Pinochet
hizo su charco de prisión, tortura, sangre, muerte, desaparición y
exilio. Convirtió la patria en un ruedo de espanto y desolación.
Ejerció el poder con autocracia y despotismo desmedido. Descargó todo
su odio bonapartista para rasgar la piel de su pueblo y herir el pétalo
de los poemas de Neruda. Cubrió de dolor y llanto un tenebroso período
de la historia de Chile. Quiso callar al cantor amputándole las manos y
fracturándole la guitarra. Hirió demasiado profundo la tierra que quiso fuera
su emporio para cometer todas sus atrocidades. Allende dejó encendido
el farol que alumbra hacia la posteridad. La clase obrera tenía el
valor pero no las armas para defender su propiedad: el derecho a decidir libremente su destino.
Pinochet fue el barbarazo que acabó con todo lo que beneficiaba a la
voluntad de la mayoría del pueblo chileno. Para la historia fue un
episodio de mucho espanto e incertidumbre. Para los chilenos que miran
con el ojo clínico del corazón, fue el verdugo de los cadáveres.
Pinochet, merece el castigo que sea propio de las manos liberadas del
pueblo que oprimió.
La
presidenta de Chile, Bachelet, argumentó en su campaña sus raíces de
socialista, su vocación democrática, su indeclinable disposición de
respeto a los derechos humanos. No pocas veces recordó a su padre, un
meritorio general que fue víctima del odio irracional del gobierno
dirigido por el verdugo que lo llevó a la muerte. En otras, hizo
memoria de su prisión, tortura y vivencias en el exilio. Nada hacía
pensar que el corazón, luego de tantas vicisitudes, se le había
endurecido, no para hacer justicia contra los depredadores de la vida
humana, sino para ser indiferente al dolor y al clamor de los de abajo,
de esos que mayoritariamente votaron para que ella llegase a la
presidencia de la república chilena e hiciera algo para cambiarla de
rostro. Esto, no es un invento ni una calumnia, lo testimonia la
vivencia de los mapuches en particular. Tal vez, Bachelet sea demasiado
culta, demasiado blanca, de ojos azulados o de un verde relumbrante, de
cabello más de vikingo que de latino mezclado. Quizá, ya no necesite
voltear la vista atrás para no recordarse que en Chile sigue existiendo
regiones en que permanece intacto el viejo amor a la naturaleza legado
a la conciencia futura por los primeros dioses que habitaron esta parte
del mundo que conocemos como América. Esos dioses, debería recordarlo
la presidente Bachelet, son los árboles que le dan vida a las aguas y a
la tierra para cultivarla con raciocinio y nos den vida a los humanos.
Conozco
poco de los mapuches. Quizá eso haga que no posea la autoridad
suficiente para andar dando opiniones parcializadas. En el seno de los
mapuches, me lo imagino, deben existir disidencias. Algunos,
posiblemente, se hayan hecho de la riqueza de los otros. Los muchos,
creo no equivocarme, viven en la miseria y el dolor. No son dueños
particularmente de su destino… y ya no lo serán nunca más, porque la
revolución que los emancipe a ellos, tendrá igualmente que emancipar a
todos los explotados y oprimidos de su tierra para que dejen, como
sucederá con todos las nacionalidades, de ser mapuches para ser
humanidad.
Juan
Patricio Marileo, Jaime Marileo, Juan Carlos Huenulao y Patricia
Troncoso, son mapuches. Están presos por amar y defender a la
naturaleza de los depredadores que engrandan su riqueza alargando el
sufrimiento y la tristeza de los que la laboran y la viven
respetándola. Por oponerse a la destrucción de bosques y a la
germinación de más contaminación por los propietarios del capital que
invierte sin tener piedad de la vida de los muchos, fueron acusados de terroristas
y condenados a varios años de prisión. Lo insólito es que no fue el
gobierno de Pinochet, sino uno de esos que se vanaglorió de haber
logrado devolver la democracia y la dignidad al pueblo chileno,
vilipendiadas anteriormente por el verdugo y sus secuaces.
Esos
humanistas, errónea o interesadamente, juzgados como terroristas, están
en una prolongada lucha por la vida en una huelga de hambre, por el
respeto a los derechos humanos, por el despertar de una conciencia que
tenga la sensibilidad de reconocer que ya no es tiempo de continuar
permitiendo la depredación irracional de la naturaleza, sino de lucha
por la justicia simplemente. Están en huelga de hambre a punto de
fenecer sus vidas. Aun así, las autoridades de gobierno los torturan
alegando que es la única forma de <salvarles la vida>.
Bachelet,
la camarada socialista, la mujer que sabe lo que representa un vientre
y un hijo o una hija para la reproducción de la vida, la que prometió
mayor suma de felicidad al pueblo chileno, sencillamente ha cerrado sus
ojos para no ver la cruda y cruel realidad que viven los mapuches; y se
ha tapado los oídos para no escuchar ningún grito de auxilio de quienes
son víctimas de leyes arcaicas, y de una masa de pueblo que padece el
dolor de la impotencia para salvar a sus camaradas presos en huelga de
hambre. Demasiado duro se hizo el corazón de la presidente Bachelet. Ya
no existe dolor de otro que lo sienta en el suyo propio. Pareciera que
nunca hubo tortura en su cuerpo durante la dictadura del verdugo
Pinochet.
Bachelet: toda dama de hierro se derrite en el fuego ardoroso de un pueblo rebelado por su redención.
No lo olvide. Quizá, yo no sea nadie para recordárselo. Pregúnteselo a
los mapuches, porque ya sus primeros dioses no están para responderle.
Fueron mortales como nosotros. Ahora es tiempo de responder los pueblos
por sí mismos.
Si
los mapuches en huelga de hambre mueren, la historia la culpará de
tortura y de asesinato. Por el honor de su padre y respeto a su
compromiso con la sociedad chilena: ordene la libertad de los mapuches.
El pueblo, si así lo hace, sabrá premiarla con aplausos. Si no lo
hiciese: el pétalo largo y angosto de Neruda llorará en cualquier verso
escrito por alguna calavera que usted fue cómplice en quitarle la vida.
Lo
que nadie entiende en el espíritu de la democracia, en el sentimiento
de un gobernante que promete justicia, es que el silencio de su boca
siga siendo el miedo de su conciencia para no hacer precisamente la
justicia donde haya que hacerla. Si los mapuches fueron juzgados como terroristas
por oponerse a la depredación de las partes más imprescindibles de la
naturaleza para dar y garantizar vida humana, ¿quién y cómo lo explica
que Pinochet haya salvado todas las pruebas que lo comprometen en
crímenes de lesa humanidad? ¿Qué es el terrorismo, presidenta Bachelet, para usted: los mapuches que defienden la vida o Pinochet que la asesina?
En
honor de los mapuches en huelga de hambre: mueran o sobrevivan, han
vencido en la memoria de su pueblo, que los recordará con ese
espíritu que deja un buen ejemplo. Sus depredadores: han perdido en el
desprecio que cosecharán en la conciencia de casi todo un mundo entero
que los aborrecerá.