Bolchevismo: El camino a la revolución

Historia del Partido Bolchevique desde sus comienzos hasta la Revolución de Octubre Bolchevismo: El camino a la revolución.

Una revolución, por definición, representa tal punto de inflexión que el proceso de desarrollo humano adquiere un nuevo ímpetu poderoso. Uno puede pensar lo que quiera de la Revolución Rusa de 1917, pero de lo que no hay duda es de su colosal significado histórico. Durante más de tres cuartas partes de su existencia, el siglo XX ha estado dominado por este acontecimiento. Incluso ahora, en el amanecer de un nuevo milenio, el mundo sigue afectado por sus reverberaciones de una forma importante. Por lo tanto, el estudio de la Revolución Rusa no requiere ni explicaciones ni justificaciones. Pertenece a esa categoría de grandes puntos de inflexión históricos que nos obliga a hablar de un antes y de un después, como la Revolución de Cromwell en Inglaterra o la gran Revolución Francesa de 1789-93.

Existen muchos puntos de semejanza entre la Revolución de Octubre en Rusia y las grandes revoluciones burguesas del pasado. En ocasiones, estos paralelismos parecen casi increíbles, extendiéndose hasta las personalidades de los principales dramatis personnae, tales como la similitud entre Carlos I de Inglaterra, Luis XVI de Francia y el zar Nicolás, junto con sus esposas extranjeras. Pero a pesar de todos sus parecidos, hay una diferencia fundamental entre la revolución bolchevique y las revoluciones burguesas del pasado. El capitalismo, a diferencia del socialismo, puede surgir, y de hecho surge, espontáneamente a partir del desarrollo de las fuerzas productivas. Como sistema de producción, el capitalismo no requiere la intervención consciente del ser humano. El mercado funciona de la misma manera que un hormiguero o cualquier otra comunidad autoorganizada del mundo animal, es decir, ciega y automáticamente. El hecho de que esto tenga lugar de una forma anárquica, convulsiva y caótica, de que sea infinitamente derrochador e ineficiente y de que cree el más monstruoso sufrimiento humano, es irrelevante para esta consideración. El capitalismo "funciona" y ha estado funcionando —sin la necesidad de ningún control humano ni planificación— durante unos doscientos años. Para crear tal sistema, no hace falta ningún discernimiento o comprensión especiales. Este hecho hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de establecer la diferencia fundamental entre la revolución burguesa y la socialista.

El socialismo es diferente del capitalismo porque, a diferencia de este último, requiere el control y la administración consciente de los procesos productivos por parte de la clase trabajadora. No funciona ni puede funcionar sin la intervención consciente de los hombres y las mujeres. La revolución socialista es cualitativamente diferente de la revolución burguesa porque sólo puede realizarse a través del movimiento consciente de la clase trabajadora. El socialismo es democrático o no es nada. Desde el principio, durante el período de transición entre el capitalismo y el socialismo, la gestión de la industria, la sociedad y el Estado debe descansar firmemente en las manos de la clase trabajadora. Tiene que haber el grado más alto de participación de las masas en la administración y el control. Sólo de esta manera es posible impedir el surgimiento de la burocracia y crear las condiciones materiales para un movimiento hacia el socialismo, una forma superior de sociedad caracterizada por la ausencia total de explotación, opresión y coerción, y, por lo tanto, por la extinción gradual y la desaparición de esa monstruosa reliquia de la barbarie: el Estado.

Hay también otra diferencia. Para conquistar el poder, la burguesía tuvo que movilizar a las masas contra el viejo orden. Esto hubiera sido impensable sobre las bases de declarar que su propósito era el establecimiento de las condiciones necesarias para el dominio de la renta, el interés y el beneficio. En su lugar, la burguesía se propuso a sí misma como la representante de toda la humanidad oprimida. En la Inglaterra del siglo XVII, la burguesía proclamaba la lucha por el establecimiento del reino de dios en la Tierra. En la Francia del siglo XVIII, se presentó como la representante del dominio de la Razón. Sin duda, muchos de aquellos que lucharon bajo estas banderas creyeron sinceramente que era verdad. Los hombres y las mujeres no luchan desesperadamente, arriesgándolo todo, sin una motivación especial que nace de la convicción ardiente de la justicia de su causa. Los objetivos declarados en cada ocasión resultaron ser pura ilusión. El contenido real de las revoluciones inglesa y francesa era burgués y, en la época histórica dada, no podía haber sido otra cosa. Y ya que el sistema capitalista funciona de la forma que ya hemos descrito, no supuso ninguna diferencia que la gente entendiera cómo funcionaba.

La obra presente, a diferencia de la mayoría que tratan de este tema, no parte del punto de vista de que las revoluciones sólo pertenecen al pasado. Al contrario. La situación actual del mundo nos proporciona cada vez más pruebas de que el papel progresista del capitalismo ahora está completamente agotado. Las condiciones materiales para el socialismo ya han madurado hace tiempo a escala mundial. Existe la posibilidad de crear un mundo de abundancia inimaginable. No obstante, millones de personas viven en una miseria abyecta. En el contexto actual, el libro de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo resulta especialmente moderno. El poder de los grandes bancos, monopolios y compañías multinacionales nunca ha sido más grande, y no tienen más intención de cederlo sin lucha que los degenerados monarcas absolutos del pasado. La primera condición para el progreso humano es romper el poder de estos modernos amos todopoderosos. Para poder hacer esto, es necesario derrotar y derrocar la resistencia de esa clase que ostenta el poder en la sociedad actual: los banqueros y los monopolistas que ejercen su dominio no sólo mediante su poder económico, sino también mediante su control del Estado y de la cultura.

Para realizar estas tareas, es necesario que la clase trabajadora posea un partido y una dirección adecuadas para ello. A diferencia de los revolucionarios franceses e ingleses de los siglos XVII y XVIII, la clase obrera moderna sólo puede transformar la sociedad sobre las bases de una comprensión científica del mundo en que vive. El marxismo, la única forma consistente y científica de socialismo, es el que la proporciona. La historia del bolchevismo nos suministra un modelo de cómo esto puede lograrse. Sería muy difícil de encontrar en todos los anales de la historia otro ejemplo de un crecimiento tan sorprendente como el del Partido Bolchevique en 1917, cuando pasó de 8.000 miembros a más de un cuarto de millón en el espacio de nueve meses. No obstante, esta hazaña no ocurrió como resultado de una combustión espontánea. Fue el resultado final de décadas de trabajo paciente, comenzando con pequeños círculos y pasando por una larga serie de etapas en las que a avances espectaculares, les siguieron derrotas amargas, desilusión y desesperación. Todo ser humano conoce momentos similares en su vida personal. La totalidad de estas experiencias es la vida misma, y la manera en que un individuo supera los problemas de la vida y absorbe las lecciones de todo tipo de circunstancias diferentes es lo que le permite crecer y desarrollarse. Sucede exactamente lo mismo con el desarrollo del partido. Asimismo, los individuos aprenden lecciones valiosas de la experiencia y los conocimientos de otros. ¡Qué difícil sería la vida si insistiéramos en ignorar la sabiduría acumulada de los que nos rodean! De la misma forma, es menester estudiar las experiencias colectivas de la clase obrera de diferentes países para poder evitar la repetición de errores ya cometidos. Como alguna vez observó el filósofo norteamericano Jorge Santayana: "El que no aprende de la historia, estará condenado a repetirla".

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Alan Woods


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