El diálogo es el cimiento de la democracia

La democracia surgió en el Ágora, Grecia clásica, un lugar especial de la ciudad donde los ciudadanos acudían cotidianamente para conversar de todo. En ese lugar tales ciudadanos ventilaban sin límites los asuntos de interés común, allí conversaban sobre la cosa pública. Todos intervienen, pues en el Ágora todos son iguales, gozan de idénticos derechos y se reconocen entre sí como ciudadanos. A todos interesa la cosa pública pues a todos les preocupa el destino de su polis, y en consecuencia vigilan la manera cómo los funcionarios desempeñan sus labores. Esa cosa pública está allí abierta, accesible a cualquier ciudadano. Estos la miran, la palpan, la discuten, la critican, reflexionan e intervienen en ella; es su cosa pública, es la cosa que a todos preocupa y ocupa.

El Ágora es así el lugar por excelencia para ocuparse de la política, actividad ésta que no es privativa de nadie en particular. La política en este caso es asunto que reúne a los comunes y estos conversan sobre ella, reflexionan, dialogan y acuerdan las normas, las medidas y acciones que consideran más convenientes para los ciudadanos. Lo que se hace en el Ágora es conversar, dialogar y acordar. Por supuesto los presentes en el Ágora se cuidan de elaborar buenos discursos, pues creen todos en la fuerza de la palabra, en la nobleza de la palabra. La palabra es allí el recurso fundamental. Palabra empeñada es palabra respetada. En su defecto allí no se lucha, no se pelea, no se combate, no se agrede. La violencia está excluida del Ágora. Los asistentes a ese espacio público no se consideran enemigos, no son contendientes, no son combatientes, son estrictamente ciudadanos, son iguales que viven en la misma ciudad, iguales que conviven, que se reconocen entre sí, que se aceptan, que pronuncian discursos para convencer no para vencer, pues no se busca el exterminio del otro sino persuadirlo para sumarlo a un determinado punto de vista. Y allí, en el Ágora todos asisten dispuestos a persuadir y a ser persuadidos, porque lo que interesa no es sumar partidarios para tal o cual grupo, bando o partido, sino lo que interesa es aquello que beneficia a la polis, el país de todos.

En la monarquía, al contrario, no existe la cosa pública, igual pasa en la dictadura, también ocurre en los sistemas caudillistas propios de América Latina. En estos casos el monarca, el dictador, el caudillo, cada cual, arrebata la cosa pública y se apropia de la política. "Yo soy el Estado y punto". Es la sentencia proferida por tal personaje. La cosa es mía, dejó de ser pública. Juan Vicente Gómez fue uno de estos gobernantes que concibió la cosa pública venezolana como propiedad particular. En sus 27 años de gobierno el Estado Nacional fue sin duda un Estado erigido a imagen y semejanza suya. Esa privatización del Estado venezolano bajo la bota del dictador andino fue un hecho evidente, cuyas secuelas aun se arrastran en nuestro país. Allí tenemos como ejemplo de ello el centralismo caraqueño y el presidencialismo en el sistema político nacional.

En estos modelos políticos regidos de manera unipersonal desaparecen o son minimizadas al máximo las reuniones públicas, las organizaciones políticas, las consultas populares, las instituciones parlamentarias, los acuerdos, las conversaciones, el diálogo. De la misma manera desaparecen los ciudadanos, cuyo lugar es ahora ocupado por los súbditos o los individuos. Es que la política ha pasado a ser asunto privativo de unos pocos, unos pocos que privatizan lo que antes era público, unos pocos que privan a la política de participación pública, unos pocos que ejercen la política para dominar al resto de la población y beneficiar a sus familiares, partidarios y acólitos. Y como la política se hace para dominar entonces no hay nada que dialogar con los dominados, que acordar con los que se encuentran en esta condición. Este amplio sector lo que tiene que hacer es obedecer mandatos, cumplir tareas asignadas, ejecutar obligaciones. Muchos años tenemos con este modelo político instaurado aquí y allá. En la historia de la humanidad este último ha prevalecido sobre cualquier otro modelo político. De manera que democracia, convivencia y diálogo no ha sido lo más común en la experiencia política conocida por los seres humanos, lo más común ha sido la tiranía, el despotismo, la dominación y la imposición. Quizá porque esa manera de ejercer la política ha sido predominante en estos lugares sureños, es que la cultura del vivir democrático tiene pocos practicantes, incluso en los propios partidos que se dicen democráticos.

Por lo visto aquí la democracia es un sistema difícil de establecer. Se requiere para ello del concurso mayoritario de la población, que esta mayoría quiera vivir en democracia, quiera vivir la democracia. No que quiera imponer la democracia, pues la vía para establecerla tiene que reunir las características del mismo sistema que se quiere lograr. A la democracia se llega porque queremos vivir en democracia y acordamos establecerla. La democracia es resultado del conversar, del acordar, del convivir, del dialogar. A la democracia no se ingresa encabezando batallones armados, bombardeando pueblos y ciudades, aniquilando gente, derrotando contrincantes. Con estas acciones lo que se logra es la derrota del enemigo. Pero el vencido nunca lo está totalmente, el vencido lo que hace es establecer una tregua. Deja pasar el tiempo hasta que una nueva situación le favorece e inicia otro combate en mejores condiciones. Así entonces, a una victoria lo que sigue es otra confrontación, a ésta otra tregua, para continuar con los combates siguientes. Este es el círculo vicioso del conflicto perenne. De manera pues que no es la confrontación el camino ni el método para el establecimiento de un orden democrático.

La democracia según vemos es mucho más que simple política gubernamental. La democracia es sobre todo una manera de vivir. Por esto la misma no se agota en un acto electoral realizado esporádicamente, en un evento político, sino que es asunto de todos los días, que se practica en distintos escenarios: en la familia, en el trabajo, en la escuela, en el partido, en el sindicato, en el gremio, etc. Se trata entonces de vivir cotidianamente la democracia para lo cual se requiere disposición de ánimo, voluntad personal, ganas de vivir así y acuerdos en tal sentido de la gente. Se trata de practicar la democracia en todo momento y en todo lugar, lo cual pasa por entender y aceptar que vivimos en comunidad, que vivimos en un territorio donde habitan otros miles que tienen iguales derechos y deberes que uno, que convivimos con otros que no siempre comparten con nosotros los mismos criterios, los mismos pensamientos, las mismas creencias, y que por ser así la realidad estamos obligados a dialogar con estos para lograr acuerdos en función de la convivencia. El diálogo es entonces el cimiento del modo de vida democrático.

No debemos confundir diálogo con discusión. En el caso de la discusión los que participan en el mismo van con la disposición de hablar no de escuchar; se defiende a ultranza una posición específica. Se habla para imponer un criterio, para obtener una victoria. La actitud aquí es la confrontación, el conflicto, la violencia. Mientras que en una situación de diálogo se da el flujo libre de significados entre personas que conversan. En el diálogo la conversación fluye libre, espontánea, sincera. Los participantes buscan juntos, elaboran juntos el discurso, se entreayudan. La palabra de uno se conecta con la del otro para ayudarla a emerger. El discurso que brota de allí es un producto común. En este contexto dialógico nadie se aferra a una verdad predeterminada, a posiciones rígidas, a dogmatismos particulares. En el diálogo, por el contrario, la actitud de las personas es flexible, los participantes van dispuestos a hablar tanto como a escuchar. Hablar y escuchar para concluir acordando entre unos y otros decisiones beneficiosas para el común. También se va con la disposición de aceptar la legitimidad de otros puntos de vista y de cambiar los de uno mismo si somos persuadidos con los argumentos esgrimidos por otros en el desarrollo de ese diálogo. Está claro que para que esto suceda se requiere de buena voluntad, de disposición anímica, de espíritu de camaradería, de querer dialogar para lograr en comunidad acuerdos.

En un diálogo uno puede iniciar la participación prefiriendo un punto de vista, pero lo que no debe uno nunca hacer es aferrarse a ultranza al mismo, negarse a modificar ese punto de vista para asumir otro, pues así se cae en la confrontación, en la discusión, en la disputa, camino que conduce necesariamente a la victoria o a la derrota, es decir a la exclusión de una de las partes. De manera que uno tiene que ir preparado para escuchar con interés las intervenciones de las demás personas y colocar en punto suspensivo nuestro criterio, suspender nuestro punto de vista y escuchar con interés los argumentos expuestos por los demás participantes. Así, manteniendo suspendido los criterios previos es como la mente de los participantes se libera de amarras, de estereotipos, de doctrinas, de creencias y cada quien se abre a nuevos aprendizajes a nuevas experiencias, a otros puntos de vista. La mente de las personas es más creativa en un contexto dialógico y la persona se muestra más receptiva

Por otro lado, en el diálogo importa mucho los acuerdos logrados como resultado del mismo, acuerdos que en razón de haber sido convenidos con la participación y aquiescencia de todos los interesados van impregnados de justicia y por tal motivo son más duraderos, más aceptados, más respetados.

De manera que el diálogo tiene propósitos. No se dialoga para quedarse en la pura experiencia de hablar y escuchar, sino que esto se realiza con miras a alcanzar resultados concretos. Se dialoga precisamente porque hay problemas o situaciones comunes que ameritan atención. Se dialoga porque hay asuntos que requieren tratamiento, porque hay crisis en el núcleo familiar, en la fábrica, en la escuela, en la comunidad, en el país; se dialoga porque los problemas comunes se resuelven en comunidad. Tal es una buena enseñanza para los dirigentes de cualquier país que quieren para éste un convivir democrático.

Un país es un sistema complejo conformado por múltiples sectores sociales. Están los trabajadores y los empresarios; los comerciantes y los consumidores; los adultos y los jóvenes; las mujeres y los hombres; están los artistas, los intelectuales, los docentes y los estudiantes; están las amas de casa y los niños; están los sectores populares y la clase media; están los gremios, los sindicatos, las asociaciones y los partidos políticos. Todos son importantes, todos cumplen un papel necesario en la sociedad, todos hacen aportes al país, por tanto cada uno de ellos debe ser escuchado e incluido en la gestión política nacional. Esto quiere decir que los gobiernos no deben tener preferencias permanentes por tal o cual sector, no deben poner sus políticas a disposición de un sector en especial sino que deben gobernar para el conjunto con miras a lograr equilibrio en medio de la diversidad, para establecer así un sistema político nacional que garantice la convivencia democrática, que perdure en el tiempo. Porque los gobiernos son los guardianes eventuales del Estado, cuidan su existencia; cuidan por tanto al conjunto; cuidan el territorio, los recursos materiales del país y a su gente.


 



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Sigfrido Lanz Delgado


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