Chávez y Fernández celebrando de lo lindo

El domingo fuimos a celebrar con mi presi el Día del Bravo Pueblo, Julio Fernández Baraibar y yo, Carola Chávez.

Para ambos fue la primera vez y como toda primera vez era un poco inquietante.

Yo no sabía lo que iba a encontrar ya que mi conocimiento sobre estas cosas se limitaba a lo que recibía desde la tele y otros medios del gobierno y la oposición.

Llegué convencida de que encontraría un termino medio de aquello que había visto, leído y escuchado. Supuse que esperando solo eso no habría desilusión posible.

Julio iba disfrazado de argentino que va a una marcha chavista: zapatos de suela, pantalón elegante, camisa clara, fresca y bien planchada y un sombrero de pajilla tipo turista que visita Panamá en los años cuarenta. Yo iba disfrazada de mi: Peto azul, franela blanca con corazones rojos brillantes, zapatos y coletas moradas y cara de no puedo más con tanta felicidad y anticipación.

Caminamos, el argentino chavista y la venezolana peronista, desde la Plaza Altamira, bastión del fracaso opositor, hasta un restaurante que en su día fue barato y que ese domingo hizo que Julio tuviera que pedirme veinte bolívares para completar el pago de la cuenta.

Creo que jamás comimos un pulpo a la gallega y camarones al ajillo más caros en nuestras vidas.

Desplumados seguimos caminando hasta la estación del metro en Chacaito. Subimos a un vagón donde nadie iba de rojo, por lo que mi corazón se arrugó del miedo pensando en los titulares de la oposición.

Al llegar a Capitolio se abrieron las puertas de nuestro descolorido vagón para lanzarnos en una multitud roja rojita donde los insípidos éramos el argentino y yo.

Un hormiguero rojo era aquello y yo, deslumbrada, solo supe preguntar como una tonta a un vigilante por el camino a la concentración. El hombre, sonriente, me dijo: señora, salga por la puerta que quiera, que estamos por todas partes.

Los vigilantes del metro no mienten, la calle estaba roja por todos lados. Había gente con banderas, había niños, viejitos, una señora con sus piernas flaquitas por un polio de esos que regalaba el descuido de los gobiernos anteriores, había perros callejeros, vendedores ambulantes, música en cada esquina, había una alegría que no solo se reflejaba en las sonrisas de todos, sino también en el sabroso tumbao con el que caminábamos. Parecía por momentos la fila de conga más larga del mundo. Había canadienses que fueron a ver como su tele los engañaba, europeos alucinados que abrazaban a esos negros sudados y entre contentos y buscando cicatrices de torturas o algún síntoma que denotara la represión que tanto claman su periódicos. Había, señoras y señores, gente del Este como yo.

Como en toda buena fiesta venezolana, había cerveza. Yo recordé conciertos callejeros de mi no tan lejana juventud, y temí por un desenlace a puños. ¡Coño!, pensé.

Pero no dejé de bailar, y Julio tampoco pero a su muy tanguero modo. El estaba tan feliz, yo estaba tan feliz, que no fui capaz de corregirle: Julio, dobla las rodillas, no menees los hombros así, más tiesito de aquí, más sueltico de allá...

Naaaa, Julio estaba tan feliz, yo estaba tan feliz… Además, tal vez un día, el baile sea un tango y la que doble mal las rodillas termine siendo yo.

Caminábamos hacia la tarima donde hablaría mi presi, eran casi las cuatro de la tarde y la fiesta había empezado a las diez de la mañana. Coño, tanta cerveza pensaba yo...

No se cómo ni cuando subió mi presi a la tarima, solo se que los gritos de la gente me hicieron gritar a mi. El ruido era tremendo y, de repente, en medio de aquel barullo, empezamos con mi presi precioso a cantar el himno nacional.

Miren amigos que yo he cantado el himno muchas veces en la vida, pero jamás como ese domingo. Cada palabra que salía de mi boca tenía sentido, cada una de ellas las decía con orgullo y convicción. El corazón me rebotaba como loco y yo como loca canté sin reparar en mi amigo argentino que segurito no se sabía el himno nacional de aquí.

Ya se lo enseñaré un día y a ritmo de salsa a ver si matamos dos pájaros de un tiro.

Cuatro y diez de la tarde, mi presi toma la palabra y promete ser breve. Su pueblo que lo conoce dice ¡NOOOOOO! para que hable mucho, y lo dijimos por decirlo porque él sabe que queremos escucharlo, que por nosotros puede hablar tres días seguidos si quiere...

Cuando mi presi habla, como por arte de magia toda la calle se calla. Todos quieren escuchar, y si a alguien se le ocurría abrir la boca, todos alrededor decían: ¡shhhhh! esta hablando mi comandante.

Cuando yo vi esto me di cuenta de que algo muy grande había pasado con mi gente. Lo supe desde mi venezolanidad bochinchera, ruidosa e irreverente. La gente, toda, prestando atención a nuestro presi y él diciendo cosas que no merecían menos que toda nuestra atención.

El efecto de las cervezas, aparentemente, se evaporó a punta de baile. Mis temores fueron borrados de un porrazo a punta de buena conducta y educación.

Algún incidente hubo, claro, en una multitud es inevitable. Una muchacha que iba pasando se detuvo delante de un hombre y le gritó en la cara: ¡Tu eres un escuálido! ¡No puedes estar aquí, falta de respeto!. La gente le preguntó qué era lo que pasaba y ella, temblando de rabia, dijo: ‘’Un revolucionario jamás le agarraría sin permiso una nalga a una mujer, ese es un escuálido y no debe estar aquí’’. El abusador no sabía donde meterse ante las miradas de reproche que en otros tiempos hubiesen sido de aprobación.

Y es verdad, un revolucionario respeta a las mujeres, y eso hemos aprendido todos. Eso y tantas cosas más.

Chaburros nos llaman los opositores que cuando marchan vandalizan la ciudad de todos, chabestias nos dicen a la vez que insisten en que no existimos. Según ellos no estuvimos el domingo allí, según ellos el trece de abril no existió.

Pero es ese justamente su problema: existimos. Y por eso hubo un trece de abril para su asqueroso once, por eso Caracas se tiñe de rojo vida para celebrarlo, por eso ellos en sus medios prefieren seguir negándolo.

Al final mi presi con nosotros gritamos ¡Venceremos! Y así será porque ya estamos venciendo cada día.

Fernández y Chávez regresaron en metro a la Plaza Altamira y como en una peli de ciencia ficción, allí no había pasado nada. Los pavos con sus peinados fashion comían hamburguesas, las señoras de pechos operados tomaban capuccinos después de salir de misa en el Don Bosco y Julio y yo, felices y cansados, nos despedimos hasta la próxima mezclándonos entre la gente que niega nuestra existencia.

carolachavez.blogspot.com
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