Crónicas cotidianas

Me da miedo con los niños…

El niño lloraba sin parar. Quién sabe en qué niveles de desesperación estaba. Hambre, cansancio, sueño, fastidio, ganas de que le quiten la ropa y lo bañen. Cómo saberlo. La madre intenta calmarlo, "ya bebé, ya vamos a llegar", debía tener un año. Ella no ocultaba el hastío, el cansancio, la desesperación, a decir verdad, hasta las ganas de llorar. "¿Tiene hambre mamá?" le preguntaba otro niño de unos cuatro años, sentadito al lado, presionando mi espacio en aquel puesto de la buseta, bajo un calor agobiante y ese olor penetrante a sudor, a ropa sucia, a polvo, a aliento, a gente cansada, a mujeres con período, a ganas de bañarse, a hambre, a dolor de cabeza.

A qué puede oler en una buseta a las siete de la noche, cuando el cansancio y las ganas de llegar a casa se apoderan de todos. Es una mezcla de axilas apretadas, de mirar sin ver, de escuchar sin oír, de redoblona sin ganas, de maraqueo involuntario, de sexo contra sexo que nadie siente. Todos se restriegan contra todos y a nadie le importa, todos quieren llegar a su casa, aplacar el hambre, todos cargan la zozobra del que no quiere ser atracado otra vez. "Dígame eso. El martes atracaron las tres busetas donde me monté", me dijo aquella muchacha como disculpando al niño que lloraba y sabe que atormenta, mientras el otro se agarraba la mitad de mi puesto, comprimiéndome aún más.

Me contó que venía de casa de su mamá quien vive en Los Guayos. "Voy con los niños y mi mamá me recibe bien. Ella está pendiente y me da cualquier cosita. Allí cocinamos lo que haya y les da el platico de comida, o una sopita. A veces se compra una tética de leche y les guarda de la de ella. Yo la ayudo, le limpio la casa, le lavo. Es una bendición estar con mi mamá, porque es una ayuda para los niños. No sé cómo haría si no está ella" y sonríe. Ella iba para Primero de Mayo, uno de los barrios más peligrosos de La Monumental de Valencia. "Estamos apurados. Aunque los malandros me conocen, pero a veces anda alguno muy volado por la droga y se mete con uno. Ya es de noche. Me da miedo con los niños. Los malandros ahora tienen luceros cuando alguien va entrando al barrio y avisan. Es muy rudo por allá. Casi todos los días matan a uno, entre ellos o quien se meta por allí sin conocer el barrio, lo quiebran rapidito".

No pude evitar preguntarle la edad, por esa cara de niña preñada a la fuerza, con dos niños que pueden ser sus hermanos menores. También me despertó la curiosidad de saber sobre su marido. "A él lo mataron cuando tenía 16 años y Ricardo tenía un año un medio. Llegando a la casa un viernes en la tarde. No se dejó quitar los reales y le dieron tres tiros. Así es aquí". Me narró con tal nivel de resignación que sentí ganas de llorar. "Ahora estoy con un chamo que es muy bueno. Este bebé es de él. Trabaja mucho y está pendiente de mí. Espero que no lo vayan matar". Me dijo con esa aceptación de que había una realidad latente y que ella la vivía. Sabe que se lo pueden matar.

Al llegar la buseta a La Monumental, era el fin del destino. Todos comenzamos a bajar. El bebé se había calmado. "Agárrate de mi pantalón hijo. No te vayas a soltar. Todavía tenemos que agarrar otra camionetica" le dijo al pequeño. Ni siquiera se despidió, solo se volteó, me miró y sonrío. Besaba al bebé que llevaba cargado, con un bolso colgando del hombro y el otro niño caminaba, agarrado de su pantalón. Me quedé parado viendo aquella escena. Solo me vino a la mente si esa niña, con dos niños, contribuiría a la construcción de la Venezuela que necesitamos, para el futuro, para ella misma y para los críos ya engendrados.



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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

 rafaelolmos101@gmail.com      @aureliano2327

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