Elecciones del 7 de octubre y perspectivas de fortalecimiento de la Revolución

Las elecciones del pasado 7 de octubre representaron una encrucijada en la historia de nuestra Patria; encrucijada no porque resultaba difícil prever el resultado del evento electoral, pues se esperaba una nueva victoria del presidente Chávez, sino por su significación profunda. Entre algunas otras cosas, ha sido una forma también de evaluar la madurez política que nuestro pueblo ha alcanzado en estos pocos años de Revolución. Los líderes del proceso bolivariano contarán con datos importantes para comprender a nuestro pueblo; es posible saber cómo votaron los electores en un estado, en un municipio o una parroquia, incluso, en sectores de una parroquia. Un análisis de expertos podría determinar -creo yo- el grado de madurez y de conciencia política que entraña el sufragio en los venezolanos y qué perspectivas de consolidación tiene nuestro proceso bolivariano y socialista.

Los venezolanos se han acostumbrado, como a los partidos Caracas-Magallanes, a rivalidades intrascendentes, en las que la inclinación de la balanza no tiene importancia en el destino de nuestro pueblo. Así surgió en la cuarta república el enfrentamiento AD-Copei. Líderes adeco-copeyanos y pueblo identificado con uno y otro partido se enfrentaban en duras disputas y discusiones que llegaban con frecuencia a la violencia. Las campañas electorales de esos tiempos, que llegaban a extremos de efervescencia, consistían en elegir a quienes iban a servir a la burguesía. Los oligarcas, entonces, se sentaban como los emperadores en el coliseo romano a ver cómo dos gladiadores se destrozaban mutuamente hasta que alguno moría: que muriera uno u otro gladiador no tenía importancia para el emperador, así como que vencieran AD o Copei no tenía significación alguna para quienes de hecho eran amos de nuestras riquezas; tampoco había consecuencias importantes para el destino de nuestro pueblo, pues sus opresores seguían siendo los mismos. Esa forma de rivalidad política persiste todavía en buena medida, pero sobre todo se ve en la actitud que muestra el pueblo que se identifica con la oposición. Es casi incomprensible que sectores de la clase media, que es clase asalariada, rechacen aún la gestión del Presidente. Es cierto que los medios de comunicación privados, que mienten con impunidad, juegan un papel oscuro y efectivo en la actitud política de un sector de nuestra sociedad, pero eso no lo explica todo. Yo no creo que los seres humanos sean autómatas teleprogramables. Pienso, más bien, que los medios de comunicación aprovechan ciertas actitudes de la gente, ciertas desconfianzas, que encarrilan por la vía del error, pero la actitud y la desconfianza preexisten. Hay gente de la clase media que perdió su vivienda debido a los créditos indexados y la recuperó gracias a las políticas reivindicativas de nuestro Gobierno. Las personas victimas de las estafas inmobiliarias lograron meterse en sus viviendas debido a la intervención casi directa del presidente Chávez. También nuestra Revolución defendió a los ahorristas y les devolvió el dinero que les robaron los banqueros, que, dicho sea de paso, se fueron a Miami y financiaron desde allá al candidato de la derecha. ¿Cómo se explica que mucha de esta gente se identifique con la oposición y defienda a quienes la sacaron de sus casas o la robaron, votando por una propuesta que atentó y concretó actos en contra de la propiedad de sus viviendas y de sus ahorros? ¿Es acertado concluir que esas personas fueron embaucadas por los medios de comunicación o fueron hipnotizados por una campaña engañosa de la oligarquía? No hay duda de que los aparatos de propaganda de la oposición tuvieron una influencia importante, pero, repito, eso no lo explica todo. Tales actos de la Revolución a favor de la clase media serían suficiente para que ese sector comprendiera que tiene una causa común con el pueblo de más bajos recursos, y que esa causa entraña una lucha con poderosos grupos económicos e imperiales que nos amenazan a todos. En ese sector de venezolanos hay un odio inexplicable. Expresiones como “todo menos Chávez”, o “preferible una guerra civil que Chávez”, o “que maten a Chávez”, reflejan ese odio irracional que sienten no sólo contra el Presidente, sino también contra nuestras clases más pobres, a quienes recurrentemente califican de ignorantes, tierrúos, malandros, muertos de hambre. ¿Cómo combatir ese odio irracional? Habrá que preguntar eso a los psiquiatras, porque indudablemente se trata de una enfermedad, y una enfermedad que, independientemente de sus implicaciones políticas, está haciendo mucho daño a toda esa gente que anda sumergida en amarguras y sufrimientos no obstante sus buenos niveles de vida

Sin embargo, no todo el caudal de votos de la oposición vino de los sectores medios, sino también, lamentablemente, de nuestras clases populares. Respecto a éstas, las fuerzas antinacionales cosecharon en un terreno que se les presentó propicio, en un grupo importante de electores vulnerables a los engaños mediáticos. No todos los que en algún momento se han identificado con el proceso tienen altos niveles de convicción ideológica revolucionaria o el suficiente fervor que les permita resistir las embestidas mediáticas. Si ven que en el Mercal nunca hay leche, carne o pollo y saben que sus encargados venden esos productos a restaurantes para sacar más ganancias; si ven que su barrio o su pueblo siguen en las mismas condiciones, con las calles rotas o aún sin asfaltar; si ven que su alcalde y su gobernador andan ostentando lujosas camionetas mientras ellos esperan horas en una parada después de un largo día de trabajo, sería natural pensar que hay allí un terreno abonado de descontento que la oposición ha sabido aprovechar.

Luego del 7 de octubre habrá que replantear la lucha en términos de estrategia; ganar las elecciones es importante, pero no basta. La victoria del Presidente con amplio margen es un mensaje claro a los sectores políticos de oposición y a la comunidad internacional. Pero un proceso revolucionario cuya suerte dependa de unas elecciones estará siempre en peligro y tendrá una existencia precaria. Bueno sería que un proceso electoral decida quien conduzca los destinos de la Patria, no que decida si tenemos o no Patria. Es importante que el pueblo entienda que no se trata de un partido Caracas-Magallanes, cumplido el cual algunos festejen la victoria y duela a otros la derrota, donde todo termine con “echaderas” de broma, con burladores y burlados, con peleas a puño e, incluso, como lamentablemente ha pasado, con asesinatos. Todos los venezolanos tienen que entender que el mundo tiene los ojos puestos en Venezuela: españoles, griegos y todos los pueblos de Europa que sufren el rigor neoliberal, los estadounidenses golpeados y humillados por los grupos económicos y financieros y todos los pueblos de la Tierra que tienen el sueño de su liberación, han estado pendientes de nuestro país. La esperanza de millones de personas en todo el mundo será más firme conforme se consolide nuestra Revolución. No es un juego de beisbol, ni una carrera de caballos ni una lotería. Es la vida o la muerte; es la esperanza o la desilusión, el sueño o la pesadilla. Indudablemente se ha obtenido una victoria electoral importante, y esto es celebrado por todos los pueblos del mundo. Pero la mayor victoria es la que se palpe en el grado de conciencia con que se exprese el pueblo. Con esto evaluaremos la perspectiva de nuestro proceso emancipador, pues no es el simple voto lo que dará fortaleza a la Revolución, sino la convicción, madurez política y conciencia clara con que se haya expresado la voluntad popular.

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