Y la pelea que viene: las trampas de la algarabía programática (I)

Pensando sobre las circunstancias que hoy en día vive Siria: es la guerra de un pueblo contra una dictadura familiar asesina. Levantamiento que a su vez es utilizado por el imperialismo como herramienta para el logro de la hegemonía total sobre el Golfo Pérsico mediante la conversión de ese levantamiento popular en una guerra civil terrorista impuesta, no sé si exagero pero me preguntaba cuáles son los puntos críticos hoy de nuestra historia y en qué medida ella nos lleva o no a una circunstancia que podría perfectamente reproducir por estas tierras una situación parecida a la de Siria. Una catástrofe que es en definitiva un modelo acabado y multiplicable de la relación entre pueblos, imperios y regímenes dominantes en su fase más explosiva y criminal.

Hugo Chávez va a ganar las elecciones de 7 de Octubre. Entre las megalomanías de la campaña hay una gigantesca diferencia entre el fascista enmascarado y el líder bolivariano, entre el sifrino caraqueño y el campesino militar que a la final se va a medir en una importante diferencia de votos. El problema por tanto no parece ser las elecciones en sí. La duda está por el lado de quienes van a ganar las elecciones realmente a partir del día 7 de Octubre cuando Chávez sea ratificado en la presidencia. Me temo, por mucha alegría que nos conceda la victoria de Chávez, que esta no es una neta victoria del pueblo revolucionario, cuidado si es todo lo contrario cuando analizamos el devenir de una abultada cantidad de mandos regionales, parlamentarios, tecnocráticos, partidarios, policiales, militares, que han ido tomando el poder dentro del gobierno ya que su continuidad y la relación pueblo-gobierno que han terminado de establecer parece ser un hecho irreversible, comenzando por la propia opción política y visión de poder del comandante Chávez.  Lo irreversible por los momentos es la cristalización ya no solo de una visión corporativa y burocrática del poder que refleja todo el verticalismo que se ha impuesto en espacios políticos como el PSUV, es la degradación, facilitada por estos modelos de mando, del ejercicio de gobierno en estructuras mafiosas y sostenidas sobre una impunidad absoluta que podrían llevarnos a situaciones parecidas al horizonte Sirio o lo que fue Libia hace un año. Esas cúpulas sobreviven tranquilas sin mayor cuestionamiento directo y público ni siquiera por buena parte de los movimientos de base que en muchos casos hasta se acoplan a ellas o se distancian solo formalmente sin confrontación real ninguna. Esto puede llegar a ser peligrosísimo por el daño y hasta el ataque directo que generan sobre la población trabajadora y las comunidades necesitadas realmente de la transformación revolucionaria. Una violencia cada vez más descarada contra los derechos revolucionarios conquistados que puede derivar en legítimos levantamientos, acusados luego por gobierno y vanguardias políticas de traidores y más adelante, en su desespero, utilizados efectivamente por las redes de la política y el terrorismo imperial. Y por lo visto no hay mayor voluntad de polarizar de manera franca y abierta con esta situación. Las cosas dependerán como siempre de algo mucho más allá del gobierno mismo, o de los resultados del 7 de Octubre, dependerá de “nosotros”, de la magia política del “pueblo en lucha” y claro que lo hay.

Luego, a modo de ver las cosas, más allá de campañas, hay una responsabilidad política que asumir o un hecho político que desatar en forma abierta y movimiental. Denunciar situaciones por sí mismas ya a estas alturas no tiene mayor valor si no avanzamos en un doble trabajo: el desmenuzamiento argumental donde se esconden las trampas de estas cúpulas y el trabajo movimiental que ya parece despertar de manera espontánea. La propia campaña por sus características particularmente vacías en esta oportunidad, puede servir para ello, haciendo del voto un voto “por nuestra lucha”; ese espacio ya se está ganando. Pero si de argumentos se trata, en lo único que podemos hacer desde la palabra escrita es lo que tenemos delante: el propio programa de gobierno presentado por el presidente Chávez. Una primera e importantísima pelea con el traidor “socialismo de oficina” como dice un amigo.

La pelea programática

En primer lugar las ideas expuestas: tenemos ya más de catorce años que se presentó el documento de la refundación de la república que en cierta medida le da inicio al primer compromiso universal de gobierno revolucionario en una etapa posbipartidista y bolivariana. Desde entonces para acá la exposición programática de la revolución no ha hecho más que radicalizarse hasta llegar al programa presentado para las elecciones del 7 de Octubre. Lo que para ese entonces de los años 99 y 2000 se dijo “este animal revolucionario se mueve dirigido por dos almas”, más allá de los radicalismos conceptuales es exactamente el mismo. El programa presentado por el Presidente Chávez ante el CNE son dos programas, uno expuesto sobre todo en los trazados utópicos de su introducción donde ubica desde sus propias palabras y cosmología política lo que serían los presupuestos mínimos para la continuidad de esta revolución popular, desde un signo eminentemente soberanista, justiciero, libertario y autogobernante y ahora hasta ecológico, en sus modos acostumbrados de exposición. Otro programa, que desde su introducción también podríamos leerlo entre líneas, es el que se desglosa en centenares de objetivos que no son otra cosa que un “corta y pega” de los planes de gobierno, actualizado, ordenado y en manos del sacrosanto ministro Jorge Giordani. Uno es un programa revolucionario centrado en el protagonismo político del sujeto “no-estado”, el otro es un programa desarrollista bajo la preeminencia de un capitalismo corporativo de Estado que no hace “grandes, independientes, sustentables, igualitarios, potentes, socialistas” bajo la lúcida dirección de nuestra ejemplar burocracia. Uno es un programa de transformación de los modos de vida y producción, el otro en el mejor de los casos, de desarrollo y redistribución de la renta energética y mineral.

Los 5 significantes principales que se elevan dentro del programa: INDEPENDENCIA, SOCIALISMO, PAIS POTENCIA, MUNDO MULTICENTRICO Y MULTIPOLAR, PRESERVACION DE LA VIDA, constituyen un modo de síntesis programática que llevan consigo la memoria de lo que son hoy las principales luchas en el mundo incluso cuando se habla de potencia ya sea en el plano político, económico como militar. La relación independencia, socialismo y potencia es totalmente coherente si la vemos solo como eso: significantes genéricos destinados a sustentar una estrategia que lleve y ayude a desatar una lucha antiimperial, marcada por la transformación radical de las relaciones de producción, propiedad y derechos, la potenciación político-material de dichas conquistas a través de la consolidación de una unidad de lo nacional producida por el poder del pueblo y su propia expansión, hasta llevar dichos avances en el terreno nacional a los dos lugares fundamentales de la pelea global: la transformación del mismo orden global y la lucha por la vida frente al genocidio capitalista. Sin embargo, y sin tener ningún problema en la reafirmación de estos postulados, aquí no se dice para nada sobre qué es lo que hemos de cambiar internamente en lo que al orden constituido se refiere, lo único que hay es eso: un despliegue de cometidos de liberación perfectamente coherentes en el orden lógico que responden a lo que los teóricos llaman un típico jacobinismo de gobierno centrado en la voluntad y virtud del sujeto que asume para sí la conducción de una mutación revolucionaria de algo a lo cual llamamos “nación”.

Digamos para simplificar el problema, que lo que se esboza como un intento de ordenar genéricamente lo que son cometidos de lucha fundamental alrededor de 5 significantes de liberación a los cuales se le podría sumar todos los que se quiera (nueva comunidad, transformación del orden de la tierra, modelo de producción, derechos sociales, etc.) a la hora de desglosar lo que ellos significan en realidad lo que estamos presenciando es el postulado de un centro político de mucha voluntad que nos advierte a todos que esto se llevará a cabo con participación colectiva pero sin producir orden revolucionario alguno, es decir, sin liberar la forma institucional de los formatos tradicionales del orden burgués. Las fuerzas armadas, las instituciones de gobierno, la relación y el sentido mismo de los lugares de mando y obediencia quedarán intactos de acuerdo al formato de la constitución del 99 -en el mejor de los casos-. Ellos en definitiva “SON LA NACIÓN”, nos configuran sobre una identidad vertical y monolítica. Y más allá, cuando vamos a los detalles de ese desglose, delineados en objetivos nacionales y estratégicos, esta disparidad se hace mucho más evidente, dejando en claro el enorme antagonismo en que nos estamos moviendo bajo la tutela de este programa.

¿Son antagonismos de qué orden?  Primero tomemos en cuenta lo que es el choque de subjetividades políticas que ya es un hecho no solo en Venezuela sino en el resto de los pueblos nuestramericanos, particularmente aquellos donde han triunfado las opciones de izquierda y progresistas. Tenemos por un lado una independencia necesaria o un socialismo deseado, por un lado pensados desde lo que se ha dado a llamar “otra política” desde ejes protagónicos y de decisión que van configurando un tejido o una multiplicidad de líneas de construcción de la igualdad que supone una verdadera explosión de potencialidades democrático-populares, de saberes, de relaciones de producción e intercambio. Y por otro, un mando-gobierno que desde los placeres de poderío del ministerio de planificación y sus distintos ramales gubernamentales crean desde arriba esa “nación”, la dirigen y dictan sus líneas de liberación, sosteniéndose en un liderazgo presidencial irreprochable. Contraste de posiciones que supone no solo una pugna ideológica entre tendencias sino la producción de un ser político que se mueve desde coordenadas completamente distantes: por un lado la del “nosotros pueblo en lucha”, una diversa clase trabajadora que nada tiene que ver con los órdenes de mando burocráticos. Por el contrario, los confronta, resiste a ellos al mismo tiempo que se propone crear su propia realidad liberadora en la medida en que se van garantizando victorias que por lo general se consolidan derrotando las distintas versiones de la coalición burocracia-burguesía, represión y dinero que se repite de manera sórdida en todas las regiones del país. Y por otro lado nos encontraremos con un “nosotros partidario” (hacer parte del partido-gobierno, del gobierno-estado) cuya visión de sí misma, incluso situándose desde la base popular a la cual muchos pertenecen, es netamente defensiva y pasiva, mientras se incrementa la arrogancia de los núcleos del poder central y regional, al tiempo que hacen del proyecto revolucionario un simple problema de gestión gubernamental y administración central de las fuerzas sociales que les sirve de sostén; es la explotación de la plusvalía política de esa fuerza social militante.

La “justicia” tan renombrada en este proyecto programático en este caso tiene un significado totalmente distinto de acuerdo a la propia confrontación de subjetividades: una cosa es la justicia conquistada desde la lucha que me hace sujeto y otra es la justicia aclamada como una especie de obligación misericordiosa hacia un pueblo merecedor de ella y que configuraría la condición material para hacerse a sí mismo un sujeto soberano, es decir, libre y pensante. Es la justicia que me sirve de plataforma forjadora de mi propia libertad (donde me fabrico como sujeto) o es la justicia que me regalan y sin yo hacer nada me hará libre; la gran mentira de la liberación regalada. ¿Cuándo hacemos justicia social entonces?  El programa no lo dice, habla de una historia popular en lucha y luego describe las áreas de realización de la justicia social. Es su ambigüedad y en el fondo la gran trampa discursiva de la burocracia que mira la totalidad social como una empresa a ordenar. El Toto desde los barrios de Maracaibo diría: “gracias amigo pero no te preocupes tanto por mí que en mi hambre mando yo”.

Este primer cuadro nos lleva a otro conjunto de choques que dentro del programa tienen una versión mucho más concreta. El contraste de subjetividades nos lleva directo a un choque de modelos de desarrollo y por tanto a un proyecto de gobierno. Dentro de los objetivos nacionales se dice: 2.1-2.2: “Propulsar la transformación del sistema económico, en función de la transición al socialismo bolivariano, trascendiendo el modelo rentista petrolero capitalista hacia el modelo productivo socialista, basado en el desarrollo de las fuerzas productivas” Y a continuación se dice: “Construir una sociedad igualitaria y justa. Consolidar y expandir el poder popular y la democracia socialista”. Estas premisas que en sí mismas son totalmente bondadosas ya que nos están hablando en términos clásicos del desarrollo necesario de las fuerzas productivas pero que no se quedan ancladas en viejas relaciones de producción explotadoras sino sobre la construcción de relaciones libertarias precedidas y dirigidas por el poder popular y una indefinida democracia socialista. Es como decía Lenin al hablar del proyecto revolucionario de la URSS, “este se basa en sóviets y electricidad”, poder obrero y campesino más desarrollo productivo.

Pero como también pasó en la URSS, parece que en el desarrollo de ese programa se afincaron en la electricidad y se olvidaron o más bien aplastaron a los soviets, en este caso al menos en el papel no hay ninguna aclaratoria de donde está el poder popular y la democracia socialista dentro del desglose de objetivos, aspecto que a su vez nos impide ver dentro de cada uno de los planes de desarrollo en qué medida ellos suponen un modelo de desarrollo alternativo al capitalismo más allá de las afirmaciones socialistas de rigor. Lo que vemos a grandes rasgos son objetivos de fiscalización ampliada, búsqueda de una alta retribución de la renta energética y mineral, alternativas financieras al estado fuera del orden del FMI, continuidad de una política monetaria netamente importadora. Rentas de estado convertidas en planes de desarrollo agrario, científico, industrial, inversión social y educativa, etc. El papel concreto del productor colectivo, de su organización y saberes, de su misión como poder transformador y constituyente no aparece sino en frases perdidas. Como plan corporativo de estado esto no dista mucho de los planes de la cuarta república, redoblando la preeminencia del Estado, distancia de los centros hegemónicos financieros y acentuada en la ayuda social. Pero donde se ahonda más la contradicción es cuando vemos estas mismas premisas unidas a la utopía y lucha ecológica violentados por planes mineros y carboníferos completamente adversos al deseo de preservación de la vida aclamado en el programa. Como en la historia fallida de la URSS, el desarrollo mató libertad como hoy mata la vida del planeta, cuidado si entre líneas las incongruencias evidentes esconden la misma tragedia y solo hablamos en términos del programa presentado porque en la realidad vivida esto es mucho más triste y con potenciales devastadores. Ejemplo entre tantos, el caso de la planta carboeléctrica de Mara anunciada por Chávez estos días en el estado Zulia: un ecocidio y etnicidio mil veces denunciado convertido en fabuloso desarrollo socialista.

Quizás a la hora de evidenciar este choque de modelos lo que estamos presenciando es el callejón sin salida en que se encuentran todos estos gobiernos de izquierda que se ven a sí mismos como instrumentos de una justicia social solventada por planes de inversión social que aumentan exponencialmente el gasto público, además rebajado majestuosamente en su productividad real por los mecanismos bárbaros de corrupción y burocratismo, línea que los obliga a buscar desesperadamente alternativas de recursos bajo mecanismos de endeudamiento, compromiso a futuro de los recursos del subsuelo y multiplicación casi irracional de toda la actividad extractiva, cediendo a la final a todas las apetencias transnacionales que giran detrás de ellas (lo casos en ese sentido de Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil, son de llorar). A largo plazo por este camino al modelo capitalista de Estado de estos gobiernos terminará pasándole lo mismo que al estado de bienestar europeo regido por gobiernos neoliberales desde hace treinta años; la chupadora financiera terminará reventado todo el modelo, incluidos sus gobiernos.

Mientras tanto no hay indicios en este programa de ofrecer una salida a este callejón sin salida. Desde la estructura del gasto público el cual en un inmenso porcentaje favorece los monopolios privados (farmaceúticos, importadores, agrarios, inmobiliarios, transportistas, etc) y donde no aparece en ningún lado del programa un cambio profundo al respecto, pasando por la misma estructura de la gestión pública la cual queda intacta dentro de un programa que cambia el mundo pero deja intacto el poder constituido. Hasta llegar al aspecto más trascendental de todos: lo que es el desarrollo no en el postulado sino en el programa detallado donde aparecen toda clase de buenas intenciones de inversión, un inmenso plan de soberanía alimentaria, un repetido énfasis en la técnica y la soberanía tecnológica (soberanía representada nación-gobierno), incluso de participación pero el aspecto autogobernante en su generalidad y capacidad de dominio político: el estado comunal, el control obrero, los tejidos horizontales y universales de entrelazamiento libre y directo de economías autogestionarias (la única economía socialista posible), la capacidad de reformular por completo nuestros sistemas de educación y salud en el formato académico y de medicina mercantil que los ordena, la indispensable socialización de la tierra urbana como condición básica para la liberación de nuestras ciudades, quedan para los círculos pequeños de un poder popular completamente acorralado y encajonado al localismo y la sustitución de obligaciones estatales hacia la comunidad mas algunas ayudas para talleres comunitarios. En otras palabras, NO HAY UNA PROPUESTA SOCIALISTA, ella es confundida por una reiterada apuesta a metas soberanas, justicieras y geopolíticas necesarias (alimentarias, agrarias, tecnológicas, energéticas) pero cruzada por el mismo síndrome nacionalista del desarrollismo y la realización de una justicia social hacia un pasivo pueblo que es administrado -él y la justicia- por la burocracia. Un modelo así, condensado fundamentalmente en la multiplicación del gasto y la inversión pública controlada enteramente por el gobierno-Estado, no tiene salida y no hay faja petrolífera del Orinoco, por inmensa que sea, que lo aguante. Los vampiros financieros mundiales se terminarán chupando este país.

Quedamos expuestos entonces a una ambigüedad no inocente donde la revolución socialista, afirmada en sus valores libertarios esenciales, queda circunscrita a la final a un esquema de gobierno QUE NO SIRVE que está plagado de una corrosión institucional descomunal hija directa de la crisis y pobredumbre del régimen puntofijista y que no ha querido ser partido ni por Chávez ni por su obediente burocracia y el sujeto político partidario que ahora la anida. De esta manera el sentido antagónico de los significantes y significados concretos del programa a la final servirán a la consolidación del esquema corporativo-burocrático tan querido a los crisoles mandatarios de regiones y direcciones del PSUV. El componente emancipador quedará completamente oscurecido por la fiesta programática dirigida por años dentro de los recintos ministeriales del antiguo Giordani y el patriotismo protocolar del generalato.

O somos emancipativos o somos simplemente reactivos, es decir, funcionarios y políticos redoblando sueños colectivos de liberación e inflándolos de símbolos heroicos de la historia pero ausentes completamente de toda línea real de trabajo obligante en función de quebrarle la espalda a los nudos reales de la opresión cotidiana que vivimos en nuestra tierra. Esto no ha llegado aún a la violencia represiva y generalizada, aunque ya se asoma. Pero la van a necesitar para conservarse en semejantes mentiras, reafirmadas indirectamente y cada vez más por el mando presidencial al presentar un programa que se sostiene casi exclusivamente sobre el gasto público y el festín petrolero, la inversión, la contratación y el control burocrático.  Entiendo perfectamente que esta crítica agrede muchas buenas almas del chavismo que leen en este programa solo las líneas de liberación.  Es cierto, mis disculpas, pero acuérdense que tenemos a Siria por delante y una guerra que puede rebotarnos si la democracia que enarbolamos no impone su carácter revolucionario. ¿Dónde están nuestras cartas de lucha?, hechas con la visión más universal e integral del ser humano pero desde su realidades más concretas, desde la vida tal cual como producimos y como la hacemos todos los días y no como la inventa el eminente Giordani. Allí está el verdadero programa revolucionario, colectivo, racional y libertario, en el que creemos y allí se centra nuestra pelea programática.


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Roland Denis

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

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