El capitalismo debe entregar el reino

Dado los horizontes del conocimiento gracias a la ciencia, no hay nada en la naturaleza de las ciencias políticas y sociales que exija que siempre haya pobres y enfermos sin atención o niños y jóvenes sin educación.

Para el capitalismo, ni la enfermedad ni la ancianidad ni la niñez despierta compasión por su debilidad y fragilidad, al contrario, multiplica las molestias y los dolores. En la crisis del capitalismo la muerte es la solución, en este sistema la muerte es el fin último después de tanta tragedia, tengo que pensar así, porque lo que se ve, en el lugar que le corresponde a la vida, es un lugar de perenne agonía.

Esta es la tragedia para la vida humana y para la naturaleza, esta suerte es para la gente y para la tierra lamentable que se traduce en un fenómeno moral trágico.

Las revoluciones lavan y purifican la tierra que no puede lavarse de ningún otro modo; y, no todas las promesas de un futuro libre de esas secuelas de horror pueden redimir la suerte de aquellos que no vivirán para ver el amanecer del cambio.

Cuando el capitalismo en algo se ausenta como ocurre en algunos países sudamericanos hay una oportunidad para que la serenidad, la belleza de espíritu, la sabiduría se manifieste. En Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Argentina, Brasil, envejecer biológicamente ya no es una tragedia ni una lástima ser joven y desempleado como ocurre en la euro zona y en los EEUU.

El elemento trágico del sistema capitalista interviene en los planes y en la convicción de que en medio de tanta pesadumbre no haya sabiduría política para resolver esas necedades convertidas en crueldades por los intereses del capital.

Hoy, en los pueblos de América del Sur hay una actitud de madura reflexión gracias a presidentes como Chávez, la educación ayudo al pueblo a reflexionar de mejor manera para llegar a la conclusión de que la agonía no sirve para la muerte.

Gobiernos socialistas plantean que ningún mal o sufrimiento pueden durar sin fin porque la creatividad es conocimiento y sabiduría de los usos de la vida y de la muerte. La plenitud de la visión democrática no es la multitud de infamias e injusticias que los pueblos han sufrido, mentes torturadas y cuerpos despedazados por la miseria en miles de millones viven en lechos que son tumbas por las ideas sumidas en las tinieblas, así, la muerte debe parecerles una liberación.

Es más digno existir y luchar o morir luchando en un mundo en el que siempre hay una opción fundamental que no es el temor a la muerte si hay el deseo de sobrevivir a toda costa, a cualquier precio para sustituir ese estado de degradación social gran aliado de la tiranía del capital.

Esta es una experiencia moral producto de un fenómeno de elección moral. La experiencia de genuina duda moral que produce un proceso se efectúa en una cultura que revoluciona con el bien. Si sabemos lo que es malo el conflicto está terminado porque la búsqueda moral para el nuevo hombre y mujer está concluida siempre y cuando sea verificado, porque, la moral revolucionaria no es un asunto aparente.

La tragedia para la moral revolucionaria surge cuando se prefiere un interés personal a un bien colectivo de estructuras complejas con consecuencias para el futuro de la revolución. Las decisiones políticas deben modificar el yo personal relacionado con los hábitos porque el socialismo no es una verdad descubierta demasiado tarde. Todos nosotros debemos vivir en ella sacrificando las personalidades que nos atan al individualismo por la ebullición material y económica, valores culturales que frenan la moral del nuevo hombre y mujer socialistas.

No importa como resolvamos el tema de la transición, siempre se sacrificara algo o a alguien, siempre se modificara alguna tesis, se hará fracasar o se suprimirá algún interés cuyo anhelo inmediato sea tan intenso y valido como cualquier otro, pero, inferior a la satisfacción del pueblo.

También, el fracaso revolucionario se da porque la transición al socialismo llega demasiado tarde o porque las bases acceden al poder cuando la batalla ha terminado y el pueblo se queda como guardián de causas perdidas.

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