Es la hora de reinventarlo

¿Dijo usted socialismo?

Las palabras no son neutras. No crea que usted "usa" las palabras. Más bien es usted el que es usado por las palabras. Así de brutal es la jungla del lenguaje, ese "mercado lingüístico" donde Bourdieu veía al capital cultural desplegándose, generando opacidades y asimetrías socialmente funcionales con las tramas de poder. Eso vale para todos los discursos que circulan en la sociedad. También -y sobre todo- para el discurso político.


1- El nombre de la cosa es parte de la cosa

Sería demasiado ingenuo creer que la gente acude a un depósito de términos, nociones, conceptos o categorías que están allí almacenadas para utilizarlas según el estado de ánimo de cada quien. El asunto no funciona así. Las prácticas discursivas (incluido el lenguaje) se desarrollan en contextos culturales y en tramas semióticas cargadas de los mismos contenidos de las relaciones de dominación que operan en el espacio económico, político y simbólico. Los discursos son ellos mismos relaciones de poder. Nunca olvide esta pequeña regla de oro. En los debates teórico-políticos el papel de los conceptos que se manejan es clave.

Las agendas de discusión, los conceptos en juego y los enfoques en disputa expresan en cada coyuntura el tenor de los intereses que se confrontan, la dimensión de las visiones del mundo que se interpelan. Las últimas décadas están repletas de experiencias en todo el mundo donde los sectores críticos, el progresismo, la izquierda genéricamente entendida, han debatido intensamente todos los conceptos imaginables en el campo de la política (no sólo en este ámbito, desde luego).

El término "Socialismo" es uno de los tantos conceptos que han desfilado durante largo tiempo por las turbulencias de estos encendidos debates. Ya desde el siglo XIX quedó bastante claro que la idea de "Socialismo" permitía manejos diversos, podía ser utilizado por corrientes enfrentadas. Durante el Siglo XX este mapa fue llevado hasta el extremo. El comodín "Socialista" terminó acuñado por entornos ideológicos antagónicos. "Socialista" se reclama la barbarie estalinista como el "eurocomunismo" de los italianos.

"Socialista" es la entonación retórica del PSOE español como las proclamas de gobiernos premodernos como Albania o Corea del Norte. ¿Cómo fue posible esta deriva? Sencillamente porque este término de "Socialismo" hace mucho tiempo ya que está completamente vacío. Puede significar tantas cosas a la vez que no significa nada en realidad. Por ello puede ser exhibido retóricamente en las ceremonias públicas sin ninguna consecuencia. Que una idea, una persona o un gobierno puedan caracterizarse como "Socialistas" plantea de entrada un desafío: ¿Qué quiere decir usted con eso? ¿Qué socialismo es ese? ¿A qué socialismo se refiere usted?

2- Tomar distancia de los bárbaros

La peor desgracia que le ha ocurrido a las ideas del "Socialismo" en el mundo ha sido la nefasta experiencia del estalinismo de la Unión Soviética y sus pérfidas ramificaciones en todos los partidos comunistas que operaron como franquicia de una sub-ideología radicalmente reaccionaria, eso sí, empapelada en nombre del "proletariado" y otras tantas babosadas. Esa trágica experiencia histórica enlodó irremediablemente a buena parte del marxismo y a una importante fracción de la izquierda mundial que quedó atrapada en la lógica infernal del burocratismo, el parasitismo de Estado, la geopolítica de gran potencia, la vulgarización extrema del pensamiento, la radical incapacidad para proponer nada novedoso en el campo de la vida productiva, en el terreno de la cultura, el la dimensión de la subjetividad.

Las brutales consecuencias de este inmenso trauma se viven todavía con gran intensidad en muchas partes del mundo (los países del Este, por ejemplo). Las lesiones profundas dejadas por este infierno "Socialista" en el mundo de la subjetividad estamos lejos de apreciarlas todavía. La marca desastrosa de la mentalidad burocrática llevada hasta el paroxismo en el terreno teórico ha inhabilitado a varias generaciones para pensar cualquier cosa que valga la pena.

En América Latina y en Venezuela esta monstruosidad ideológica ha tenido sus peculiares modulaciones. En todos lo casos con una misma matriz discursiva: la cultura de aparato, la ignorancia enciclopédica, el oportunismo político. Los bárbaros hicieron su agosto por estos chaparrales. Con la aureola de la "gran patria socialista" la izquierda soviética no hizo nada en la región que merezca ser recordado con dignidad.

Más de medio siglo mascullando necedades la izquierda comunista nunca entendió nada. Pasó sin pena ni gloria por todos los grandes debates que se dieron en Latinoamérica durante las décadas calientes de los sesenta y los setenta. Quedó totalmente fuera de las grandes discusiones ideológicas de los años ochenta y se fue a descansar en paz a partir de los años noventa. Cascarones inservibles puede ser que quede alguno por allí (algún Partido Comunista que sólo existe en el imaginario de algún sobreviviente).

Ese "Socialismo" es más bien una vergüenza. Representa la barbarie teórica en el seno del marxismo y una ruindad ética de cara a los grandes sacrificios hechos por tanta gente que entregó su vida en nombre del sueño de otro modo de vivir. En Venezuela esta vulgata "marxista" tuvo sus secuaces, tanto en el terreno de los aparatos políticos, como en el mundo académico. Sería ingenuo creer que esta enfermedad del espíritu fue cosa del pasado. Por desgracia la ignorancia no está en crisis.

El atraso intelectual y el pragmatismo son aliados permanentes de la entronización de este tipo de mentalidad reaccionaria en el campo de la izquierda. Esa mentalidad sigue rondando en los ambientes de discusión que se animan con el tema del "Socialismo". Esa mentalidad es hoy por hoy uno de los más poderosos obstáculos para que estos debates puedan desembocar en la creación de un pensamiento alternativo.


3- Sin pensamiento crítico no hay "Socialismo" que valga

El pensamiento crítico latinoamericano cargó en sus hombros la complicada tarea de pensar la revolución durante aquellas turbulentas décadas de los años sesenta.

Desde la izquierda guerrillera, pasando por la izquierda académica, hasta la izquierda cultural, tomaron en sus manos el compromiso de poner la agenda de debate, de conectarse a las grandes discusiones mundiales, de explorar una comprensión del presente deslastrada de los dogmas del manualismo soviético (manualismo que se propagó en Venezuela con las mismas patéticas consecuencias intelectuales: absoluta incompetencia teórica para entender cualquier cosa). Desde el pensamiento crítico latinoamericano se produjeron los mejores aportes intelectuales para una visión distinta del continente.

Aportes estos que expresan por sí solos la complejidad y diversidad de las fuerzas subversivas que intentaron romperle el cuello al status quo de aquellos días. Independientemente del balance que cada tendencia puede hacer de esta experiencia, lo que parece relevante es poder hacer la conexión con el trayecto de los debates en curso, poder sacar provecho de investigaciones teóricas que forman parte de un patrimonio intelectual invaluable. No es posible hacer avanzar ningún debate que valga la pena saltándose a la torera el trayecto de una elaboración teórico-política que está de muchos modos en la base de buena parte de lo que intenta hacer la izquierda en estos días. No se trata de rendir culto a una visión historicista de las ideas.

Tampoco de reverenciar a los autores para instrumentar pragmáticamente sus aportes. De lo que sí se trata es de conectar la agenda de hoy con su trayecto, los problemas actuales con los contextos que les dan sentido, los asuntos esenciales de una transformación radical de la sociedad con los soportes teóricos que no salen de la manga. Allí la contribución del pensamiento crítico latinoamericano es de capital importancia. Con sus matices y contradicciones. Leyéndolo con mirada atenta y extrayendo de su vasta complejidad aquellas enseñanzas que pueden ser pertinentes para las tareas actuales de construir una nueva sociedad.

En esa amplia agenda la cuestión del "Socialismo" (con sus variados apellidos) estuvo siempre en primer plano. Cada tendencia reclamó para sí una versión del "Socialismo", una manera de leer la realidad, un modo de asumir el marxismo, una forma de relacionarse con las fuerzas progresistas del mundo, en fin, una visión de lo político que conectaba de inmediato con el programa estratégico de construcción de ese "Socialismo".

En el clima que se ha abierto en estos tiempos convendría hacer las cuentas con esta agenda. Establecer el estado del arte de este debate para ver qué va quedando en limpio de estas elaboraciones para una eventual formulación "Socialista" en tiempos posmodernos.

4- ¿"Socialismo" sin Nación, sin Sujeto, sin Historia, sin Progreso, sin Razón?

La lista está incompleta. La debacle de la Modernidad incluye a todo el repertorio de categorías que fundaron la episteme Moderna. Pero son suficientes para interpelar radicalmente el estatuto teórico de las visiones positivistas que alimentaron a los socialismos del siglo XX. No vale hacerse el loco: tanto el marxismo soviético que cubrió todo el trayecto de estos experimentos en todo el mundo, como las estrategias políticas que pusieron en práctica todos los partidos comunistas del globo, estuvieron fundadas en una visión cientificista de las más atrasadas del historial del la Modernidad.

Ese no es para nada un pequeño detalle que pudiera eludirse con el truco de las querellas filosóficas. Se trata en el fondo de la tragedia de una pensamiento que se había planteado por allá en el siglo XIX nada más y nada menos que "cambiar el mundo" y que resultó un gigantesco fraude un siglo después al plasmarse como un pensamiento básicamente reaccionario en todos los frentes (de la estética a la física, de la sociología a la poesía), peor que eso, el "Socialismo" de tipo soviético fue una aberración histórica que contradijo letra a letra toda la construcción teórica del pensamiento libertario (Marx incluido).

El desafío intelectual de pensar el "Socialismo" luego del derrumbe de la Modernidad, después de la implosión de la Unión Soviética y sus satélites, en una tránsito cultural que ha puesto patas arriba todas las convenciones que sirvieron para pensar y hacer durante este largo trayecto, no es cosa de juegos. Tamaño reto en una coyuntura caracterizada por la crisis de paradigmas, por la deriva de la voluntad y la difuminación de la ética. ¿Cuál es esa teoría política que puede fundar otra idea de "Socialismo"? ¿Cuál Estado es ése? ¿Cuál Sujeto? ¿Cuál Progreso? ¿Cuál Historia? ¿Qué idea de Nación habrá detrás de esta metáfora del "Socialismo"? ¿Qué idea de lo político?

Como puede apreciarse, las asignaturas pendientes son muchas. Las interrogantes no son pura majadería para distraer a la vanguardia. Estamos frente a una tarea intelectual de enormes proporciones. No hay que confundir los buenos deseos por posicionar una definición meta-política como la categoría de "Socialismo" con las posibilidades reales de dotar de consistencia una tal caracterización.

La voluntad política cuenta muchísimo, desde luego. Pero cuenta todavía más poder dotar de contenidos sustantivos una tal definición. Eso es lo que está en veremos. El camino luce empedrado. Algunos camaradas entusiastas confunden las consignas y el jolgorio con la responsabilidad político-intelectual de crear una nueva teoría de la transformación de la sociedad. No está mal tomarse el asunto con frescura y relajadamente. Desde luego, a condición de saber que un tal horizonte está muy lejos de los precarios tendederos de los que se sirve intelectualmente nuestra élite política.
5- La primera regla de juego: cambiar el juego

Los intentos de transformar radicalmente la lógica del capital llevan varios siglos sin lograr mayor cosa. Podría decirse incluso que las propias mutaciones internas de la civilización occidental (el post-capitalismo, el posmodernismo, por ejemplo) han ido mucho más lejos que los experimentos del "Socialismo" que conocimos en el siglo XX. Esta rara capacidad de auto-reproducción del capitalismo como lógica de la sociedad sigue siendo hoy la cuestión cardinal de cualquier proyecto que se proponga en serio la instauración de una nueva lógica para la vida en común.

El nombre que usted le ponga a esta aventura no es indiferente, ya lo dijimos. Pero más importante será la definición de contenidos en todos los órdenes vitales que distinguen un modelo de sociedad de otro. Hay demasiados asuntos previos -de orden teórico y de naturaleza socio-política-que deben ser encarados sin apelaciones. "Una comunidad de hombres libres" tal como la soñaba el "joven Marx" por allá por 1844 sigue siendo hoy la quintaesencia de un verdadero proyecto emancipador.

El costosísimo fracaso de este sueño en las barbaridades del "Socialismo real" ha hecho que semejante utopía desaparezca del imaginario de todos los partidos de izquierda del mundo, de todos los programas de gobierno que van y vienen en este tortuoso itinerario de los partidos socialistas y similares que administran al capitalismo sin pena ni gloria (no otra cosa es este ir y venir de gobiernos "Socialistas" que ganan y pierden elecciones sin que el modelo de sociedad instalado siquiera se entere: España, Francia, Portugal, Italia, Alemania, Grecia, Suecia, Brasil, Chile) Los movimientos radicales (radicales quiere decir que plantean una transfiguración de la lógica del sentido de la sociedad toda, es decir, una revolución) son casi invisibles en el mapa político del mundo. En América Latina este horizonte teórico-político estuvo por mucho tiempo asociado -equívocamente por lo demás-a los movimientos guerrilleros.

Después de la década de los años setenta esta perspectiva desapareció de la agenda. En las siguientes dos décadas y media que nos conducen hasta estos días no apareció en ningún lado una propuesta política mínimamente creíble que se planteara en serio el desmantelamiento de la civilización del capital. El movimiento zapatista ("La primera guerrilla posmoderna" como ironiza Carlos Fuentes) ha apuntado en algún sentido al corazón de este asunto. Pero hasta allí. Toda la izquierda en el continente oscila entre un atraso ideológico que da vergüenza y un oportunismo acomodaticio proverbial. Que muchos de esos grupos se sigan denominando "Socialistas" es un mero accidente del lenguaje (más hábiles han sido sus socios italianos que se rebautizaron para pasar agachados). Es clarísimo que de allí no saldrá en absoluto un planteamiento teórico-político de carácter radical.¿De dónde entonces?

No veo por ningún lado condiciones políticas, intelectuales y culturales para que un movimiento de gran aliento encarne un proyecto político de esta envergadura. Una voluntad política radicalmente anticapitalista y un horizonte teórico anti-Moderno serían las bases mínimas para perfilar un tal horizonte.

Esas bases sencillamente no existen en la mentalidad de la gente, en los imaginarios de la izquierda, en los modos de pensar que predominan en las élites. Una revolución de estas dimensiones supone un profundo trastocamiento de los modos de pensar dominantes, una conmoción de las maneras de hacer política, un cambio profundo de la cultura, de la subjetividad, de la sensibilidad. Como sostenía sabiamente Herbert Marcuse: "la libertad es previa a la liberación". No es posible pensar la emancipación con un pensamiento dominando. No es posible hacer una revolución con individuos reaccionarios. Así de brutal.

¿Qué queda entonces de este "Socialismo" para el mundo de hoy? Mi tesis es que no queda casi nada. Lo cual debe ser leído como una buena noticia puesto que nos pone en el estupendo camino de tener que inventarlo todo. Desde luego, no desde cero pero sí desde el cuestionamiento más severo de cuanto se dijo y se hizo en nombre de la revolución.


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