El odio y las redes antisociales

Confieso que no conseguí título más pertinente que el de arriba, para calificar la andanada de insultos de que son objeto quienes osan apoyar al candidato ganador, en las elecciones presidenciales del 7 de octubre. Porque resulta que el nuestro es un país curioso, donde se ejerce la democracia al revés: en el desenvolvimiento cotidiano la mayoría debe soportar el discurso de una minoría soberbia, y en particular en el contexto de la autodenominada clase media.

Por eso, quienes avalan la gestión de un gobierno ratificado una vez más en libérrimos comicios, supervisados por observadores, acompañantes y vigilantes nacionales y extranjeros; reconocido hasta por los medios internacionales adversos a cuanto huela a nacionalismo, socialismo y soberanía, y hasta por el propio candidato derrotado y su comando de campaña, deben recibir las continuas agresiones de quienes se consideran como los únicos capaces de gobernar un país que, paradójicamente, casi quebraron ellos mismos durante la cuarta república. Unos por nostálgicos y otros por ignorantes, juran que Venezuela era un edén cuando la gobernaban adecos y copeyanos, hasta que llegó Chávez y les acabó la fiesta. Sin embargo, evaden explicar cómo y por qué ese supuesto paraíso terrenal llegó a su fin, y cómo un candidato salido de la cárcel, sin nada parecido a la famosa “maquinaria adeca” casi invencible, pudo imponerse con el aluvión de votos de diciembre de 1998, y con el reconocimiento de una autoridad electoral completamente sesgada hacia la derecha.

El argumento de que Chávez fracturó al país es falaz, porque en Venezuela las diferencias sociales heredadas de la colonia, salvo la abolición formal de la esclavitud, no sólo se mantuvieron sino que se acentuaron durante los 40 años de la “democracia representativa”. Es decir, la discriminación entre clases sociales se hizo cada vez mayor después de la caída de Pérez Jiménez, pero se enmascaraba tras el “Pacto de Punto Fijo”, que cerró el paso a la confrontación ideológica mediante la ilegalización de los partidos de izquierda, y el secuestro, tortura y asesinato de sus militantes y dirigentes. Paralelamente, una sostenida y feroz campaña anticomunista, que aún persiste en los predios opositores, adormeció el intelecto de muchos venezolanos. Entonces, el adoctrinamiento con los valores de la cultura gringa, basada en el individualismo, consumismo y despilfarro, comenzó a permear y modelar la sociedad, bajo un régimen de alternancia bipartidista del mismo signo, en el cual la diferencia, según el decir popular, era que: “los adecos roban pero dejan robar, mientras que los copeyanos roban solos”.

El país fraccionado ya existía desde mucho antes de que Chávez llegara a Miraflores, pero con la particularidad de que en aquel entonces, la oposición de izquierda jamás contó con el apoyo de los medios, ni de los empresarios, ni de la iglesia, salvo honrosas excepciones en el último caso. En las universidades nacionales y en especial en la UCV, existían grupos contestatarios que podían compensar la actitud sumisa de sus autoridades, y las frecuentes manifestaciones de protesta por la libertad de presos políticos, o por un presupuesto justo, eran reprimidas con violencia, sin que en los diarios y mucho menos en la TV, se denunciaran tales abusos. En el mejor de los casos, los manifestantes eran calificados como “tirapiedras” o “revoltosos”.

Lo que hizo el Presidente Chávez, al superar la retórica demagógica de antaño y colocarse verdaderamente al lado de los más pobres, fue destapar los prejuicios subyacentes en la sociedad venezolana. Una sociedad racista y clasista, muy conservadora y reaccionaria, que rechaza el ascenso de quienes hasta hace poco más de una década eran considerados marginales. Acostumbrados a la segregación, mientras se mantuvieran las distancias entre pobres y afortunados, no había problemas. Pero hoy en día tal “promiscuidad” de personas mayormente de piel oscura, saliendo de refugios para vivir en avenidas céntricas o del oeste del este de Caracas, ya no deja margen a la hipocresía.

Por eso no toleran diputados negros, ministros que fueron choferes, ni ministras de cabello rizado. Bajo el escudo del anonimato, las llamadas “redes sociales”, que en la práctica son de antisociales, ofrecen un canal ideal para drenar la ira contra esos funcionarios, como se puede constatar revisando los comentarios enviados a las páginas de cualquier periódico o servicio informativo en internet. La cobardía y el desprecio alcanzaron extremos impresionantes en días recientes, con los ataques a la gestión que adelanta la ministra Iris Varela, en el difícil caso de los penales. Ojalá esos pobres seres, que destilan tanto odio e impotencia, tuvieran la mitad de los ovarios que ha demostrado la ministra y el coraje de dar la cara cuando sueltan sus venenos.


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