"Humanismo", "Humanismo".
Por allí, por la vía de esa palabra, muchas veces se ha ido a caminar
el discurso cuando se ha tratado de delinear la semántica operaria
(señores, permítanme la expresión) del actual proceso de cambios
que cobra cuerpo en la totalidad de América Latina. "Esta revolución
es humanista", se oye por aquí y por allá, hasta en boca del
más modesto apologista de un planteamiento que se ha dado en llamar
"socialista" más por lo que tiene de urgente necesidad de
atención política a cierto sector mayoritario de la sociedad en general
que de doctrinario.
No caeré en el matiz semántico
de aclarar si lo que se adelanta es una revolución precisamente, como
en propiedad se habla de la Revolución Cubana o cualquier otra; o si
es un proceso de cambios en ciernes apuntando hacia allá. No es el
plan. Hasta no hace poco hubo una discusión sobre el tema, a propósito
de una publicación de un analista político, militante de la izquierda,
quien apreciaba que se vivía un proceso de cambios "revolucionarios"
inserto dentro de un plan mayor de transformación de la sociedad y
economía de un país, siendo esto último, luego de un largo proceso,
el precipitado final que con justicia habría de llamarse "revolución".
No me adentraré tampoco dentro
de la sutileza de sopesar si tal proceso es "socialista" porque
a émulo de la teoría filosófica de Carlos Marx discurre sobre la
figura conceptual de las "clases sociales" y la "lucha
de clases", o si lo es porque sí, per se, original y genuinamente,
coincidiendo más bien Carlos Marx en sus postulados con nuestros regionales
planteamientos, en vez de nosotros con él, a pesar de que haya sido
él uno de los primeros conceptuadores sobre la materia. (Alguien -nunca
faltan los nacionalismo humanistas- podría argüir que sus elaboraciones
alcanzaron la trascendencia universal como teoría sobre la base de observaciones
críticas a la sociedad inglesa de su momento, y que por aquí navegamos
en América).
Nada de eso. Tales disquisiciones,
así, desde los libros, me parecen material de papel, bastantes alejadas
de los hechos vitales. No pretendo dormir a nadie, mucho menos a mí
mismo. Prefiero el reto de hablar con y sobre emociones, incluso cuando
me toque utilizar palabras tan libresca como "humanismo" o
cualquier otra, definido, a propósito, como "corrientes filosóficas
centradas en el estudio del ser humano", así y con todo que haya
humanos por ahí en extremo aburridos cuya disección pueda resultar
en tremendo fastidio.
Fijaos. Fidel Castro hace poco
en uno de sus escritos daba en el clavo. Decía que el reto disquisidor entre
capitalismo y socialismo consistía en discernir que un modelo de vida
centraba su comportamiento sobre el hecho brutal del egoísmo humano,
mientras que el otro aspiraba a su aplacamiento. De allí el lugar común de
que el hombre es explotado, vilmente, por el hombre mismo, según viva
bajo un sistema capitalista, en contraposición a la otra postura que
plantea, más idealizadamente, un modelo de vida más solidario, más
desprendido, de menos competencia social en términos de rivalidad por
alcanzar prebendas y beneficios, donde medie un Estado interventor como
expresión, precisamente, de la ética y moral de esa determinada aglomeración
humana.
He allí el asunto. La sociedad
latinoamericana cambia, de modo evidente, continentalmente, fundamentalmente
como reacción a un modelo de vida asfixiante, expoliador e injusto,
y nosotros, los sesudos analistas de siempre, saltamos en el acto unos
a catalogarla como "revolución", otros como "socialismo"
y muchos más como "humanismo", sin ver que el asunto no es
cuestión de libro cabalgante sino de carencia cierta de atención,
de olvido, de llamada de atención, de ausencia de políticas de Estado
hacia sectores en necesidad. Hay para escoger y para meterse en camisa
de once varas por doquier, siendo la última mención (el humanismo)
el meollo de quien estas líneas escribe.
Cuando Fidel -para seguir con
su idea- le quita y le pone egoísmo a una vertiente o a otra, y de
allí puede uno lanzarse a interpretar "humanismo" por todos
lados, catalogando en expreso al egoísmo como materia inhumana, no
hace uno más que reducir pobremente el asunto. Un egoísta es humano
como cualquiera, como un asesino y hasta como un genocida, así vaya
contra la materia de la que hablamos. Es una cuestión de palabras,
de semántica, de filosofía; y de espectro abarcador, como decía el
viejo filósofo cuando repetía que "Nada humano me es ajeno",
siendo todo humano en realidad, para no obviar el hecho de que
las cosas existen porque las interpretamos.
De forma que nuestra palabrita
"humanismo" se nos complica tristemente cuando un adverso
viene e infiere que tendría que considerarse como un hecho inhumano
al socialismo o a la revolución porque propone versar o catalogarse
sobre una materia inexistente, como lo son tendencias y sentimientos
idealizados como "inhumanos" por la interpretación, tales como
el egoísmo dicho, la mezquindad, la explotación, el esclavismo, etc.,
siendo atribuciones y deducciones, como sabemos, expresamente humanas.
¡Vaya problemita, espinoso por demás, pero sofisma al fin!
Se ve la necesidad de acotar que
una revolución o proceso de cambios lo que hace es plantear una confrontación
del hombre contra el hombre, en sus sentimientos y modo de vida, de
donde unos y otros medran acostumbradamente según mentalidades desarrolladas, dando
por hecho que el todo que nos envuelve es una materia humana. Unos acostumbrados
y otros rechazando el acostumbramiento. Tan simple como eso. Conservadurismo
y liberalismo. Pasado y presente. Estatus y revolución. Nuevas visiones
de mundo. Prehistoria e historia.
Se viene el filósofo a nosotros
y nos auxilia, sin quedarse atrás tampoco el psicólogo, mismo que
clasifica la sustancia sentimental humana como destructiva o autodestructiva,
humana de todas maneras. De forma que nos quedamos con que es humanismo
y humanista la revolución o proceso de cambios, socialista o no, cuando
hace apología de valores humanos constructivos, como la solidaridad
específica, la justicia y equitatividad entre las masas. Pero ni aquí
caemos en acuerdos, porque tiene también que decirse que sentimientos
o actitudes tan estigmatizados como el egoísmo podrían empezar a trascender
como "positivos" si la sociedad donde nos desenvolviéramos
viviera en una cultura de la guerra. Es un asunto de clasificación
positiva o negativa de los sentimientos.
De manera que esta reflexión,
que inspirara y hasta pidiera una amiga convencida de la necesidad de
cambios, no puede terminar -frustradamente- más que con una relatividad conceptual.
Se es revolucionario, humanista o cualquier otra cosa “positiva”
para el mundo y la especie humana porque se hace apología de valores
constructivos específicos de difícil ejercicio para el hombre, como
el altruismo. La condición natural, animal y selvática del hombre
juega su necesario papel de proveedor instintual, con efectos finales
de supervivencia. La selva está en los genes, de allí que tenga que
afirmarse siempre que es idealista y hasta utópico ser un real revolucionario.
El día que el hombre mute en virtud de su educación y erradique
aquellos estigmas culturales que propendan a la animalidad selvática
con su cadena alimentaria y todo, se estará hablando de una sociedad
idealizada, ciertamente, pero en mi criterio nada humana. Porque el
hombre es eso, ese problema en construcción y deconstrucción permanente,
permanente aspiración. Si hacia allá se propendiera, se estaría realmente
planteando una utopía: el no-hombre.
Muy bien -o mal- dentro una sociedad
marxista estatuida podrían andar unos humanos planteando una revolución
propugnadora de los valores esencialmente animales de la especie humana:
egoísmo, supervivencia y competencia, con todo y que se llame capitalismo
a semejante aventura "libertaria". Por cualquier lado le sale
una quinta parte al gato, o salta la liebre, como decimos.
Para efectos más de calle, de
mayor vitalidad, dígase que en América Latina ha habido un proceso
de agostamiento de la materia humana y social, inveterado, minante,
cuyas secuelas se encarnan en unos sobrevivientes históricos, mismos
que se resisten a continuar siendo objetos de expolio. Existe un hecho
de miseria social generalizado que se resiste a lo estamental y propone
una severa crítica y desmontaje del sistema de vida político y económico
vigente, léase el capitalista. La revolución o proceso de cambios
consiste en atender lo que es necesario atender, políticamente, so
pena de caotizar el histórico y civilizado modelo de vivir en sociedad,
en paz, como recomienda el instinto, independientemente de que las páginas
de los libros utilicen la oportunidad para hablar de marxismos históricos,
de revoluciones o humanismos. Se vicia el molde, se cansa el hombre y
se propone un cambio. Se muta. Simple devenir histórico.
Y ello, naturaleza humana al fin,
puede tener sus intérpretes e interpretaciones (actitud revolucionaria,
comprensión de la necesidad de cambios, humanismo, etc.), y nada la
obstaría en su acaecimiento o evoluciones (revolución real, cambio,
otra vez humanismo).
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