Cubagua

La famosa isla de Cubagua, a mitad de camino entre Cumaná y Margarita, fue siempre el mismo desierto de nuestros días. Seca y arenosa, sin una brizna de hierba, carente de agua. No obstante, en 1541, tenía una de las más importantes y populosas ciudades del Nuevo Mundo.
Nueva Cádiz era su nombre. Ya para 1510, lleva el título de ciudad, albergando una población de 1.000 vecinos españoles, aparte indios y esclavos, lo que era una enormidad para la época. Los neogaditanos son tan ricos que se hacen traer el agua en grandes barricas del Manzanares. Como los indios de tierra firme los hostilizan erigen una fortaleza en la desembocadura del río a cuyo lado se establecen unas misiones de dominicos, entre los que se halla Fray Bartolomé de las Casas.

La causa de tanta riqueza son las perlas que rodean la isla. Crecen en abundancia; y son de un creciente y de un tamaño excepcional.
Entre las joyas de la corona inglesa hay una perla, muy hermosa y de extraña forma, procedente de Cubagua. Le fue donada a Américo Vespucio por los indígenas. El célebre navegante sin ánimo de donación se la mostró a la reina Isabel de Inglaterra. Mirad, mi reina y señora, esta joya procedente del Golfo de las Perlas.

Reina Isabel: (Castiza y codiciosa) ¡Atiza! ¡Qué digo! Válgame el cielo. Jamás mis ojos se habían topado con una margarita de mayor tamaño y esplendor. Es realmente preciosa. (Zalamera) Os agradezco el presente, don Américo. Eh, Mafalda, ponedla a buen recaudo en mi joyero.
Y así Américo Vespucio, muerto en la indigencia, se vio privado de aquella joya que valía una fortuna. Cuando Catalina de Aragón, la hija de doña Isabel I de Castilla y Aragón, se casó con Enrique VIII de Inglaterra, llevo aquel tesoro de Cubagua como parte de su dote. Fue muy desdichado el matrimonio.

Antes de que me lo cuente, déjame referirles lo que opinaba Fray Bartolomé de las Casas sobre el origen y color de las perlas. Decía el fraile que para aliviar la condición del indio abogó por la esclavitud de los negros.

Fray Bartolomé: Las ostras, cuando sienten que ha llegado el momento de empreñar, suben a la superficie, para que el sol y el roció hagan de varón. Si es agua y solo de las primeras horas, blanca y refulgente será la perla; negra, al anochecer; rosada, cuando el astro rey rutila agonizante.
(Sonido del mar en movimiento.) Indio: (asfixiado) No puede más…

Castellano: (Colérico) ¿Cómo que no puedes más, indio de los demonios? ¿Apenas te has hundido quince veces y me vas a decir que no aguantas otra docena? Toma un poco de aliento y torna a zambullirte, haragán. (Dirigiéndose a su compañero) ¡Mirad, capitán, la perla que ha traído el gandul!

Nunca la había visto tan grande, ni mejor formada.

¡Vuelve a sumergirte, indio!
Indio: (Desfalleciente) Que no puedo, señor. Mis narices y mis oídos sangran. Siento que voy a estallar.
Castellano 1: Déjate ya de memeces y húndete, a menos que prefieras un buen tiro en el testuz.
Indio: (Sobreponiéndose) No me matéis, capitán. Al agua vuelvo.
Castellano: (Pedagógico) Con estos indios, amigo mío, no hay que tener consideración, pues os comen vivo: ¡Abrid bien los ojos!, vos que sois bueno en el oficio.
Castellano 2: (Juicioso) Lo malo que observo es que a este paso nos vamos a quedar sin indios. Si a cuentas vamos, calculo que por cada tres perlas, muere uno de estos salvajes.
Castellano 1: (Desdeñoso) ¡Bah! Indios-buzos son los que sobran y más ahora que por Real Cédula de Su Majestad del 23 de diciembre de 1511, mirad qué bien recuerdo, se nos autoriza a esclavizarlos por sodomitas, caníbales e insurrectos.
Indio 2: (Espantado) ¡Amo, amo, el indio ha estallado en las profundidades! Mirad la sangre que sube…
Indio 3: (Lloroso) Abajo está el cuerpo. ¡Mirad…!
 Castellano 1: (Amenazante) Y vosotros, si no queréis seguir su suerte daos prisa por meteros al agua. (Dirigiéndose a un indio) Tú te quedas para abrir las ostras. ¡Al agua, patos!
  Castellano 1: ¡Ah, mala pécora que son estos salvajes! (Amable). ¿Os placería, maese, probar la carne de estas ostras con un poquillo de limón? Son deliciosas. ¡Aparte que fortalecen al hombre para las lides del amor!; y eso es lo que abunda en Cubagua con las hembras de estos buzos forzados, Por aquí tengo un vinillo que sin ser maravilloso, tiene lo suyo.
Castellano 1: (Sorpresa) ¡Me cachi en la má! Tres tiburones y enfilan hacia acá.
Castellano 2: Y otros siete se acercan por babor.
Castellano 1: (Con miedo) Pongámonos a salvo, rememos y recemos con todos nuestros bríos.
Castellano 2: (Con natural sorpresa) ¿Y qué hacemos con los indios?
Castellano 1: (Extrañado) ¿Con los indios? (Despectivo) Allá ellos, en su desesperación tratarán de aferrarse a la barca y nos habrán de volcar. (Alarmado) ¡Remad de prisa, maese!
(Gritos de desesperación de los indios entre el oleaje.)

Nueva Cádiz continuó creciendo orgullosa. Como en todos los sitios del orbe donde aparece súbitamente la riqueza, recalaron a ella aventureros del mundo entero. La ciudad se cubrió de calles rectas y empedradas; se construyeron grandes e importantes edificios. Las noches eran de fiesta y de jarana.

Según el cronista Antonio de Herrera: “No había mujer de doce años que no hubiese sido deshonrada”.  El dinero y la ostentación se hallaba por doquier. Todo esto a expensas de los indios-buzos que morían por miles, con los pulmones deshechos o tragados por los tiburones.

A mediados de 1520, antes tanta opresión, se sublevan los indios de la costa. Don Jácome Castellón hace una expedición exterminadora. Somete a miles de prisioneros para suplir las bajas que desde hace más de veinte años producen los ostrales.

Los indios ofrecen tenaz resistencia pero la superioridad técnica de los conquistadores los domina. Se declara esclavízales a todos los indios del centro y de oriente. La Costa de los Esclavos (Higuerote) será uno de los primeros nombres de Venezuela.

Fray Bartolomé de las Casas, aunque es un mitómano empernido a la hora de contar indios víctimas de los españoles, afirma que la región de Paria tenía en aquellos tiempos una población de 4.000.000 de almas. ¿Cuántos realmente serían? Nunca lo sabremos a ciencia cierta. Sólo podemos decir que las glorias de Cubagua se sedimentaron sobre la sangre de cientos de miles de buzos. ¿Tenían o tienen razón los que dicen que las perlas son lágrimas del mar?

Una noche de noviembre de 1541 (no sabemos exactamente la fecha) la ciudad se dispone a celebrar un magno festival. Ha sido un día particularmente caluroso. A la caída de la tarde el mismo español que reventó al indio y dejó a merced de los tiburones a sus compañeros, opina:
Castellano 1: (Sofocado) ¡Qué bochorno el que hace! Me aso vivo en este calor.
Castellano 2: Pues no creo que haya de durar mucho; chubasco se aproxima. ¿Visteis el relámpago en lontananza?
Castellano 1: Dios quiera que llueva, a ver sí refresca.
(Trueno sordo en la distancia. Seguido de otro.)
Castellano 1: ¡Se nos viene encima la tempestad! Pongámonos a salvo en la taberna. ¡Lo que viene encima es agua!
El mar está furioso. Las olas son como montañas. Han destruido el desembarcadero.
Voz Clerical: (Apocalíptico) Se acerca vuestro castigo por todo el mal que habéis hecho.
Castellano 1: ¡Dejad ya de hablar sandeces, Juan de Castellanos, cura sacrílego!
(Ruido de terremoto, se derrumban edificios, gritos de terror.) ¡Terremoto, terremoto, sálvese quien pueda…!
Castellano 2: Mirad, maese, la ola que nos viene encima… arrasará con todos.
Castellano 1: ¡Perdónanos, Señor!

Y aquella terrible noche de noviembre, la que por cuarenta años fuese la ciudad más rica y populosa del Nuevo Mundo, por obra de una triple combinación de terremoto, maremoto y tempestad, despareció para siempre. La tercera parte de la isla quedó sumergida en el mar.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!


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Manuel Taibo


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