La Navidad: Orgasmo y Consumismo

Otra vez la navidad viene a mi vida
y me lleno de tristeza al recordar
que yo nunca tuve amigos cuando niño
ni regalos, ni juguetes en mi hogar

Sólo tuve las caricias de mi madre
que llorando me decía con mucho amor
si arrancarme yo pudiera, hijo de mi alma
te daría de Navidad mi corazón

Rafael Buendía

            Desde temprana edad se nos transfiere culturalmente la idea de la Navidad como fiesta cristiana de la buenaventura, de la unión familiar, del reencuentro, de la paz. Es el momento propicio para olvidar nuestras diferencias, rencores y reconciliarnos, lo cual viene siendo también el discurso político posterior a la victoria electoral del pasado 07 de octubre.   Más allá del capital que se mueve en medio de las celebraciones decembrinas subyacen una serie de relaciones que ocultan y enmascaran el fetichismo e idolatría sobre los denominados bienes y servicios de la sociedad moderna.

            Un poco el cuento de la navidad ocurre así: la imaginación dominante, dominadora del capital toma la apariencia de la divinidad, de la adoración. La conducta de los niños es condicionada al chantaje de la llegada del mismo Jesús.

            Escucho a través del tiempo: “¡Pórtate bien! o el niño no te traerá lo que pediste”. Condicionar el imaginario a la necesidad del fetiche, del premio o el castigo. !Que Dios tan benévolo o castigador! Para terminar aceptando ese orden de relaciones.  Existe la posibilidad del placer de la negación de la mercancía, el deseo reprimido de la venganza de quién siempre se portó "mal" y no recibió los regalos prometidos o quizás la pulsión sádica del ejercicio transferido por la impotencia.

            El segundo momento preparatorio al orgasmo, que por cierto ocurre en paralelo a la búsqueda del regalo prometido, viene a ser la corredera de padres para poder comprar los denominados "estrenos", vestido, calzado y todo lo que pueda ser nuevo. La condición económica determina el valor de la gracia, del presente, del obsequio. El bombardeo mercantil de la moda, la marca, la ostentación superficial ejercen su poder alienante. No bastan nuevos trapos, hay que buscar los más costosos, los del momento, los más "in"  o "finos" como dicen por allí los mercaderes.

            Poder comprar al mayor valor en el mejor centro comercial son las determinantes de la mano invisible e inducida para favorecer el mercado junto a medios que bombardean por igual a todos, alienando estados de conciencias y vaciando los bolsillos de todos los trabajadores. No bastaba con apropiarse de las horas de trabajo, del sudor de la jornada, ese pedacito del capital que le es arrebatado a los capitalistas y mercaderes y que se traduce en aguinaldos o utilidades le es cercenado casi inmediatamente.

            Muchos amaneceremos endeudados en año nuevo, la tarjeta rayada hasta perder la banda, eso no importa, la pasamos bien. En menos de 30 días, los últimos del año cristiano, el comercio se viste de bambalinas,  juguetes, perfumes y de cánticos para saciar su sed de acumulación.

            Niño lindo ante ti me rindo... dice la letra de una conocida canción popular de Navidad. Quedamos rendidos ante la voracidad del consumismo. Sin importar la condición social, se desata una carrera contra el tiempo por gastar, un impulso descontrolado por seguir teniendo, un éxtasis, un deseo desenfrenado por pintar, arreglar, cambiar todo en la casa, comprar muebles nuevos, botar las ollas de la abuela, cambiar vajilla, vasos, cubiertos, cortinas, colchones, enseres, lencerías, celulares, televisores, equipos de sonido y hasta de suegra si se puede. No olvidemos los gastos para la cena y las bebidas. Así ocurre la excitación individual y colectiva de diciembre. El momento clímax del mercado.

            Es tan brutal la pérdida de conciencia, que cuando nos damos cuenta se nos ha pasado el orgasmo. El comerciante, el capitalista se ha quedado con todo el dinero y volvemos a la realidad del trabajo asalariado enfrentado al capital.

            Dónde está la línea divisoria entre el buen vivir o el vivir viviendo en una sociedad sin límites para la ostentación y el consumo?

            Cuál es la distinción entre el buen vivir de un capitalista y un pobre?

Noviembre 2012

jher1960@hotmail.com



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Jairo Hernández


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