Del video al seriado

Bastante se ha escrito y dicho en torno al video donde aparece el joven parlamentario Juan Carlos Caldera recibiendo una buena cantidad de dinero, sin que medie factura o recibo que justifique la razón de tal billetamen. Pequeño detalle que configura un presunto acto de corrupción. Y se seguirá escribiendo y diciendo sobre el tema, pues Julio Borges,  brillante como siempre, ha dicho -al mejor estilo de los matraqueros de la cuarta república- que lo más importante es saber quién entregó el video y quién lo grabo. Luego insistirá en conocer qué tipo de cámara o cámaras se usaron para la grabación.  A lo mejor el cejijunto justiciero terminará exigiendo el nombre de quien hizo la edición y el montaje del mismo.

 Lo cierto es que después de la reacción del señorito candidato defenestrando al joven Caldera y que Primero Justicia también lo puso patitas en la calle, sin darle el derecho al pataleo, los sectores de la derecha venezolana mostraron las viejas mañas adeco-copeyanas y en la Asamblea Nacional se cuadraron con su ya asumido como corrupto, gritándole al mundo "ese es nuestro corrupto".

 En lo que no le falta razón al joven Caldera es que la vaina le pasó por pendejo, pues en este país se sabe de políticos de larga carrera en ese mundo del "bájate de la mula" y "el cuanto hay pa´eso", que un video apenas recogería una muy mínima parte de sus experiencias. 

 El mandadero del señorito candidato, bien hablado y con cara de gente decente, apenas da sus pasos en este difícil mundo del "bájate de la mula" y ya es pescado en plena faena. Además, con la mala suerte de hacerlo como parte de un grupo donde "el que se resbala, pierde", pues nadie está dispuesto a sacrificar nada por un compañero; al contrario, es bueno darle un empujoncito para quedar bien con las gradas.

 Nuestra política está llena de personajes que a la edad de Juan Carlos Caldera a lo mejor se conformaban con un sancocho de pescado o un par de trajes de una tienda de Puerto Libre o una noche de placeres en un burdel. pero que luego aprendieron tanto que hoy apenas se piensa en hacer una carretera o meter las cloacas en un pueblo margariteño o hacer una plaza, ya saben cuánto les toca en el reparto de las comisiones.   

 Tampoco eran tan bien vestidos y bien hablados como el joven Caldera a esa edad, pero hábiles como pocos para hacerle entender a las contratistas la importancia de repartir comisiones. Tan hábiles que nunca les han pescado en la mascada, por muy evidente que ésta sea, y han escalado en posiciones políticas y sumado en cuentas bancarias.

 Pero no hay ni un videíto que los muestre en su accionar de "bájate de la mula", bueno, es que tendrían que producirles un seriado para mostrarlos en tantos actos de ese tipo. Imagínense cuántas reuniones como las de Juan Carlos Caldera se requieren para que un modesto maestro de escuela se convierta en un magnate dueño de emisoras, aseguradoras, clínicas, consultorios, edificios, apartamentos y tantos otros negocios.

 Por cierto, en Margarita hay una gente que va a hacer una película sobre un personaje sorprendente de la isla. Aquí tienen otro personaje, poco mediático, pero con larga experiencia. Y un submundo de mafias, tracalerías y malas mañas, ¿qué más quieren? 

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