La regulación de precios[1] sólo desmiembra el Ius abutendi de la propiedad privada



Toda producción de bienes donde intervenga la fuerza de trabajo[2] es de naturaleza social; los Robinson son meras fantasías literarias. La propiedad privada siempre ha sido de papel, respaldada por la fuerza o por disposiciones e imposiciones tomadas por los propios poseedores que se han arrogado tal privacidad, con el expreso aval del Estado por la vía constitucional.

Efectivamente, una empresa privada, por ejemplo, puede pasar directamente a otros trabajadores para que siga perteneciendo a la nación como un todo, ya que su nacionalización sólo desmiembra su exclusividad para la enajenabilidad del expropiado, o sea, su libre arbitrio para disponer del bien en cuestión al mejor postor, a quien decida recibir el traspaso a determina do precio.

Asimismo opera la regulación de los precios de las mercancías en general. Cuando esto ocurre cesa la arbitrariedad en la fijación de precios por parte de sus poseedores, por fabricantes e intermediarios o vendedores al público consumidor, aunque quede vigente el cambio de posesión entre las partes, entre vendedores y compradores.

Natural y socialmente, para vender hay que producir o comprar y revender, pero toda producción implica demanda de fuerzas productivas, de manera que, si a ver vamos, terminamos siendo más demandantes que productores.

Un trabajador asalariado, por ejemplo, demanda dinero y ofrece su fuerza de trabajo; con su salario demandará bienes terminados que le servirán para mantener su propia oferta de su capacidad productiva, oferta que no necesariamente dispone de demanda-de aquí los elevados y permanentes índices de desempleo.

Por su parte, un empleador cuenta en todo momento con ofertas de medios de producción porque los posee en propiedad privada o los demanda a ellos o el dinero con qué comprarlos para ofrecer su producción u oferta que sí tiene garantizada su correspondiente demanda solvente.

Ese traspaso por enajenación y la regulación de los precios siempre estará regida por la competencia, y de esta dependerá el posible precio que garantice aquella mejor postura, aquel mejor precio de venta, independientemente de que el Estado limite la ganancia o la deje libre para su formación en el mercado. Como regla capitalista, si se le regula la ganancia, el patrono regula los salarios; por eso el Estado debe regular sus montos.

Sin competencia siempre habrá monopolio en favor del único oferente. Este puede ser individual cuando se trata de un solo productor o vendedor, o colectivo si habiendo varios o muchos oferentes y vendedores estos puedan acogerse a la libertad de precios que el Estado les permita. Por ejemplo, cuando se permite una ganancia determinada por pequeña que sea, siempre será usada en su valor máximo; todos los beneficiarios de esa ganancia máxima se acogerán a ella y así la registrarán en sus libros, aunque siempre, también los productores y vendedores en condiciones capitalistas, sabrán ingeniárselas para burlar esa regulación. Hay varios métodos.

Se suaviza, pues, la arbitrariedad para el uso y disfrute que viene caracterizando a la propiedad privada en manos alimentadas por el individualismo = la separación y renuncia a la natural condición de ser social que tenemos en principio todos los seres humanos[3].

Un comodato, por ejemplo, conserva esas cualidades de solidaridad interhumana, humana en sí misma, a pesar de que la cosa traspasada siga perteneciendo al comodante.



[1] En Valencia brillan por su ausencia las regulaciones de pecios, y sin nombrar ni culpar a nadie, hay responsables que parecieran ser enemigos del pueblo y muy amigos de la 4ta República. Un (1) pan de piquito, de los pobres, cuesta ahorita 60 Bs, y esos panaderos tienen proyectado cobrar B s. F 1.800,00 (1 pan de baje peso) por el de jamón cancerígeno, sg. la OMS. ¿Para qué mantener abiertos, fuera de las urbanizaciones lujosas, unos comercios que sólo operan con precios del arroz bien caro? Por favor, no las multen, y a sus dueños no les sigan ningún “debido proceso”. Simplemente, favor clausurarlas por tiempo indefinido. El pobre que coma yuca, que aprenda a hacer su pan, y ¡fuera cacho!

[2] El concepto de fuerza de trabajo ha sido prostituido por la técnica desde el mismo momento cuando la mecanización se puso en práctica como un eficiente método para incrementar los rendimientos en la producción de esos bienes sintéticamente producidos por los trabajadores, y, además y supuestamente, alivia o reduce el “esfuerzo humano de trabajo” o las necesidades de mano de obra. Véase: Solano Peña Guzmán, Fundamentos Sociológicos de la Economía, Resumen del Capitulo Cuarto, # 7, Para este Antieconomista y tecnócrata amante de la Matemática, basta conocer muy poco de Economía, a la que le niega carácter científico y la subordina a la Sociología y mucho de Cálculo Superior, para que el Capitalismo tenga éxito y el estudio sociológico deja a un lado la concepción marxiana, según sus recogidas fórmulas de Nobelados de Economía. Recoge ecuaciones donde le asigna el valor = menos de 1, y a los medios de producción un aporte infinito literalmente porque las máquinas no sólo mejoran los rendimientos, sino que alivian la carga laboral.

[3] Una producción social, hecha con equipos de trabajadores especializados en correspondencia a las diferentes fases y partes constitutivas de cada bien y que rige en la demanda necesaria para la plena satisfacción de las variopintas necesidades que a esos trabajadores también corresponden: necesitamos comer, vestirnos, calzarnos cobijarnos y muchas otras cosas más que la naturaleza deja de brindarnos después que superamos la era de la recolección y nos hicimos sedentarios e independientes de la mera producción silvestre, producción, esta, reservada hoy a bienes originarios, a materias primas y medios de producción en general. Hoy, por cierto, los trabajadores del mundo están retomando el nomadismo en una nueva y moderna dimensión geopolítica. Los refugiados y posibles refugiados que están en plenos éxodos por falta de alimentos, ropas, etc. en sus países de origen, salen desesperados y en peores condiciones que aquellas que parecían superadas por pertenecer a la Historia prebíblica y de más atrás.


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Manuel C. Martínez


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