Dramático el
momento que vive la política bélica y expansionista del imperio estadounidense.
Trágico –políticamente- el instante en que se enfrenta el señor Bush a la
realidad histórica. Sabemos que él es terco y maniático, no analiza sino que
actúa por efecto de su esquizofrenia y su odio a todo lo que huela a soberanía,
no consulta sino que responde por la emoción de su estado anímico de autoengaño,
ama la mentira con el mismo impulso con que odia a la verdad. Se parece mucho a
Hitler en el arte militar: lo único que
debe existir es la ofensiva, porque la defensiva es un reconocimiento de la
derrota. Esa es la concepción de la guerra en la mente de un fascista. El
repliegue digno, para Bush, tiene sabor de debilidad subjetiva y no de
comprensión verídica de la realidad objetiva.
Con mucha modestia
hace unos cuatro años publicamos –en Redención-
un documento donde expusimos las razones que llevarían, en tiempo récord por su
rapidez, al imperio estadounidense a perder espacios e influencias en el mundo
por su alocada, cruel y errónea política de rapiña y expansionismo con afán
terrorista de adueñarse de la mayor parte del planeta y sus riquezas. Los
ideólogos del imperio saben, a ciencia cierta, que sólo haciendo efectiva esa
política podrá mantenerse con vida la globalización capitalista salvaje durante
medio siglo. La brevedad de la experiencia de los últimos cuatro años nos ha
dado la razón. Hemos dicho también que el imperialismo –en su fase de
globalización capitalista- no retrocederá sin antes avanzar en sus políticas de
dominación casi absoluta de la vida social, es decir, sin hacer sus guerras de
exterminio y desolación. En los próximos 50 años, esa globalización
capitalista, necesita que casi el 40% de la población del mundo desaparezca
para intentar consolidarse por el resto del siglo XXI apropiándose del –por lo
menos- 90% de la materia prima del planeta. Pensemos por un segundo siquiera en
cuánto se incrementará la miseria y el dolor para la mayoría de la humanidad.
Pero esto es materia distinta a la que en este artículo se trata.
Hemos dicho que
los afganos son una especie humana de paciencia única en cuestión de guerra. No
les importa el tiempo, sino que se fundamentan en la efectividad del
agotamiento de sus adversarios precisamente en lo infinito del tiempo. Ellos
pueden creer en la eternidad del alma pero nunca en la eternidad de la
ocupación de su territorio por sus impostores. De allí que se conformen con
acciones esporádicas pero efectivas, desaparecer un tiempo y volver a producir
otros golpes hasta que el enemigo se convenza que nada tiene que hacer en
tierra afgana, y se marche. Los iraquíes, en cambio, tienen una noción del
tiempo mucho más concreta y tratan de incrementar las acciones para golpear y
lograr que el enemigo salga lo más pronto posible del territorio usurpado. Son
mucho más dados, que los afganos, al sacrificio de su propia vida con tal de
acelerar la derrota de su impostor.
Todo imperio, en
su política de guerra, se guía por el principio de la victoria más rápida con
el mayor volumen de sangre derramada por su adversario. De allí que siempre
sepan adecuar su táctica militar al avance de la tecnología y de la misma
ciencia. Por eso vemos que ahora sus hombres penetran a un territorio luego de
considerarlo arrasado por los efectos de bombardeos. Allí termina su valor y su
seguridad. Una vez dentro del territorio ocupado los ataca la inseguridad, el
miedo, la incertidumbre y hasta el desespero, porque se encuentran con la
verdadera realidad de la resistencia armada de pueblo casi entero. Eso lo están
viviendo –al borde de la locura- en Irak.
En Irak, en
términos más crudos y más exactos, el
imperio ha perdido la guerra, está derrotado. No sólo lo demuestra la
realidad objetiva, sino que también lo reconocen los que hasta hace poco
bailaban en una pata festejando los triunfos ficticios de la invasión
imperialista. Pero, además y muy importante aunque Bush no haga caso alguno a
ello, eminentes analistas políticos del imperio han manifestado de manera
pública el reconocimiento de esa derrota. Kissinger, entre esos. Y lo peor es
que el propio general que dirigió la invasión a Irak ha dicho que para Estados
Unidos la guerra se ha convertido en una pesadilla. Lástima que los iraquíes
también se estén matando los unos con los otros en vez de unir y concentrar los
esfuerzos contra el enemigo principal: los impostores que han invadido a Irak.
El quid de la
cuestión estriba en ¿cómo retirarse sin
reconocer la derrota –esto no importa-
sino que el mundo no crea fervientemente que el imperio fue derrotado por los
iraquíes prácticamente solos? Nadie
nos venga a meter la mentira que la resistencia iraquí ha recibido verdadera
solidaridad revolucionaria de otros pueblos, porque nada justifica que los
intereses económicos estadounidenses en el Medio Oriente y otras regiones del
mundo –por ejemplo- continúen intactos. Al imperio poco le importa que Bush sea
derrotado, porque fácilmente puede ser sustituido por un demócrata con la misma
o peor mentalidad imperialista y terrorista. Esa potestad la tiene el capital
financiero monopolista. Lo que importa es que se le complican las
circunstancias para actuar –por ahora-impunemente contra Irán, Corea del Norte,
Bolivia y Venezuela. Y quienes crean que a un demócrata le tiemble el pulso para ordenar acciones armadas de
intervencionismo en los asuntos internos de otras naciones donde sus intereses
corran peligro, mejor agarren su chinchorro, equipen bien su morral, y
lárguense a buscar una mejor vida en otro mundo.
Ningún imperio se derrumba sin que las
fuerzas que se le oponen le produzcan las más serias y contundentes derrotas.
Sin embargo, todo indica que el imperialismo ha comenzado un tiempo de profundo
deterioro y pérdida de influencia, lo cual se traduce en un espacio de
victorias para los pueblos que claman por su completa redención social. La
revolución o la creación de un nuevo mundo posible no hace más que ratificar el
carácter internacional de la lucha y el pensamiento revolucionarios.