Ingrid no come almendrón

Cuando fueron liberadas Clara Rojas y Consuelo González los medios de comunicación social de aquí y de allá hicieron tremendo escándalo. Como correspondía. Claro, una vez pasada la primera impresión, la noticia más resaltada en RCN y sus filiales fue el “camarada” con el cual el Ministro del Interior y Justicia de Venezuela, Ramón Rodríguez Chacín, saludó a los uniformados de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) También se dijo que estaban gorditas, maquilladas y que venían de un spa propiedad de Rodríguez Chacín en el Alto Apure.

Cuando fueron Liberadas Clara y Consuelo hubo “fríos” en otras latitudes, tantos que se congeló el “intercambio humanitario”. El trabajo de Piedad y Pulecio en coordinación con un presidente del sur de América dio sus primeros frutos. Los secuestrados se “visibilizaron”. Hay que recordar que el último día de 2007 se dio la sorprendente “aparición” Emmanuel. Ya para entonces las FARC y Uribe entraron para mi en “un estado general de sospecha”.

Cuando Clara y Consuelo se “expresaron” quedaron al descubierto “formas de pensar”: Clara terminó participando en un evento organizado por Aznar en España. Y Consuelo tratando de defender a los, a ratos indefendibles, guerrilleros de las FARC.

Cuando fue liberada Ingrid y compañía ya había experiencia acumulada. Sin necesidad de Oliver Stone, del otro lado del Arauca se armó la superproducción. El Ministro colombiano con el apellido que no “pega” con la expresión de su cara reveló: “Se ensayó muchas veces y todos actuaban como si sintieran que iban a participar en la película más importante de su vida. Los asesoraron expertos en actuación”. (El Nacional 06/07/08. Página 14). A confesión de partes…

Cuando fue liberada Ingrid y compañía no se podía esperar sino lo que vimos: una mujer expresando su justificada animadversión hacia las FARC, madurada en casi siete años de inhumano cautiverio. Agradecida con Uribe y muy molesta con sus secuestradores. Ponerse en sus zapatos convendría para tratar de entender sus primeras declaraciones. ¿Traición? ¿Entreguismo? Exigirle a Betancourt convicciones que nunca tuvo y que mucho menos iba a adquirir bajo el arrullo de culebras, balas y zancudos, son ganas de pedirle topochos a una mata de almendrón. Digo, para no “citar” a maracuchos.

*Periodista


mechacin@gmail.com


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Mercedes Chacín*


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