Bolivia -
Existe
un adagio popular que dice: “Hay que darle hasta que aprenda”. Y como
el Cardenal parece que no aprende hay que seguirle dando.
Según
Xavier Albó, que sabe de estas cosas, la homilía del cardenal, que bien
puede ser llamada la “homilía del ciego que se niega a mirar”, estaba
destinada a reflexionar acerca del pastor y su rebaño. Esto que parece
fábula es lo que se ha practicado durante miles de años, es decir que
somos ovejas y rebaño de alguien, en nuestro caso de la iglesia
católica. Pero superando este apunte de sumisión por la fe, y
suponiendo la vocación profundamente pastoril del cardenal, debemos
preguntarle: ¿Cuáles son sus ovejas preferidas? Acaso, ¡oh! sabio y
venerado padre, ¿serán los desamparados que viven fuera del segundo
anillo en la ciudad de Santa Cruz? O tal vez, ilustrísima y bienamada
imagen terrenal de San Pedro en la tierra, ¿sus ovejas queridas son los
miles y miles de indígenas que se encuentran en condiciones de
servidumbre en las cálidas tierras de las estancias ganaderas o en el
las haciendas chaqueñas, que para muchas familias ya son el mismísimo
infierno?
No querido y pío cardenal, lamentablemente hemos
visto que sus ovejas preferidas son lobos con piel de cordero, lobos
que asisten a su iglesia para escuchar con deleite y pleitesía sus
arengas, que les permiten vivir en el paraíso, no en la otra vida sino
en ésta, pero a costa del sudor, las lágrimas y las vidas de los que
consideran sus “hijos”, sus cunumis.
Su sagrada palabra,
querida y ponderada eminencia, bendice cada domingo la maldad, el
egoísmo, la mentira y todos los pecados capitales que supuestamente
debería combatir. Su cariñosa merced, usted ha elegido acompañar a un
jauría de lobos en contra de ovejas; aunque descarriadas son ovejas,
aunque con cuernitos, pero son corderitos. ¿No le aflige, padre de la
luz que separa la paja del trigo, que ya bastante maldad han hecho los
lobos que usted protege?
Si es verdad, monseñor de celestiales
designios, que en sus manos se encuentra la iglesia boliviana y peor
aún, si está obligado a seguir los pasos del nazareno, ¿no le debe una
tremenda disculpa a su inmenso rebaño, que aún tiene fe, que aún ama
(por supuesto ama sua, ama q’ella, ama llulla)?, ¿será posible escuchar
de su límpida y cristalina voz un pedido de perdón? O tal vez en la
íntima soledad de sus oraciones pueda declarar ante el Supremo su
momento de debilidad. ¿O al final se ha resignado a ser cardenal de la
nación camba, que le ungirá con aceite Rico y le construirá un gran
templo con un coro angelical de “magníficas” voces?
Lo cierto
es que nada es cierto ni es mentira, y parece que la pregunta que hace
muucho tiempo lanzó Atahuallpa Yupanqui ya tiene respuesta. “Cuando me
preguntan que sabe de Dios, yo respondo que por mi casa no ha pasado
tan distinguido señor, pero estoy seguro que se sienta en la mesa del
patrón”.
Fuente Original: http://www.ubnoticias.org/es