La verdad sea dicha

La verdad. ¿Dónde está? ¿Quién es su dueñ@? ¿Quién la quiere? ¿Quién la ve? ¿Dónde se encuentra? ¿Es posible encontrarla? Según el diccionario colombiano Clave la verdad es “correspondencia entre lo que se manifiesta y lo que se sabe, se cree o se piensa”. Es decir la verdad no es única, es tan diversa como el saber, la creencia o los pensamientos de alguien. “Ultimadamente, esa es mi verdad” se escucha en cualquier discusión cuando ya los argumentos no dan para más. Siendo que es diversa, la verdad es democrática. Ella pues, complace a todos. Y todo, según esa inútil definición que cité, puede ser verdad, basta con que haya correspondencia con lo que sé, creo o pienso. Ergo, en el Caso del monseñor Piñango creo lo que me da la gana. Permítanme decirles “mi verdad”. Jorge Piñango fue asesinado en la habitación de un hotel en Caracas. No me importa si primero hizo el amor o si se comió una hamburguesa. Convenimos pues que aun cuando haya muerto pensando en Dios o en los placeres de la carne, el cura fue asesinado. Esa es una verdad digna del tal Perogrullo, quien de vivir aquí en estos tiempos, seguro sería un gran mentiroso.

Digo esto porque pareciera imposible conocer la “verdad verdadera”, no la de la definición del diccionario. Todas las muertes que nos han estremecido en estos dos últimos meses tienen o tuvieron dos versiones: una chavista y otra antichavista. No obstante hay mecanismos para llegar a la verdad. En el caso del periodismo, la investigación es imprescindible. Y en el caso de la criminalidad, con la policía científica y la fiscalía, huelga decirlo.

Lo cierto es que la polarización no nos permite una verdad sino dos. Ambos grupos, uno de ellos mayoría según los resultados del referéndum presidencial, tienen fuertes argumentos para alimentar sus “verdades”. En esa diatriba debería terciar un árbitro que ayude a llegar a la “verdad verdadera”, que no la de la definición del diccionario, que se convierte en una centrífuga absurda promovedora de intolerancia y de desconocimiento del otro.

Y es que desde la muerte de Danilo Anderson para acá la Fiscalía ha tenido graves dificultades para divulgar sus “logros”. Lo sucedido con los indiciados por el asesinato de Anderson, unos presos, otros huyendo y algunos libres por beneficios procesales fueron el inicio de una dejadera de cabos sueltos que ha tenido su clímax con el Caso Piñango.

El Caso Piñango toca el poder de la Iglesia, que más allá de las torpezas de algunos sacerdotes de aquí, tiene miles de años sobreviviendo, haciendo política. Y en eso andan. Cualquiera de las dos verdades que se maneja, pone en entredicho a un miembro de la jerarquía eclesiástica. Dudo que un caso como este tenga antecedentes o réplicas en el mundo vista la prominencia del asesinado. Como noticia tiene un impacto innegable. No hay dudas entonces de que hay poderosos moviendo todos los hilos posibles para que prevalezca “su” verdad.

Pero reducir el hecho a que las preferencias sexuales del monseñor lo habrían hecho “participar” de algún modo en su muerte o exacerbarlas al punto de creer que el gobierno busca controlar a la jerarquía eclesiástica a través del terror, son, francamente, extremos que nos alejan de la “verdad verdadera”. Y la verdad es que las disertaciones del ciudadano Fiscal han causado perplejidad colectiva.

Para terminar leamos la segunda acepción que da el diccionario Clave a la verdad: “afirmación o principio que no se pueden negar racionalmente o que son aceptados en general por una colectividad”. ¿Enreda, no? ¡Que la verdad sea dicha!


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Mercedes Chacín


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