Escuchando
un noticiero no me sorprendió la “envidiable”
capacidad científica y objetiva de un analista internacional venezolano quien,
refiriéndose al rescate de los rehenes en Colombia afirmó –con profunda
sabiduría analítica- que “Cano es
distinto al campesino Marulanda”. ¡Tremendo juicio de un dialéctico
maltratándolo con un silogismo vulgar del avestruz! El analista recurrió a un
solo argumento: Cano es un intelectual y
Marulanda un campesino. De esa manera desprecia y le reduce a cero la
capacidad de una persona que no tuvo o no tiene oportunidad de acceso a una
universidad para armarse de conocimientos. Pero, al decir verdad, se equivoca
de banda a banda ese analista en su concepto sobre intelectual. Hace justamente
un siglo se le dio cristiana sepultura a esa idea que consideraba que el
obrero, por ocuparse de la producción de los bienes materiales, no estaba en
capacidad de adquirir conciencia de clase
para sí si no le era aportada desde fuera por los intelectuales.
¿Qué es un intelectual? La definición
más elemental pero incompleta es una persona que se dedica a labores en las que
tiene primacía la inteligencia. Ahora, sería un absurdo creer que una persona
que no sea intelectual –incluso que no sepa leer ni escribir- por ello carezca
de inteligencia. Si eso no fuese un absurdo, los explotados y oprimidos serían
incapaces de crearse conciencia para sí. Y, además, una persona puede dedicarse
una parte de su tiempo al trabajo material (por ejemplo: labrar y sembrar la
tierra) y otra, a actividades intelectuales (leer y escribir o educar a otros).
Existen ejemplos de campesinos que lo han hecho o lo hacen, por nombrar nada
más –en esta oportunidad- miembros de la clase o estamento al que pertenecía el
camarada Marulanda. Esa manera de lisonjear a Cano y de desmeritar a Marulanda
lleva un fin concreto: crear confusión, desmoralización y contradicciones en el seno de las FARC para que más
fácil sea el desarme y la desmovilización. Lo que no sabe el analista y todos
los que piensen y actúen como él –en condición de grandes intelectuales
inequívocos- es que las FARC no caerán en su trampa o maniobra chabacana.
Espartaco –un escalafón de clase menor que Marulanda- fue un esclavo que tuvo una
concepción de vida y conocimiento de la realidad mucho más avanzada que varios
de los ideólogos del Imperio Romano sin dejar por fuera al muy culto Cicerón.
Más de un general del imperio hubiese querido gozar de los conocimientos y
habilidades de Espartaco para realizar sus combates.
No se puede
negar la capacidad intelectual del camarada Alfonso Cano. Eso no se somete a la
duda, pero es una irresponsabilidad y una conclusión de un análisis chimbo,
totalmente subjetivo y carente de veracidad el negar, por otra parte, la
capacidad intelectual del camarada Marulanda. Que fueron adquiridas ambas –buena
parte de ellas- por metodologías distintas, no se discute ni es el punto
neurálgico de la cuestión. Conocí a Alfonso Cano y lo entrevisté para un
periódico y un libro hace 18 años. En ese momento entendí que poseía un alto
conocimiento de la política y que estaba bien formado desde el punto de la
teoría revolucionaria y de la sociología. No conocí al camarada Marulanda, pero
sí he leído muchos de los documentos de su puño y letra como unas cuantas
biografías sobre su vida, su obra y su pensamiento. Y juro, por Dios y todos
los santos y las santas y hasta por los brujos, que el nivel intelectual de
Marulanda no tuvo que envidiarle –por ninguna razón- a nadie conocimientos de
la política, de la sociología y, mucho menos, del arte militar, donde –lo
quieran o no los analistas políticos que sirven de voceros de la comunicación y
la propaganda burguesas- demostró ser un verdadero genio de la victoria
guerrillera. Eso era, en parte, ese campesino conocido como Marulanda.
El capitalismo
agrava como nunca antes la contradicción entre la ciudad y el campo con la
misma intensidad que entre el trabajo manual y el intelectual. En medio se
forma una barrera que permite generalmente, incluso a muchos historiadores o
biógrafos, mirar hacia atrás y no hacia delante o, cuando más, facilita una
percepción de lo que acontece más allá de las narices de quienes describen
hechos protegidos por las murallas que separan mundos, visiones y hechos donde en
el ardor de los combates –no pocas veces pasa desapercibido a los narradores de
acontecimientos- se forma conciencia o nivel de intelectualidad en sus
protagonistas. El mismo Marulanda, ya en sus primeros avatares de insurgente,
describe a ese enemigo, el peor de todos, que entre la ciudad y el campo,
muchísimas veces, no deja captar lo que en la cabeza, por ejemplo, de un
campesino se va formando como ideología o concepción científica de la vida por
la vía del empirismo o de la práctica. Marulanda habla sobre el aislamiento de una lucha como un
enemigo que es peor que aguantar hambre durante siete días continuados. Llega a
la siguiente conclusión: entre los de la ciudad y los que viven en el monte
existe de por medio, como muralla, lo que es más que una inmensa estepa verde, la montaña. Por ello, las voces de los
de la ciudad y las de los enmontados no se escuchan, pocas veces se hablan y
eso, lamentablemente, hace que unos no conozcan o no sepan las realidades de
los otros. Sin embargo, hoy no tendría ninguna justificación que un
historiador, un biógrafo, un analista o
un intelectual desconozcan las realidades del campo, los conocimientos de
algunos destacados campesinos, el nivel intelectual de algunas personas del
campo, porque la tecnología de la comunicación nos muestra los hechos –incluso-
en la vivencia propia de los mismos para provecho del tiempo, del estudio y de
la narración sin tantas falsificaciones como ha sido, por lo menos hasta hace
unos pocos años, la historia escrita o hablada que se remite exclusivamente a
las cuestiones del pasado guiándose por los beneficios personales. Podríamos
preguntarle a un intelectual o analista político internacional o nacional: ¿Qué
está aconteciendo en la cabeza de un campesino cuando inventa una trocha
equivocada para equivocar a la muerte? ¿Acaso no es un ser pensante superior en
nivel intelectual que aquel que se monta en un avión, se persigna y en nombre
de Dios, lanza las bombas que van derecho a producir muertes de inocentes para
crear terror en una población o región que se quiere esclavizar?
También
pareciera desconocer el analista que basó la distinción entre Cano –por ser
intelectual- y Marulanda –por haber sido campesino-, que el primero estuvo más de dos décadas consciente y plenamente de
acuerdo en que el segundo poseía muchos más méritos para ser mando superior de
las FARC que todos los intelectuales de la organización. En verdad, negar la
capacidad intelectual de Marulanda es desconocer la historia de las FARC. Cano
era un niño cuando ya Marulanda, sin haber aprobado la primaria, se había leído
y asimilado unos cuantos libros y documentos importantes de la historia, de la
sociología y de la política. ¿O es que acaso el verdadero pensamiento de Cano
lo adquirió en una universidad o en los avatares de la lucha guerrillera bajo
el mando del camarada Marulanda? Pregúntenselo a Cano.
Lo cierto es
que basar la esencia de un conflicto armado y político y medir la posibilidad
de una salida política concertada mediante un diálogo en las diferencias entre
un comandante y otro, es como querer arrancar de raíz un árbol cortándole una
rama que se cree es la que aferra las raíces a la profundidad del subsuelo.