Winston
Churchill, político, ministro liberal y primer ministro británico durante el
período de la Segunda Guerra
Mundial (1940-1945), fue, entre otras cosas, autor de frases célebres, tales
como: “
El problema del capitalismo es:
la desigual distribución de la riqueza; y el del socialismo es: la igual
distribución de la miseria”. En 1924
se pasó a las filas del partido conservador desesperado y alarmado por el
avance del ideal socialista, se volvió esquizofrénico solicitando intervención
militar contra la naciente revolución bolchevique, pero aún no se imaginaba que
sería la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) quien, sobre sus veinte millones de
cadáveres, sus esfuerzos y sacrificios, evitaría que el fascismo alemán
permaneciera por unas cuantas décadas dominando el mundo y, especialmente, a
Inglaterra y Francia.
Bueno, sabiendo
ya, que el Sir (título honorífico inglés al cual no tienen acceso los
explotados y oprimidos) Winston Churchill, experto en cant inglés (arte de mentir) es el autor del concepto que
identifica este artículo y es de notar, muy fácilmente, que nunca se ocupó de
estudiar a Marx, por lo cual desconocía que, precisamente, por haber vivido
éste en Londres –siendo Inglaterra el país más desarrollado del mundo en su
momento- fue lo que le permitió legar a la humanidad y a las ciencias la concepción materialista de la historia
y, esencialmente, “El capital”, como
esa obra cumbre de la economía política que desentraña todas las fundamentales
realidades del capitalismo y la inevitabilidad de su derrumbe para que se
establezca el socialismo. El Sir Churchill limitó sus conocimientos sociales,
simplemente, a las percepciones del capitalismo. De allí su odio enconado
contra el comunismo. De allí, tal vez como capitalista que fue, su burla a su
propio cinismo de imaginarse que el marxismo ofrecía un socialismo de igualdad
anatómica, fisiológica y psicológica. Nunca Inglaterra ha dejado de pensar en
ser la monarquía que domine a su antojo el resto del mundo. El que Estados
Unidos se le haya atravesado en su camino y reducido su poder –y hasta
sometida- no es culpa del comunismo, sino del proletariado estadounidense e inglés
en lo particular, que nunca jamás han jugado su verdadero papel emancipador del
mundo.
Sir Winston
Churchill fue ganador del premio Nóbel de Literatura en 1953. No conozco de la
obra literaria de Churchill o, mejor dicho, si ese premio se lo otorgaron por
haber escrito “Memorias” en seis
volúmenes. Pero “Memorias” huele más
a autobiografía –o en última instancia a historia- que a literatura. En verdad,
no las he leído. Pero no es del Churchill literato que debemos ocuparnos en
este caso, sino de su concepto, donde sostiene que “El capitalismo es: la desigual distribución de la riqueza; y el socialismo es: la igual
distribución de la miseria”. Busquemos ¿cuántas verdades o mentiras hay en la
conclusión del Sir Churchill?
Empecemos
diciendo que ese concepto, como conclusión de un estudio profundo del
capitalismo y del socialismo, no es más que una vulgar perogrullada que
falsifica toda la esencia de cada uno de esas dos formaciones económico-sociales,
pero con marcada preferencia de mala intención al socialismo. El cristianismo, por ejemplo, y varios siglos antes de
conocerse el capitalismo, fundamentó su ideal y su lucha contra el Imperio
Romano, precisamente, en creer que la causa de los grandes males sociales de su
época era la desigualdad en la distribución de la riqueza. Y dieciocho siglos
después, cuando se produce la célebre Revolución Burguesa Francesa en 1789
derrumbando al régimen feudal prometiendo la liberté, igalité y fraternité, lo que se hizo fue incrementar, a
través de otros métodos más sofisticados que los anteriores, la explotación y
la opresión de los trabajadores por los propietarios de los medios de
producción, lo que condujo a elevar los niveles de la desigualdad en la
distribución de la riqueza. Y ciento cincuenta y un años después del triunfo de
la Revolución
burguesa en Francia, asumiendo el Sir Winston Churchill el cargo de primer
ministro británico, la concentración de los medios de producción en pocos
grandes monopolios, más que antes, daba como resultado mayor desigualdad en la
distribución de la riqueza. Y ese régimen fue sostenido por el Sir Churchill y
nada hizo para imponer políticas que distribuyeran la riqueza en base a los principios que motivaron el
espíritu de la revolución burguesa, siendo entre ellos el de igalité uno de los tres principales, es
decir, igualdad.
Pero aceptemos
que el Sir Winston Churchill, como vocero político de la sociedad inglesa -en
su turno de gobernante- para que no se exterminara en un eterno combate de
lucha de clases, no gozaba de potestad para hacer cambiar de conciencia a los
pocos amos de la riqueza y la distribuyeran con igualdad entre toda la
población de su nación. Eso no hace más que reflejar que el político Churchill
no tenía noción de los elementales conceptos de la economía política o, por lo
menos, pensaba como el inglés que disfruta de todo un ejército de servicio
doméstico que todo se lo tiene listo –para su uso- en tiempo preciso y
necesario. El Sir Churchill, parecía interesarse exclusivamente, de los
economistas burgueses clásicos que se dedicaron, casi por completo, al estudio
de la proporción cuantitativa en que la riqueza se distribuía entre quienes la
producen (los obreros) y los poseedores de los medios de producción (los
burgueses). Y, debemos reconocer, además, que Sir Churchill, algo de su tiempo
invirtió en escudriñar, por compatibilidad de criterios, a socialistas utópicos
que consideraban la distribución de la riqueza en el capitalismo como desigual,
pero mientras esos socialistas intentaron en vano -siendo prisioneros de las
categorías económicas al mismo tiempo que los economistas burgueses clásicos-
descubrir o hacer pruebas de medios utópicos para acabar con la injusticia, el
Sir Winston –que estaba claro en la
desigualdad de la distribución de la riqueza en el capitalismo-, se fue al
sepulcro sin que jamás condenara a la burguesía y a la monarquía inglesas que
con tanto amor y fidelidad les sirvió desde el Estado británico en contra de
los intereses y de la verdadera justicia social para el pueblo inglés.
El Sir Churchill,
conocedor de lo perverso del capitalismo, dedujo de la distribución desigual
que hace éste de la riqueza una perogrullada aun mayor, grotesca, infame,
tendenciosa y mentirosa: el socialismo
es: igual distribución de la miseria.
El Sir Winston no encontró ninguna razón de miseria en el capitalismo, aunque
sí sabía de sobra que hacía una desigual distribución de la riqueza. Un
verdadero científico de la anatomía, por ejemplo, sería incapaz de dar una
definición de la función de las extremidades sin conocer correctamente las
funciones de la cabeza y el tronco del cuerpo humano. El Sir Churchill nunca se
detuvo en pensar que la distribución de la riqueza es un efecto táctico de un
modo de producción y no una causa estratégica. Esta se encuentra en la propiedad de los medios de producción. Así
de sencillo. ¿Cómo podría existir el capitalismo si hiciera una igual
distribución de la riqueza? ¿Para qué entonces ricos y pobres, la existencia de
la propiedad privada sobre los medios de producción o lucha de clases?
Precisamente, los cristianos, en tiempo del
Imperio Romano, nunca pudieron ser socialistas verdaderos, porque su lucha se
limitó exclusivamente a exigir la justa distribución de la riqueza dejando los
medios de producción en manos de la propiedad privada. En cambio, para Marx, la
esencia de su doctrina parte de la necesidad que los medios de producción pasen
a manos de toda la sociedad y desaparezca la propiedad privada, ya que de ésta
nacen los grandes males sociales. De allí su vaticinio de que el comunismo será
el modo de producción que sustituirá al capitalismo. Pero, al mismo tiempo,
señaló que la primera fase se denominaría socialismo y, además, que habría un
período de transición entre el capitalismo y el socialismo.
Ni Marx ni
Engels, como tampoco ni Lenin ni Trotsky, dijeron nunca que el socialismo sea
la igualdad en la distribución de la riqueza. Si eso lo hubieran dicho: ¿para
qué la segunda fase que Marx denominó comunista? ¿Para qué vestigios del
derecho burgués en la segunda fase de la sociedad comunista? Que el Sir Winston
Churchill eso desconociera u ocultase su
conocimiento no es culpa de los socialistas –en general- ni de los ingleses –en
lo particular-. Los intereses económicos priman sobre el resto de intereses
sociales. Ha sido y será siempre así mientras haya necesidad de explotar y
oprimir el trabajo ajeno.
Quizá, el Sir
Churchill no se imaginó, no comprendió o nunca se preocupó por averiguar que el
capitalismo, al preparar las condiciones y fuerzas del socialismo (técnica,
ciencia y proletariado), no hace más que reflejar con certeza que en una
transición de un modo de producción a otro la nueva sociedad no está en
capacidad de desplazar integralmente a la vieja; y, mucho menos, pensarse que
el socialismo en sus inicios podrá lograr que el trabajo sea de acuerdo a la
capacidad de la persona ni tampoco podrá recompensarla de acuerdo a sus
necesidades. En el desarrollo del socialismo, para conquistar sus fines
estratégicos, se requiere -para el crecimiento de las fuerzas productivas- que
la economía se guíe por las normas habituales de la distribución de la riqueza
de acuerdo a la cantidad y la calidad del trabajo individual y eso, quiérase o
no entenderlo, es desigualdad en el capitalismo como en el socialismo, pero
éste en sus comienzos, entre otras diferencias con aquel, plantea el extremo
desarrollo de la circulación de mercancías para que no se produzcan los traumas
que, no en pocas ocasiones, planifica el capitalismo para imponer sus políticas
de miseria para los muchos y enriquecimiento para los pocos.
El socialismo,
tampoco eso entendió Sir Churchill, nunca podrá borrar, por medio de un decreto
humanitario, el interés individual inmediato, el egoísmo del productor ni del
consumidor del sistema de planificación de la economía ni restarles su utilidad
execrando la seguridad y flexibilidad del dinero. De allí que, desconocido o
negado por el Sir Winston, ningún rendimiento del trabajo ni el mejoramiento de
la calidad de la producción podrán ser concebidos sin un hilo conductor de medida
que se introduzca libremente en todos los poros de la economía o, en otros
términos, sin una sólida cohesión monetaria. De tal manera que ni la función
del dinero ni la explotación al trabajo, nunca lo dijeron ni lo prometieron los
forjadores del socialismo científico, podrá ser suprimida en los comienzos de
la revolución socialista, sino, más bien, traspasadas a las funciones del
Estado proletario como monopolio del comercio, bancario e industrial global.
El Estado
socialista, a diferencia del Estado capitalista antes de extinguirse aquel, conlleva
la participación verdadera del pueblo en la planificación y dirección de la
democracia política; y, de otra parte, pondrá en función una palanca
financiera, producto “… de la
verificación efectiva de los cálculos a priori, por medio de un equivalente general, lo que es imposible sin un
sistema monetario estable.”, como lo dice Trotsky. Eso quiere decir, entre otras cosas durante
un largo trecho de desarrollo de la sociedad socialista, que “… las funciones más elementales del dinero, medida
de valor, medio de circulación y de pago,
se conservarán y adquirirán, al mismo tiempo, un campo de acción más amplio que
el que tuvieron en el régimen capitalista”, como igual lo sostiene Trotsky.
En términos más sencillos para aclaratoria de Sir Churchill que ya no está vivo
para enterarse: los socialistas, por lo
menos los que creen en el marxismo, no ofrecen jamás la igualdad en la
distribución de la riqueza en la sociedad socialista, mientras que el
capitalismo sí la ofreció –en
francés: egalité- y nunca lo ha
cumplido, porque su entraña es la desigualdad en todos los órdenes de la vida
económico-social, debido a que su régimen se fundamenta en la propiedad privada
sobre los medios de producción.
El término de igualdad o egalité, para un marxista,
no es medir con un mismo rasero a todo el mundo. No, se relaciona a ese momento
en que cada cual pueda trabajar de acuerdo a su capacidad y cada cual reciba de
acuerdo a sus necesidades. Eso es el principio sin el cual la sociedad
comunista no podría atribuirse ese nombre tan sagrado de la emancipación
social. La igualdad o egalité
perfecta sólo es obra de una mente que hace su disfrute individual en la
perversión de sus propias divagaciones oportunitas o demagógicas. ¿A quién se le
puede ocurrir que el mundo llegará a una fase en que todos tengan el mismo
nivel de inteligencia, en que todos tengan el mismo nivel de conocimientos, en
que todos inviertan todo su tiempo en las mismas actividades, en que todos
tengan la misma cantidad de necesidades, en que todos los hombres sean
exactamente iguales a todas las mujeres, en que todos los hombres o las mujeres
tengan el mismo tamaño o el mismo físico? ¡Ah!, se me olvidaba, si los seres
humanos llegásemos a ser desplazados totalmente por robots con el mismo nivel
de técnica y de ciencia, entonces, tendríamos que preguntarle a la dialéctica:
¿somos todos y todas exactamente iguales
todo el tiempo o en cada fracción de tiempo que vaya transcurriendo?
Lástima que no esté con vida Sir Winston Churchill para que nos legue la
respuesta científica y correcta en base a las leyes de la lógica aristotélica
de su anticomunismo.
Ya es tarde
para que Sir Winston Churchill sepa, sin equívoco, que el socialismo no es un
régimen que distribuya con igualdad la miseria ni tampoco la riqueza, sino que
es y será el de la producción planificada para que se produzca una mejor
satisfacción de las necesidades del ser humano mientras se penetra y se avanza
en la fase propiamente comunista. Por eso no se afinca en promesas incumplibles
como la tal igualdad o egalité entre
todos los integrantes de la sociedad como principio rector de su cultura y de
su arte.
Actualmente,
por eso escribo sobre el tema, muchos medios de comunicación han hecho del
concepto de Winston Churchill una bandera de lucha contra el proceso
bolivariano satirizando el socialismo.