Venezuela, una potencia.…..: y “abracadabra”

“Todo pueblo posee una racionalidad y también mitos, sean clásicos o modernos”. Adolfo Colombres, 1993. En: América Latina: El Desafío del Tercer Milenio, pág. 287. 

     Paradójicamente a lo que viene pasando en muchos países del mundo y, sobre todo, con los de por aquí cerquita, en Venezuela siguen apareciendo de forma muy precaria la ciencia y la tecnología como ejes de la programación y oferta política-electoral, que permita desprendernos definitivamente de la dependencia económica del petróleo. Esto es valido, tanto para el gobierno como para la oposición.

     El Plan Socialista Simón Bolívar vigente, sigue estando lejos de una verdadera y revolucionaria forma de aprovechar la acción geoestratégica de la ciencia y tecnología. La gran deuda de este plan sigue siendo la de reconocer lo sustantivo de la actividad del conocimiento en lo político-estratégico: sobre cómo el Estado despliega la institucionalidad y hace la inversión necesaria y adecuada en lo organizativo, lo programático y lo operativo para hacer del conocimiento algo verdaderamente útil y efectivo en el desarrollo nacional.

     Es indudable la voluntad del gobierno de lograr que tengamos un aporte de un 3% del PIB para el fomento de la ciencia y tecnología, pero ello no tendría sentido alguno si ese aporte no se corresponde con una estrategia de amalgamiento de todo el aparato científico y tecnológico existente en el país. Esto es una condición para lograr alcanzar el dominio del conocimiento y distribuirlo en todas partes (adentro y afuera) donde se exprese la necesidad de utilizarlo.

     Por otro lado, el trato de gobiernos anteriores al valor estratégico de la ciencia, no fue siempre el mejor. Lo habitual consistía en reformas e imposición de unas leyes por otras y la implementación de políticas de una forma que fuese diferente a la anterior.

     El resultado ha sido hasta hoy, que ello moldeó la acción del Estado respecto a la ciencia y reveló una simpleza brutal en el ejercicio de institucionalizar y legitimar las políticas públicas, aislando toda posibilidad de lograr un verdadero relacionamiento de la ciencia y la investigación con la sociedad.

     Ahora, el escenario político, la expectativa electoral y las demandas del día a día impiden planificar al país considerando la actividad de generación, difusión y uso del conocimiento. Ese mismo escenario impide pensar que grandes problemas sociales como: la mortalidad infantil, la lucha contra las enfermedades tropicales, el incremento de cáncer en la población, la escasez de alimentos y la dificultad para producirlos, la contaminación ambiental, la calidad en el aprendizaje dentro del sistema educativo, el combate contra la criminalidad y finalmente, el fortalecimiento de nuestra cultura política (también asunto de la ciencia), son sólo posible resolverlos con la creación de una plataforma científica y tecnológica dispuestas para ser utilizadas por el Estado.

     No son buenas señales que en razón de un proyecto político y de slogan electorales: “hay un camino para el progreso” (oposición), “la patria nueva”, “independencia o nada” (gobierno), se pretenda atender problemas casi históricos de la pobreza en el país, sin que en la agenda aparezca explícitamente la columna vertebral que genera toda posibilidad real para salir de los atolladeros en que nos hemos venido metiendo. Esa columna repito, es el conocimiento.

     Al ladito de nuestras fronteras y en los primeros párrafos de los programas de gobierno de esos países están apareciendo la ciencia y la tecnología como políticas de Estado; como prioridades estratégicas de la nación y como condiciones elementales para poder pensar y atender temas como la salud, la agricultura, la ganadería, la energía, el ambiente, la educación, la producción, la inseguridad y los problemas de la pobreza en general.

     Habrá  que pensar en algún momento que la madurez democrática de un país, y de quienes se plantean la soberanía tecnológica, también se mide en la capacidad del gobierno y la de los partidos políticos de regular la expectativa electoral, con base a lo que se promete y se pretende hacer en materia de desarrollo científico y tecnológico: la infraestructura, los conocimientos de sus científicos y los saberes populares.

     Hoy la actividad de investigación y desarrollo en biotecnología es capaz de aportar enormemente a la generación de empleo, a la diversificación económica, al trabajo socioproductivo y al PIB de un país. En Venezuela podríamos plantearnos por ejemplo, construir las bases para lograr a través de la biotecnología, minimizar la dependencia tecnológica en áreas como la medicina, los alimentos, el petróleo y el medio ambiente y hasta hacer favorable lo que hasta ahora parece ser desconocido por muchos, la balanza de pago tecnológica.

     La campaña electoral “no oficial” por la presidencia apenas comienza, de aquí al 7-O habrá tiempo para hablar de todo un poco, pero nunca el que se necesitaría para decirle al país cómo, a través del socialismo y de la mano con la ciencia y la investigación se logrará la reducción de la pobreza y la exclusión social. Mucho menos, la oposición con el habitual ofertismo electoral nos dirá cuál es la ecuación en el neoliberalismo para que a través de la ciencia seamos más productivos y más exportadores que importadores.

     Malas noticias: no se percibe aún con el antagonismo de ambos proyectos, que habrá tiempo para que se saque de las gavetas la fórmula con la que podamos a través del conocimiento, construir algo para el futuro. Esto se dificulta al no haber ninguna exigencia por parte del pueblo y casi una carente participación de los medios de comunicación. 

     Mientras tanto, el desafío inmediato es lograr que el Estado asuma la ciencia y la tecnología como palancas de crecimiento económico; que la inversión que se dedique sea para una mejor distribución de la ciencia en la población con más desarrollo y más aplicación, pero también exigir una retribución de la inversión en ciencia al PIB venezolano. Finalmente, lograr integrar – más que articular – el pensamiento político de ciencia con la planificación económica y social, sin obviar el necesario cambio hacia una nueva cultura científica nacional, la cual antes habrá que saber valorar y comprender. 

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