La vida un asunto de convivencias

Debemos ser capaces de escuchar lo que se está diciendo sin rechazarlo ni aceptarlo, solo prestar atención a todo eso. Debemos poder escuchar de tal modo que si se dice algo nuevo no lo rechacemos de inmediato, con esto evitamos el síndrome de Herodes. Escuchar con apertura quiere decir que escuchamos con atención, no que aceptamos todo lo que oímos.

Si aceptamos lo que escuchamos sin la mediación de la reflexión crítica eso sería absurdo, porque lo que hacemos, entonces, es erigir una autoridad. Pues, donde hay autoridad no existe un pensar analítico ni un pensar-hacer-sentir propio; esto conlleva a que no pueda haber el descubrimiento de lo nuevo, de lo diferente. La mayoría de nosotros, muchas veces, nos inclinamos a aceptar tal o cual cosa sin un verdadero entendimiento crítico; por ello existe el peligro de que nuestra aceptación sea sin reflexión ni indagación, sin examinar el asunto de manera profunda.

La aceptación irreflexiva de lo escuchamos afecta nuestra acción y nuestra actividad; por ende, nuestra vida, que es relación. ¿Qué entendemos por actividad? ¿Qué por acción? Estamos tan inmersos en éstas que nos parece natural no preguntar qué es cada una de ella. Nuestra vida se basa en la acción y en la actividad. Si nos observamos, nos veremos haciendo una serie de cosas a diario; estamos inquietos consumidos por el movimiento, haciendo algo a toda costa, avanzando, logrando o luchando por conseguir algo. ¿Qué lugar ocupa la actividad en nuestras relaciones o convivencias?

La vida, en general, es asunto de convivencias; ya que no podemos existir en el aislamiento. Si la vida que es un conjunto de relaciones, entonces ésta es en sí un conjunto de actividades, de convivencias significantes o con significados. Por eso, cuando dejamos de estar activos tenemos esa sensación de aprensión; sentimos que no estamos ni vivos ni alertas, por lo cual buscamos continuar en actividad. De allí que nos atemoriza el estar solos. El salir solos, el estar sin nadie, sin un libro, sin internet, facebook o instagram… sin conversar; sentimos miedo de estar tranquilos sin hacer algo en todo momento, sea con las manos o con la mente.

Comprender nuestra actividad nos lleva a entender lo que es la vida de relación. Si consideramos que la convivencia es una distracción o una huida de algo, entonces la convivencia la convertimos en una actividad; en algo exterior. Y esto no es extraño; pues muchos de nosotros consideramos que nuestra vida de relación es en su mayor parte una distracción y, por tanto, solo una serie de actividades.

No obstante, la convivencia tiene significación cuando ésta es un proceso de autodescubrimiento, cuando nos revela a nosotros mismo en la acción de convivir. Pero, por lo general, nosotros no deseamos ser puesto al descubierto en la convivencia. Por el contrario, la convivencia nos sirve como medio para ocultar nuestra insuficiencia, nuestras dificultades, nuestra incertidumbre. De este modo, nuestra vida de relación la convertimos en mera actividad. Por lo cual, convertimos nuestra convivencia en algo ingrato; y mientras ésta no sea un proceso de autodescubrimiento la misma será un medio para huir de nosotros mismos.

El conocimiento de nosotros mismos radica en el despliegue de nuestras relaciones: sea con las cosas, con las personas o con las ideas. Si la convivencia y la acción se basan en algo utilitario entonces éstas se convierten en una actividad desprovista de comprensión. Esto quiere decir, que es simplemente la aplicación de una fórmula, una norma, una idea, por lo cual resulta restrictiva, limitadora, coercitiva.

Lo utilitario es el resultado de una necesidad, de un deseo, de un propósito. Si nos relacionamos con los otros porque solo necesitamos a éstos en un sentido fisiológico o psicológico, es evidente que tal relación se basa en un uso, ya que solo deseamos algo de ellos. Tal relación no puede ser ni convivencia ni un proceso de autodescubrimiento. Es simplemente un uso, en el cual se establece un hábito utilitario. Tal relación será siempre una tensión, un dolor, una contienda, una lucha que nos causa zozobra.

¿Es posible relacionarnos sin lo utilitario? Sabemos que, muchas veces, nuestras interrelaciones están signadas por la competencia, la lucha, el dolor, o simple el hábito. Si podemos entender de un modo pleno nuestra relación con los amigos, tal vez, tendremos la posibilidad de comprender la relación con otros. Pues, si no entendemos nuestra relación con un amigo o persona conocida, cómo pretendemos comprender nuestra relación con los demás. Si nuestra relación con los amigos se basa en nuestra necesidad, en nuestra satisfacción; entonces, nuestra relación con la sociedad tiene la misma característica. Es utilitaria.

Si nuestras relaciones son utilitarias necesariamente en ellas tienen que surgir las disputas, con uno mismo y con los demás. De ahí las disputas, el antagonismo, la confusión que hay en nosotros y en nuestro entorno.

Para comprender este problema tenemos que ahondar la cuestión del conocimiento propio, porque sin conocernos, sin saber lo que somos, no podemos tener las debidas relaciones con los demás. Mientras no nos entendamos a nosotros mismos, nuestra convivencia no podrá ser verdadera. Ahora bien, no puede haber conocimiento propio, mientras utilicemos nuestras convivencias como simples medio de satisfacción, de escape, como distracción.

El conocimiento de nosotros mismos es un comprendernos mediante la vida de relación; por esto, debemos estar dispuestos a ahondar el problema de nuestra convivencia y exponernos ante ella. Porque, sin relaciones no podemos vivir. Si queremos valernos de la convivencia para sentirnos cómodos, satisfechos, para ser algo o alguien. O nos servimos de la convivencia para protegernos a nosotros mismos, para permanecer dentro de lo conocido; entonces, toda relación se reduce al nivel del hábito, de la seguridad. Por tanto, la convivencia se convierte en mera actividad de uso. De allí, nuestro fracaso personal y social.



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Obed Delfín


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