A la deriva del mito-cesarista: ¿que hay de nuevo en el Socialismo del siglo XXI?

1.- Tiempos de nuevo socialismo:
Después de un tiempo en el que hablar sobre el socialismo implicó sostener una dura resistencia debido a los avances de la contrarrevolución neoconservadora-neoliberal, la ofensiva del imperio-global, la derrota política de la clase trabajadora a nivel mundial y la confusión que generó el derrumbe del “socialismo inexistente”, simbolizada en la caída del muro de Berlín, es reconfortante que nuevamente se hable en voz alta y se luche en la calle sobre este tema.
En ese sentido es positivo que el presidente Hugo Chávez enuncie que la única solución a los problemas de la gente es el socialismo, y que hoy más que nunca la alternativa es, como señaló Rosa Luxemburgo, O Socialismo o Barbarie. Las tendencias capitalistas dominantes apuntan a una transición a cámara lenta hacia la Barbarie y la catástrofe mundial. Se requiere la recreación de alternativas al capitalismo global, que no anulen la invención de nuevas alternativas.


En esta bisagra aparece el socialismo del siglo XXI, como consigna, como idea-fuerza, pero también como reto, como problema, como exigencia de recreación e invención de alternativas históricas. Sería lamentable que el socialismo del siglo XXI sea una re-conversión a nivel de las apariencias del viejo socialismo inexistente del siglo XX. En este orden de ideas, hay por lo menos tres retos para sedimentar un nuevo terreno histórico sobre el nuevo socialismo:

a) superar el mito de las dos izquierdas, tanto la marxista-leninista como la socialdemócrata-reformista, a través de una nueva teoría de la democracia participativa contra-hegemónica,

b) superar el imaginario colonialista-euro-céntrico de la izquierda en cuestiones de socialismo, c) superar el mito productivista-desarrollista responsable de la falacia de la neutralidad de las fuerzas productivas, y su impacto negativo en los sistemas ambientales.

El derrumbe del estalinismo y de los Estados colectivistas burocráticos abre una extraordinaria oportunidad para el pensamiento crítico, incluido el marxismo abierto para construir alternativas, no simplemente respecto al neoliberalismo, sino al frente al capitalismo transnacional. Obligados por el ascenso de la resistencia contra el neoliberalismo, una corriente de intelectuales, políticos y movimientos sociales en América Latina han perfilado un horizonte de renovación socialista, para superar la pesada y terrible herencia del modelo clásico marxista-leninista del “Socialismo del Siglo XX”. En este contexto, el presidente venezolano Hugo Chávez, ha tratado de darle contenido ideológico a la revolución bolivariana, a través de la construcción de una figura de socialismo, que asume abiertamente la consigna del “socialismo del siglo XXI”.

Es reconocido que a través de esta consigna se pretende canalizar tanto la resistencia y la insurgencia contra el neoliberalismo, como para golpear al capitalismo como sistema de explotación, dominación y hegemonía ideológica. Ahora bien, es cuestionable que bajo las banderas del nuevo socialismo del siglo XXI se construya subrepticiamente y paralelamente el mito-cesarista, como formula política de conducción y mediación política.


2.- Los perfiles del mito-cesarista:

Ahora citemos al presidente Chávez: “Si no es el capitalismo, ¿qué es? Yo no tengo dudas, es el socialismo. ¿Qué socialismo, cuál de tantos?... Pudiéramos pensar que ninguno de los que han sido, aún cuando hay experiencia, logros y avances en muchos casos del socialismo, tendremos que inventárnoslo, de allí lo importante del debate, hay que inventar el socialismo del siglo XXI”. (Intervención en la instalación de la IV Cumbre de la Deuda Social en Caracas en febrero de 2005)

Es inevitable interrogarse sobre la construcción del socialismo desde un bloque social alternativo. Esto sin embargo, no significa olvidar el papel de las clases trabajadoras, y sustituir a la clase obrera por la vanguardia del aparato estalinista, y finalmente al aparato-partido por el mito-cesarista. Esta secuencia es una cadena políticamente regresiva, en la cual el poder constituyente se convierte es una masa de maniobra de la “democracia plebiscitaria”. Sabemos lo que significo en el socialismo inexistente la “dictadura sobre el pueblo”. La esperanza de que esta terrible experiencia no se repita no depende de buenas intenciones o sentimientos de un liderazgo paternalista, sino de la construcción de la multitud insurgente, de la democracia contra-hegemónica.

El Socialismo del Siglo XXI se enfrenta a una exigencia. No confundir la democracia participativa con la democracia plebiscitaria, de extracción liberal y elitista-reaccionaria. Es a través de la participación y protagonismo de los trabajadores y sectores populares, ejercida mediante sus organizaciones, que es posible la construcción del nuevo socialismo. Aquí no hay mesianismos algunos, ni personalismos, ni bonapartismos ni cesarismos. El bonapartismo de izquierda puede ser evaluado como una transición que encierra graves peligros e incertidumbres, pero es una realidad histórica. Degradar la democr5acia participativa a figuras plebiscitarias conduce directamente al reforzamiento del cesarismo. Las figuras del referendo no pueden confundirse con los plebiscitos, que están atados a la lealtad a la figura carismática. Los referendos son mecanismos que culminan la discusión democrática en asambleas y la votación por mayoría. Hay que recordar que la democracia participativa y protagónica es además una democracia deliberativa, a diferencia de la democracia plebiscitaria liberal y fascista. En realidad la única democracia revolucionaria que puede existir es la democracia donde las amplias mayorías de asalariados, campesinos pobres y sectores populares puedan deliberar, decidir y ejecutar de manera autónoma, desde sus organismos de poder, todas las medidas que consideren convenientes para profundizar la revolución, derrotar a la burguesía y al imperialismo y satisfacer sus necesidades y aspiraciones.

Desde el punto de vista político, es un error suponer que la revolución venezolana se vertebra a partir de un liderazgo carismático infalible y bonapartista (un bonapartismo progresivo en estado casi puro, utilizando una definición que también viene muy al caso, en este caso de Antonio Gramsci). En sencillas palabras, una figura de extracción popular-militar que asume el liderazgo de la nación ante la crisis del sistema de partidos y el incremento de la lucha de clases, colocándose por encima de éstos y de éstas, para arbitrar a favor de la coalición nacional-popular. De este modo, siguiendo los conceptos gramscianos, se evita una guerra civil de resultado catastrófico para todos los grupos en conflicto, y que pone en duda la existencia misma de la Nación (que podría ser ocupada y sojuzgada por un tercer estado). Chávez ha tratado de fundamentar su nuevo modelo ideológico utilizando citas tan contradictorias como las de Antonio Negri, un teórico del Movimiento Autonomista, o los Evangelios, sin contar a Rosa Luxemburgo, o Mariategui. La amalgama ideológica genera un programa narrativo y pasional eficaz pero que comienza a exigirle coherencia, consistencia y congruencia, a la hora de abordar más allá de las consignas, los contenidos del socialismo bolivariano.

Chávez ha venido edificando una organización económica-social que, sin alterar en lo fundamental las relaciones de producción capitalistas (para utilizar una terminología marxiana) otorga al estado el control de los sectores estratégicos de la economía, así como también un fuerte poder de regulación en aquellos sectores no considerados prioritarios, pero sí sensibles.
Esta política ha logrado un cierto grado de autonomía frente a las potencias capitalistas centrales, socializando los beneficios del modelo de acumulación, crecimiento y distribución basado en la renta petrolera. De este modo los sectores populares, se han convertido en la base social del gobierno bolivariano, a diferencia del empobrecimiento y las necesidades elementales históricamente postergados en sus reivindicaciones económicas, culturales y políticas por parte de los partidos de la IV república. Con esto, se ha conseguido salvar, por ahora, al Estado Nación de su crisis, pero no ha logrado consolidar un protagonismo popular autopropulsado, sino como mínimo tutelado. Este es el límite de la política cesarista en cuestiones de un socialismo profundamente democrático, y este es el salto cualitativo que las organizaciones políticas y sociales populares tienen que asumir: O reforzar el mito cesarista o asumir el protagonismo deliberativo del pueblo para construir escenarios democratizadores. Si bien Chávez no puede ser el Alcalde de Venezuela, tampoco será deseable convertirlo en el líder infalible de la revolución socialista, hasta llegar a decir que sin Chávez no hay revolución posible.

Una democracia socialista es una democracia contra-hegemónica, no es una democracia de jefes ni caudillos. El Socialismo es incompatible con cualquier forma de dominación personalista-carismática, aunque la voluntad de los dominados sancione positivamente esta situación y por ella sea transitoriamente perdurable. Hay que distinguir entre democracia socialista y democracia plebiscitaria. Chávez es el titular ocasional del poder del Estado. Hay cualidades que separan la democracia plebiscitaria y la democracia socialista, sus culturas políticas, las racionalidades ético-culturales; y sobre todo, sus modos de elaborar la distinción entre gobernantes y gobernados. Ernesto Laclau sabía lo que hacia cuando distinguía en sus reflexiones sobre la estrategia socialista entre una práctica democrática de la hegemonía y una práctica autoritaria de la hegemonía. La democracia socialista no puede confundirse con un cesarismo consultivo. Aquellos que en vez de cultivar el pensamiento-acción socialistas, escogen el camino de la lealtad incondicional al liderazgo personalista, le hacen un flaco favor a la construcción de la democracia socialista, al autogobierno popular. Chávez es el extraordinario catalizador de la politización del movimiento nacional-popular. Pero su conversión en mito-cesarista es un obstáculo para la maduración de las condiciones subjetivas del auto-movimiento popular. Chávez debe cuidarse de adulantes consejeros. Debe reconocer que es humano, demasiado humano, y que la hubris termina con los liderazgos nacional-populares para convertirlos en pesadas cargas, como lo demostró el estalinismo y el maoísmo. Cesarismo, caudillismo, bonapartismo, personalismo político no son buenos consejeros en cuestiones de socialismo.

jbiardeau@yahoo.com.mx


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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