"El
objetivo esencial de la revolución popular es la toma del poder, por
medio de la destrucción del aparato burocrático-militar del estado
y su reemplazo por el pueblo en armas, a fin de cambiar el régimen
socio-económico existente"
¿Por
qué encabezar este breve escrito con dos epígrafes tan opuestos en
su contenido? Porque ello muestra la dinámica actual que vive el proceso
político en Venezuela dentro del campo bolivariano: la posibilidad
de caminar ciertamente hacia el socialismo, hacia un cambio real en
las estructuras de base o, por el contrario, de edificar una propuesta
que no pase del reformismo. De lo que suceda este año en el seno de
la revolución y de su naciente partido –el PSUV– dependerá cuál
de las dos opciones se imponga. Por supuesto, queda la opción de una
reversión total de todo aquello que huela a popular a través de una
intervención violenta de las fuerzas reaccionarias (léase: golpe de
Estado, asesinato de Chávez, guerra regional desestabilizadora, invasión
del imperio, no descartable ninguna de ellas); pero ante ese escenario,
las fuerzas populares deberán cerrar filas más allá de diferencias
internas.
La
Revolución Bolivariana atraviesa en estos primeros meses del año 2008
su peor momento. No porque sea inminente su caída a partir del ataque
de la derecha (nacional e internacional) –lo cual, por supuesto, sería
trágico para el campo popular en Venezuela, y por extensión, para
los sectores populares en todos los países latinoamericanos–. Rápidamente
hay que decir que no es nada nuevo que esté en la mira de esa derecha,
porque siempre lo ha estado. El momento más furioso de ese ataque tuvo
lugar años atrás, en el 2002, cuando el golpe de Estado, el sabotaje
petrolero y el paro patronal, todo lo cual –paradójicamente– sirvió
no para quebrar el proceso popular sino, por el contrario, para fortalecerlo.
Pero si ahora puede decirse que atraviesa un momento de particular "peligro",
es por las propias fuerzas que vienen de adentro: la revolución ha
perdido energía, y eso, en un sentido, es peor que el ataque externo.
Decía
Rosa Luxemburgo –no sin razón– que una revolución es como una
locomotora cuesta arriba: mientras el motor siga funcionando, aunque
sea con esfuerzo, avanza. Pero en el momento en que el motor se detiene,
irremediablemente comienza a descender. Eso es lo que puede verse ahora
en Venezuela: los motores de la revolución parecieran estarse quedado
sin energía. Aún no se comenzó a descender la cuesta, pero eso podría
empezar a suceder de no aplicarse urgentemente los correctivos. Y si
bien ya pasaron varios meses del momento que marcó el punto de inflexión
–la derrota en el referéndum por la reforma constitucional el pasado
2 de diciembre del 2007– no pareciera que el proceso realmente tienda
a su reorientación, más allá de la declamación. El poder popular
y la construcción socialista aún siguen siendo puntos de llegada al
final del túnel, aunque sin que se sepa bien cuánto más habrá que
seguir esperando para arribar.
Pero
no hay que perder las esperanzas. Allí está el Partido Socialista
Unido de Venezuela, el PSUV, como la posible garantía de reimpulso
de la revolución. Ese es el desafío.
Ante
todo esto no podemos menos que albergar esperanzas. Beneficio de la
duda, se le llama con acierto. No perder las esperanzas… ¡y ponernos
a trabajar en el seno mismo del PSUV! Eso es, en realidad, la única
garantía de consolidación y profundización de todo lo desarrollado
en estos primeros años de proceso revolucionario. Sin un partido político
que exprese y vanguardice al movimiento popular en sentido amplio, no
podrá haber nunca revolución.
"Toda
la historia del movimiento de la clase obrera internacional muestra
que el proletariado necesita un partido y una dirección revolucionarios
para tomar el poder", decía Lenin en el "¿Qué hacer?",
en 1902. La experiencia de los distintos procesos socialistas del pasado
siglo lo confirma: es necesaria una vanguardia que marque el camino,
que ayude a tomar ese poder político y que, confundida-entrelazada
con el pueblo mismo, se ponga a construir la nueva sociedad. Y he ahí
uno de los severos déficits con que se vino manejando la revolución
bolivariana: fuera del liderazgo de Hugo Chávez, no hay dirección,
no hay vanguardia revolucionaria. Lo cual es muy peligroso, insostenible
incluso: ¿qué pasa si desaparece el líder: ya no hay socialismo?
¿Puede apoyarse un proceso de transformación revolucionaria de todo
un colectivo social sólo en las espaldas de una persona? Definitivamente
no. ¿De qué manera podría conducir eso hacia una sociedad socialista,
con sujetos críticos y autocríticos, los "productores libres
asociados" unidos en genuina democracia de base como se supone
que debería ser la sociedad a la que aspiramos? Justamente si ese debilidad
en la vanguardia es uno de los puntos débiles del proceso que se viene
transitando en Venezuela, la conformación de un partido revolucionario
de base que supere las estrechas maquinarias electorales plagadas de
vicios capitalistas que ha habido hasta ahora en estos primeros años,
es un paso adelante enorme.
De
hecho, ese paso está dándose: el PSUV ya nació, y ahora también
tiene principios y programa.
De
todos modos, por la misma salud revolucionaria de lo que se está construyendo,
cabe hacer algunas reflexiones, obviamente con el más profundo sentido
autocrítico y propositivo. Reflexiones, se entiende, con ánimo revolucionario,
para hacer que el proceso en marcha –retomando la metáfora de Rosa
Luxemburgo– pueda seguir remontando la cuesta.
Nació
el PSUV, y eso es una buena noticia. Ahora hay que hacerlo crecer, cuidarlo,
alimentarlo, velar porque realmente sea el partido revolucionario de
los sectores populares de Venezuela, los siempre postergados, los excluídos,
aquellos que necesitan una transformación en sus condiciones de vida,
aquellos que nunca recibieron los beneficios de la renta petrolera.
Según
el aspirante a militante Augusto Hernández, el "PSUV nace como
producto de una ficción. La ficción consiste en pensar que de verdad
cinco millones 700 mil revolucionarios se inscribieron en el PSUV, durante
la convocatoria para ese proceso en 2007. Considero que en ese momento
ahí se metieron todos los empleados públicos que querían cuidar sus
"cambures" o puestos. Asimismo, todos los contratistas del
gobierno que querían conservar los contratos, y también
(…) infiltrados o quinta columna". Esto puede ser cierto,
pero no invalida que la criatura exista. Y más aún: abre la posibilidad
de encauzar todo ese potencial vigente en las bases –quizá difuso
y contradictorio todavía– hacia un objetivo francamente socialista.
Nunca en la historia política de Venezuela se había asistido a un
grado tal de movilización partidaria, de intención de participar,
de interés por las cuestiones sociales como se da ahora con este nuevo
partido. Eso, en sí mismo, además de novedoso, sin dudas abre enormes
posibilidades.
El
partido nació, y recientemente acaba de dotarse de una plataforma coherente,
sólida, consensuada por sus bases. Luego de seis maratónicas sesiones
con la participación de 1.681 delegados, el Congreso Fundacional aprobó
una Declaración de principios y un Programa. De hecho el PSUV se declara
anticapitalista, antiimperialista, socialista, bolivariano, comprometido
con los intereses de la clase trabajadora y del pueblo, humanista, internacionalista,
patriótico, crítico y autocrítico, en ejercicio de dirección colectiva,
con democracia interna y como vanguardia política del proceso revolucionario.
Ninguna fuerza política con la que hasta ahora vino manejándose el
proceso bolivariano –meros aparatos electorales desideologizados–
había ido tan a la izquierda como las caracterizaciones que salieron
del recién pasado Congreso. Eso también es una buena noticia. Por
lo pronto Hugo Chávez, en su calidad de presidente del partido y de
la república, tomó el compromiso público de adecuar todas las políticas
que impulsa su gobierno a esos principios fundacionales. También la
militancia de base, a través de la participación protagónica (es
decir: el efectivo poder popular, de momento más declamado que real)
debe asegurar esa sintonía entre acción de gobierno y principios programáticos
del partido. Ahí podría decirse que comienza el verdadero camino hacia
una construcción socialista, dándole forma concreta a las declaraciones
del presidente –que muchas veces no pasan de tales– respecto al
siempre prometido "socialismo del siglo XXI", del cual, hasta
ahora, es difícil decir por dónde va.
Y
más aún: con los principios que van delineándose en el nacimiento
del PSUV, se estaría en condiciones de poder transitar hacia el socialismo
con mucho mayor vigor que lo que posibilitaba la fallida reforma constitucional,
que en términos estrictos era una perspectiva socialista, pero no más,
no sin cierta dosis de confusión conceptual incluso.
También
es una buena noticia que el partido cuente ya con una dirección provisoria.
Hubo un ejercicio democrático por parte de las bases, a través de
sus delegados en el Congreso, donde se eligieron los miembros de esa
dirección. Elección, hay que decirlo, que no estuvo libre de irregularidades.
O, al menos, de procedimientos que no crean confianza, que no responden
a una genuina ética revolucionaria. De hecho, un considerable sector
de militancia (de alrededor de un tercio de los delegados) se mostró
muy disgustado con ese proceder, lo que llevó a que se planteara la
revisión de la mecánica utilizada, pedido que no fue aceptado. En
un comunicado emitido por estos sectores descontentos pudo leerse que
"la confianza fue vulnerada al momento que se nos presenta una
lista ordenada alfabéticamente, y no se nos informa la cantidad de
veces que uno de estos camaradas fue postulado, por lo tanto no sabemos
los resultados reales de este proceso, en el cual no hubo una comisión
electoral, no hubo testigos que velaran por el conteo de los votos escrutados;
es decir, se nos obliga a confiar en el grupo de personas que mantuvo
en su poder las urnas electorales, sobre la premisa de que las papeletas
escrutadas sólo iban a ser revisadas por una sola persona, y ante cualquier
duda se nos dice: 'lo que diga Chávez'". No obstante haber
sido desoído este pedido, los personajes menos queridos por la población,
identificados como burócratas, revolucionarios disfrazados, ligados
a lo que viene llamándose la "derecha endógena" –los nuevos
ricos, la "boliburguesía" crecida a la sombra del Estado
bolivariano– no quedaron en la dirección. Lo cual también es una
buena noticia.
No
hay dudas que en ningún partido de la derecha se da la participación
que puede constatarse en el PSUV. Pero aún no se respira en su seno
un verdadero y genuino espíritu socialista tal como la situación lo
requiere. Por lo pronto no hay en la dirección provisional representantes
directos de los trabajadores (asalariados en sentido amplio, obreros
y campesinos). He ahí un déficit que deberá ser corregido. Por lo
pronto, en el seno del partido hay líneas políticas, representantes
de otras tantas posturas ideológicas. Quizá un tanto esquemáticamente
pude decirse que existe una derecha más conservadora, ligada básicamente
al aparato de gobierno, junto a sectores más a la izquierda, expresión
de los movimientos populares y sociales, que son los sectores críticos
de esas posiciones conservadoras y burocráticas del bolivarianismo
"light". Dicho en otros términos, tal como existe hoy día,
en el PSUV se repite la lucha de clases que está presente en toda la
sociedad. En todo caso, no están allí –de esto no caben dudas–
los grupos oligárquicos tradicionales, la derecha directamente ligada
al imperialismo estadounidense, la derecha golpista que sigue buscando
cortar de raíz el proceso popular en marcha. Está expresada la "burguesía
nacional" tanto como los sectores populares y oprimidos. La pregunta
es cómo y hasta dónde será posible ese equilibrio. ¿Puede un partido
revolucionario, realmente socialista, mantener juntos a explotadores
y explotados? Ello, en muy buena medida, se debe al equilibrio –siempre
inestable, en movimiento– que confiere el innegable liderazgo de Hugo
Chávez. Pero justamente eso ratifica una vez más la insostenibilidad
de cambio real en un colectivo social apoyándose en la figura de una
sola persona, por más genial, talentosa y carismática que sea. ¿Y
si el líder se muera hoy de un paro cardíaco, o porque se cae el avión
en que viaja: se terminan las aspiraciones socialistas?
Este
año, decíamos, y este momento en particular luego de la derrota del
pasado diciembre, evidencia el momento de mayor peligro de la revolución.
Además del continuo y siempre renovado ataque de la derecha tradicional
y de Washington –allí se inscribe la reciente provocación militar
con el montaje diplomático de algunas semanas atrás, por ahora resuelto
pacíficamente, pero que no ha desaparecido como posibilidad desestabilizadora–,
el 2008 presenta un difícil año electoral. Ahora, como nunca en sus
años previos, la revolución se juega mucho en las futuras elecciones:
no es una "fiesta" más, como fueron muchas de las contiendas
anteriores. Para las elecciones de alcalde y gobernador de noviembre
el panorama se muestra mucho más complejo y preocupante. Se está en
un período de aquietamiento de la movilización popular, se ha perdido
(habrá que ver en detalle por qué, buscando los correctivos) mucho
del calor de calle de tiempos pasados. El motor de la locomotora de
nuestra metáfora se está parando, y todavía estamos cuesta arriba.
Pero justamente del calor militante de la base, de la organización
popular y la participación activa de todos los batallones surge la
garantía de una aún posible nueva repotenciación de la revolución
–lo cual traería una nueva efervescencia social, como la que se vivió
en los momentos más duros del ataque de la derecha durante el golpe
de Estado o los intentos de desestabilización, como la que sirvió
para poner en marcha las misiones, la que hizo abrir sueños de cambio
y colocó a Venezuela en la mira de todo el mundo–.
El
presidente Chávez lo ha dicho en más de una oportunidad: "Vamos
a inyectarle fuerza, pasión, amor, conciencia a los batallones socialistas,
que es la unidad básica del PSUV. Hay que darle más vida, presencia
a los batallones en todo el país y para ello es fundamental la labor
de los voceros". Pero más allá de lo declarado mediáticamente,
¿es el proyecto real de la dirigencia del partido este nuevo reimpulso?
Es válido preguntarse esto porque lo que ofrece el panorama político
desde diciembre hacia aquí es, en todo caso, desmovilización, menos
participación popular y no más, menos revolución socialista y no
más, menos fervor popular y no más. En ánimos de ser autocrítico
¡y constructivo! –no "agente desestabilizador de la ultraizquierda
utilizado por la CIA" como por allí se ha dicho ante intentos
de abrir estos debates–, debemos entender y procesar correctamente
mucho de lo sucedido estos meses: ¿cómo ayuda a la revolución, a
que no se apague el motor de la locomotora, una ley de amnistía de
los golpistas, la liberación de precios de productos básicos, el desconocer
denuncias de corrupción que llegan por ahí, la represión a trabajadores
en huelga como sucedió en la acería SIDOR de Puerto Ordaz, la relativa/precaria
transparencia en la elección de dirigentes provisionales en el congreso
fundacional del PSUV, el chiste sobre una presunta misión "disciplina"
que se aplicaría a quienes abran críticas en el campo revolucionario?
Ahora
viene una prueba de fuego: se trata de elegir los candidatos para las
elecciones de alcaldías y gobernaciones en noviembre. El mismo presidente
Chávez solicitó que nadie se autopostule de momento, que sean las
bases en elecciones democráticas las que elijan a los candidatos. Si
ello no pasara con absoluta transparencia (hasta ahora en el seno del
movimiento bolivariano eso no funcionó así y el dedo omnímodo de
Chávez lo decidió todo) estaríamos ante una catástrofe, porque nuevas
intrigas cupulares desmovilizarían más aún a las bases, que son las
que finalmente cuentan para el triunfo en las elecciones. Retroceder
en las próximas elecciones podría significar, lisa y llanamente, el
comienzo del fin de la revolución. Si de hecho la derecha se sintió
triunfal luego de su pírrica victoria en el pasado referéndum, que
obtenga unos cuantos bastiones en la futura justa electoral la catapultaría
muchísimo más, confiriéndole más espacio político. Los escenarios
futuros, en tal caso, podrían ser muy peligrosos para el proceso bolivariano,
pues hasta se podría pedir un nuevo referéndum revocatorio para el
presidente; y ante la desmovilización creciente de la población chavista,
no estaría asegurada su victoria. Todo lo cual muestra, en definitiva,
una fragilidad estructural que debe ser encarada con mucha seriedad:
¿es posible construir el socialismo en los marcos de la estrecha democracia
representativa burguesa? ¿Cómo pude el socialismo depender de la permanencia
de un presidente en el poder formal en el Ejecutivo? ¿Eso es socialismo?
¿Dónde queda entonces el poder popular y la construcción de una sociedad
de iguales, sin explotadores y explotados? Como dice el analista político
Alejandro Teitelbaum: "Venezuela está en una situación privilegiada
para emprender cambios económico-sociales sustanciales, con su gigantesca
riqueza petrolera y con una coyuntura internacional que le es favorable
en varios aspectos, incluido el debilitamiento estratégico de los Estados
Unidos. Pero parece faltar en la dirigencia la voluntad política para
realizar esos cambios y falta también un requisito indispensable para
llevarlos a buen término: una auténtica participación popular en
las decisiones y en el control de la gestión del Estado".
Por
eso decíamos que hoy por hoy la revolución se mueve en aguas turbulentas,
en un campo minado: si no se encienden a máxima potencia los motores
de la locomotora (el primer epígrafe citado, el de la Cuba revolucionaria,
el poder popular puesto en acto), se corre el riesgo de haber hecho
nacer un partido cupular, no muy distinto a los que manejaron la Venezuela
Saudita de décadas pasadas, corruptos y antipopulares, donde la figura
de un revolucionario como Chávez podría tristemente verse confinada
a llamados apaciguadores como el del segundo epígrafe. Y ahí radica
el peligro: el partido naciente, en vez de ser el fermento revolucionario
que moviliza a la población en pos de un mundo nuevo y de transformaciones
sustantivas, al repetir gastados esquemas populistas y clientelares,
podría ser lo que acabe por desmotivar a la población. En tal caso,
no serían pretendidos "sectores de ultraizquierda haciéndole
el juego a la derecha" los causantes de la derrota del proceso
revolucionario, sino la misma derechización populista que podría sufrir
el partido con su llamado a un imposible entendimiento de clases.
De
la movilización popular depende el camino a seguir. Ahora, luego del
Congreso Fundacional y ante la inminencia de las nuevas elecciones de
noviembre "comienza otra etapa, donde será decisivo que los
batallones se reanimen, participen y ganen protagonismo", expresó
el delegado del partido y co-fundador de la página electrónica Aporrea,
Gonzalo Gómez, "una necesidad impostergable para un desarrollo
socialista y democrático (o antiburocrático) del PSUV, porque de ello
depende, en gran medida, el destino de la revolución". O la
locomotora sigue subiendo venciendo la ley de gravedad con su motor
a máxima potencia… o se viene para abajo.
mmcolussi@gmail.com