Análisis revolucionarios del 7-O y las perspectivas para las regionales

La elección presidencial del pasado 7-O marcó otro hito en nuestro devenir histórico y mostró al mundo la fortaleza del proceso bolivariano venezolano. A pesar de los malos augurios de unos cuantos, el pueblo asumió con madurez el desafío que se le presentaba y se plantó firme contra la agresión imperialista de llamadas madrugadoras, campañas psicológicas por radio y televisión o actos vandálicos de sabotaje en las diferentes esferas de la vida nacional.
 
El 7-O ratificó en la Presidencia de la República a Hugo Chávez Frías y lo inmortalizó como la persona que ha sido reelegida la mayor cantidad de veces para desempeñar ese relevante cargo de la Administración Pública, en Venezuela. En 2019, el Comandante habrá completado 20 años como Jefe de Estado. Hasta el legendario François Mitterrand (*), quien dirigió los destinos de Francia por 14 años (1981-1995), quedó relegado a un segundo plano ante la avasallante revalidación conferida al líder revolucionario venezolano. El “quítate tú para ponerme yo” de la decadente Cuarta República y la carencia de políticas públicas de Estado coherentes en el régimen de la “guanábana”, yacen pulverizados ante el estoicismo cautivante del Gobierno Revolucionario, el cual ha emprendido -desde 2003- una incuestionable transformación en los distintos ámbitos de la sociedad. Sin bien es cierto que el Comandante arribó al poder en 1999, fue cuatro años después (2004) que logró ponerse en práctica una acción efectiva de gobierno basada en el control integral de Petróleos de Venezuela (PDVSA) y apoyada en las nuevas leyes revolucionarias.
 
La victoria del 7-O fue un triunfo de “la vía criolla al socialismo” sobre el moribundo capitalismo imperial que atraviesa la agudización de la Segunda Gran Depresión; en Venezuela se enfrentaron dos paradigmas antagónicos entre sí, ya que la afirmación de uno encamina –indefectiblemente- a la negación del otro. Pretender mezclar ambas filosofías es un experimento que conlleva al fracaso y los socialdemócratas griegos o españoles pueden ofrecer testimonio de ello: la labor de domesticación del Gran Capital es una quimera para cándidos -alentada por los charlatanes de oficio- y un atroz crimen contra la especie humana. Sin darnos cuenta, los venezolanos estamos protagonizando la Historia, tal como los bolcheviques en 1917; los comuneros de París en 1871; o los pobres de la Ciudad Luz que se rebelaron en 1789 contra Luís XVI. ¡Aquellos a quienes María Antonieta mandó a comer “tortas” a falta de pan! Quizás una impecable frase de Roy Chaderton pudiese sintetizar “el ahora” de esta Patria: “Estamos haciendo Historia, sólo que no nos damos cuenta porque estamos en la foto”. Vocablos más, vocablos menos.
 
Muchos camaradas de esta acera y analistas de maletín, de la otra, han tratado de abordar el asunto de la elección del 7-O desde diferentes perspectivas ideológicas y “numerológicas”. El que gana, lo hace hasta por un voto: Chávez se ha erigido con una evidente diferencia de sufragios superior a un millón 500 mil votos con respecto al candidato de la derecha vernácula. Desestimar ello, de lado y lado, es un acto de mezquindad enorme y una pataleta de escuincle malcriado; en países con más -o menos- densidad de población que Venezuela, hay candidatos que resultan electos por brechas ínfimas en relación con su contrincante, sin embargo, a nadie se le ocurre cuestionar la legitimidad de tales vencedores porque su margen de votos no sea lo suficientemente vasto. Verbigracia, en las recientes elecciones estadounidenses, Barack Obama y Mitt Romney quedaron muy “head-to-head” en el voto popular –49%- y esta distancia no es de mucha significación en un territorio de más de 300 millones de habitantes.
 
En ídem dirección, hemos leído en varios artículos que “el chavismo perdió 1.5 millones de votos” o “que la Revolución Bolivariana dispone de menos apoyo que en 2006”. Las tesis de marras no resisten un análisis en frío de las cifras electorales: Hugo Chávez Frías ganó con 8.185.120 votos (55,08%) y Henrique Capriles perdió con 6.583.426 (44,30%). ¿Se puede establecer que Chávez perdió “piso político” en 2012? Miremos los resultados de 2006: Chávez con 7.309.080 (62,84%) y Manuel Rosales con 4.292.466 (36,9%). Chávez, entre en 2006 y 2012, no sólo mantuvo su nicho electoral (7.309.080) sino que lo incrementó cerca de un millón de sufragios. Por tal razón, es una falacia afirmar que al chavismo se le “esfumaron” 1.5 millones de voluntades. Sin duda, el liderazgo de Hugo Chávez ha sido imbatible a lo largo de 14 años: desde 1998, el abismo de votos entre revolucionarios y oposicionistas ha sido remarcable. En el referéndum de 2004, la diferencia fue de casi dos millones (Chávez obtuvo 5.800.629 y la derecha 3.989.008). El mínimo histórico de triunfo para el proceso bolivariano fue en 2009, en el marco del referéndum por la Enmienda Constitucional, en el cual se bajó a 1.2 millones de sufragios (Chávez sacó 6.310.482 y la “oh-posición” 5.193.839).
 
Si nos remitimos a la Historia contemporánea, ni siquiera el puntofijismo podría hacer ostentación de tan contundente cimiento de las masas. Rómulo Betancourt (1.284.092) se alzó, en 1958, con poco más de 300 mil votos sobre Wolfgang Larrazábal (903.479). Raúl Leoni (957.574) rebasó los 400 mil de ventaja con respecto a Rafael Caldera (589.177), en 1963 y ¡al final! el líder socialcristiano de marras pudo vencer la hegemonía adeca, en 1969, pero sólo por 33 mil boletas (1.083.712 contra 1.050.806, de Gonzalo Barrios [AD]). ¡Tremenda representatividad la de la Cuarta!
 
En 1973, Carlos Andrés Pérez ganó la elección por 2.130.743 votos y el candidato de COPEI (Lorenzo Fernández) comandó la segunda plaza con 1.605.628. Poco más de 500 mil papeletas separaban a un candidato del otro. Más de una década había transcurrido desde la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, pero los adecos sólo habían crecido algo más de 900 mil sufragios. Por el contrario, Chávez, desde 1998 hasta 2012, ha subido más de cinco millones. ¿Quiénes son los grandes perdedores?
 
El máximo pico de Acción Democrática fue en 1983, cuando Jaime Lusinchi (3.773.731) aventajó por más de 1.5 millones de votos a Rafael Caldera (2.298.176). Habrá que traer a colación un par de detalles: 1983 fue el año del fatídico Viernes Negro y Lusinchi recibió el apoyo de URD (Unión Republicana Democrática), tolda política de Jóvito Villalba.
 
En 1988, Carlos Andrés Pérez apenas rozó la brecha del millón (3.868.843) con respecto a su rival, Eduardo Fernández (2.955.061), y ni así pudo evitar “El Caracazo”. En el acabóse de la Cuarta República, en 1993, Rafael Caldera (1.710.772) y Claudio Fermín (1.335.287) se yuxtaponían por menos de 400 mil sufragios (¡!). Entre Betancourt (1958) y Caldera (1993), había 500 mil boletas de diferencia, pero una distancia de… ¡35 años! El epitafio político del Pacto de Punto Fijo no podía ser más estridente y revelador. En definitiva, los que se rasgan las vestiduras en nombre de la representatividad y el volumen de tarjetones a su favor, carecen de autoridad moral para ello. La Revolución venció el 7-O de forma holgada e indiscutible, por lo cual no debemos dejar acogotarnos por los fracasados de la justa comicial.
 
 
LA AUTOCRÍTICA IMPRESCINDIBLE SOBRE EL 7-O: ¿PUDIMOS HABER HECHO MÁS?
 
En relación con la elección del 7-O, la autocrítica revolucionaria, más que un derecho, es un deber ineludible. Si bien mantuvimos la votación de 2006 y la superamos en casi un millón, es necesario realizar la pregunta de rigor: ¿por qué la derecha se anotó más de dos millones de votos en comparación con 2006? ¿Cómo es posible que la perorata de odio, exclusión y “marketing” de la plutocracia sea compartida por 6.583.426 venezolanos? ¿Qué hemos hecho como revolucionarios para contrarrestar la ofensiva ideológica del Gran Capital transnacional en nuestra nación? ¿Por qué no alcanzamos la meta de los 10 millones?
 
No podemos caernos a mentiras y mirar hacia otro lado, es perentorio desplegarlo sobre la mesa: ¡el chavismo no perdió votos pero la derecha sorprendió en guarismos! ¿Qué elementos pudieron influir de manera tajante en dicho panorama? Acá desglosamos varios:
 
a)     La guerra psicológica de los medios de propaganda del imperialismo. Permitir que Globovisión y otros canales de desinformación continúen utilizando el espectro radioeléctrico, ha ocasionado la consolidación de matrices de opinión dañinas a la Revolución. Incluso, hasta nuestra propia gente se ha hecho eco de los “mitos y leyendas” de los asalariados del Gran Capital. Tales métodos de bombardeo sistemático obedecen a la teoría de la “bola de nieve”: se hacen cada vez más grandes y más destructivas. Al respecto, habría que inquirir a ciertos camaradas incrédulos: ¿qué acontecería en Cuba si Univisión, Radio Martí, Radio Miami Internacional y otras herramientas de distorsión –de la Florida- se instalaran en La Habana y transmitiesen sus arengas desestabilizadoras a toda la Isla? ¡Subestimar al enemigo es fatal!
 
b)     La deficiente gestión pública regional. Para nadie es un secreto que algunos gobernadores y alcaldes, que llegaron al poder con los votos de la Revolución, están haciendo mal su trabajo. Otros se han convertido en tránsfugas, como Henri Falcón, en Lara, y José Gregorio Briceño, en Monagas. Estas contradicciones al interior de las filas bolivarianas, han erosionado la lealtad electoral de bastantes personas y éstas se han volcado hacia “el voto castigo”. Aunque nos atrevemos a asegurar que la mayoría del universo poblacional descontento con los gobiernos regionales y municipales, está compuesta de indecisos históricos que han visto cristalizada una oportunidad para dar la estocada. Son los abstencionistas de toda la vida que ya perdieron el miedo –inculcado por la misma burguesía “harakiri”- a ejercer su derecho en las urnas. No obstante, la ideología es otra de las asignaturas pendientes en estas latitudes tropicales y ésta no puede ser soslayada.
 
c)      El relevo generacional. No es juego, compañeros: la antigua Unión Soviética se desintegró por el bendito “affaire” generacional y –desde entonces- ello se perfila como “el enemigo número uno” de las emancipaciones obreras. Si la conciencia revolucionaria no pasa de padres a hijos, de hijos a nietos, las aspiraciones de tener una sociedad más justa y equitativa chocarán contra el muro ingrato de la desmemoria. En la actualidad, un joven de 18 años no está en capacidad de deducir si la Cuarta República fue mejor o peor que los 13 años de Revolución, al menos que sus progenitores lo informen acerca de la materia. Verbigracia, si no le dicen a ese adolescente que Capriles, en 2002, apoyó el Golpe de Estado y el sabotaje petrolero, seguramente votaría por él. Sin ideología y sin memoria, vamos directo al despeñadero.
 
El odioso enigma del chavismo en este 2012 electoral, es: ¿qué ocurrió con los 10 millones? Como revolucionarios nos trazamos esa meta y debemos reconocer que no la cumplimos. ¿Por qué? ¿En qué erramos? Independientemente de lo antes expuesto, también debemos admitir nuestras carencias en la teoría y en la praxis; la revisión debe ir hasta la raíz de los problemas para identificarlos, discutirlos y solucionarlos. En un lema yace la respuesta: ¡más autocrítica demoledora!
 
EL SEGMENTADO VOTO DE LA DERECHA “À LA VÉNÉZUÉLIENNE”
 
Creer que los 6.5 millones que sufragaron por Capriles constituyen un respaldo tácito a él como dirigente de derecha, es un yerro. Como se ha espetado hasta el hartazgo: no son votos a favor de la plutocracia en sí, ¡son votos contra Chávez! Un notable conjunto de personas votó contra Chávez porque se aburrió de él y anhelaba a alguien “nuevo”.  He allí la perversa lógica consumista: ya no me gusta el automóvil, así esté perfecto y se desempeñe de maravilla, porque quiero algo novedoso, un modelo más “actualizado”. ¡Así lo exige el sistema de la plusvalía! Si algunos obran en ese tenor hasta con sus relaciones de pareja, ¿cómo no lo van a hacer con un candidato presidencial? En fin, si tuviésemos que desentrañar el mosaico de retazos inconexos del campo oposicionista, tres perfiles saltarían a la vista:
 
1)     El votante disociado. La víctima clásica de “la guerra de cuarta generación” y de las estratagemas imperiales de dominación. Para este individuo, todo lo que sea contra Chávez es bienvenido. El 99,9% está de acuerdo con la eliminación física del Presidente. A pesar de que el líder bolivariano nunca le ha hecho daño, ni a él -o ella- ni a su familia, apenas se menciona el nombre de éste (Chávez) se puede estropear una grata tertulia. Su motor es el odio irracional.
 
2)     El votante consciente de clase. Ésta es la minoría que endosa su respaldo a la derecha política porque conoce muy bien sus planes y sus objetivos. Está de acuerdo con las privatizaciones, con la flexibilización laboral, con el “adelgazamiento” del Estado y con los paquetes de choque al estilo FMI. También está a favor del endeudamiento crónico con los organismos multilaterales financieros. Es el único que no esconde su amor al capitalismo, a la economía de mercado: ¡está claro! Por lo general, este votante pertenece al gremio empresarial, terrateniente o comerciante y se ubica –por consiguiente- en los estratos más altos de la sociedad.
 
3)     El votante irresponsable. Se localiza a sí mismo en el “centro” del mapa ideológico, aunque su “GPS intelectual” esté descalibrado. No odia a Chávez pero tampoco le gusta. Se guía por “lo que oye” y “lo que le dicen”, por lo tanto carece de criterio autónomo en la esfera política. Habla de “inseguridad”, pero se ejercita de noche en Caracas y hasta ahora no lo han atracado. Platica de que la plata “no alcanza”, pero paga TV satelital, gimnasio, universidad, se embarca en un crucero todos los años y ya se compró su iPad Mini. Así como “muda” todos los años de carro, de celular y de novia(o), también cree tener derecho a cambiar de Presidente “para estar a la moda”. Nunca se estudió el programa de gobierno de Capriles, pero sí votó por él. ¿Será que también firmará los contratos sin leerlos? Las capas medias y bajas están repletas de personas como él o ella. Este sector “desclasado” es el que aporta la mayor cuota de sufragios para la “oh-posición”. Importante: un apreciable número de los “irresponsables” fue alguna vez “chavista light”. C’est-à-dire, un escuálido a quien le caía bien Chávez.
 
Henrique Capriles cometió el infeliz traspié de menospreciar al pueblo chavista y hasta tildó de “jalabolas” a los empleados públicos: una actitud nada edificante si se trata de sumar adeptos a la causa propia. La plutocracia se creyó la farsa de la “derrota” inminente de Chávez y envolvió a millones de incautos en su obra de teatro: tal vez por ello, todavía se distingue la honda depresión en algunas caras largas en el metro, en el autobús, en la calle. Sin una pizca de vergüenza, dirigentes de la Mesa de la Unidad han deslizado a “vox populi” que remontar la votación revolucionaria era inverosímil, con lo cual han reconocido –implícitamente- su engaño a los oposicionistas que confiaron en ellos. En cualquiera nación del ámbito industrializado, verbigracia, una cúpula inepta como la de la MUD habría presentado su renuncia irrevocable el 8-O, pero estos mercaderes de la política local han hecho del enfrentamiento a la Revolución un “negocio redondo” y no lo van a soltar así de fácil. Ahora, ¿y dónde están los 6.583.426 que votaron por la derecha? ¿Por qué no exigen la dimisión en pleno de la directiva de la MUD? ¿Focas? Otra cosa, si Capriles no gritó fraude el 7-O no fue por falta de ganas. ¡Para nada! Sólo cuidaba la adhesión popular a las regionales y su pellejo como candidato reincidente a la Gobernación de Miranda. No es que Radonski sea un demócrata intachable. Es idiota pero no tanto: si ponía en tela de juicio la credibilidad del Consejo Nacional Electoral, el 7-O, iba a desmovilizar a la masa oposicionista de cara a los procesos regionales. ¡Fascista es fascista, así se vista de Caperucita!                     
 
EL EFECTO REFLEJO DEL 7-O EN LAS REGIONALES DEL 16D
 
La elección del 7-O se parece mucho al escenario del referéndum del 15 de agosto de 2004: altísima participación, extrema polarización ideológica y el efecto reflejo en las consultas comiciales posteriores. En 2004, el “knock-out” electoral que propinó el chavismo a la derecha tuvo su réplica en las elecciones regionales de ese mismo año, en las cuales la Revolución conquistó plazas políticas impensables como Miranda y Carabobo. Para este 2012 se vislumbra ídem contexto: lo más probable es que los bolivarianos ganen en 22 de los 24 estados de Venezuela y que Miranda, Nueva Esparta y Zulia, sean los trofeos más valiosos de la jornada del 16-D. Si nos quejamos de la administración mediocre de algunos gobernadores y alcaldes “rojos, rojitos”, en el bando de los opositores la ineficacia y la torpeza han sido al cubo. Por lo pretérito, la derecha tiene sus días contados en bastiones que hasta ahora habían sido inexpugnables. Para rematar, más de un escuálido ha jurado –en su “guayabo” post electoral- que no votará “¡más nunca!”, mientras María Corina Machado y Rafael Poleo se juegan la carta del “fraude”, al más puro estilo de “Chacumbele”. Sólo en dos estados andinos (Mérida y Táchira) el panorama es más complejo e intrincado para la Revolución, debido a la cercanía con Colombia y a la penetración tóxica de medios de propaganda de la oligarquía neogranadina. 
 
El chavismo debe hacer énfasis en el marxismo-leninismo como método científico para la transformación cualitativa que requiere nuestra sociedad: los derroteros revisionistas o intermedios nos guiarían al voladero programático y a la destrucción de la Revolución. Los próximos seis años deben servir de plataforma a la autocrítica, a la optimización de la función pública, a la estatización de la banca y los medios de producción. ¡Tenemos prohibido fallarle al proletariado mundial!
 
 elinodoro @yahoo.com
(*) Hacemos la analogía con Mitterrand porque Francia es el único país “industrializado” con régimen presidencialista elegido por voto directo y, casualmente, los dos períodos consecutivos del fenecido líder del Partido Socialista galo tuvieron lugar en la denominada Quinta República francesa. 

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