El engañoso reparto de utilidades anuales

De entrada: Partamos de una realidad palmaria: la producción de mercancías es ilimitada, mientras la demanda no lo es ya que la primera responde a la acumulación de riquezas capitalistas, mientras el consumo final lo hace según las necesidades naturales de las familias, necesidades que se hallan de partida acotadas en número y por el apetito de las satisfacciones personales.

Así, la demanda potencial sólo crece con el motor demográfico[1], inclusive en el hipotético caso de pleno empleo ya que las necesidades básicas se hallan acotadas.

Nadie come más por tener mejor renta[2], ni bebe, ni calza, ni se veste más[3]. Sólo cambia la calidad de los bienes comprados y su precio frente al de los bienes de segunda o tercera calidad. Las innovaciones de las mercancías sólo sustituyen unos bienes por otros.

En cambio, la producción, en el desordenado y anárquico régimen burgués y capitalista, carece de límites porque cada productor aspira un mayor crecimiento de su mercado que es una parte de la demanda efectiva, salvo en mercados monopolizados.

Los incrementos de la productividad de la mano de obra con una más perfeccionada ayuda tecnológica en materia de maquinarias, herramientas, vialidad, transporte, si bien incrementa la oferta potencial, la demanda no podría alcanzarla nunca porque, lo acabamos de decir, se trata de una demanda acotada por naturaleza propia, y porque, además, las empresas suelen mantener a raya la oferta a pesar de que estén potenciadas para aumentar su producción ya que no les conviene incrementar la oferta ante una demanda siempre deprimida.

En entregas anteriores señalamos que los excedentes de renta en poder de los trabajadores suelen traducirse en ahorros personales canalizables a través de la banca para ponerlos a disposición de quienes los necesiten a título de créditos con variopintos destinos, unos consumistas y otros productivos, ahorros que sólo podrán aplicarse al incremento de la producción en caso de que la demanda pudiera crecer.

Es lógico, y ahí radican los espejismos optimistas de la apología burguesa, ya que, por lo general, los ahorros de los trabajadores son sólo privaciones semanales o quincenales para poder adquirir bienes duraderos de alto precio, para estrenos navideños, para reparar la vivienda, comparar cauchos, por ejemplo. Este ahorro lo realiza el patrono cuando le ningunea sus salarios periódicos[4], los capitaliza en su favor durante el año y al final aparenta que se los obsequia mediante la engañosa figura del reparto de utilidades o aguinaldos.

01/10/2017 07:33:23 a.m.


[1] La constancia de la demanda, en tal sentido, tiende a ser constante para una gaussiana normal en materia de nacimientos y defunciones, variables éstas, que suelen compensarse entre sí.

[2] Estamos restringiendo este análisis a la demanda burguesa, o sea, la demanda solvente. La demanda asfixiada de los insolventes, en todo caso, también resultaría limitada por la naturaleza misma del consumo final: no se compra más casas por tenerse una mejor renta, ni más ropa, ni calzados, ni comida…

[3] En materia de vivienda opera la demanda anormal por cuanto las mejoras de los ingresos no incrementa la creación ni tenencia de ranchos sino su eliminación, como tampoco se compra ni usa más alpargatas por disponer de una mejor renta sino que su demanda cae y la de zapatos se dispara.

[4] La forma más corriente de ningunear el salarios semana, quincenal, es no pagando lo que dice la LOTTT, sino lo que los consejeros de los patronos han sugerido, según su estrecha y desviada versión del texto legal.

 

 



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Manuel C. Martínez


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