2 de febrero de 2009.- El Cato Institute "Centro de investigación de políticas
públicas
no partidista" con sede en Washington, D.C., fundado en 1977, publicó el 30 de Enero, un artículo
abogando por la "Reelección sin límites", refiriéndose al presidente colombiano Alvaro Uribe, cuyas políticas son apoyadas por el Cato Institute.
El Cato Institute el año pasado otorgó un premio de 500 mil dólares al joven venezolano Yon Goicochea por su supuesto trabajo en la promoción de la "Libertad Económica". Goicochea es uno de los líderes del movimiento que busca remover del poder al Presidente Hugo Chávez.
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket
International Consulting en Madrid, España y académico asociado del
Cato Institute.
En Colombia se ha abierto
un debate sobre la conveniencia o no de permitir la reelección
del presidente Uribe, lo que implicaría la reforma de la constitución
de ese país. La polémica sobre la limitación o
no de los mandatos presidenciales es tan antigua como la propia democracia
y se ha planteado de manera recurrente, si bien con distinta intensidad
y en diferentes momentos, en la mayoría de los países
democráticos. A simple vista, los argumentos a favor de impedir
a los políticos ser reelegidos gozan de una considerable solidez
y tendrían un claro aroma liberal. Sin embargo, esas medidas
restrictivas suponen también una injerencia en el funcionamiento
del mercado—en este caso del político—y como sucede
casi siempre en estos casos, los efectos suelen ser opuestos a los esperados
por quienes las defienden.
De entrada, la limitación de mandatos priva a los ciudadanos
de elegir a los representantes que ellos desean y que están dispuestos
a servirles. Este enfoque es similar a los formulados para defender
la intervención estatal en otros mercados, ya que supone asumir
que el electorado-consumidor necesita ser protegido de sí mismo,
tiende a comportarse de manera irracional y no sabe velar por sus propios
intereses. Tal vez ese planteamiento tenga algo de verdad pero si se
acepta como principio general y se lleva a sus últimas consecuencias
lógicas, todos los argumentos a favor de la democracia se vienen
abajo y pierden su consistencia. Quizá por eso, uno de los textos
clásicos de la filosofía liberal, El Federalista, en su
sabia y acertada obsesión por introducir "checks and balances"
para evitar el abuso de poder por parte de los poderes públicos,
nunca apoyó la introducción de ese tipo de restricciones.
Por otra parte, la imposibilidad legal de ser reelegido genera o puede
generar incentivos perversos. Si esa opción se elimina, desaparece
con ella uno de los mecanismos disciplinantes más poderosos que
existen: la capacidad de premiar o de castigar la gestión de
los gobiernos. En este caso, los políticos se ven menos presionados
para satisfacer los deseos de los electores, y su propensión
a manejar mal los asuntos públicos y a utilizar el poder en su
beneficio o en el de su clientela, crece de manera exponencial. En un
conocido trabajo, Robert J. Barro mostraba que los estados norteamericanos
en los cuales existen límites a las veces que un gobernador puede
ser elegido tenían como media peores resultados económicos
que aquellos en los cuales no estaba vigente una prohibición
de esa naturaleza. De hecho, el crecimiento de su renta per cápita
entre 1960 y 1990 fue sensiblemente inferior en los primeros que en
los segundos.
Un argumento en pro de las limitaciones es que los políticos/gobernantes
instalados gozan de injustas ventajas en las elecciones—las proporcionadas
por el control del poder—que suponen verdaderas barreras de entrada
a los nuevos competidores. En concreto, quien se encuentra en el cargo
tendría un acceso teórico más fácil a fondos
para sus campañas, a los medios de comunicación, etc.
Además de ser esta una hipótesis cuestionable, y no avalada
por la evidencia empírica, su base es semejante a la utilizada
con frecuencia por los poderes públicos para justificar la regulación
en nombre de la concurrencia, y es igualmente falaz. Con todas sus imperfecciones,
el mercado político está abierto a la competencia real
y potencial y, además, la posición dominante de quienes
operan en él es temporal, está sometida al control y a
la voluntad de los votantes. De lo contrario, nadie sería jamás
desalojado del poder por las urnas.
Lejos de ser un obstáculo a la renovación de la clase
dirigente, la posibilidad de ser reelegido puede impulsarla, y su prohibición
frenarla. Sin ella, movimientos nuevos que en un momento determinado
ganan unas elecciones y obtienen un amplio respaldo de la opinión
no disponen del tiempo necesario para consolidarse como partidos estables
y, por tanto, para convertirse en motores de regeneración democrática
y en cauces sólidos de representación. Este es uno de
los males crónicos de una buena parte de los países iberoamericanos,
una fuente de ineficiencia y una causa de su incapacidad para construir
partidos fuertes y modernos sin los cuales el sistema democrático
no funciona. En este contexto, la prohibición de la reelección
se traduce en el fortalecimiento de un status quo cada vez más
alejado de la realidad, de unas fuerzas políticas que no representan
corrientes profundas del país y de un divorcio entre la sociedad
política y la sociedad civil.
En el caso de Colombia se unen esos elementos y uno más para
justificar un cambio constitucional favorable a la reelección.
A comienzos del siglo XXI, en un mundo sometido a un vertiginoso proceso
de transformación las instituciones representativas han de adaptarse
a los tiempos para cumplir con eficacia su tarea. Un mandato de cuatro
años e irrepetible por vida constituye un derroche de recursos
y de capital humano absurdo. Si un presidente lo hace mal, el pueblo
tiene la capacidad de echarle. Por tanto, la institucionalidad no corre
peligro alguno de verse debilitada. Desde esta perspectiva, permitir,
al menos, dos mandatos presidenciales como en EE.UU. no implica amenaza
alguna y es un tiempo suficiente para realizar una labor de gobierno.