¿Qué caramba importa el socialismo?

La denominación importa poco, el rótulo carece de interés, el título no es lo definitorio ni es el propósito, lo que sí vale la pena es el contenido. Y en nuestro caso venezolano, en estos trece años de Revolución, se ha llenado el país de numerosos contenidos, suficientes como para seguir respaldando a los principales conductores de este proceso y para seguir empujando en la misma dirección en la que se van desarrollando los acontecimientos. La lista con los logros venezolanos en materia económica, social y política, en estos años revolucionarios, es interminable. Y si esto venezolano se llama socialismo pues bienvenido tal rótulo, en caso contrario no hay de qué preocuparse. Total, repito, lo que nos interesa es el contenido y no el continente, lo que importa son los resultados y no el procedimiento. La recomendación a este respecto es hacerle caso omiso a los comecandelas insatisfechos que están siempre prestos en sus laboratorios a aplicar sus instrumentos para medir cuántos grados a la derecha se ha desviado la revolución venezolana. Estos son los que luego salen a vociferar su evaluación: Chávez era reformista porque hizo negocios con las compañías petroleras norteamericanas; Maduro es un traidor porque se reunió en Miraflores con la burguesía venezolana para acordar proyectos económicos de interés nacional. ¡Así no actúan los revolucionarios!, afirman. Los revolucionarios confrontan, pelean, luchan, enfrentan, combaten en todos los espacios a los enemigos de la revolución. Enfrentan al imperialismo, a la burguesía, a la clase media, a los terratenientes, a los pequeños productores, a los comerciantes, grandes y pequeños, a los partidos políticos contrarios y a todo el que se oponga, incluso circunstancialmente, al proceso. De manera que la conducta de un revolucionario es la misma de un combatiente en batalla. Es la conducta del que hace la guerra y por lo tanto enfrenta, confronta, acaba, destruye. Así entonces tiene que ser el desempeño del gobierno de Nicolás Maduro respecto a sus adversarios. Nada de negociar, acordar, congeniar, convenir, conversar con estos factores.

Sin embargo, es de advertirse, por este camino recomendado por los comecandelas, lo que nos espera es la gran guerra civil. Y luego de esta tragedia acontecerá lo peor, vendrá la invasión gringa con su ejército de asesinos a completar la tarea: limpiar el país de sobrevivientes, pues de estos no debe quedar casi nadie, dado que lo que interesa es lo que está debajo, en el subsuelo: las enormes reservas de hidrocarburos venezolanos, tanto como para abastecer las necesidades del mundo durante cien años más. Ejemplo de ese malogrado camino son Irak y Libia. Entonces es muy mala la recomendación de los ultrosos, es la peor opción. Así que a dialogar, a convenir el gobierno con quien sea necesario, a dialogar con quien esté dispuesto a colaborar para, tal como recomienda Michel Collon, llenar los platos. Con este fin, hay que servirse de todo lo que pueda ser útil. Y ello incluye a la burguesía nacional, a los capitalistas pequeños y medios, que acepten trabajar con un Estado que esté al servicio de la gente. Estos capitalistas poseen capital, maquinaria, experiencia, conocimientos técnicos, contactos comerciales, y todo ello sirve para contribuir a llenar los platos (2014. P. 407). Por tanto, el gobierno venezolano no debe estar cuidándose de cumplir a pie juntilla ninguna doctrina, ni los dictados del socialismo marxista-leninista, de la dictadura del proletariado y de toda esa perorata manualesca que en este momento no ayuda para nada en lo que de verdad importa, esto es, el proyecto de construir en la realidad concreta venezolana, plagada de contradicciones y conflictos, un orden político democrático y participativo, un sistema social donde reine la justicia, un modelo económico con distintas formas de propiedad, que apunte en su conjunto a hacer de Venezuela un país con producción económica diversificada y con soberanía alimentaria. En esta dirección lo que no debe perderse de vista jamás es la garantía del apoyo popular, pues en este aspecto reside la posibilidad de sobrevivencia de la Revolución Bolivariana. Estamos hablando entonces de resultados concretos, esto es, de treinta millones de personas que requieren alimentación, vivienda, salud, educación, trabajo y esparcimiento. Y el Estado venezolano actual no puede satisfacer solito lo que se requiere en cada uno de estos ámbitos. Aquí nos damos cuenta otra vez de la necesidad de los acuerdos, de los pactos, de las negociaciones, de las conversaciones, de los diálogos, de los apoyos. Es lo que está haciendo en estos momentos el presidente Nicolás Maduro, el hijo de Hugo Chávez,  y a nosotros lo que corresponde es respaldarlo plenamente en este esfuerzo de sumar auxilios. De manera pues que oídos sordos Nicolás a los comecandelas, a los ultrosos, a los doctrinaristas fanáticos. Esos nos quieren conducir a la gran guerra, al derramamiento de sangre, a la destrucción. La virtud de los mismos es que no son capaces de acordar ni siquiera consigo mismos. Recordémonos de la multifragmentada experiencia izquierdista venezolana, una muy mala experiencia que debemos recordar para no repetirla ni oír sus malas consejas.



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Sigfrido Lanz Delgado


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