París parece en
calma y conformista, no hay peligro de rebelión en Francia, Europa duerme
plácidamente en el letargo de su reformismo y oportunismo burgueses. Pareciera
que se han callado los cantaros para que muera la vida.
Rousseau
es hoy un humilde catedrático en una aldea lejana de París; Voltaire vive
elucubrando la razón de su sinrazón en un manicomio; Montesquieu está dedicado
a revisar el espíritu de sus leyes; Diderot aún no ha escrito la convocatoria
para reunirse los enciclopedistas; Kant anda perdido en sus nebulosas; Humbolt
anda sembrando flores en la frontera del patio de sus vecinos; Helvetius anda
huyendo de unos cazadores de cabeza; Descartes no ha podido despojarse de la camisa de fuerza que lo hace
creer en esa manía de que primero piensa y luego existe; Thierry, Mignet y
Guizot, por fin decidieron guardar silencio reconociendo que Marx es el creador
de la concepción materialista de la historia; Morat no ha resucitado todavía,
porque Carlota Corday es la guardián de su tumba; a Robespierre lo espera otra
guillotina antes que se le junte su cabeza al resto de su cuerpo; y Danton nada
quiere saber por ahora de su audacia, porque los estudiantes del Mayo Francés
lo recordaron de reojo y desconfiados.
Sartre
mandó la Nausea para el
carajo y de tanto negar a Dios, lo tiene París embalsamado en un cementerio
clandestino; Aragón compone poesías que aún los estudiantes no las declaman.
Sin embargo, París tiene sus comuneros andando clandestinos por las
alcantarillas, porque son muchos los moros apostados en las costas. Dios sólo
conserva la inocencia para los niños como a los filósofos les otorgó el don de
andar soñando errantes para que hicieran buen uso de su tiempo. La revolución no
es cosa de la filantropía, sino de luchas encarnizadas entre las clases que se
disputan el destino del mundo. En París, aunque muy grande sea el escándalo
moral, sigue habiendo un Claudio el Mendigo. No olvidemos que por muy callada que
esté París no deja de enseñar su dentadura, y cuando ríe muchos no se percatan
que está gruñendo. París se lamenta, de vez en cuando, en tertulias literarias
y poéticas que Goethe y Byron no sean genuinamente franceses. París tendrá su
quid obscurum, pro nunca deja de poseer su quid divinum.
Marx
y Engels están, por separados pero asombrosamente semejantes, escribiendo un
Manifiesto que prohíbe prohibir y los
estudiantes piensan hacerlo suyo antes que llegue a las masas del proletariado.
París parece dormido entre los brazos de Hércules. Francia reposa y se
resigna al destino de los pocos que la
hieren y la hacen desangrar sus venas. Europa duerme tranquila mientras en
París no haya rebeldía. El mundo, aunque no lo crean, debe tener un ojo abierto
pendiente de lo que acontezca en París.
Hay
casos que escapa a la lógica política aun cuando se le esté mirando desde el lente de la
dialéctica. Ningún ser humano, por mucha ciencia que domine, es perfecto o lo
sabe todo de todo. Algunas veces, dejando que repose la dialéctica y sin darnos
cuenta que no reposa, en el tiritán del titiritar de la lógica aristotélica
pareciera confirmarse ese axioma de que A es siempre igual a A en todas partes
y nunca podría llegar a ser no–A.
El
mundo de la llamada globalización capitalista salvaje se caracteriza: por un
lado, por la lucha para un nuevo reparto del planeta entre las potencias
imperialistas, tratando que no exista una evidente y desigual supremacía de una
sobre las otras, lo cual no sólo está reflejando el servilismo cretino –por
ejemplo –de Inglaterra detrás de la cola de Estados Unidos, sino también que
éste se encuentre perdiendo influencia en el mundo. Y, al mismo tiempo, ha
generado postura de rechazo a las atrocidades y apetencias de dominio unipolar
de un imperialismo por otros imperialismos. De otra parte, se están produciendo
hechos y resonancias que despiertan un gran espíritu de rebeldía en gobiernos y
pueblos por conquistar un mundo nuevo posible, que algunos dominan de manera
concreta como socialismo.
Esas
realidades hicieron creer que Francia, como consecuencia de las contradicciones
interimperialistas, iba asumir un papel de primera magnitud en la lucha y en la
denuncia contra la hegemonía política y las tropelías que acometen en el mundo los
dos más grandes imperios del mal (Estados Unidos e Inglaterra), para dominarlo,
esclavizarlo y saquearlo en provecho de pocos y en perjuicio de muchos. Tal
vez, no nos dimos cuenta que París vivía una calma entre silencios y
resignaciones impuestas desde Versalles.
El
presidente (Chirac) saliente de Francia se caracterizó, en los últimos años de
su gobierno, por expresar fuertes críticas a las políticas de guerra y de
intervencionismo de Estados Unidos e Inglaterra en los asuntos internos de
otras naciones, aunque no lo pensó dos veces –más por oposición al gobierno de
Bush que por riqueza ajena –meter sus soldados en un Haití intervenido y en
estado de miseria social cuando se le propinó un golpe seco y casi secreto al
presidente haitiano en ejercicio constitucional, Jean Bertrand Aristide en
2004. Aun así algogo de sangre rebelde queda
en las venas de París.
Cuando
todo hacía creer que en Francia había en puerta una renovación en las
autoridades del gobierno que representara una política de mayor oposición al
imperio más agresivo y salvaje del mundo (Estados Unidos), y llevara en sus
posturas un estímulo a los pueblos en el espíritu de relaciones diplomáticas
que pongan freno al desbordamiento alocado de la globalización capitalista,
París lo que ha hecho es confirmar su actual apatía por las grandes necesidades
del mundo.
El
señor Nicolás Sarkozy, vocero de la extrema derecha, biznieto de la
política de Thiers, hijo de la
conciencia más conservadora de este tiempo, entendió el silencio de París y le
sacó provecho a esa calma larga que camina como el avestruz en un medio
ambiente que le es adverso. Sarkozy salió electo presidente de Francia con el
voto de París para calma de Europa. Sarkozy quiere, desde París, que Francia
–con espíritu napoleónico sin prevenir un Waterloo- logre volver a esa era en
que su supremacía central en la construcción o reconstrucción de Europa no se
la negaba. París, no nos extrañe, puede echar una chispa y arder si pretende retar
sentimientos de una buena parte del mundo que está hastiado de tanta pobreza y
tanto dolor de muchos para garantizar riqueza y placer a unos pocos. Los
estudiantes ya comenzaron a leer el Manifiesto de Marx y Engels. El Dios de Sartre
es la humanidad concreta y sufriente; algo de surrealismo y de lirismo
contienen los poemas de Aragón; la idea napoleónica del Estado fuerte y
centralizado sigue en pie de lucha para
los unos y para los otros. Francia sigue siendo una mezcla desde la primera
hasta la quinta república y París la capital de todas.
Sin
embargo, por París deberían hablar los proletarios de Francia, pero están tan
callados, tan resignados que sólo viven para el reformismo y sentirse
copropietarios del Estado que les frustra su sueño de redención. Pero debemos
tener fe y confianza que un día de estos el proletariado, vestido de comuneros,
haga explosión, grite y su eco será despertador de voluntades en Francia,
Europa y el mundo, porque el porvenir está en sus manos y en su entraña.
Entonces brillarán los astros, saldrá el sol besado por una luna espléndida y ardorosa festejando presente
para futuro digno. Será el momento en que el proletariado francés, en un coro
de obreros de París, escriba y cante un himno que diga: “valemos por la
salvación del mundo”. Danton, rectificada su desviación ideológica, habrá
gritado por la revolución: “¡Audacia, más audacia, siempre audacia!... ¡Audacia
es fiat lux!”.
¡Ha
cambiado el mundo!, dirá el mundo. París será la capital de los recuerdos
gloriosos, para que un planeta festeje su emancipación. Sartre sigue siendo,
con su primado de la existencia sobre la esencia, un estorbo para las
ideologías de la burguesía, porque además errando lleva sus verdades a cuesta.
El marxismo es el gran enemigo teórico y práctico del imperio. Por eso, quizá,
en los cafetines de filósofos trasnochados, economistas endeudados,
historiadores de veleidades, socialistas filantrópicos, y caricaturistas
convencidos de ser artistas, brindan por la muerte de Marx, sin darse cuenta que
cada cierto tiempo de revolución resucita en el proletariado.