo de las propiedades de los objetos, a descubrirlas, a darse cuenta de su propia relación con el medio circundante, a destacarse de este último, a organizar una acción orientada sobre la naturaleza con el fin de subordinarla a las propias necesidades. De ahí que la conciencia sea un producto del desarrollo social y no exista al margen de la sociedad. El pensamiento abstracto y lógico, vinculado al lenguaje, no sólo permite reflejar el perfil externo, sensorial, de los objetos y fenómenos, sino, además, comprender su alcance, sus funciones y su esencia. Sin la comprensión y sin el saber que están unidos a la actividad histórico-social y al lenguaje humano, no hay conciencia. Cualquier imagen sensorial del objeto, cualquier sensación o representación forman parte de la conciencia en la medida en que poseen un determinado sentido en el sistema de conocimientos adquiridos a través de la actividad social. Los conocimientos, las significaciones y los sentidos conservados en el lenguaje, orientan y diferencian los sentimientos del hombre, la voluntad, la atención y otros actos Psíquicos, uniéndolos en una conciencia única. Los conocimientos acumulados por la historia, las ideas políticas y jurídicas, las realizaciones del arte, la moral, la religión y la psicología social constituyen la conciencia de la sociedad en su conjunto (Ser social y conciencia social). Sin embargo, no cabe identificar la conciencia tan sólo con el pensamiento abstracto y lógico. El pensamiento no existe en lo más mínimo al margen de la actividad viva sensorial y volitiva de la esfera toda de lo psíquico. Si el hombre produjera sólo operaciones lógicas, una tras otra, sin percibir, sin sentir y sin experimentar en la práctica la correlación constante que existe entre el significado de sus conceptos las acciones activas y las percepciones de la realidad, no comprendería o no aprehendería la realidad ni se comprendería a sí mismo, es decir, no poseería conciencia de las cosas ni de sí mismo. Por otra parte, no es posible identificar los conceptos de «psique» y de «conciencia», o sea, no debe considerarse que todos los procesos psíquicos en cada momento dado se incluyen en la conciencia. Hay vivencias psíquicas que, durante cierto tiempo, pueden encontrarse como «más allá del umbral» de la conciencia (Subconsciente). La conciencia, incorporándose la experiencia histórica, los conocimientos y los métodos del pensar elaborados por la historia anterior, se asimila la realidad idealmente, a la vez que establece nuevos fines y objetivos, crea proyectos de instrumentos futuros, orientando toda la actividad práctica del hombre. La conciencia se forma en el hacer para influir, a su vez, sobre ese hacer determinándolo y regulándolo. Llevando a la práctica sus ideas creadoras, el hombre transforma la naturaleza, la sociedad, y con ello se transforma a si mismo. En este sentido, Lenin demostró que «la conciencia del hombre no sólo refleja el mundo objetivo, sino que, además, lo crea» (t. XXXVIII, pág. 204). En todo el transcurso de la lucha ideológica sostenida en torno a la concepción del mundo la cuestión más aguda y fundamental ha sido y sigue siendo la de la conciencia y su relación con la materia (Cuestión fundamental de la fílosofía). Gracias a la concepción materialista de la historia, Marx logró resolver científicamente, por primera vez, el problema indicado y crear con ello una filosofía realmente científica.

2. Complejo de vivencias emocionales basadas en la comprensión que el hombre tiene de la responsabilidad moral por su conducta en la sociedad, estimación que hace el individuo de sus propios actos y de su comportamiento. La conciencia no es una cualidad innata, está determinada por la posición del hombre en la sociedad, por sus condiciones de vida, su educación, &c. La conciencia se halla estrechamente vinculada al deber. El deber cumplido produce la impresión de conciencia «limpia»; la infracción del deber va acompañada de «remordimientos» de conciencia. La conciencia, como activa reacción del hombre en respuesta a las exigencias de la sociedad, constituye una poderosa fuerza interna de perfeccionamiento moral del ser humano.  

Código moral del constructor del comunismo Compilación de los principios –científicamente fundamentados– de la moral comunista, contenidos en el Programa del Partido adoptado en el XXII Congreso del P.C.U.S., en octubre de 1961. El código ha nacido de la vida misma, es fruto de la época en que se construye el comunismo, cuando en la sociedad se acrecienta y amplía, cada vez más, la esfera de la acción moral y se reduce la de la regulación administrativa de las relaciones [70] entre las personas. En este código han adquirido forma viva, en primer término, los principios morales elaborados por las fuerzas sociales progresivas, en particular por la clase obrera, en el transcurso de toda la historia de la humanidad; en segundo término, se refleja en él lo mejor que ha conquistado la sociedad socialista en su lucha por el progreso moral; finalmente, se señala el camino del ulterior perfeccionamiento moral del hombre que edifica el comunismo. El código contiene los principios siguientes: fidelidad a la causa del comunismo, amor a la patria socialista, a los países socialistas; trabajo consciente en bien de la sociedad –quien no trabaja, no come–; preocupación de cada individuo por conservar y multiplicar el bien común; elevada conciencia del deber social, intolerancia con cuanto represente un perjuicio para los intereses sociales; colectivismo y mutua ayuda de camaradería –uno para todos y todos para uno–; relaciones humanas y respeto recíproco entre las personas –el hombre es el amigo, el camarada y el hermano del hombre–; honradez y sinceridad, pureza moral, sencillez y modestia en la vida social y privada; respeto mutuo en la familia, interés por la educación de los hijos; intransigencia ante la injusticia, el parasitismo, la falta de honradez, el arribismo y el afán de acumular; amistad y fraternidad entre todos los pueblos de la U.R.S.S., intransigencia hacia todo acto hostil de carácter nacionalista y racista; intransigencia hacia los enemigos del comunismo, de la causa de la paz y de la libertad de los pueblos; fraterna solidaridad con los trabajadores de todos los países, con todos los pueblos.

Por tanto, todo ese estribillo de Toby Valderrama, transustanciado milagrosamente en Antonio Aponte & C.A., con toda la parafernalia de la espiritualidad metafísica, nos lleva al “Código moral del constructor del comunismo.” Sin embargo, entre Toby Valderrama & amigos, y Emeterio Gomes, por ejemplo, hay un “parecido de familia” (dicen que los extremos se tocan), no solo la ansiedad cartesiana (certeza… ¿donde estás?) sino el patético anhelo metafísico por la “armonía” que nos dotara de una MORAL AHISTÓRICA, ACULTURAL Y QUE DESCONOCE cualquier espacio para lo singular, disolviéndolo en un anhelo de universalidad abstracta.

Codificar reglas para la actitud, método compulsivo para producir subjetividad, sin pasar por un debate colectivo y democrático, es justamente aquel método utilizado por los colonizadores para desconocer la alteridad y la diferencia, fuentes creadoras de la diversidad, practicado desde hace 518 años.

 

Eran por cierto doce las reglas morales en aquella gris Unión Soviética. Cada miembro del Partido comunista de la URSS y cada Komsomol tenían que seguirlas al pie de la letra. Ya practicado previamente para identificar a los “enemigos del pueblo”, el código moral fue adoptado en 22do Congreso del CPSU en 1961, como parte del nuevo programa del partido. Para más información:  

http://www.aporrea.org/ideologia/a86055.html

http://www.aporrea.org/poderpopular/a87622.html

http://www.aporrea.org/internacionales/a80741.html

http://saberescontrahegemonicos.blogspot.com/2009/10/muchos-insultospocas-nueces-proposito.html 

En contraste, una revolución depende mucho más de una ética de la liberación, de la insumisión, de la diferencia y la alteridad, para construir si, una comunidad de seres humanos libres (llenos de contradicciones y con contradicciones asumidas), mas allá de la compulsión de un “nosotros”, que liquida los espacios de libertad y liberación. 

¡Falta de coraje, es abonar el terreno al putrefacto espectro del estalinismo en el país de Simón Rodríguez y el continente de José Carlos Mariátegui!

jbiardeau@gmail.com



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Javier Alfredo Biardeau

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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