(Tan fantasioso como el Socialismo Utópico)

Conozcamos el Capitalismo Utópico[i]

Literalmente, utopía significa inexistencia, pero también traduce una interesada fantasía cuando ese sustantivo sirve para adjetivar la Economía Política. Por ejemplo, el “Socialismo Utópico” (SU) del siglo XIX fue una humanitarista teoría que vislumbraba una posible igualación de todos los hombres entre sí, sin clases sociales, pero sin la metodología para lograrla ni el debido señalamiento del camino a seguir. Como tal, no pasó de ser un igualitarismo populista. Para ese entonces no se conocía las causas de la pobreza ni la procedencia de la riqueza.

La aspiración a la igualdad y justicia social la han manejado todos los hombres de buena voluntad desde tiempos “prehistóricos” y desde todo punto de vista, religioso, sociológico y político, pero desde hace más de un siglo quedó demostrado que, sin llegarse a la fuente de la riqueza material y a las leyes que gobiernan el quehacer humano, el cómo se produce, ninguno de esos    intentos dejan de ser simples sueños sin asideros reales.

El SU no se preocupó de averiguar las causas materiales reales de la pobreza reinante en una mayor parte de la sociedad ni tampoco la abundante riqueza en el resto de la sociedad. Se limitó a seguir especulando sobre el mercado como sitio donde se concreta la ganancia por la simple y aritmética diferencia entre precios de compra y de venta de unas mercancías sobre cuya producción tampoco preocupó a los economistas y pensadores utopistas.

Ante el evidente fracaso de los ensayos socializadores emprendidos por los defensores de semejante utopía (Saint-Simón, Fourier y Owen, siglo XIX), y con la ayuda mediática burguesa, los apologistas del burguesismo terminaron endilgándole el carácter de utópico al “Socialismo científico” o “Comunismo postcapitalista” descubierto   por Carlos Marx como resultado del triunfo del proletariado sobre la burguesía y la eliminación de las clases sociales.

Debemos tener claro  que  una cosa es acertadamente  llamar “utopía” a un proyecto irrealizable por ser idealista y fantasioso, sin asideros de factibilidad alguna, y otra, desacertadamente  considerar utópico un proyecto que siendo realizable halle trabas  por parte de la clase que ostenta el poder económico,  político, mediático, militar, etc.

La pugna entre   capitalistas y asalariados    es un lucha entre contrarios desiguales, económica y filosóficamente identificados como burgueses y proletarios, cuyos resultados dependerán del propio desarrollo de un sistema que cada día agota sus posibilidades de sobrevivencia por causa de sobreproducción de mercancías invendibles y sin una rentabilidad capaz de conservar una tasa de ganancia permisiva de que los ahorros de cada día y procedentes de la plusvalía puedan seguir siendo capitalizables.

Como parte fundamental de esa lucha, los apologistas del capitalismo se abocan a teorizar sobre mecanismos organizativos tanto del mercado como de la producción. A tales efectos, todos los años aparecen nuevos ensayos teóricos que siguen alimentando la continuidad pacífica del capitalismo. La Literatura económica burguesa se halla preñada de textos de estudios académicos, libros y libracos, con inclusión de nobelados   y bestsellers, supuestamente demostrativos de que es posible seguir creando riqueza burguesa capitalizable, y organizar el sistema de precios que garantice la colocación de una creciente oferta.

Por ejemplo, en materia de formación de precios la literatura burguesa echa manos del famoso “teorema de la telaraña” [1]  . Así, para arribar al equilibrio entre la oferta y la demanda, suponen una igualdad previa entre   la primera (quieren decir entre el valor de la oferta = precio por cantidad de bienes[2]) y el valor disponible de la demanda correspondiente, de tal manera esa baja de precios permita comprar más bienes a toda la masa de potenciales consumidores, lo que no significa que los demandantes originales compren más a menor precio, ni estén dispuestos a   ofrecer mayores precios. Ocurre que el comerciante aprovecha la coyuntura y sube los precios[3], en el menor de los casos, porque puede hasta dilatar las entregas para reforzar la escasez reinante.

Tales analistas de precios no se preocupan por saber de dónde procede dicha renta ni cómo se cuantifica; tampoco les preocupa qué animó al fabricante a producir ese volumen de oferta equilibrado.

Primeramente, es lógico que, para una renta familiar fija, las bajas de precios hagan pensar en la posibilidad de una mayor demanda familiar, pero allí se olvida que las necesidades están acotadas: nadie come más lo necesario para una dieta normal, ni nadie compraría más vehículos porque estos bajen de precios, salvo con fines de reventa, aunque  podríamos pensar en un precio = 0 que incorpore como demandantes a los indigentes, y también podríamos pensar en  precios tan  elevados que la demanda pudiera desaparecer para cualquier aparato productivo. La oferta monopólica tiene esa particularidad, y quienes aducen que los monopolistas pueden jugar con los precios hacia arriba cometen una impropiedad económica.

Ciertamente, una baja de precios provoca una mayor demanda solvente porque permite que algunos con renta menor entren en esa nueva demanda, pero ya se trata de reacciones de todos los consumidores y no de una fracción de ella. Hay demandantes insolventes natos, aquellos que tienen su escasa renta preagotada con pocas mercancías, de manera tal que las bajas de precios en otros bienes les resultan indiferentes. Asimismo, cuando “por alguna razón” los precios suban, parece lógico que la demanda se contraiga porque habrá familias que no podrán adquirir a esos nuevos precios, salvo que hagan sacrificios en el resto de su canasta. Igual sucede con el precio de los yates y demás suntuarios: para la población trabajadora de ingresos bajos y medianos no habrá baja de precios que les invite a compararlos

Esos analistas burgueses suponen una oferta elástica que reaccionaría de inmediato (corto plazo, o sea, dentro del un intervalo no mayor de un año) ante cualquier aumento o baja de la demanda que pudieran darse, independientemente de su causa, en el sentido de que los excedentes de demanda les permitirían especular con los precios, pero omiten que los excedentes de producción simplemente les invitan a aguantarlos hasta mejores tiempos. Esto explica los abarrotamientos de los inventarios en los exhibidores y depósitos de fabricantes y comerciantes de las sociedades capitalistas.

Vemos así cómo las estructuras de costo (así llaman los contables burgueses a la composición y a la fuente del valor de cambio de las mercancías)   significa valoración mercantil. Estos costes extraídos del mercado son llevados a los centros fabriles   con todos los vicios e imprecisiones que allí suelen darse por desacomodos estructurales entre una demanda permanentemente insatisfecha y una producción permanentemente regulada por el lucro y no por la demanda. En ocasiones anteriores hemos destacado que parte de la oferta burguesa consiste en mercancías cuyo valor = la plusvalía, y que sólo sirve para ser ahorrada e invertida en nuevas fuentes de plusvalía que correrá la misma suerte.

O sea, parten del mercado con sus ajustes y desajustes, allí es donde han pretendido observar la “formación de los precios”, a estos consideran la base del PIB (Producto Interno Bruto), todo lo cual los ha llevado  al montaje de una Teoría Económica Vulgar que niega la explotación del trabajador asalariado, que niega que es en la producción donde está la fuente de la ganancia, y niega también que los precios de mercado son complejas metamorfosis o transformaciones macroeconómicas sufridas por el valor trabajo, primero en “precios de producción”[4], y luego sufridas por estos en  “precios de mercado”.

Se da por supuesto que los capitalistas se dejarían llevar por la diferencia del desajuste entre ambos contrarios, es decir, entre fabricantes y consumidores, entre vendedores y compradores. Un excedente de demanda se atribuye, digamos, a cambios en los hábitos de consumo impulsados por una eficaz publicidad, o por una mejora en la renta del trabajador permitida por mejoras en su productividad.

Entonces, el economista burgués supone que la oferta se adaptaría a la nueva demanda a corto y mediano plazos mediante fluctuaciones en los precios sin importar el valor intrínseco   de las mercancías en juego. El teorema de la telaraña lo explica así: Preexiste una oferta rígida incapaz de acomodarse a la demanda ora reduciendo su aparato productivo (menos mano de obra empleada y menos demanda de insumos), o haciendo lo contrario en caso de incrementos estables en la demanda, incapacidad que quedaría resuelta mediante alzas y bajas de   precios, al margen de los ajustes en la estructura de producción , porque en estos priva la sobreproducción forzosa de mercancías invendibles representadas por la plusvalía. Esta incentiva nuevas inversiones que obligan a la búsqueda de nuevos y crecientes mercados, todo lo cual mantiene las sociedades en permanentes desajustes que frecuentemente estallan en crisis.

A esa literatura burguesa económica damos en llamarla Capitalismo Utópico.  Así como  el “Socialismo Utópico”   fue una humanitarista y frustrada teoría que vislumbraba una posible igualación de todos los hombres entre sí, sin clases sociales,   sin la metodología para lograrla ni el debido señalamiento del camino a seguir, el Capitalismo Utópico busca perpetuar la desigualdad social y la división de clases con una teoría vulgar que ha sido ampliamente abatida por la literatura propia del Socialismo Científico o   Economía Política Marxista.






[1] Heinrich freiherr von Stackelberg, Principios de Teoría Económica, Parte IV, Cap. Primero.

[2] En una gráfica, tales ofertas y demandas, equilibradas y desequilibradas, quedan representadas por    cuadriláteros cuyos lados son el precio, como ordenadas, y el volumen de bienes, como abscisas.

[3] El autor citado en la nota 1 tiene el tupé de afirmar que los demandantes compiten entre sí y ofrecen mayores precio, como si se tratara de pujas y corros de exquisitas subastas.



[i] Hemos venido creando la serie de entregas virtuales sobre Economía Científica Política, y sobre Economía Vulgar, bajo la envolvente denominación de: “Conozcamos” y afines. Su compilación posterior la llamaré. “Conozcamos El Capital”, un proyecto de literatura económica cuya ejecución se mueve al ritmo y velocidad de los nuevos “conozcamos” que vamos aportando y creando con la praxis correspondiente. Agradecemos a “aporrea.org”, a su excelente y calificado personal, “ductor” y gerencial, toda esa generosa puerta abierta que nos vienen brindando, a mí,   y con ello a todos los lectores virtuales del mundo moderno.

marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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