Crónicas Banana City

 

- ¡Cóño ¡... ¡Está tomado de nuevo! 

Fue lo que dije cuando lo vi donde el portugués comprando una botella de cocuy.

- ¡Toma todos los días! –

Dijo el motorizado que me traía a casa desde la pasarela de la autopista, sí, de la bomba... de la entrada del pueblo.

Lo observe detenidamente mientras la moto nos acercaba. Sus movimientos eran vacilantes, parecía como si quisiera poner la botella entre los cuadernos y los libros que llevaba bajo el brazo.

Alzó la vista al sentir acercarse la moto.

- ¡Me miro firme!-

Me dio la impresión que se incomodaba por haberlo encontrado frente a la reja de la casa del portugués. ¿Acaso, imaginación mía?

-¡Epa Alfonso!- Le grite desde la moto.

Me respondió el saludo de manera casi fría; su rostro mostraba inquietud, como si hubiera sido descubierto haciendo algo indebido.

Paso el instante. La moto nos alejo del encuentro fortuito, instantáneo, fugaz. Momento lleno de significación: ¡La aventura de la existencia! Las palabras y el sentir, se nos quedaron atorados entre garganta y pecho.

Alfonso forma parte de ese grupo de hombres que el destino condujo de manera fortuita a vivir en este pueblo. Hombres que en diferentes circunstancias, con un mismo destino y en distintos puntos de la geografía nacional llegaron y se plantaron aquí, como en muchos pueblos. Como el SER en la historia, el sentido devino hecho de la materia de esta categoría de hombres. Héroes anónimos que emergen en estas tierras por ciclos históricos; que con su vivencia, con su historia personal y colectiva a cuestas, dotan de sentido la construcción de un país más allá de sus espacios físicos, deslumbrantes de modernidad.

Alfonso es uno de ellos. Es artista, pintor de escuela. Además, lleva con mucho orgullo el hecho de ser Tupamaro, y no sólo militante, "fundador de los primeros..." Viste con gorra e insignia revolucionaria; cual soldado de guerrilla popular de los años setenta, por supuesto, con visos de la actual estética chavistas. Su prototipo es de rebelde de los años setenta; militante hecho en ese mundo urbano caraqueño de la época. La gente del pueblo que no lo conoce lo considera "un loquito", "un viejo borrachito". Formas de expresión que representan sólo una cosa: el racismo que se oculta tras nuestra manera de ser "buena pana". Aquellos que por alguna circunstancia tuvieron con él cierto trato quedaron impresionados de su figura y su porte. Tras sus rasgos humildes pero altivos, intuyen que hay un pasado que acrisoló una personalidad fuera de lo común. En las tardes cruza el pueblo con rumbo norte, pasa por el medio de la plaza, hacia la salida "al campo"; allí se encontrará con un sector de los vecinos más empobrecidos, los de la orilla del pueblo, campesinos "de más adentro", así como con a un grupo de colombianos indocumentados. Allí intercambia algo de comida, un almuerzo o cena, según el caso, por el cuidado de alguna casa cuando los colombianos salen a sus actividades; o por servir de maestro para alguno de los chamos.

Educar jóvenes parece una vocación tardía en Alfonso. La otra noche vino y cenamos juntos; me contó que tenía un grupo de muchachos interesados en aprehender pintura. «De aquí parto yo,- me dijo-, para ocuparme de lo ideológico, que es lo importante. Les voy hablar de "pobre negro" de Rómulo Gallegos y pensé que tú me podías ayudar». Al final nos despedimos y él se marcho... y mi libro con las obras de Rómulo Gallegos también.

Alfonso pronuncia la palabra «ideológico» como si viniera a representar un conjuro que por sus efectos develara ante la conciencia del ser la más absoluta de las verdades, liberando nuestra existencia y anunciando el devenir proletario. La verdad deviene en la confrontación de pobres contra ricos. No es un regalo que nos dan los dioses y somos libres; ¡Ese es el discurso de Alfonso!

A tras quedó el país de los años setenta; la Caracas contestataria, la de las huelgas salvajes, la del movimiento obrero clasista, la del movimiento popular genuino, la del movimiento estudiantil erigido en vanguardia; su símbolo de guerra « la quema de autobuses». Acciones que trastocaban las paz del poder, tanto del gobernador Diego Arria", pachuco de la burguesía adeco-copeyana, como la de las mafias patronales y sindicales del transporte; triada que conformaba un sector del poder económico de este país. En esa dinámica social-juvenil se desplegaba la humanidad y los sueños libertarios de Alfonso.

La dinámica juvenil era contestataria y por añadidura revolucionaria. Los movimientos populares de Antímano, La Vega, 23 de Enero, Catia... era las canteras de las organizaciones políticas revolucionarios y populares. Era una corriente «anarquista» según palabras del propio Alfonso, que las expresa con cierto recelo ante el estigma ideológico que cobro el término. Era el germen que nutría la lucha revolucionaria, después de la derrota de la guerrilla. No es casual que en este contexto Alfredo Maneiro hiciera su planteo de « movimiento de movimiento» en franco cuestionamiento a las tendencias producto de la división política PCV-MAS y a la concepción tradicional del partido.

Alfonso forma parte de ese grupo de hombres que emerge en cada generación de venezolanos que han forjado este país. Héroes anónimos que ya viejos los encontramos en algún pueblo perdido, que más que hogar representan una especie de refugio. Vidas cuya historia oficial no recogerá y que tal vez registre algún verso de poeta, extraviado también. Verso cuya mirada es capaz de recoger la esencia de la vida; de mirar más allá, de traducir esa cotidianidad en "palabra más lejana" como diría José Lezama Lima. Sus vidas nos recuerdan los versos del nicaragüense Ernesto Cardenal, hoy perseguido político por quienes ayer fueron sus compañeros de guerrilla, o del poeta español Miguel Hernández: "hubo una vez un hombre iluminado"... Hombres-pueblo que con su vivencia trascienden lo cotidiano, dotando de sentido el sin sentido de los soleados pueblos venezolanos que bostezan su soledad sin esperanza.

Alfonso camina las calles del pueblo con su historia a cuestas, con la parsimonia que marca su cuerpo al andar, contradiciendo la vivacidad e inquietud de sus pequeños ojos; es como si no existiera correspondencia entre el cuerpo envejecido y cansado y la energía vital de su existencia que se desborda en la mirada clara y profunda de los ojos del viejo militante.

No necesita bastón para su andar, le basta su conciencia. El cocuy es señal del vacío que vive su corazón ante la incomprensión de un mundo corrupto y egoísta. ¿Acaso sabe la gente lo que vive Alfonso cuando lo señala? ¿Acaso sabe la gente del peso con que Atlas vive? ¿Que sabemos tu y yo del coraje de vivir defendiendo lo que se es? Por allí, por esas calles del pueblo, Alfonso pasa.

Contextosytextos@gmail.com

Cambural, Yaracuy, Marzo 2017.

Crónicas Banana City. Alfonso

Luis. E. Villegas. N.

- ¡Cóño ¡... ¡Está tomado de nuevo! -

Fue lo que dije cuando lo vi donde el portugués comprando una botella de cocuy.

- ¡Toma todos los días! –

Dijo el motorizado que me traía a casa desde la pasarela de la autopista, sí, de la bomba... de la entrada del pueblo.

Lo observe detenidamente mientras la moto nos acercaba. Sus movimientos eran vacilantes, parecía como si quisiera poner la botella entre los cuadernos y los libros que llevaba bajo el brazo.

Alzó la vista al sentir acercarse la moto.

- ¡Me miro firme!-

Me dio la impresión que se incomodaba por haberlo encontrado frente a la reja de la casa del portugués. ¿Acaso, imaginación mía?

-¡Epa Alfonso!- Le grite desde la moto.

Me respondió el saludo de manera casi fría; su rostro mostraba inquietud, como si hubiera sido descubierto haciendo algo indebido.

Paso el instante. La moto nos alejo del encuentro fortuito, instantáneo, fugaz. Momento lleno de significación: ¡La aventura de la existencia! Las palabras y el sentir, se nos quedaron atorados entre garganta y pecho.

Alfonso forma parte de ese grupo de hombres que el destino condujo de manera fortuita a vivir en este pueblo. Hombres que en diferentes circunstancias, con un mismo destino y en distintos puntos de la geografía nacional llegaron y se plantaron aquí, como en muchos pueblos. Como el SER en la historia, el sentido devino hecho de la materia de esta categoría de hombres. Héroes anónimos que emergen en estas tierras por ciclos históricos; que con su vivencia, con su historia personal y colectiva a cuestas, dotan de sentido la construcción de un país más allá de sus espacios físicos, deslumbrantes de modernidad.

Alfonso es uno de ellos. Es artista, pintor de escuela. Además, lleva con mucho orgullo el hecho de ser Tupamaro, y no sólo militante, "fundador de los primeros..." Viste con gorra e insignia revolucionaria; cual soldado de guerrilla popular de los años setenta, por supuesto, con visos de la actual estética chavistas. Su prototipo es de rebelde de los años setenta; militante hecho en ese mundo urbano caraqueño de la época. La gente del pueblo que no lo conoce lo considera "un loquito", "un viejo borrachito". Formas de expresión que representan sólo una cosa: el racismo que se oculta tras nuestra manera de ser "buena pana". Aquellos que por alguna circunstancia tuvieron con él cierto trato quedaron impresionados de su figura y su porte. Tras sus rasgos humildes pero altivos, intuyen que hay un pasado que acrisoló una personalidad fuera de lo común. En las tardes cruza el pueblo con rumbo norte, pasa por el medio de la plaza, hacia la salida "al campo"; allí se encontrará con un sector de los vecinos más empobrecidos, los de la orilla del pueblo, campesinos "de más adentro", así como con a un grupo de colombianos indocumentados. Allí intercambia algo de comida, un almuerzo o cena, según el caso, por el cuidado de alguna casa cuando los colombianos salen a sus actividades; o por servir de maestro para alguno de los chamos.

Educar jóvenes parece una vocación tardía en Alfonso. La otra noche vino y cenamos juntos; me contó que tenía un grupo de muchachos interesados en aprehender pintura. «De aquí parto yo,- me dijo-, para ocuparme de lo ideológico, que es lo importante. Les voy hablar de "pobre negro" de Rómulo Gallegos y pensé que tú me podías ayudar». Al final nos despedimos y él se marcho... y mi libro con las obras de Rómulo Gallegos también.

Alfonso pronuncia la palabra «ideológico» como si viniera a representar un conjuro que por sus efectos develara ante la conciencia del ser la más absoluta de las verdades, liberando nuestra existencia y anunciando el devenir proletario. La verdad deviene en la confrontación de pobres contra ricos. No es un regalo que nos dan los dioses y somos libres; ¡Ese es el discurso de Alfonso!

A tras quedó el país de los años setenta; la Caracas contestataria, la de las huelgas salvajes, la del movimiento obrero clasista, la del movimiento popular genuino, la del movimiento estudiantil erigido en vanguardia; su símbolo de guerra « la quema de autobuses». Acciones que trastocaban las paz del poder, tanto del gobernador Diego Arria", pachuco de la burguesía adeco-copeyana, como la de las mafias patronales y sindicales del transporte; triada que conformaba un sector del poder económico de este país. En esa dinámica social-juvenil se desplegaba la humanidad y los sueños libertarios de Alfonso.

La dinámica juvenil era contestataria y por añadidura revolucionaria. Los movimientos populares de Antímano, La Vega, 23 de Enero, Catia... era las canteras de las organizaciones políticas revolucionarios y populares. Era una corriente «anarquista» según palabras del propio Alfonso, que las expresa con cierto recelo ante el estigma ideológico que cobro el término. Era el germen que nutría la lucha revolucionaria, después de la derrota de la guerrilla. No es casual que en este contexto Alfredo Maneiro hiciera su planteo de « movimiento de movimiento» en franco cuestionamiento a las tendencias producto de la división política PCV-MAS y a la concepción tradicional del partido.

Alfonso forma parte de ese grupo de hombres que emerge en cada generación de venezolanos que han forjado este país. Héroes anónimos que ya viejos los encontramos en algún pueblo perdido, que más que hogar representan una especie de refugio. Vidas cuya historia oficial no recogerá y que tal vez registre algún verso de poeta, extraviado también. Verso cuya mirada es capaz de recoger la esencia de la vida; de mirar más allá, de traducir esa cotidianidad en "palabra más lejana" como diría José Lezama Lima. Sus vidas nos recuerdan los versos del nicaragüense Ernesto Cardenal, hoy perseguido político por quienes ayer fueron sus compañeros de guerrilla, o del poeta español Miguel Hernández: "hubo una vez un hombre iluminado"... Hombres-pueblo que con su vivencia trascienden lo cotidiano, dotando de sentido el sin sentido de los soleados pueblos venezolanos que bostezan su soledad sin esperanza.

Alfonso camina las calles del pueblo con su historia a cuestas, con la parsimonia que marca su cuerpo al andar, contradiciendo la vivacidad e inquietud de sus pequeños ojos; es como si no existiera correspondencia entre el cuerpo envejecido y cansado y la energía vital de su existencia que se desborda en la mirada clara y profunda de los ojos del viejo militante.

No necesita bastón para su andar, le basta su conciencia. El cocuy es señal del vacío que vive su corazón ante la incomprensión de un mundo corrupto y egoísta. ¿Acaso sabe la gente lo que vive Alfonso cuando lo señala? ¿Acaso sabe la gente del peso con que Atlas vive? ¿Que sabemos tu y yo del coraje de vivir defendiendo lo que se es? Por allí, por esas calles del pueblo, Alfonso pasa.

Contextosytextos@gmail.com



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Luís Enrique Villegas


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