No hay que llamarse a engaños.
El gobierno colombiano, a fuer de implementar planes de supervivencia y combate
procedentes de otros países que le brindan su apoyo, ha terminado siendo
esos "otros países", menos un gobierno propio. Eso lo sabemos
de "cajón", prototípicamente, se dirá, si evocamos el pasado
guabinoso de ese país desde la época misma de la Independencia, donde
vimos a su prócer, Francisco de Paula Santander, hacer una y mil piruetas
para quebrar la causa bolivariana, buscando apoyo extranjero para imponer
una tesis interesadamente personalista, coqueteando desde el mismo génesis
republicano con los factores de la injerencia imperial.
Cuando El Libertador lo detiene
en una de sus andanzas magnicidas y lo expatria en vez de fusilarlo −dada
la posibilidad de hacerlo−, salvaguardó en el exilio una semilla
contrarrevolucionaria que habría de volver posteriormente a hacer las
cosas a su manera en Colombia, mandando a los mil demonios la gesta emancipadora,
permeándose desde entonces al interés extranjero como vía facilitada
para el logro de particulares empresas. Muerto Bolívar, sumido en la
mayor miseria, triunfaba Santander, sumido en medio de ingentes riquezas,
incontabilizadas propiedades terrenas e inmobiliarias que forjaron el
formato del poderío oligárquico en el país, tan fresquito hoy en Colombia
como entonces, con estamentos cuasi colonialistas y demás.
Santander sobrevive hoy en Colombia,
y todo esfuerzo que prepondere el interés particular sobre el colectivo,
específicamente en su afán de apoyo exterior, en modo alguno debe
sorprender a la conciencia bolivariana, debiendo más bien certificarla
sobre la convicción de que actúa por histórica condición y naturaleza.
Su gesta (hoy más nunca mantuana) es la deconstrucción ideológica,
más precisamente la bolivariana, doctrina que, a fin de cuentas, en
sus ingredientes de justicia social, es el tradicional enemigo del singular
modo de ejercer el poder político y económico en el país. Su reacción
natural (hablo del país- casta), como ser viviente al fin, es procurar
la supervivencia, como sólo sabe hacerlo históricamente, como lo enseñara
el mismo Santander, con golpes trapaceros que no tendrían en nada que
envidiarle a un áspid. Decía Maquiavelo que los hombres atacan u "ofenden
por miedo o por odio", y el dicho en su parte final se nos presenta
como una disyuntiva de escogencia sustantiva.
Ciertamente Santander fue partícipe
de la gesta independentista y moral revolucionaria, pero esencialmente
fue un disidente, un hombre de indesprendible abolengo y un soldado peligrosamente
humillado en su honor personal por su misma tropa. El capítulo de los
soldados no aceptando su jefatura por preferir al lego campesino de
José Antonio Páez, amén de no alcanzar jamás la estatura moral de
autoridad de Simón Bolívar, construida en el desprendimiento y el
idealismo, es una significativa ocasión para disertar sobre dos rasgos
temibles de la personalidad humana: resentimiento y revanchismo.
Y eso es Colombia hoy día, en
su componente de castas económicas y políticas, soltándolo así,
simplemente, sin el tonto prejuicio de ofender dignidad o gentilicio
algunos, refiriéndonos a aquellos que se sujetan centenariamente al
poder sin haberse abierto jamás a ninguna revolución que le permita
a las mayorías participar de las riquezas de su patria. El pueblo es
el de siempre, el soldado que participó con su sangre en la gesta heroica
de fundar una república para que dos o tres pelagatos lo esclavicen
después. ¿Quién carrizos dice que Santander es la dignidad de un
país que se hizo república en la vorágine libertaria bolivariana
y que hoy se erige, por condición mantuana, en el gran deconstructor
continental de las causas integracionistas que beben en el ideal romántico
y poderoso de la ilustración y de la justicia social?
Porque, a más de decir tantas
cosas, es el país y su dirigencia un preparado caldo de cultivo para
implosionar ese germen de bolivarianismo que se quedó flotando entre
los latinoamericanos, arteramente atacado desde su directriz exterior
sobre la base del discurso de la democracia y la institucionalidad.
Tal es la careta que hace providencial la advertencia de Bolívar sobre
los EEUU y su advenimiento para plagar de costras a América Latina
en nombre de la libertad. El apoyo de la comunidad internacional es
reclamado para Colombia desde esta alevosa vertiente de las suicidas
ideas antirrepublicanas, jueguito que tiene sin cuidado a las irresponsables
dirigencias del país, que se saben descritas en la obra de Maquiavelo
cuando se sienten aludidas como el objeto de la expresión “dividir
para gobernar”.
De manera que, por lo dicho, en
su sentido de urgencia, Colombia es el país de América Latina más
precisado de una revolución. Su existencia presente, en su formato
mantuanesco y vilipendiante de valores históricos, es una real amenaza
para las repúblicas independientes de América Latina, donde el trasiego
diario es la existencia digna y soberana en contraposición a los intereses
neocoloniales de las potencias extranjeras. Desesperadamente urge un
cambio de paradigma, un estremecimiento de la conciencia nacional, que
reedite en lo posible el sentimiento gaitanista de encarnar el amor
de pueblo que se dispone a luchar por si mismo. Y vayan estas palabras
para justificar un movimiento guerrillero en Colombia en tanto son una
inicial recabación del sentimiento gaitanista, pero vaya también la
crítica en lo que concierne a dejar envejecer la lucha en el monofundamentalismo
táctico, cayendo en el ostracismo y perdiendo terreno en el afecto
popular. Las guerras de hoy son de información y de combate psicológico.
Del mismo modo que se amerita
sacar los restos del divisor José Antonio Páez del Panteón Nacional
en Venezuela, un tanto igual se precisaría para Colombia con Santander.
Porque, desde el punto de vista de la supervivencia, no puede ser permisible
un país que ya inicio la fase de atacar militarmente los espacios de
otros, sus vecinos, del mismo modo que los hace Israel en el Medio Oriente,
salvaguardando el interés geoestratégico propio y de otros cataduras,
específicamente imperiales. Suficientes pruebas ha tenido que dar el
país desde antiguo para que en la hora presente, que luce como de conflagración
inevitable, hayan tenido los demás que conceptuarlo como "amenaza".
En la hora presente lucen como detalles que en el pasado se alineara
con los extranjeros en vez de hacerlo con los paisanos (Guerra de Las
Malvinas) y que desde siempre tres países dominen su economía nacional:
Inglaterra, España y EEUU.
Simplemente, Colombia es EEUU,
Europa o cualquier otra procedencia que se preste a financiar y sostener
a los patricios en el poder a contrapelo de las amenazas típicamente
bolivarianas de integración, soberanía y justicia social. Y todo a
cambio de la venta de los valores ideológicos fundacionales de nuestras
repúblicas, nombre que parece aceptar con gran reconcomio hacia la Historia,
que así lo dispuso, de modo malogrado, a juzgar por lo dicho, pudiendo
muy bien haberse quedado en su forma original de Capitanía General
de España o, en su defecto, para los tiempos contemporáneos, pudiendo
haber adoptado después la condición de país asociado a los EEUU,
como Puerto Rico. De modo que es comprensible que Bolívar, incluso en
su forma espectral, coloque en fuga a tanto agente imperial en Colombia.
Sencillo de sencillez: si ambos
países -Colombia y EEUU- medran de un vigoroso conflicto, peor aun
con la perspectiva de desbordarlo hacia la pesca de río revuelto continental,
ninguno podrá tener el interés de pacificar nada. Ipso facto
perderían, uno debiendo flexibilizar la severidad explotadora para
con el pueblo, otro viéndose en la derrota de no poder intervenir "oficialmente"
en Suramérica. Como en toda guerra esclavista y secesionista, respectivamente,
hay intereses políticos y económicos que impiden la conciliación,
negándola de plano.
Y por ello mismo, en el contexto
del capítulo "Ingrid Betancourt liberada" (por comentar el
tema en boga), jamás será creíble la tesis de que ocurrió como consecuencia
de negociaciones entre partes beligerantes enfrentadas, porque ello
le daría crédito de fuerza a una de las partes; así como tampoco
jamás será presentada a la opinión pública la tesis de que ocurrió
a cambió de nada, porque colmaría de humanidad a una de las partes
que se procura satanizar a cualquier precio. Lo que se impone es declarar
que su liberación fue un rescate de corte militar, porque ello alimenta
la vena procurada de la guerra. No está en el sentido histórico de
la supervivencia de las oligarquías (ni de los EEUU) declarar que la
guerrilla está hasta tal punto debilitada que es inminente un proceso
de paz en el país. Nada más contraproducente, más allá de la retórica
de las declaraciones oficiales que presenta a un ejército ganando la
contienda. Rescatada o liberada, pagada o birlada en un operativo de
inteligencia, es irrelevante para la paz en Colombia. Las FARC, por
su parte, tampoco declararán que cobraron rescate por un ser humano...
Y si fuera el caso de que estuviesen debilitadas, téngase la seguridad
de que serían "ayudadas" prestamente por los "perros
de la guerra", cuando no por los mismos gobiernos de Colombia y EEUU,
los principales interesados.
En fin, la reedición bolivariana
y santandereana (Chávez y Uribe, respectivamente, y salvando las proporciones)
de las luchas independentistas y sus dramas internos de traición, entreguismo
o insoburdinación (Santander, Piar), es indicio de que la guerra no
ha terminado y de que a nuestros países se les concedió la gracia nomás
discursiva de existir como repúblicas libres, a modo y efecto placebo,
por decirlo de algún modo. La lucha ha de proseguir a pesar de algunas
renuencias internas, como en el pasado, teniendo como norte la unidad
continental y el develamiento de los nuevos formatos del poder colonial.
Más del autor en <a href="http://zoopolitico.blogspot.com/">Animal
político</a>
camero500@hotmail.com