Nicolás Maduro, ¿Camello, Niño o León? (I)

"Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?"

Marcos 8:36-38

I. Introducción

En el capítulo "De las tres transformaciones", Zaratustra nos da pistas del camino hacia el superhombre. Allí nos cuenta que el hombre se comporta en primer lugar como si fuera un camello, inclinándose para recoger un gran peso, el peso de la obediencia a Dios y a las normas morales. Es un animal que posee cierta grandeza ya que desprecia las tareas fáciles y se pone a prueba cargando con el deber, pero su naturaleza es aún demasiado sumisa. Por ello el camello se convierte en león, un animal que sustituye el "tú debes" de la ley moral por el "yo quiero" de la ley de su voluntad. Es un nihilista activo, un espíritu que siente el "placer de la destrucción" del orden establecido. La suya es una libertad de, pero todavía no es una libertad para: se libera de los valores heredados, pero aún no tiene la capacidad de crear nuevos valores. Por este motivo el león se transforma finalmente en un niño, alguien que juega sin prejuicios ni preocupaciones, un espíritu que inventa incesantemente nuevos juegos y nuevas reglas de juego, "una rueda que se mueve por sí misma". El eterno retorno forma parte de su metabolismo: cuando acaba de jugar, grita entusiasmado: "¡Otra vez, otra vez!".

II. ¿Voluntad de poder?

Friedrich Nietzsche es seguramente el más polémico de los filósofos. Nadie como él es capaz de ganarse una admiración tan apasionada y, al mismo tiempo, despertar tanto rechazo. Se puede decir, tomando prestado el subtítulo de Así habló Zaratustra, que es un filósofo "para todos y para nadie". En su casi siglo y medio de historia, las ideas nietzscheanas (subversivas, reaccionarias, elitistas, esteticistas, antisemitas, misóginas, anarquistas, irracionalistas, emancipadoras... por citar algunos de los calificativos que han recibido) se han defendido y atacado desde posicionamientos muy diversos, a menudo contradictorios entre sí. Semejante disparidad en la recepción indica un pensamiento escurridizo, como si compartiera las raras cualidades de un animal que no se deja apresar. ¿De qué modo debemos, pues, acercarnos a Nietzsche? ¿Cómo hay que leer al crítico más radical y despiadado de la filosofía, la ciencia, la religión y la moral tal y como las conocemos? ¿Con qué actitud abordar un filósofo tan incómodo, que fue, además, un filólogo insólito, un psicólogo sutil y, por encima de todo, un grandísimo escritor?

Si se quiere ir inmediatamente a lo esencial, hay que decir que el tema central del pensamiento de Nietzsche es, sin duda, la distinción entre la voluntad de poder positiva o afirmativa y la voluntad de poder invertida o, más generalmente, negativa.

Señalemos primeramente que en el centro de la antropología de Nietzsche se encuentra la voluntad y no, como sucede con frecuencia en la filosofía clásica, la inteligencia teórica. En este punto, Nietzsche es fiel discípulo de Schopenhauer. El hombre es, fundamentalmente, más voluntad que representación. Pero mientras que en el pesimismo de Schopenhauer, influenciado por los místicos nihilistas de Oriente, la voluntad es el mal, para el que no hay redención sino en la aniquilación de sí mismo, para Nietzsche, por el contrario, la voluntad es esencialmente voluntad de poder. Esta voluntad de poder puede presentarse de dos maneras antitéticas.

La voluntad de poder positiva es la que afirma la vida y los valores vitales. Es propia de los espíritus creadores, que afirman gozosamente su libertad con una prodigalidad generosa y dominadora a la vez. En el lado opuesto, la voluntad de poder negativa es incapaz de positividad creadora; se complace en la negación de sí misma y de las fuerzas vitales de la existencia. Entregada al "nihilismo", es propia de espíritus débiles, de «gentecilla» que denigra a los fuertes exaltando las virtudes débiles (mansedumbre, humildad, paciencia, misericordia, etc.).

Ahora bien, la historia, según Nietzsche, nos pone paradójicamente en presencia de la victoria de los esclavos sobre los poderosos. El hombre decadente ha conseguido imponer a todos su moral anémica de esclavo. A la distinción de la voluntad de poder positiva y de la voluntad de poder negativa corresponde en concreto la oposición entre el hombre afirmativo y el nihilista reactivo, o incluso entre el Superhombre creador del futuro y el hombre decadente presa del resentimiento. La gran astucia de los esclavos envidiosos para someter a los amos es precisamente la moral. A fuerza de glorificar las actitudes de sumisión y de paciencia, a fuerza de exaltar todas las formas del ideal ascético, la «gente común» logra desacreditar a los fuertes haciéndolos pasar por orgullosos, al mismo tiempo que dan a su propia mediocridad la apariencia de virtud. En el fondo de esta inversión y de esta perversión universal de los valores se encuentra históricamente, según Nietzsche, el cristianismo. Él es la expresión suprema del resentimiento, el triunfo acabado de los débiles. En él se celebra en efecto la alianza de un Dios nihilista y del hombre reactivo: los cristianos llegan a hacer creer al mundo que Dios mismo es un ser débil, pobre, humillado. Así, los creadores quedan descalificados de antemano, mientras que los reactivos insignificantes pueden darse importancia. Frente a la invasión del nihilismo que pretende juzgar la vida en nombre de los valores pretendidamente superiores a la vida, frente a esta moral de mediocres que se complace en las formas más enfermas de la existencia, Nietzsche pretende ser el profeta del Superhombre. Lo es sobre todo a través del personaje de Zaratustra, cuya figura solitaria y generosa domina la obra más conocida de nuestro autor: Así habló Zaratustra. Vamos a proponer ahora un pasaje muy hermoso y justamente célebre de esta obra; lo comentaremos después (parte II) para presentar las grandes líneas de la moral de la creación de los valores tal como Nietzsche la concibió. Se trata de la sección titulada Las tres metamorfosis.

III. Las tres metamorfosis del espíritu: los tres devenires

Voy a hablaros de las tres metamorfosis del espíritu: de cómo el espíritu se transforma en camello, el camello en león, y finalmente el león en niño.

Muchas cargas soporta el espíritu cuando está poseído de reverencia, el espíritu vigoroso y sufrido; su fortaleza pide que se le cargue con los pesos más formidables

« ¿Qué es lo más pesado?», se pregunta el espíritu sufrido. Y se arrodilla, como el camello, en espera de que le carguen.

«¿Qué es lo más pesado, oh héroes?», se pregunta el espíritu sufrido para cargar con ello, y que le regocije su fortaleza.

Lo más pesado, ¿no es arrodillarse, para humillar la soberbia? ¿Hacer que la locura resplandezca, para burlarse de la propia sabiduría?

¿O bien separarse de los suyos, cuando todos celebran la victoria? ¿O escalar las elevadas montañas para tentar al tentador?

¿O acaso alimentarse de las bellotas y los yerbajos del conocimiento, y padecer hambre en el alma por amor de la verdad?

¿O acaso estar enfermo y mandar a paseo a quienes intentan consolarnos, para trabar amistad con los sordos, con aquellos que jamás oyen lo que uno desea?.

¿O tal vez zambullirse bajo el agua sucia, cuando es ésta el agua de la verdad, sin apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos?

¿O tal vez amar a quienes nos desprecian, y tender la mano a cuantos fantasmas se proponen asustarnos?

Todas estas pesadísimas cargas toma sobre si el espíritu sufrido; a semejanza del camello que camina cargado por el desierto.

Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda metamorfosis: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad y ser señor de su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere ser enemigo de su último señor y de su último Dios, a fin de luchar victorioso contra el dragón.

¿Cuál es ese gran dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando señor o Dios? Ese gran dragón no es otro que el «Tú debes». Frente al mismo, el espíritu del león dice: «Yo quiero».

El «Tú debes» le sale al encuentro como un animal escamoso y refulgente en oro, y en cada una de sus escamas, brilla con letras doradas el «Tú debes».

Milenarios valores brillan en sus escamas, y el más prepotente de todos los dragones habló así:

«Todos los valores de las cosas brillan en mí».

«Todos los valores han sido ya creados. Yo soy todos los valores. Por ello, ¡no debe seguir habiendo un "Yo quiero"!». Así habló aquel dragón.

Hermanos míos, ¿para qué es necesario en el espíritu un león así? ¿No basta acaso con el animal sufrido, que es respetuoso, y a todo renuncia?

Crear valores nuevos no es cosa que esté tampoco al alcance del león. Pero sí lo está el propiciarse libertad para creaciones nuevas. Para crearse libertad, y oponer un sagrado «no» al deber, para eso hace falta el león.

Crearse el derecho a valores nuevos, ésa es la más tremenda conquista para el espíritu sufrido y reverente. En verdad, para él eso equivale a una rapiña, a algo propio de animales de presa.

Como su cosa más santa, el espíritu amó en su tiempo al «Tú debes». Hasta en lo más santo tiene ahora que encontrar ilusión y capricho y conquistar en buena lid el derecho a liberarse de ese amor: para hacerse semejante violencia es necesario ser león.

Mas ahora, decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero?

Porque el niño es inocencia y olvido, nuevo comienzo, juego, rueda que se mueve a sí misma, primer móvil, afirmación santa.

Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir «sí»: el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.

La lectura de este extracto de Así habló Zaratustra sobre las "tres metamorfosis del espíritu" nos ha demostrado claramente cómo de la voluntad de poder invertida (la del camello) se pasa a la voluntad de poder negativa y liberadora (la del león) para llegar finalmente a la voluntad de poder positiva y libre (la del niño, es decir, del Superhombre). Sólo la tercera figura es propiamente afirmativa y creadora; las dos primeras pertenecen todavía al nihilismo. Podemos sintetizar estos resultados en el esquema siguiente:

  • Camello - hombre decadente - voluntad de poder invertida Voluntad de poder negativa: nihilismo.

  • León - último hombre - voluntad de poder negativa

  • Niño - Superhombre voluntad de poder positiva

En esta figura del Superhombre que crea generosamente nuevos valores a partir del juego gozoso de su libertad, encontramos una concepción que evoca en ciertos aspectos encontrados en Sartre. La concepción nietzscheana es, sin embargo, menos estrechamente antropocéntrica que la de Sartre, en la medida en que la libertad del Superhombre tiene mil vinculaciones cósmicas que el existencialismo ignora totalmente. Para éste, el para-sí humano es solitario en medio de un en-sí extraño en el que se escuda. Para Nietzsche, por el contrario, el hombre es como una pequeña burbuja en el seno de un gigantesco torbellino cósmico. Por eso, la libertad creadora del Superhombre puede acabar sin contradicción en una aquiescencia al eterno retorno de todas las cosas, en un "amor del destino" (amor fati), que son extraños al humanismo riguroso del existencialismo sartriano. El Superhombre nietzscheano es bastante libre para consentir serenamente a la necesidad. Es esta misma libertad soberana la que le permite ser infinitamente generoso. Mientras que la libertad sartriana no se afirma más que en una especie de desconfianza universal, la voluntad de poder positiva no acaba nunca de manifestar la desmesura de su riqueza en una prodigalidad sin límites.

Prodigiosamente estimulante, el pensamiento de Nietzsche es, sin embargo a menudo en el resentimiento y la negación, y así tiene más de león que de niño, al menos en el plano de la expresión. En el fondo, Nietzsche ha buscado, en materia ética, una superación de la moral legalista en lo que ésta puede tener de sofocante. Hay que reconocer, en su descargo, que el cristianismo en el que ha crecido, centrado unilateralmente sobre la cruz, no podía darle una imagen positiva de la moral cristiana. Pero lo que es finalmente alienante en él es que no ha podido creer encontrar esa liberación del peso aplastante de una moral dolorista más que en la voluntad de poder, todo lo positiva que se quiera y en manera alguna en una actitud de escucha en virtud de la cual la sumisión pasiva a la ley se transforma en aceptación de una palabra liberadora. Nietzsche razona como si la libertad fuera prisionera de un dilema: cambiarse en obediencia servil, o bien crear con absoluta suficiencia. No se analiza una tercera hipótesis, aquella en que la libertad se despliega positivamente a partir de la escucha otro y de una autoridad que, conforme a su sentido etimológico, hace crecer (augere) la propuesta, en lugar de oprimía. Dicho de otro modo, le falta a Nietzsche la experiencia de un no-poder positivo que no es ni alienación de la voluntad ni pretensión unilateral de dominarla, sino liberación por la acogida de una alteridad desbordante. El lenguaje tal cual se practica Zaratustra es una ilustración elocuente de este callejón sin salida. El profeta del Superhombre, que se compara a sí mismo con una mujer encinta en trance de dar a luz la riqueza que la habita difunde su sabiduría en interminables monólogos en los que lo dice todo y no responde a nada, cuando el lenguaje auténticamente humano no es solamente el que yo hablo, sino también el que se dirige a mí y yo escucho. Pero el Superhombre está demasiado lleno de sí mismo para escuchar a otro distinto a él. Y en caso de que quiera, se debe únicamente al destino y no a una alteridad real, es decir, personal.

Dicho de otra manera, el niño es sin duda la figura auténtica del Superhombre. Pero este niño, en Nietzsche, es un hijo o un hermano cuya generosidad no es solamente solipsista, sino que está también marcada por una real alteridad. Obnubilado por un cristianismo dolorista, ¿pensó Nietzsche alguna vez que el Resucitado, a quien le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra ( Mt 28,19), es el verdadero Superhombre cristiano, pero un Superhombre que no es Señor sino en su condición de Hijo? Zaratustra se compara con una mujer encinta, pero al menos ésta se halla embarazada por el poder de otro. El Superhombre nietzscheano, por el contrario, es incansablemente generoso, pero en la autarquía. El da, pero no recibe. Es fiel, no a otro, sino a sí mismo, y cuando se estremece ante la grandeza de la existencia, es únicamente porque tiembla ante el abismo de su propia profundidad.

Estos límites de la concepción nietzscheana de la voluntad de poder ilustran una vez más en qué medida la libertad tomada formalmente en sí misma, a título de pura creatividad, constituye, a pesar de su grandeza, un impase que exige una superación. La moral de la creación de los valores en su versión nietzscheana, es incapaz de fundar el valor moral en todas sus dimensiones. Como indicábamos antes de abrir este anexo consagrado a Nietzsche, la superación de la moral de la autenticidad se hará primero, con toda lógica, explorando el segundo aspecto que presenta la libertad en su misma emergencia, a saber, la libertad en cuanto libertad universal de la razón. La moral que salga de ahí podrá llamarse la moral racional del deber como exigencia formal de universalidad.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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