Sería
totalmente incorrecto ponerse hacer largas alabanzas, elucubraciones
fantasiosas o lisonjear de cualquier manera los debates que se están
produciendo entre estudiantes que representan diversas tendencias del pensamiento
social. Sería como despojarlos de su esencia y de su mérito. Se evidenciaría
como si fuese un robo a su iniciativa para hacer creer a la sociedad que la
vejez política continúa dictando, al pie de la letra, todos los comportamientos
de los jóvenes de hoy y que éstos, carentes de pensamiento, tienen que aceptar
la domación como si fueran animales para actuar en un circo siguiendo los
movimientos o gritos de sus domadores.
Lo primero que debe destacarse de los
debates estudiantiles, es esa parte maravillosa en que a todo letargo le
llega su final: el despertar de una masa
–cualquiera que sea pero en este caso estudiantil- para entrar a sentirse que
se está participando en el destino de una nación o de un pueblo: unos a favor asumiendo su responsabilidad
en el proceso bolivariano para probar el protagonismo en lo que creen y otros
asumiendo la responsabilidad de su oposición para no asumir responsabilidad o culpabilidad
en lo que no creen. De igual manera, hay que saberlo apreciar, es
participación activa en torno a la identificación de un ideal –en este tiempo-
de clase como tiene que ser. ¿Acaso no es esto un hecho hermoso en el papel de
la juventud frente a la historia digno de respetar?
Los
estudiantes siguen siendo el sector social más sensible de la sociedad, uno de
los que más tiene oportunidad de acceso a la ciencia y de abrazar tendencias
del pensamiento social. Si el proletariado contase con esa oportunidad, bajo el
dominio del capitalismo, ya el socialismo hubiese creado con mucha anterioridad
las condiciones para que la segunda fase comunista –así denominada por Marx-
hubiera izado la bandera de su principio rector, aquel en que el ser humano
trabaja según su capacidad y recibe según su necesidad.
Lo segundo que debe destacarse de los debates
estudiantiles, y es lo que no le gusta a muchos que adversan al proceso
bolivariano, que se están realizando de manera pública en televisión e
instituciones universitarias, por decir algunos lugares, vienen a comprobar la
existencia en este país del gozamiento de los derechos a las libertades no sólo
de expresión y de pensamiento, sino también de organización y de movilidad. Si
viviésemos en una forma de gobierno bonapartista como el de Pinochet –por no
mencionar la fascista-, por ejemplo, no se permitiría –a riesgo de represión,
encarcelamiento, juicio y hasta de muerte- la materialización de debates –de
cualquier sector o clase social que lo adversa- de la naturaleza que están
dándose entre los estudiantes. Que en el caso venezolano haya un grupo que sabotee
–por la vía violenta- el debate entre los estudiantes no es más que una prueba
que mientras exista la lucha de clases siempre existirán reductos ultrosos de
un lado o del otro, que por carecer del conocimiento necesario para debatir,
incurren en la desesperación para llamar la atención de que son ellos quienes
tienen la razón dejando ver que el debate –como método de reflexión- no es
imprescindible por cuanto un revólver o una bomba –sin clarificar antes las
ideas- son suficientes para cambiar el destino de la humanidad. Esto en sí lo
lleva en el alma ese terrorismo chabacano que está convencido que matando un fiscal
se logra que todo un gabinete cambie de visión de mundo y abrace, aterrorizado,
el ideal del terrorista. Es como una especie de histeria que recurre a método
artificial ocupándose de lo que le parece una nimiedad dejando escapar que una
herida pequeña puede infectarse y producir una enfermedad mortal.
Lo tercero que debe destacarse de los
debates estudiantiles, y esto hay que entenderlo sin sentirse nadie por
aludido y que no es menoscabo sino una realidad inevitable a la larga
comprendiendo la necesidad de la renovación y especialmente en los partidos
políticos, es que están dando una confirmación inequívoca de que la senilidad
política se manifiesta por la pérdida de esa potestad que aquella se cree
eterna de hacer que la juventud le siga como si fuera una masa de borregos que
no piensan ni tienen facultades para la actuación. No se trata de que los
jóvenes rechacen la experiencia de los viejos cuando éstos transmiten ideas
frescas que siguen teniendo plena vigencia para todas las edades o generaciones
si se ha de pretender transformar el mundo. Lo que sucede es que el
capitalismo, y pocos partidos políticos
promotores del socialismo han escapado a esa práctica malévola, procura
consolidar la costumbre milenaria de que la juventud está obligada, por razón
primaria de respeto a las arrugas y no al conocimiento, a obedecer sin espíritu
crítico y someterse a los pensares y dictámenes de la senilidad política o
ideológica. De allí que algunos ancianos de la política, considerándose
execrados del debate estudiantil, lisonjeen el nuevo despertar de los
estudiantes como buscando dejen un espacio por donde entre bien por soleares
esas viejas y ya caducas ideas del conservacionismo de aquella filosofía
socrática que pretendió liberar de la miseria a los filósofos pero dejando
intactas las raíces de la explotación del hombre por el hombre sólo agregándole
moralmente una razón de filantropía. Ni Platón con su topus urano ni
Aristóteles con su silogismo podrán resolver las grandes contradicciones del
mundo de hoy y, menos, servir de bastión a una juventud que está obligada a
romper con todos los esquemas que la atan a los rezagos de un pasado que
debería estar para siempre ya dormido en el museo de las antigüedades que nunca
más han de volver. Por si alguien cree, erróneamente, que estoy lanzándole
petardos explosivos a la senilidad política, baste con decir que ya ando viejo
cada día más aprendiendo a respetar a los jóvenes, a no disputarle ningún
espacio de lo que sólo ellos pueden hacer y, mucho menos, pretendiendo dictarle
lecciones que no estoy ni estaré en capacidad de enseñarles. Sólo me regocijo
de lo que en mi reducida capacidad de asimilación estoy aprendiendo de la
juventud. En una palabra: nada tengo que
aportarle, mientras que ella tiene todo un mundo que transformar y cumplirle a
la humanidad.
Lo cuarto que debemos destacar de los
debates estudiantiles, para ser muy
tomado en consideración por los partidos políticos que siempre han pretendido
tener el monopolio de la verdad, es que a los jóvenes no se les debe tener por
una masa amorfa que requiere de siempre decirle qué debe hacer y cómo tiene que
hacerlo; que la política, siendo la forma suprema de mando, no debe quedar
celosa e íntegramente monopolizada en las manos de los viejos, por mucha
sabiduría que éstos tengan y enseñen. Si entendemos que la generación de
jóvenes son los pulmones nuevos y sanos del mundo actual, comprenderemos que la
creación espiritual requiere tanto de la libertad como el cerebro del oxígeno
que le llega del corazón. Y aquí –ojalá lo entendiese la humanidad entera sin
distingos de edad o raza o sexo o ideología- el comunismo sometiendo la
naturaleza a la técnica, y ésta a la planificación para que aquella facilite al
ser humano todo lo que requiera racionalmente, lleva al mundo a “… liberar para siempre las facultades
creadoras del hombre –agreguemos también de la mujer- de todas las trabas, dependencias humillantes o duras obligaciones…”,
lo cual hará posible que “… las relaciones personales, la ciencia, el
arte, ya no tendrá que sufrir ningún plan impuesto, ninguna sombra de
obligación”, como lo dijo el camarada León Trotsky.
Lo quinto que debería destacarse de los
debates estudiantiles, entre tendencias encontradas u opuestas y esto debe
ser tomado en cuenta si lo cree conveniente como una justa y sana enseñanza de
esa vejez que no niega sus conocimientos y respeta la autonomía de creatividad
de los demás, que la juventud no se sienta con la potestad del culto que se
cree que todo lo sabe de todo, que tiene al diablo agarrado por los cachos, que
nadie tiene que enseñarle nada, que nada del pasado o de la experiencia es
digno de tomarlo en consideración, que el conocimiento tiene por límite sólo lo
que la juventud le ponga por hito, que por ser joven se goza del derecho de
pensar por toda la sociedad y todo lo que escape de su manera de ver el mundo
es contrario al devenir histórico. El mejor principio guía de la juventud fue
dicho hace aproximadamente dos siglos por el maestro Simón Rodríguez: “¡Inventar o errar!”, es decir, la
juventud tiene el derecho de equivocarse, pero igual el deber de corregirlo
para que cada día invente más y sea mucho menos su errar. Y ese principio
implica que ningún bando en el debate se considere con el poder divino de tener
la inmutabilidad y eternidad de la verdad, porque ésta siempre será concreta;
y, al mismo tiempo, que no se desarmen de la duda necesaria porque siendo el
conocimiento infinito se requiere una constante meditación, contemplación,
crítica e investigación para llegar de manera irrefutable a la verdad verdadera,
que es la victoria del hombre al través de la ciencia o de la ciencia por la
palabra del hombre.
Y
muy importante tomar en cuenta, si la juventud así lo considera prudente,
asumir la dialéctica de que de un debate por las libertades de expresión y de
pensamiento brotará –necesaria e inevitablemente- que la discusión dialéctica
–para poder merecer el nombre de debate reflexivo e instructivo- procede del
hecho de que su curso objetivo viene determinado por el conflicto vivo entre
tendencias del pensamiento demarcadamente opuestas, por lo cual no debe
obedecer a ningún plan lógico premeditado; que los que crean tener la razón de
la consistencia –sin maltrato ni descalificaciones- intenten, haciendo uso de
experiencias y de argumentos convincentes, lograr que los inconsistentes se
vuelvan consistentes; que ningún proceso –sea de la naturaleza que sea mientras
exista lucha de clases y de tendencias contrapuestas de manera antagónicas-
goza de una linterna encendida para despejar todos los obstáculos por evolución
o revolución sin que incurra en algunos excesos como si fuera un reino de los
cielos; que todo debate debe tener el espíritu de conducir la discusión de lo
particular a lo general y fundamental, porque el nudo especial de un diálogo serio implica en sí una lógica objetiva
que no necesariamente coincide con la lógica subjetiva de quienes participan en
el mismo; que lo importante de un debate está en hacerlo audaz, flexible,
crítico y experimental. En fin: aprender para avanzar en la búsqueda de
justicia y libertad para todos.
Sólo
en mi caso, ya viejo, aspiro –esto no es oportunismo de ninguna naturaleza-
Marx ilumine a todos los estudiantes que debatan sobre el destino de Venezuela
–en lo particular- y del mundo –en lo general. ¡Amén! Para mí, que Dios me perdone si estoy errado,
esa es la prueba de la mayor libertad de pensamiento.