La “fundación” de Maracaibo: disparate histórico encubridor del genocidio añú

No hubo “fundación”, hubo invasión
No debe celebrarse ninguna “fundación” de Maracaibo, y mucho menos el 8 de septiembre. Ni debería celebrarse ninguna fundación de ciudad alguna del continente, atribuida al proceso de invasión europea. Todas esas fechas corresponden a la ejecución de brutales genocidios, crímenes de lesa humanidad que provocaron dolor extremo y destrucción de seres humanos y culturas ancestrales, todo por la ambición patológica de monarquías mercantilistas decadentes.
En primer lugar, Maracaibo, como lugar de residencia de una comunidad humana, existe desde el establecimiento de la nación arahuaca en la región del Lago. No es casual que los primeros conquistadores europeos oyeran de los indígenas la palabra Maracaibo en diversos puntos de la geografía lacustre.
La primera vez que la escucharon fue en la esquina oeste de la barra, hoy conocida como San Carlos. Maracaibo le decían al estuario, en ambas orillas de la bahía del Tablazo; incluso, también en el sur del Lago volvieron a encontrarse con el topónimo.
Los españoles especularon que se trataba de un “gran señor” que gobernaba toda la comarca, y a partir de allí se tejió la leyenda del Cacique Mara o Maracaíbo, pronunciado con acento en la i.
Lo cierto es que ese término mágico que se les atravesaba por doquier, era el nombre con que lo añú, la etnia fundamental del Lago, actualmente diezmados y reducidos al epíteto “paraujanos”, llamaban a su patria acuática.
Se trata de la correcta designación histórica de la región del Lago y sus alrededores: Maracaibo.
En segundo lugar, si se trata de ubicar el momento en que los invasores logran construir un poblado con su gente y sus viviendas, ello no se le puede atribuir a la empresa de Ambrosio Alfinger, que fue quien llegó el 8 de septiembre de 1529 y anduvo por estos lares en dos ocasiones, con una estadía total que apenas suma ocho meses.
El agente alemán de la compañía Welser, nunca fundó ciudad alguna. Lo que si estableció en nuestro Lago fue la primera base militar extranjera en territorio venezolano.
Alfinger sabe de Maracaibo por los viajes de Alonso de Ojeda y Cristóbal Guerra, se vale de los mapas de Juan de la Cosa y los escritos de Américo Vespucio, y al llegar a Coro, lo primero que hace es organizar su expedición hacia la gran laguna. También tuvo a mano las informaciones que los caquetíos de Todariquiva y españoles de Juan de Ampíes que allí se hallaban, le dieron sobre la presencia de otras naciones en el poniente.
Su mayor interés lo era encontrar oro y la ruta fluvial hacia el reino de la Nueva Granada.
 
La declaración de Esteban Martín: un documento clave para rebatir la tesis de la “fundación”.
 
Esteban Martín fue un militar español que se desempeñó en cargos de confianza durante la invasión encabezada por los alemanes de la empresa Welser. El primer gobernador europeo en Venezuela, Ambrosio Alfinger, lo tuvo por su Maestre de Campo, y le encomendó gran parte de las operaciones realizadas para ejecutar el saqueo y genocidio que dejaron a su paso.
En 1537, todavía Esteban Martín sigue a las órdenes de los welser, esta vez bajo el mando de Jorge Espira, al lado de quien fallece en un enfrentamiento con indígenas del río Apure. Su muerte impactó negativamente en la tropa castellana, ya que le tenían por diestro en el combate y acertado en la comandancia. Entre otros atributos, le endilgaban la facultad de “lengua”, vale decir, persona con facilidad para comunicarse con los indígenas, una especie de traductor improvisado, que más logró en perjuicios por su don de engaño, que el haber aprendido realmente los idiomas de nuestros ancestros.  
El 18 de agosto de 1534, Martín escribe su testimonio sobre las andanzas de Alfinger, bajo el título: “Relación de la expedición de Ambrosio Alfinger desde el 9 de junio de 1533 hasta el 2 de noviembre de 1533”; es ésta una fuente documental de valor inestimable para hacerle seguimiento a los primeros días de la invasión europea en la patria añú: la región del Lago de Maracaibo.    
Una lectura somera de esta “Relación” y de la biografía de Alfinger, nos permiten observar que:
-       En 1526 Alfinger está en Santo Domingo al frente de la factoría de los Welser. A raíz de las Capitulaciones de Carlos V a favor de los banqueros alemanes el 27 de marzo de 1528, es designado primer Gobernador y Capitán General de Venezuela.
-       Llegó a Coro (Todariquiva) en marzo de 1529 con una armada de trescientos hombres, sorprendiendo al español Juan de Ampíes, que se había establecido en predios caquetíos con la esperanza de recibir un nombramiento real como mandatario colonial.
-       Con 180 soldados salió a principios de agosto de 1529 en dirección oeste, buscando la gran laguna que le informaron estaba hacia el poniente, y que consideraban erróneamente una vía interior al “mar del sur”. El 8 de septiembre llegó al Lago.
-       El 3 de mayo de 1530 volvió a Coro con 70 hombres y un botín de 7.000 pesos oro. Esta primera incursión de Alfinger lo mantuvo siete meses y veinticinco días explorando el estuario y asaltando los pueblos añú que encontró a su paso.
-       El 1º de agosto de 1530 zarpó a Santo Domingo con 9.586 pesos oro y 6 tomines para las arcas welser, regresando a “Tierra Firme” el 27 de enero de 1531.
-       El 9 de junio de 1531 inicia Alfinger su segunda entrada contra los pueblos del Lago de Maracaibo; con un bergantín y dos embarcaciones menores más, navega el Macomiti (actual rio Limón), atacando y saqueando los poblados añú de las riberas, particularmente, según lo narra Esteban Martín, “tres pueblos de onotos en la boca de este rio”, refiriéndose a las barriadas palafíticas del Moján y sus alrededores.
-       Pero ya el 1º de septiembre del mismo año de 1531, Alfinger se va definitivamente del Lago, en su famosa “jornada que hizo a los pacabueyes”, su última aventura criminal que lo llevó a cruzar los Montes de Oca hacia el actual Valledupar, siguiendo la ruta sur y bordeando las faldas occidentales de la Sierra de Perijá hacia la cuenca del Catatumbo, donde murió flechado el 31 de mayo de 1533.
-       Vale decir que, su segunda “visita” al Lago (tomando en cuenta que salió de Coro el 1º de septiembre, y que el viaje de “50 leguas” les llevaba hacerlo –por lo menos- más de una semana) duró alrededor de dos meses, de los cuales veinte días se le fueron en la expedición al norte del lago y el rio Macomiti. 
 
¿En qué momento, entonces, pudo este invasor “fundar” una ciudad a orillas del Lago de Maracaibo? ¿En qué parte de las memorias y crónicas documentales de ese nefasto período de nuestra historia, se relata la “fundación” de ciudad alguna? ¿Qué otras autoridades coloniales dieron continuidad a la presencia invasora en el Lago de Maracaibo tras la partida de Alfinger?
A los efectos del objetivo principal de este trabajo, estas preguntas fundamentales para la búsqueda de la verdad histórica, están resueltas hace rato: ¡Alfinger no fundó un carajo!
Para más detalles, dejaremos aquí plasmado un resumen de la “Relación” de Estaban Martín, con el propósito de precisar el itinerario del alemán a quien voces y letras colonialistas, alcahuetas del genocidio, le atribuyen la grandeza de haber “fundado” Maracaibo:
-       Salió Alfinger de Coro hacia Maracaibo que está a cincuenta leguas el 09-VI-1531 (no indica el día de llegada).
-       Con un bergantín y dos barcos más salió a “descubrir” el rio Macomiti que está a diez leguas. En la boca del rio había tres pueblos onotos (así le dijeron estos primeros invasores a los añú por su costumbre de untarse la piel con onoto o achote). Jornada que duró 20 días.
-       El 1º de septiembre salió con 40 de a caballo y 130 peones, caminando 20 leguas hasta unas sierras donde nace el rio Macomiti, allí encontraron indígenas que llamaron “bugures”, no guerreros, “oronados como frailes”, cuyas mujeres usaban vestidos; también habían otros de lengua y forma de vida parecida llamados “buredes”, ambos usaban oro.
-       Siguieron sierra abajo y hallaron un valle muy hermoso con indios buredes y caonabos, a unas 25 leguas al sur del Cabo de la Vela (al que no fueron) y 30 de Maracaibo (15 por sierras y 15 por tierra llana).
-       Habían muchos conucos e “hicieron paz”, aprovechándose de los alimentos y la hospitalidad de los nativos. Éstos practicaban el trueque de oro por sal con otros indígenas, y se vestían con mantas y bonetes de algodón.
-       Rumbo al sur y 25 leguas andadas llegan donde los “iriguanas, cuyas mujeres se tatúan”. Obtienen información sobre la presencia de unos indios pequeños llamados “dubeys” en la parte este de las sierras (Perijá) y “haruacanas” en la parte oeste (posiblemente Sierra Nevada). A unos y otros acusan de comer carne humana.
-       Menciona haber llegado a los pueblos pacabueyes de Macoco y Pavxot, así como a un rio denominado Iriri.
-       El día de Reyes enviaron para Coro a un tal Vasconia con el oro robado en la travesía.
-       El welser continúa su avanzada al sur y llega a la ciudad pacabuey de Tamara, cercana al rio Xiriri o Iriri, con más de mil bohíos, y una laguna de cuatro o cinco leguas. Allí se quedó Alfinger durante dos meses y medio.
-       El 2 de abril salieron a otro pueblo llamado Conipaza a tres leguas, pasando a territorio de los cindahuas, en la comunidad de Cinpachay, donde se topan con el rio Yuma, que inunda las sabanas vecinas.
-       Recorren Cincilloa, Cenmoa, Ijara y tornan a Pavxoto, donde antes habían estado. Por lo visto, en parte los invasores anduvieron en círculos, extraviados en esas nuevas tierras “descubiertas”.
-       El 24 de junio en 1532 mandó al propio Esteban Martín para averiguar si Vasconia y el oro habían llegado a su destino, a la vez que trajese cosas de su uso personal y más soldados.
-       Tardaron 34 días en llegar “al pueblo de Maracaibo”, donde “le entraron a los onotos que estaban en guerra”. (Este dato es muy importante, por cuanto evidencia la resistencia permanente del pueblo añú ante la invasión de los extraños). Martín recibió cinco flechazos, aunque se salvó. Los refuerzos de Coro tardaron 32 días en llegar.
-       Regresaron a encontrarse con Alfinger en Zomizaca, rio Comiti, territorio cindahua (a 140 leguas de Coro y setenta del Cabo de la Vela).
-       Reseña la presencia de unos indios “pemeos” que usan el cobre por moneda; unos indios que les hicieron guerra y no supieron qué grupo era, vestían de mantas de algodón muy pintadas.
-       Luego de avanzar muchos días por sierras difíciles y despobladas llegaron a un pueblo de 50 bohíos llamado El Mene, lugar frío, con nieves, cuyos indios eran los “araugos”, que tenían labranzas de maíz y caraotas.
-       En una zona de sierras le hacen guerra a los indígenas del lugar, los que hieren a Alfinger de un flechazo envenenado en la garganta. Muere a los cuatro días.
-       Los españoles nombraron a Pedro de San Martín Capitán General y Justicia Mayor, dirigiéndose en dirección noreste, por la ruta de tres ríos que se juntan y forman uno grande llamado Tatare que desemboca en el Lago (probablemente el Catatumbo).
-       En el sur del Lago, en tierra de “pemones”, hallaron a uno de los españoles que vino con Vasconia a traer el oro viviendo en un pueblo con los indígenas que lo habían rescatado y salvado. Cuando Martín preguntó cómo era el nombre de ese pueblo, le respondieron: Maracaibo. Y allí nunca llegó ese bestial invasor que fue Ambrosio Alfinger.
-       Los europeos sobrevivientes de esta Primera Guerra de Maracaibo, llegaron de regreso a Coro el lunes 2 de noviembre de 1533.
 
Quiero en este punto, a fin de ilustrar con énfasis mi tesis contra una supuesta “fundación”, trascribir el texto de mi libro El Cacique Nigale y la ocupación europea de Maracaibo, correspondiente a la fase invasora protagonizada por el agente alemán Ambrosio Alfinger: “Micer Alfinger, estas doscientas veintidós piezas de indios, le rendirán a vuestras mercedes unos dos mil pesos, que no son del todo malos". Así se expresaba Luis González de Leiva, Teniente de Gobernador en Maracaibo, al reportarle a su jefe la captura de la gente de Parepi y Cumari, a los que podrían vender como esclavos en Coro, Santo Domingo u otro de los mercados del área donde se negociaba con personas. Se trataba del primer acto oficial de esclavitud en contra de los originarios habitantes de Maracaibo, y el primero también en tierra firme, que era reconocido por las autoridades del imperio. Hasta ese momento, todos los raptos efectuados contra los indígenas habían ocurrido en forma esporádica y "secreta", por las entradas de embarcaciones esclavistas que actuaban al margen de las autoridades. Esta vez, la indigna transacción, tuvo la venia del Papa que "donó en nombre de Dios" estas tierras y dominios a los Reyes Católicos de España, de quienes heredó su trono el emperador Carlos V, el mismo que el 27 de marzo de 1528 celebró convenio con la casa bancaria de Augsburgo, mejor conocida como la compañía de los Welser o Belsares, que a los efectos da igual como se llamen, lo cierto es que a esos teutones la Corona les dio poder para conquistar, explotar, poblar y gobernar lo que ya por entonces se conocía como la gobernación de Venezuela, desde la oriental Maracapana hasta el septentrional Cabo de La Vela. Se incluía la licencia para esclavizar los indios rebeldes e introducir esclavos negros, inaugurándose así el régimen esclavista en el Nuevo Mundo. Tan oficial fue la venta de estos indígenas reducidos a la más oprobiosa y detestable esclavitud, que a cinco días de la operación, los funcionarios del Rey, el tesorero Luis de Monserrate, el contador Cristóbal de San Miguel, y el factor veedor Francisco Venegas, solicitaron al escribano Juan de Carvajal, el pago del quinto por esclavo correspondiente a la renta real. El argumento para justificar la prisión y venta de los de Parepi y de Cumari, era que por ser vecinos cercanos al campamento de los conquistadores, ranchería que denominaban Maracaibo por el uso común que hacían los indígenas de la palabra para nombrar estos lugares, constituían un peligro latente para ellos; y que sospechaban un probable alzamiento. El procedimiento utilizado fue una artimaña jurídica que González de Leiva concibió para servirle mejor a su patrón de turno. El 16 de noviembre de 1530, ante el complaciente escribano Juan de Carvajal, se dictó la sentencia: "Visto este presente proceso, las informaciones dadas por lñigo de Vasconia y las escrituras e informaciones y cédula de Su Majestad en él presentadas, y el voto y parecer de los dichos religiosos y presbíteros, atendiendo a la calidad de los indios de los pueblos de Parepi y Cumari, hoy presos, siendo sus tierras tan cercanas a Maracaibo, pudieran hacer mucho daño si no fuesen castigados oportunamente; visto que han querido alzarse y alborotar otros muchos pueblos que estaban en paz, cometiendo traición y llegando a amacanear la Santa Cruz, rectamente sentencio: Fallo que debo condenar y en esta mi sentencia condeno, a los dichos doscientos veinte y dos piezas de indios e indias, pequeños y grandes, las veinte y dos indias paridas sin contar sus criaturas de leche como piezas naturales, de los pueblos Parepi y Cumari, y a todos los otros indios y caciques como esclavos perpetuos, sujetos a perpetua servidumbre y que todos sean herrados con fuego en la barbilla, con la V griega que es la marca de esta provincia, tanto hombres como mujeres, para que sean llevados fuera de aquí y vendidos públicamente ante un escribano que dé razón de lo que por ellos dieren, y así lo pronuncio y mando por esta mi sentencia definitiva. Luis González de Leiva." La gente de Parepi y Cumari siempre fue generosa con los europeos. Cuando los atraparon bajo engaño y haciendo alarde de increíbles vicios traicioneros, ya los invasores habían recibido en obsequio el poco oro que tenían en sus chozas y todos los alimentos almacenados: carne de venado, pescado salado, yuca y maíz. La traición y el factor sorpresa aplicado por los ocupantes que disponían a su favor, además del poder bélico, una clara predisposición anímica a la ventaja y el aprovechamiento inescrupuloso de lo económico, junto a la perplejidad y falta de comprensión por parte de los indígenas de las verdaderas intenciones de los recién llegados, se mezclaron como macabra combinación de efectos letales para las comunidades autóctonas. A Jamaica y Santa Marta fueron a parar aquellas almas indefensas por las dificultades climáticas que impidieron a sus captores llevar la "mercancía" a sus destinos originales. Lo recaudado debía ser entregado al factor de los Bélsares en Santo Domingo, Sebastián Rentz. El precio promedio declarado fue de siete pesos y medio por persona. La era esclavista se instauró definitivamente con la complicidad de todas las autoridades. Muchos pueblos indígenas serían arrasados por esta injusta e inhumana situación. La resistencia se hizo única vía para la sobrevivencia. La guerra de ocupación muestra del europeo su rostro y alma desalmados por la ambición. La guerra de resistencia indígena es la cara y el espíritu de la dignidad humana. En la medida que llegaban, los hombres de Alfinger, de Federmán, de Spira, del Obispo Rodrigo de Bastidas, iban saqueando más poblados en busca del oro, que por ser muy escaso en la zona, fue rápidamente sustituido por la trata de esclavos como medio de fortuna. Al "indio", como erróneamente llamaron los invasores a todo el que hallaron en estas tierras y aguas, lo esclavizaron para venderlo, para obligarlo a fungir como bestia de carga, o para cualquier trabajo fuerte que requiriesen los intereses del imperio. El modo no importaba mucho a los refinados señores, sólo los saldos. Cuando los usaban como cargadores en las expediciones de saqueo llamadas "entradas", los llevaban encadenados por los pies o por los cuellos. Si alguno, en la marcha, se agotaba o enfermaba por la falta de agua y alimentos a que eran sometidos por largos días, le cortaban la cabeza y lo dejaban tirado a flor de tierra. Se dio la alevosa modalidad de secuestrar comunidades enteras para forzar a sus familiares a pagar rescate, bajo amenaza de quemarlos vivos si no veían satisfechas sus malvadas aspiraciones. Hasta 40.000 castellanos reunieron con esta práctica en un mes. Hubo familias a las que dejaron morir de hambre y sed encerradas por no haberles suministrado más oro. Ese fue el frecuente comportamiento de Alfinger y sus mercenarios en Maracaibo y en sus correrías por el hermoso valle que bañan las aguas del Guatapurí, por donde pasó dejando una estela de muerte y destrucción, hasta que se topó con la suya entre las heroicas flechas de los recios guerreros Barí, descendientes Chibchas que habitan las riberas de los ríos Zulia y Catatumbo, y todas las aguas y montañas del sur de Perijá. Cualquier antojo que les provocase placer podía ser móvil suficiente para una "entrada" contra algún pueblo de indígenas. En 1532, estando Alfinger en sus expediciones, el capitán Juan de Ávila, con Juan de Acero, Enrique Sailer, Gonzalo Ribera entre otros, robaron un grupo de muchachas Añú, que los españoles llamaban en esos días onotos, por el nombre del fruto que utilizaban para teñirse la piel, que era su costumbre para protegerse del intenso sol de la región del Lago. Estaban las jóvenes bañándose y jugando en Parahedes, predios del cacique llamado Cabromare, frente a isla de Toas, en las transparentes aguas de la bahía de Urubá, donde el río Macomite vierte su dulce caudal en Maracaibo, a donde llegaron los salvajes criminales a ultrajar la candidez de las ninfas y la virginidad del lugar. Lograron llevarse seis, las cuales repartieron con la complicidad del alcalde Francisco Venegas. Animados por la impunidad con que cometieron esta agresión, volvieron en una segunda entrada con unos veinte hombres más, sólo que esta vez los esperó una lluvia de flechas envenenadas que dejó a trece exánimes al instante, Juan de Ávila entre ellos, y siete heridos. Seis lograron escapar. El alcalde Venegas se encargó personalmente de organizar la represalia contra los Añú de Parahedes, atacándolos con ayuda del capitán Esteban Martín, y viendo que la persecución a caballo reforzada con perros les causaba un pánico terrible haciéndolos desparramarse entre los caminos y los manglares, lo que facilitaba su captura, aprovecharon de saquear otros poblados cercanos como Mohán, Payahuaiten, Wapiñatuy y Ajarayare, repartiéndose cerca de ochocientas personas que les reportarían entre seis y siete mil pesos. El propio Juan de Aguilar secuestró a la hija del cacique Mopaure junto a una docena de doncellas más. Los más beneficiados fueron el alcalde Venegas, Hernando Beteta, Hernando de Castrillo y el capitán Diego Martínez. Así comenzó el exterminio del pueblo Añú y otros grupos indígenas que habitaban la región del lago Maracaibo, no sin que éstos, bravía pero tardíamente, intentaran la más desígual resistencia. Ambrosio Alfinger murió un caluroso 31 de mayo de 1533 cuando las flores silvestres, trinítarias y orquídeas inundan el aire andino y caribeño de los aromas y colores que nutren la palabra libertad. Sus tropas arribaron a Coro el 2 de noviembre, Día de los Santos Difuntos, a los que no pertenecerían su germano comandante ni la mayoría de ellos por los siglos de los siglos. Sus crímenes fueron infinítos, como su ambición. La transitoriedad en el gobierno acabó en febrero de 1535 con la llegada de Jorge Spira. En Coro nombró a Francísco Venegas como su Teniente y Alcalde Mayor de esa ciudad. En Maracaibo designó como Alcalde al compinche de desmanes de Venegas, el vil Hernando Beteta. A Nicolás Federmán le giró instrucciones el11 de mayo de ese año, de evacuar la gente que tenían en Maracaibo, hecho que se realizó en dos tandas: en junio se llevaron mujeres, niños y enfermos, y en octubre, a los hombres de armas que allí habían quedado en custodia. Fue durante su paso hacia el Cabo de la Vela, donde pensaron impulsar el negocio de la extracción de perlas. Llevaban setecientos indígenas como esclavos. Los Añú, que no cesaban de hostigar a los invasores, al punto de hacerles insostenible su estadía en Maracaibo, vieron alejarse a Federmánn con el grueso de los ocupantes, mientras ardían en llamas los tres barcos anclados en el puerto. Dos quedaron destruidos por completo. El otro, a medias, sirvió de refugio a una docena de soldados que allí dejaron. Las flechas y macanas dieron cuenta de la mayoría de ellos, del resto se encargaron el monte, el hambre y las muchas serpientes que abundaban en la región de Maracaibo. Fueron seis aciagos años de aquella primera ocupación prolongada. Aunque su evacuación no significó la paz para los Añú. Ahora la invasión era un acecho cotidiano. Los cazadores de indígenas aumentaron en la medida que la presencia europea en Venezuela, demandaba más esclavos para el trabajo forzoso. Sólo en enero de 1541, el esclavista empedernido Pedro de Limpias, veterano en el saqueo de la región Añú, para complacer las vanidades del recién nombrado gobernador, el obispo Rodrigo de Bastidas, raptó de sus hogares a quinientos indígenas Añú, que vendieron a mercaderes de baja calaña en Coro. Así el Obispo Gobernador, sustituto del fallecido welser Spira, que se hallaba en Santo Domingo, pudo financiar su ascensión al cargo con pompa y boato. Tal fue la religión que el prelado pregonaba”. [1]
 
Si Alfinger fundó la ciudad de Maracaibo, ¿por qué tuvo que venir a lo mismo Alonso Pacheco 30 años después?
 
“Para 1569, fecha en que se produce el segundo intento de ocupación europea de Maracaibo, los colonizadores españoles están regados por todo el continente. Han acumulado setenta y siete años de experiencia en el sofisticado arte de expropiar a los indígenas de sus tierras, recursos naturales, dioses y libertad, la vida misma. Fuese por engaño, bajo subterfugios religiosos, abusando de su natural candidez, o a través del exterminio bélico y la esclavitud. También han probado todas las formas de estímulo material y de otra índole, para procurar que el conquistador se ocupe de hacer lo que convenga a la Corona de manera que sea su propia conveniencia. La invasión y el saqueo son la garantía de su éxito económico, porque del trabajo, en aquellos días, sólo vivían los siervos y artesanos, mientras que la promesa de estas aventuras apuntaba a convertir en ricos señores a los que corrieran con suerte. La segunda invasión de Maracaibo se organizó en Trujillo. Con el encargo explícito del gobernador Pedro Ponce de León, de "fundar una ciudad en la laguna de Maracaibo", el capitán Alonso Pacheco se dedicó por varios meses a darle forma a su propuesta con el aval del gobernante de turno”.  [2]
 
 
 
Y todavía a finales del siglo XVI los españoles no habían consolidado su predominio en el Lago de Maracaibo
 
“En noviembre de 1573 las comunidades AÑÚ del estuario del Lago de Maracaibo, reducidas en número por el erosivo proceso esclavista, pero crecidas en deseos de libertad y soberanía, intentaron por vez primera un rescate definitivo de Maracaibo. La rabia generada por los abusos y atropellos con que los invasores europeos les habían tratado por luengos cuarenta años, junto al triunfo sobre los que venían de Río de Hacha, se volvieron ganas de dignidad, de orgullo reivindicado. Ahora la muerte era mejor buscarla en el combate defendiendo la patria la casa las aguas, que esperar encontrarla en tierras lejanas y desconocidas sirviendo a la fuerza a unos extraños. Esta lógica se convirtió en el desiderátum de los indígenas de la región de Maracaibo que hicieron una resistencia tenaz al afán conquistador. Cien canoas partieron de Toas con el asomar del alba. Iban cargadas de pechos henchidos de emoción. Los remos se hundían enérgicos y recios en el agua como queriendo ser alas de gavilán. Hombres, mujeres y niños formaban la armada que avanzaba tensa y alegre al encuentro de las definiciones. La decisión de echar al invasor actuó como energía superior a todas las limitaciones. Las canoas se sentían más pesadas que de costumbre por la cantidad de piedras que traían, recogidas en los cerros de la isla. Cada guerrero llevaba suficientes flechas como para abrirle heridas al cielo mismo. Los arcos, todos nuevos, se hicieron de madera del curarire que se viste de amarillo en primavera, que es muy dura. Otro atuendo de guerra que no podía faltar en tan importante ocasión, eran los buches de alcatraz llenos de curare amarrados a la cintura con cuerda de cocuiza. Las macanas de mangle rojo recién cortado aún destilaban cera. Las treinta casas que componían la arquitectura de Ciudad Rodrigo miraban todas hacia el Lago. Se hallaban unas de otras separadas por unos quince pasos de distancia, rodeadas por el frente y por el fondo de unos muros improvisados con sacos llenos de arena. Con los dos bergantines anclados en el puerto, se formaba una semblanza amena y graciosa que no se compaginaba con la brutalidad de sus ambiciosos ocupantes. Así la vieron los indígenas aquella mañana de noviembre al doblar por los manglares que están al norte de la ciudadela de los españoles. La tranquilidad del amanecer fue truncada por el ruido de las campanas, y la frescura típica de la época comenzó a trocarse en calor de fuego humano. El ataque fue duro, como la lluvia de piedras que terminó de despertar a los hispanos que todavía dormían. Es que los pequeños guerreros y las mujeres que venían en las canoas, se habían bajado un kilómetro atrás y caminaron hasta flanquear por su lado oeste a los de Pacheco que no pudieron responderles porque ya de la orilla las flechas comenzaron a causarles bajas. La orden dada al batallón de pedreros era tirar la mayor cantidad que pudieran en el menor tiempo posible una vez que las canoas tocaran la ribera. y así lo hicieron hasta vaciar las bolsas repletas de pedazos de Toas. Luego se confundieron en el follaje al lado de los que se les unieron: los indígenas que Pacheco tenía como sirvientes aprovecharon la confusión para escapar de la esclavitud y regresar a la vida. La batalla continuó mientras hubo pertrechos. Sólo cuando las flechas se agotaron la tropa indiana comenzó la retirada. Los españoles no pudieron reprimir la partida de las canoas porque tenían muchos heridos y el fuego causado por las flechas ardientes a los almacenes y algunas casas, ameritaba intervención inmediata de todos los brazos. La estocada fue severa. Jaque a Ciudad Rodrigo. Cuando los caciques de las diferentes comunidades que participaron de aquella gesta se despedían para retornar a sus habituales actividades, los españoles en Maracaibo comenzaban sus preparativos para huir del lugar. Pacheco ni siquiera esperó al grupo. Su golpeado ánimo se terminó de desmoronar con la derrota moral sufrida”. [3]
 
 
Glosario de la autoflagelación colonialista (Artículo publicado en la revista A Plena Voz, del MPP para la Cultura)
 
Las palabras crean la existencia en la mente humana. Nombrar es dar vida. Las culturas dominantes basan su poder en la posibilidad de decir las cosas desde su mirada, con sus palabras y en función de sus intereses.
Lo paradójico se pasea como bufonada idiomática en la nombradía invasora. Aparentemente nos llamaron “Indias” por equivocación. El continente fue bautizado en honor de Américo Vespucci y no de Colón. El venezolano Simón Bolívar propuso el nombre de Colombia y al final le quedó a la Nueva Granada. Venezuela y que es “Pequeña Venecia”, pero el sufijo zuela es despectivo no diminutivo. Argentina viene de argento que es plata y así se designó al Río de la Plata porque por allí sacaban los españoles la plata de Potosí, Bolivia.
Sean enredos casuales o no, el colonialismo no desmaya en reproducirse y eternizarse, y se vale de cualquier argucia para dominar.
 
Descubrimiento es la palabra clave en la dominación colonial que instauró el Imperio Español contra los pueblos originarios de Abya Yala. La trampa ideológica se centra en que todo comienza al llegar el invasor. Se trasmite de generación en generación la enseñanza de que el Imperio nos descubrió, como si antes no hubiésemos existido.  
Por siglos se consolidó la “verdad” colonialista que garantiza la sujeción al poderío imperial. Colón descubrió América. El Reino de España celebra el 12 de Octubre su día nacional, el Día de la Hispanidad. El Rey encabeza un desfile militar. Ciertamente aquello fue el triunfo de las armas.  
Para el imperio se trató del “descubrimiento” de riquezas infinitas para sus arcas insaciables. Para nuestros pueblos significó el descubrimiento de la guerra cruel, la esclavitud y el saqueo.
El discurso colonialista se impone como verdad inobjetable. Los pueblos vencidos entran en el enigmático mundo de la invisibilidad. El invasor no sólo nos descubrió, también “fundó” los lugares donde aún vivimos.
 
Fundación. Las direcciones políticas y gobernantes de Maracaibo le parten una torta al cumpleaños de la ciudad. Sus voceros no saben explicar las razones para la celebración, pero hay que cumplir con el ritual.
Lo mismo ocurre en todos los municipios del país. Las alcaldías se esmeran en rebuscar una fecha y se compite por sumar más años haciendo gastos superfluos en ferias ridículas y alienantes. Cuánta fuerza tienen las costumbres que sembró la colonia. Aún quienes se dicen revolucionarios siguen rumiando la paja colonialista, pese al enorme esfuerzo de concienciación hecho al respecto por el Comandante Chávez.
Esta especie de manía de autoflagelación colonialista, lleva a sus cruzados a un insolente intento por restaurar el catastro toponímico de los Reyes Católicos. Es así como insisten neciamente en llamar a Coro, Santa Ana, y a Caracas, Santiago de León. Por ese camino llegaremos a rebautizar al país, sustituyendo República Bolivariana por Capitanía General. 
Atribuirle a Ambrosio Alfinger la fundación de Maracaibo es un disparate gigantesco. El alemán sólo pasó por allí unos meses y siguió tierra adentro a saquear oro hasta que las flechas patrióticas de los guerreros del suroeste del Lago de Maracaibo lo bajaron de su caballo con la garganta destrozada.
Para seguir con el ejemplo de Maracaibo, basta leer las crónicas de los propios invasores, donde se puede constatar, que a su llegada estos lugares estaban “pobladísimos”.
 
Poblamiento. Es éste otro concepto muy manoseado por los presuntos historiadores que sirven a la ideología imperialista. Se habla de poblamiento de las regiones y ciudades, cuando lo que realmente ocurrió fue un terrible despoblamiento. El padre dominico Gustavo Gutiérrez acuñó el término “catástrofe demográfica” para definir el genocidio cometido por el invasor europeo en nuestro continente. Las estimaciones científicas realizadas bajo diversos enfoques metodológicos cifran en unos ochenta millones las víctimas fatales de la invasión. Autores serviles a los imperios alaban este “poblamiento” como un proceso de mejoría de la “raza”.
 
Raza. Una de las mayores atrocidades culturales conocidas fue haber establecido el 12 de Octubre como “El Día de la Raza”. ¿De cuál raza? Suponemos que será la “española” o la “europea”, es decir, la “raza blanca”, que fue la que salió ganando con el negocio de la “conquista”.
Esta visión de la sociedad es la esencia de fenómenos extravagantes de la perversión explotadora como el fascismo y el nazismo. Quienes se creen superiores a los otros necesitan justificar su dominio. El color de piel es una “razón” sencilla de explicar y fácil de imponer a sangre y fuego. Esa gente de piel pálida y cabellos rubios venida de sociedades oscurantistas dominadas por aberrantes prejuicios religiosos, que temen y odian la libertad de lo diverso, requieren pisar al otro y explotarlo para poder existir. Es su lógica civilizatoria.
 
Civilización. El invasor pretende “civilizar” al vencido. Se considera a sí mismo un civilizador. Quiere llevar la “cultura” a los “bárbaros”. Sepúlveda justifica la guerra de la Corona de Castilla contra los pueblos originarios de “Las Indias”. Las Casas lo rebate. Pero la Corona necesita oro y bastimentos. Los infieles deben acogerse a la religión católica o conocerán el filo de las espadas. Civilización es ser como el invasor. Ser diferente de piel y de idioma es barbarie. Es no tener “cultura”.
Así era en los siglos anteriores y lo sigue siendo en el XXI. La OTAN bombardeará a quien no encuadre en su modo de vida. La supuesta “democracia occidental” y la falacia imperialista de los derechos humanos, servirán de pretextos para civilizar a quienes se atrevan a salirse del carril.
 
Lengua. El francés es un idioma elegante, seductor, el habla diplomática por excelencia. El inglés es el idioma internacional por ser el que habla el bravucón imperialista. El castellano es el idioma de Isabel la Católica.
Pero los idiomas de los pueblos originarios de nuestro continente son dialectos o lenguas a lo sumo. Muchos de esos idiomas desaparecieron por el exterminio de sus hablantes o por la feroz erosión cultural que causa la vergüenza étnica.
Es el caso de mi idioma ancestral el añú, población mayoritaria del Lago de Maracaibo, diezmada tras un largo siglo de resistencia armada y otros cuatro de silente sobrevivencia.
 
Indios. ¿Nos llamaron indios por error geográfico de Colón que creyó haber llegado a la India o por decir que no teníamos dios? Por raíz latina in es un prefijo que denota “carencia de”, abriéndose paso a la especulación de que “indios” pudiera significar “sin dios”.
Indígena en cambio se refiere a la población que es de un sitio en particular.
En todo caso, nunca se nos nombró por nuestros propios gentilicios, si no, con las deformaciones que el invasor impuso desde su ignorancia.
 
 
Fragmentos de artículos publicados en la prensa regional y en las páginas web Aporrea y Abrebrecha, en fechas anteriores
 
La edad de Coro, ¿quién lleva la cuenta? (Diario Nuevo Día, de Falcón)
Una de las herencias absurdas que nos dejó el colonialismo es esa de contar nuestras vidas a partir de la llegada de los invasores europeos. La dominación cultural, muchas veces disfrazada de costumbre, se manifiesta en esa manera suicida de negarnos. Nos negamos como pueblo raigal dependiendo siempre de que otros nos hagan existir. Nos dijeron que vinimos por el estrecho de Bering, sin embargo acá mismo en Taima Taima esa teoría de poblamiento exógeno quedó descartada. Somos de aquí y nos generamos como especie humana autónoma e independiente desde hace decenas de miles de años.
Ni que decir de la existencia de esta tierra y sus especies animales. Se cuentan en miles de miles los años que llevan fosilizados los restos de roedores gigantes, perezosos y cachicamos encontrados en esta mágica región.
Los petroglifos indígenas nos hablan a través de la roca desde la distancia de tres mil años o más. Ese mensaje ancestral debe movernos a buscar el comienzo de lo que somos. Y, ¿quién se interesa en preservarlos y celebrarlos?
¿Cómo podemos seguir hablando de “fundación” si lo que hubo realmente fue una invasión cruel y genocida? ¿Dónde están los descendientes de los caquetíos y los jiraharas? ¿dónde sus creencias? ¿dónde sus idiomas? Sólo los nombres de pueblos irredentos quedaron como testigos silentes de aquellas culturas. ¿Por qué no reivindicamos a Todariquiva como sede política de una nación exterminada?
Coro o Coriana son palabras ancestrales que al llegar aquí los europeos ya sonaban en los labios de la población originaria. Pero no nos preguntamos a dónde fueron a parar los habitantes autóctonos.  ¿Qué significó la presencia permanente del invasor europeo para las etnias corianas? Topónimos como Paraguachoa, Paraguaná, Guaivacoa, Miraca, se pueden leer en las crónicas de los conquistadores al referirse a esta región. Es tiempo de revalorizar nuestra historia originaria rompiendo los muros de la dependencia cultural recolonizante.
¿Quién ha dicho que Coro tiene 480 años? La más seria y documentada investigación sobre esa historia que va desde la invasión europea hasta el establecimiento del dominio español en nuestra tierra la ha realizado sin ninguna duda el Hermano Nectario María. Su trabajo tenaz en el Archivo de Indias lo llevó a revisar todos los documentos relativos a Venezuela, al punto de haber elaborado un manual que es guía obligada de todo aquél que pretenda estudiar esos añejos papeles. Su conclusión es clara: Ampíes llegó a estas tierras en noviembre de 1528 y no fundó ciudad alguna, porque sencilla y llanamente, se residenció en Todariquiva, en casa de Manaure.
Alfinger llegó en 1529 y a los cinco meses se fue rumbo oeste buscando la ruta de Pamplona donde presumían que encontrarían oro en abundancia. Lo que halló fue la muerte en las flechas de los indígenas del Sur del Lago de Maracaibo. Días después se cometió el primer acto de canibalismo cuando los soldados de Alfinger que regresaban a Todariquiva con el oro robado a su paso, perdidos y hastiados de alimentarse de puros vegetales silvestres, asesinaron a los indígenas que traían cargando el oro para saciar su ansias de comer carne.
Así empezó aquella historia de crímenes de lesa humanidad. Una nación entera de cientos de miles de caquetíos desapareció por completo. Ocurrió lo que el padre Gustavo Gutiérrez llama una “catástrofe demográfica”.
 
Las primeras bases extranjeras (Panorama)
Fue Colón quien instaló la primera base militar extranjera en Nuestra América. En diciembre de 1492, después de navegar varias islas de El Caribe, la nao Santa María, la más grande de aquel primer viaje, quedó encallada y maltrecha a orillas de lo que hoy conocemos como Haití y República Dominicana.
El Almirante ordenó desbaratarla y construir con sus maderas una fortaleza donde dejó 39 efectivos mientras regresaba a España con las nuevas del hallazgo recién encontrado. La bautizaron La Navidad , por haberla concluido para esa fecha.
En el Lago de Maracaibo fue el alemán Ambrosio Alfinger quien intentó, por primera vez, ocupar militarmente la plaza. Durante su incursión con génesis en Coro, en 1529, encargó a una parte de la tropa española a su mando, que montaran base en la costa oeste del estuario, en un lugar cercano a lo que es actualmente la ciudad de Maracaibo
Ya es suficientemente sabido lo que devino de aquellas bases extranjeras en nuestra tierra. Aunque ambas fueron eliminadas por la acción defensiva de los pueblos originarios, ellas fueron apenas el preámbulo del despliegue de fuerzas superiores en destrucción que luego se apoderaron de todo cuanto encontraron a su paso.
Fueron aquéllas expresión de la vieja dominación colonial que nos impuso Europa con su secuela de esclavitud, saqueo, pobreza y atraso.
Pero fue a raíz de la llamada guerra hispano-estadounidense, en 1898, que sería creada la primera base militar extranjera propiamente imperialista, precisamente en territorio cubano, en Guantánamo, al extremo oriental de la isla del Apóstol José Martí.
En esa base los gringos han cometido atroces violaciones a los derechos humanos. Desde sus instalaciones han aupado la desestabilización y el sabotaje contra los pueblos del continente que se levantan dignamente contra la opresión. Acechan a Cuba revolucionaria como serpiente agazapada en su propia entraña.
Pero la gente honrada no acepta estas intromisiones degradantes de la soberanía y el patriotismo. Son emblemáticas las luchas de los boricuas contra la permanencia de los militares gringos en Vieques, donde se unieron luchadores de todas las tendencias para echar los invasores del sagrado suelo que visitó El Libertador y que honró con su elegante gesto y sabio verbo un zuliano ejemplar como don Vinicio Romero, flamante Cónsul de Venezuela en la Patria de don Pedro Albizu Campos y el comandante Filiberto Ojeda Ríos.
Actitud similar tuvieron los descendientes de Eloy Alfaro en Ecuador para expulsar a los imperialistas que desde la base de Manta confabulaban para atacar la legítima insurgencia indoamericana contra las injusticias. Al fin salieron de la Patria de Manuela Sáenz.  
 
Puente a la historia (Panorama)
Con Chávez el pueblo se puso las botas para asumir su propia historia. Esa historia presente que nos ha creado de forma inusitada la necesidad de conocer nuestra historia pasada. Hoy, la gente de este país, tiene un interés en saber de historia patria como nunca antes. Pero esa historia está trenzada por una historiografía deformadora y alienante. ¿Quiénes cuentan la historia? Dime quien la cuenta y te diré qué tan genuina es.
Por ejemplo, el proceso de invasión europea lo dejaron escrito los invasores. Nuestros antepasados originarios en general no usaban la escritura, y las formas de lenguaje gráfico que llegaron a desarrollar fueron en su mayoría destruidas por el conquistador. Por eso debemos poner en duda y leer con ojo crítico, a la luz del materialismo histórico que es el único enfoque científico que nos permite ver verdades entre las sombras, los manuscritos de los llamados cronistas de indias. Incluso los nombres de los personajes indígenas y los lugares pudieran estar equivocados. Más aún los asuntos de fondo. Las razones esgrimidas para hacer las guerras y establecer la esclavitud contra las naciones indígenas. Las leyendas falaces sobre la antropofagia. La supuesta superioridad de la cultura de la metrópolis mercantilista.
También los historiadores criollos, de profunda vocación oligárquica, repitieron como loros –con el perdón de los loros- esos prejuicios y balbucearon las verdades cristalizadas por la sociedad predominante del colonialista siglo XVIII, del azaroso XIX y el proimperialista y cambalache siglo XX. Se cultivó el centralismo histórico y se rumió las enmohecidas páginas de la denominada historia oficial. Mientras, el pueblo siempre pueblo volvía a intentar reescribirla.
Más, como no hay mal que dure trescientos años, comenzó el despertar de la historia. La región del Lago de Maracaibo que tanto ha aportado a esa historia verdadera de lucha, de resistencia, de combate, que es la historia del pueblo venezolano, tenía que dar el salto cualitativo a la búsqueda de esa nueva verdad histórica. La muy oportuna invitación de Chávez a ir tras esa raíz vital, es una ocasión estelar que debe ser aprovechada por las instituciones bolivarianas de toda Venezuela y del Zulia en particular, para inaugurar la fiesta del amor por la historia.
Que el segundo puente o vía alterna sobre el Lago de Maracaibo lleve el nombre del cacique Nigale, significa mucho más que un reconocimiento que se inmortalizará en una obra de gran envergadura. Significa sobretodo, que las zulianas y los zulianos de las nuevas generaciones, tendrán una referencia espacio cultural de reconocimiento del hecho histórico más raigal reseñado por los documentos añejos que hablan de esta región.
Y para que se sepa de una vez por todas, que no hubo fundación de Maracaibo, que no fue que Hojeda llegó y le cantaron canciones, que no fue que Pacheco nos hipnotizó con sus oraciones o Maldonado o Alfinger tenían una flauta mágica. Hubo una guerra de más de cien años. Desde el 24 de agosto de 1499 hasta el 23 de junio de 1607 en que murió ahorcado ese último líder de nuestra resistencia armada, caído en combate defendiendo la Patria Añú: Maracaibo.
 
 
 


[1] El Cacique Nigale y la ocupación europea de Maracaibo. Ildefonso Finol, Fondo Editorial Nigale, 2001 (Primera Edición)
[2] Idem
[3] Idem

 



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Yldefonso Finol

Economista. Militante chavista. Poeta. Escritor. Ex constituyente. Cronista de Maracaibo

 caciquenigale@yahoo.es      @IldefonsoFinol

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