Ideología Liberal, Coyuntura y Partido Unificado

Cuando un buen día nos detenemos a reflexionar y comprendemos que somos seres sociales, puede que experimentemos cierto sentido de pertenencia y seguridad, como puede que sintamos cierta presión coactiva, presión que aseguramos conspira contra la propia capacidad de tomar decisiones autónomas, contra la propia espontaneidad, contra la propia iniciativa. En el primer grupo podemos ubicar al Sr. colectivista; en el segundo, al personaje liberal. El vicio maniqueísta de la modernidad, la enajenación de las fuerzas económicas, cierta apatía o abdicación intelectual, decisiones políticas e influencias religiosas, podrían encontrarse entre las causas por las que hasta ahora no hemos sido capaces de elaborar un pensamiento equilibrado, un pensamiento dialéctico, un razonamiento dinámico, la justa actitud. Nuestra vida transcurre a lo largo de la tensión que se presenta entre el deseo individual y la obligación y necesidad colectiva; la volición individual se realiza sólo en sociedad, pero ésta volición encuentra sus limites necesarios en la voluntad y deseos de los demás, con los que vivimos.

Decía Mao Tse Tung, que antes que un hombre avance cien pasos es mejor que cien hombres avancen uno, y esta frase nos remite a dos extremos. ¿No prevalece una esencial injusticia en el igualitarismo simplificador ilustrado con cien hombres adelantando, y no se sabe si con sincronía, un paso? En el otro caso se hace más evidente la injusticia, sin embargo Mao parece estar opinando: Es preferible jodernos colectivamente a que nos joda uno sólo. ¿Porque no pensar, para complejizar así un poco la mirada, que cada uno de esos cien hombres puedan avanzar tanto como puedan? Los cien hombres no podrían avanzar tres, cuatro, veinte, cincuenta pasos? Puede que treinta avancen cincuenta pasos; les prohibiríamos al resto avanzar cincuenta y dos pasos? Complejizar la mirada implica encontrar ese equilibrio tan necesario que tiene que existir entre la felicidad individual de la libertad y la felicidad social de la justicia. Lo peligroso de la ideología liberal, consiste en pretender que sólo existe el individuo y sus deseos, indistintamente de su contexto y de la coyuntura política; Lo preocupante, que esta manera de pensar (o de no pensar) haga del “individuo” un ser de derechos despojado de deberes, sin conciencia cívica, sin ética social.

Es imprescindible recordar a Simón Bolívar en el Manifiesto de Cartagena refiriéndose a la ideología liberal: “Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar: porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia”. Recordemos lo que sigue a ésta sardónica y lapidaria frase y démonos cuenta que ésta ideología es contradictoria en tiempos de revolución. Cuando la revolución es pacifica, no cabe otra posibilidad, al parecer, que convivir con los perniciosos efectos de ésta ideología que desde siempre lo que produjo en Venezuela fueron, en palabras de Martì, plantas exóticas. Más adelante agrega: “…siguiendo las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que se rija por sí mismo rompe los pactos sociales, y constituye a las naciones en anarquía”. Da de nuevo en el clavo. La piadosa doctrina es aplicada en forma de “leyes” que son tales en virtud del minucioso trabajo completado por los intelectuales orgánicos liberales, que en esta coyuntura de matices tan definidos y de imperativos históricos, se hacen tremendos payasos.

Este peligroso personaje liberal, cuya ilusión consiste en pensar que el Estado no tiene nada que ver con el, es un gran irresponsable y un cómodo elemento. Oscar Wilde dijo que lo malo del Socialismo es que te quita muchas tardes libres; el liberal no quiere que le quiten sus tardes, antes que entenderse con gente que considera necia, corrupta, inculta y perversa, opta por preocuparse por él y en todo caso crear un grupito cerrado, un pequeño paraíso exclusivo de individuos exclusivos. Gran comodidad, gran irresponsabilidad, pero que toca un aspecto importante del problema: la cultura de la no participación en la que hemos sido formados y contra la cual tenemos que luchar. La política, como conocimiento de la articulación de lo colectivo, y en el marco del proceso revolucionario, tiene el gran reto, que está asumiendo, de vencer esa cultura de la sumisión (de la estupidez), que consiste no tanto en la no participación soberana como en quedarse callado, o no llamar a las cosas por su nombre, en esos momentos cuando la vulgaridad, la mediocridad y la infiltración hacen su labor se zapa.

Cuando en el marco de la discusión sobre lo que será el partido socialista unido de Vzla., se escucha por una parte, que este partido no será ni de cuadros ni de masas, y por otra, que esta nueva organización será un partido de masas pero también de cuadros, podemos decir de una parte, que la confusión ideológica está presente, y de otra, que estas opiniones contradictorias en apariencia, ofrecen la posibilidad de superación de esas visiones compactas, cerradas, extremas, simplificadoras y tautológicas, que hemos heredado de las tradiciones del siglo XX. Parece que se va por la senda del pensamiento dinámico, de la justa actitud. Ambas propuestas pueden considerarse válidas si las leemos entre líneas. La primera nos dice que ni una cosa ni la otra (no se sabe si todo lo contrario), y la segunda nos dice que son las dos. Me parece que ambas ideas son superadoras de la visión tradicional pero que sin embargo, es menester no sólo partir de una base conceptual sólida, sino partir teniendo absoluta claridad de que es lo que no se quiere.

El partido no puede ser de masas: porque no sólo va a ser de “masas” y porque las “masas” ya no son tales, son multitudes, cada vez más racionales, organizadas, concientes; la nueva organización no puede ser de cuadros: porque no sólo será de cuadros; incorporará a las multitudes, de la que surgirán muchos de esos cuadros. Vamos hacia la invención, hacia lo inédito.

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