El
Manifiesto Comunista, dijeron
sus propios autores, fue un fantasma recorriendo Europa. Como todo fantasma
tiene sus etapas de recorrido, no escapa a los inevitables tropiezos de flujo y
reflujo; pasos hacia adelante y pasos hacia atrás, algunos para replegarse y
retirarse para siempre del escenario de la lucha y otros, para tomar impulso y
continuar viaje hacia el destino estratégico de su sueño. Se llamó comunista,
porque el socialismo en 1847 representaba un movimiento burgués y el comunismo,
un movimiento obrero incipiente pero proletario.
El
Diablo es un fenómeno, “creado” por Dios y éste por el miedo de los hombres a
los fenómenos más estruendosos de la naturaleza, que lleva siglos dándole
guerra al reino del Señor; y al primero, lo combaten con el símbolo de la cruz
que sirvió para colocar el cuerpo de Cristo y hacerlo desangrar casi desnudo
hasta que fuese silenciado el último latido de su corazón a la intemperie, al
lado de dos “ladrones” que también
sufrieron el mismo suplicio sin que nadie se percatara de ellos. De allí, por
efecto de concentración de miradas, el único que resucitaría sería Jesús. Con
el Manifiesto Comunista ha
sucedido algo semejante sin que Marx y Engels se hubiesen ganado el favor de
Dios de resucitarlos.
El
Manifiesto Comunista no sólo
recorrió Europa, como un duende produciendo dolores de cabeza a la burguesía y
alimentando el espíritu de rebeldía de los obreros, durante un tiempo del siglo
XIX, sino también se vio obligado hacer su repliegue necesario cuando el
capitalismo superó temporalmente sus crisis sobre la base de las derrotas
sangrientas que produjo al proletariado, sectores campesinos y hasta pequeños
burgueses europeos. La burguesía no se armó con la cruz del Imperio Romano para combatir el fenómeno del Manifiesto
Comunista, sino de mariscales de campo, generales de
batalla, material bélico y ejércitos que quitan la vida del fenómeno en vez de
espantarlo como táctica religiosa en su lucha contra el Diablo.
El
Manifiesto Comunista fue,
ciertamente, un fantasma contra la sociedad moderna, la del capitalismo de la
libre competencia que muy pronto, aprovechándose del sacrificio y del clamor de
justicia de pueblos o clases que hicieron posible con sus luchas la revolución
burguesa, mostró su apetito voraz de más riqueza y privilegio sobre el sudor, la sangre, la miseria y el
sufrimiento de los explotados y oprimidos sociales. La etapa imperialista, más
atroz y salvaje que la primera, no se conocía en el tiempo del nacimiento del
fenómeno Manifiesto Comunista.
Es
a final del siglo XIX y comienzo del XX, ya Marx tenía sus años sembrado en el
cementerio Highgate, que comienza (especialmente luego de la guerra
hispano-americano (1898) y de la anglobóer (1899-1902) a ser utilizado el
concepto imperialismo. Es en 1902 cuando hace su aparición pública, en Londres
y New York como debió ser, el primer texto digno de tomar en cuenta sobre el
imperialismo y que fue escrito por J. A. Hobson, economista inglés y quien
precisamente no era marxista, sino más bien, como lo catalogó Lenin,
sustentador del punto de vista del social-reformismo y el pacifismo burgueses.
El
Manifiesto Comunista fue el
resultado de una época en que la Asociación Obrera
Internacional (Liga de los comunistas), nacida en 1847 gracias a Marx y Engels,
encargó a éstos de redactar un programa de principios del partido y que fuera,
al mismo tiempo y como debe ser, teórico y práctico. Fue publicado, por vez
primera, en Londres antes de producirse la revolución de febrero el mismo año,
llamado éste el “loco” y
coincidió específicamente con la jornada del 18 de marzo y con las revoluciones
de Milán y Berlín. Posteriormente, se hicieron ediciones en diversos idiomas,
convirtiéndose en un fenómeno de lectura y estudio obligatorio para
proletarios, pequeño burgueses “ilustrados”, unos cuantos campesinos ansiosos
de conocimiento y solidaridad obrera, y, también, para no pocos burgueses que
temblaban de miedo tan pronto lo ponían en sus manos frente a sus ojos. De tal
manera, que el Manifiesto Comunista
fue y sigue siendo el primer y gran documento programático del comunismo
científico, donde se “...expone,
con claridad y una brillantez genial, la nueva concepción del mundo, el
materialismo consecuente aplicado también al campo de la vida social, la
dialéctica como la más completa y profunda doctrina del desarrollo, la teoría
de la lucha de clases y del papel revolucionario histórico mundial del
proletariado como creador de una
sociedad nueva, comunista” (Lenin).
Sin
duda alguna, a los ojos y la conciencia de la burguesía y de todos los lacayos
de clases más “bajas” que ella, el Manifiesto Comunista
tenía que parecer, como las tropelías del Diablo ante las Sagradas Escrituras
de Dios, un fenómeno extraño y malévolo recorriendo los medios de su reino
Europa. Incluso, en 1848, sin haber cumplido ni siquiera un año de haber salido
a la palestra pública el Manifiesto Comunista, en una nación tan atrasada como
Venezuela, los términos socialismo y comunismo empezaron a retumbar, como fuego
fatídico, en los oídos de la oligarquía en su oposición al gobierno del general
José Tadeo Monagas. Hubo de ser Antonio Leocadio Guzmán quien dijera: “... comunismo
y socialismo en que jamás pensó un venezolano, y que ni aun saben los
venezolanos qué significan”.
Cuando en la lucha de clases, alguna
le disputa el poder político a otra, sobre todo por medio de una revolución
violenta, a la burguesía o a la que detente la supremacía de mando para su
exclusivo beneficio y en perjuicio de los explotados y oprimidos, y sufre una
derrota, se impone un período de reflujo y de repliegue político no sólo para
la masa de hombres y mujeres que la integran (como clase y su partido
político), sino también corren los mismos riesgos los textos
científicos, sociológicos, políticos, históricos, filosóficos o ideológicos en
general, tal como le aconteció al Manifiesto
Comunista, que justifiquen teóricamente la
revolución que ha sido momentáneamente derrotada. Las leyes de excepción contra
los socialistas no sólo fueron aplicadas
en Europa, sino también más allá de sus fronteras, en otros continentes y eso
implicaba, entre otras medidas de represión y de “moralidad” burguesas, la
ilegalidad con su derecho a condena jurídica de toda publicación y circulación,
lectura y estudio, de todo material contentivo de las ideas revolucionarias del socialismo o comunismo.
La crítica teórica cierta dispara
sus ráfagas al pecho de quienes hacen del hombre una mercancía para expoliarla
y arrancarle el fruto de su fuerza de trabajo. A eso se debe, entre otras
cosas, que el Manifiesto Comunista,
también como militante activo de las filas proletarias y comunistas, tuviera
que vivir tiempos de clandestinidad y fugitivo para no arder en los crematorios
públicos burgueses, donde éstos no hubieran podido evitar tampoco que sus
páginas hicieran un tricolor (amarillo, azul y rojo) significando la riqueza,
la esperanza y la sangre de la lucha heroica del proletariado por una sociedad
nueva, comunista. Su contenido ya estaba impregnado de calor obrero en la
conciencia de éste. La literatura siempre y en todos los tiempos de la lucha de
clases, será un arma poderosa de combate tan pronto prende en la conciencia de
los pueblos. “Sin teoría
revolucionaria no existe movimiento revolucionario”, lo dijo
Lenin y no se equivocó.
Las
ideas de Cristo, como las de cualquier otro “profeta” que quiere redimir su
pueblo de la explotación y opresión, según los creyentes y cuidadosos
estudiosos de sus postulados revolucionarios, fueron reprimidas con violencia
atroz por la intelectualidad y las fuerzas del orden del Imperio Romano, porque
contenían esbozadas las reivindicaciones, objetivos y tendencias de los
explotados y oprimidos por su liberación. Que los apóstoles, como luego los
revisionistas con el marxismo, hayan tergiversado y situado las ideas de Jesús
al servicio de clases y regímenes de despotismo social, no es culpa del
“profeta” sino de sus discípulos que fueron asimilados, como cualquier
aristócrata obrero, para que hicieran bien su papel de predicadores del Imperio
dentro de la inmensa masa del proletariado indigente. Constantino, para
contribuir a la manutención del Imperio Romano y reducir a la mínima expresión
del potencial progresivo y revolucionario del fenómeno cristianismo, lo declaró
religión oficial del Estado. Los obispos lo premiaron llamándole “El
Grande” y se extasiaron de conformismo en los banquetes del Emperador,
olvidándose de las necesidades apremiantes de la masa explotada y oprimida de
manera salvaje durante siglos por el Imperio Romano. Lo mismo sucedió con las
ideas de la
Ilustración, especialmente con las de Rousseau,
en tiempo de la lucha por la
Independencia de las colonias latinoamericanas de
España. ¿Qué se decía de Rousseau y sus obras? en un edicto aparecido el 16 de
diciembre de 1803 en “La
Gaceta de México” 45 años antes de aparecer el
Manifiesto Comunista: “Asimismo
renovamos la prohibición, aun para los que tienen licencia de leer libros
prohibidos, de otro titulado el Contrato Social o principios del Derecho
político, traducido al castellano, e impreso en Londres año de 1799. Esta obra
es de Juan Jacobo Rousseau, prohibida en Roma por Decreto de 16 de junio de
1766, y comprendida en la prohibición general que la inquisición de España
publicó el año de 1764 de todas las obras de este filósofo, deísta y
revolucionario, y la traducción lo está en la Regla
13 del expurgatorio; pero merece especial anatema, porque no solamente renueva
el sistema pernicioso antisocial e irreligioso de Rousseau, sino porque este
traductor anima a los fieles vasallos de S. M., a sublevarse y sacudir la suave
dominación de nuestros reyes, imputándola el odioso nombre de despotismo, y
excitándoles a romper, como él dice, las trabas y los grillos del Sacerdocio y
de la
Inquisición...”
Preguntémonos: ¿Qué podría esperarse, como comportamiento de odio práctico y
teórico, de la burguesía frente a un texto como el Manifiesto
Comunista, que plantea la eliminación de toda forma
de explotación y opresión sociales, llámese como se llame?
Repuesto
de golpes y persecuciones, en medio de la represión incluso, el Manifiesto
Comunista volvió a ser un fenómeno no ya recorriendo
Europa, sino una gran parte del mundo. La revolución de Octubre el 1917, luego
de la sangrienta experiencia de 1871 en Francia con la Comuna
de París, fue la más grandiosa y hermosa risa del Manifiesto
Comunista contra sus detractores. Como no lo habían
pensado sus autores, en el inicio de su nacimiento, aquél haciéndose su camino
entró a los escenarios dominados por el zarismo llevando su contenido de
rebeldía revolucionaria a la conciencia de proletarios, núcleos de campesinos y
a una intelectualidad que se puso al completo servicio de la causa comunista.
Décadas después, con el triunfo de la Revolución Cubana
en 1959, el Manifiesto Comunista
se abrió paso con violencia revolucionaria en casi toda América Latina y el
Caribe dejando, a pesar de las derrotas, huellas irrebatibles de su vigencia
iniciada en 1848 contra la sociedad moderna capitalista en la vieja Europa de
castillos medievales, industrias exitosas, mariscales asesinos de obreros,
recuerdos imperiales y colonizadora de pueblos enteros. Sin embargo, aun en
medio de las derrotas de los movimientos revolucionarios proletarios por el
socialismo, el mito de que lo más necesario es lo superfluo, encontró su
sepultura para dormir tranquilo en la paz del Señor.
El mundo, durante casi todo el siglo
XX, dividido en dos grandes campos (capitalismo imperialista occidental y campo
“socialista” oriental), se disputaron no sólo el derecho al poder político
mundial y las razones económicas de la vida, sino también el deber de
supremacía de unas ideas sobre otras.
Allí estaba el Manifiesto Comunista,
arma en mano y en cada barricada o frente de lucha, cumpliendo con su papel y
su obra revolucionarios. Lamentablemente sus hijos, sus nietos y sus biznietos,
aquel texto fiel al pensamiento marxista verdaderamente revolucionario, no sólo
era sometido a los rigores y tropelías de la persecución del imperialismo
capitalista, sino igualmente del termidor burocrático soviético. De la misma
manera, por lo menos, casi toda la literatura marxista o comunista sufrió de la
tergiversación mal intencionada tratando de arrancarle o despojarle de su
verdadero contenido para imprimirle el sello degradante de la antihistórica
literatura de la cruel y fallida teoría del “socialismo
en un solo país”. Nuevamente, con la derrota de los
movimientos revolucionarios epígonos del termidor soviético que seguían las “sagradas
escrituras” del revisionismo, el Manifiesto
Comunista y varios de los textos fieles al
pensamiento marxista, tuvieron que sufrir la represión y persecución de leyes
que no necesitaron ser legisladas en congresos para ser aplicadas con rigor y
odio capitalistas contra los comunistas. Había, siguiendo también la doctrina
del imperialismo estadounidense, que execrar toda la literatura revolucionaria
marxista de toda la faz de la tierra. No pocas veces el Manifiesto
Comunista, negada para siempre su entrada al reino
de los cielos y prohibida jurídicamente en el limbo, ha tenido que andar
batiéndose a tiro limpio para salvarse de los cercos tendidos en el purgatorio
y en el infierno, donde Dante, sin notificárselo al Diablo, sintió simpatía por
su contenido como también por Marx y Engels.
La historia no es jamás una sola
época o un solo estadio ni mucho menos un proceso estático que niegue la
evolución, la interrelación o concatenación de los fenómenos de la naturaleza,
y, menos, los cambios que se producen en la sociedad y en el pensamiento. Los
saltos saben esperar las corrientes en un recodo donde producen su brinco no
dependiendo de la voluntad de los hombres sino de realidades y desarrollos
objetivos que son superiores cualitativamente en el arranque de las corrientes
de aguas históricas y sociales. La historia es una sucesión de hechos y épocas
más que de hombres aislados, donde pueblos casi enteros superan una forma de
vida con otra más nueva y de características diferentes a las pasadas.
El mundo actual, llamado
postmoderno, lo caracteriza el salvaje predominio de la globalización del
capitalismo imperialista. El desarrollo de las fuerzas productivas entró, para
siempre, en profunda contradicción antagónica con las relaciones de producción
y las fronteras capitalistas. Nada que se haga en la luna o en la carrera espacial
podrá servir al capitalismo para salvarse de sus crisis de terapia intensiva y
de su equivocado afán de perpetuarse en el poder económico, político e
ideológico en el mundo Tierra y que él mismo, ha prostituido y anarquizado
hasta la saciedad. El capitalismo del Infierno, lo descubrió la insurrección de
Octubre de 2000 en las actas diplomáticas encontradas y revisadas al derrotar
por toda la eternidad el poder omnipotente del Diablo, resultó ser menos
oprobioso y criminal y despótico que el de la burguesía en la Tierra.
Al mundo postmoderno no le queda
otra alternativa que pasar al reino del comunismo en su primera etapa de
socialismo. Casi todas las condiciones objetivas (desarrollo económico) están
dadas y de manera óptimas en algunas naciones altamente avanzadas. Sólo faltan
complementar las subjetivas (conciencia, organización, y dirección
revolucionarias), para que armonizándose con las objetivas, puedan los pueblos
no sólo asaltar el poder en la
Tierra, sino también en todos los demás reinos del
universo que no han sido emancipados para hacerse humanidad completa y eterna,
enterrando para siempre y boca abajo, bajo tonadas de Francisco el hombre y
otros cantos luminosos de Revolución, todas las utopías de sus enemigos de
clase y del destino histórico. ¡He allí la vigencia del Manifiesto
Comunista que el proletariado mundial algún día hará
realidad, no sólo emancipándose a sí mismo sino, al mismo tiempo, emancipando a
la humanidad entera de toda explotación y opresión de clases y de todas las
supersticiones que halagan y premian la
ignorancia y la desmemoria!
Con el derrumbe de la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la caída del muro de Berlín y cierto
fortalecimiento de las naciones más poderosas del campo capitalista
imperialista, se creyó, y lo anunciaron no sólo los ideológicos burgueses sino
los allegados y gratificados del extinguido campo “socialista” para hacer el
coro de fuentes tergiversadoras del marxismo, que el Manifiesto
Comunista había tenido una muerte suave y silenciosa
en un sillón cuando trataba de descubrir nuevos laberintos para mantenerse en
pie de lucha, y que su entierro no había sido acompañado de una marcha fúnebre
sino con un canto nupcial de burla, porque se pensó que iba directo y sin
escala a un cementerio de Highgate en una zona del este londinense del infierno
inglés capitalista. Las Sagradas Escrituras ya están, en boca de los obispos y
no de la mayoría de los curas, adaptadas a las necesidades y exigencias del
postmodernismo capitalista imperialista salvaje, porque así lo dispuso el
“Dios-dinero” de la burguesía y no el Dios que anda clandestino y viviendo de
puros milagros pregonando redención social. Así, la burguesía y los
revisionistas epígonos del capitalismo, no se percataron que el Manifiesto
Comunista no estaba muerto ni tampoco estaba de
parranda, sino reponiéndose de sus heridas para volver a la palestra mundial
porque, precisamente, con las muertes de Marx y Engels, tenía, sobre el dolor
de la pérdida de sus progenitores, que asirse de juventud rebelde y
revolucionaria por toda la existencia de la lucha de clases como arma teórica
de gran impulso de conciencia y práctica por la revolución proletaria.
El Manifiesto
Comunista ha demostrado tener su propia historia. Su
primera prueba de ser relegado la sufrió a causa de la reacción que continuó a
la derrota del proletariado parisino en Junio de 1848 y en 1852 proscrito “de
derecho” en el juicio condenatorio a once comunistas en Colonia bajo los
argumentos y maquinaciones judiciales extremadamente extrañas del gobierno
prusiano. Desde entonces su lucha de sobrevivencia ha pasado todas las pruebas
y etapas de represión y pogromos llevados a cabo por la burguesía en el mundo
entero.
Y
el Gobierno prusiano lo sabe. Por eso los once detenidos han estado incomunicados
durante dieciocho meses que las autoridades han aprovechado para las
maquinaciones judiciales más raras. Imagínense que después de ocho meses de
presidio, los detenidos han estado encarcelados varios meses más para proseguir
las pesquisas ¡«por falta de pruebas de delito alguno contra ellos»! Y cuando,
al fin, les hicieron comparecer ante el jurado, no les pudieron imputar un solo
acto premeditado de carácter traicionero. Así y todo, fueron condenados, y
ahora verán de qué manera.
Hoy, cuando sufrimos los rigores y
estragos de los diablos del capitalismo imperialista globalizado y salvaje, el Manifiesto
Comunista está más vivo que nunca, más vigente que
antes, más combativo que en tiempos pasados, porque el proletariado mundial se
está jugando su última carta en un partido en que su derrota sería como un
suplicio de infierno eterno.
Es cierto que desde el nacimiento
del Manifiesto Comunista en 1848, ha
pasado ya más de siglo y medio y se han producido grandes cambios en el mundo y
de diversos géneros. Cuando Marx y Engels, sobre todo del primero que es el
padre creador del marxismo, no era imaginable la globalización del capitalismo
imperialista al nivel que ha alcanzado en la actualidad, pero sí de grandes
momentos revolucionarios en que se creyó que el triunfo de la revolución
proletaria empezaría por los países más avanzados de la Europa
capitalista y que se abriría, a paso de vencedor, una etapa gloriosa por el
resto del mundo con su carácter permanente haciendo triunfar al socialismo en
toda la faz de la tierra. No fue así. No fue culpa del Manifiesto
Comunista, sino del choque entre fuerzas y
condiciones objetivas y subjetivas (tanto en lo internacional del mundo como en
lo nacional de países), que hicieron posible fracasar los procesos revolucionarios
y dejar que el capitalismo continuara su avance perverso hasta el sol de hoy,
en que ya estamos en el llamado tercer milenio de nuestra era. Si Marx y Engels
hubiesen pensado que un día de su existencia hubieran recorrido parte del
universo en grandes naves espaciales, guiándose por órbitas fuera de la capa
atmosférica y conociendo la luna, nada tendría que cambiarse del Manifiesto
Comunista en sus fundamentales principios tal como
lo escribieron para la realidad y perspectivas históricas aquí en la Tierra
durante la cercanía de la primera mitad del siglo XIX. Cuando salió a la luz
pública el Manifiesto Comunista,
por ejemplo, Rusia (futura madre de la Revolución
de octubre en 1917) era la última “... gran reserva de toda la reacción europea y en que la inmigración
a los Estados Unidos...” (futuro padre del peor salvajismo
del universo) “...absorbía
el exceso de fuerzas del proletariado de Europa”. Sin
embargo, el Manifiesto Comunista,
en el prefacio de Engels a la edición alemana de 1883 lo dice, previó la
revolución rusa del siglo XX.
¿En qué ha perdido vigencia el Manifiesto Comunista?
En nada de sus principios generales, los cuales continúan siendo acertados en
su esencia. Se puede aceptar que algunos de sus elementos constitutivos
requieran de revisión y hasta de
exclusión, pero bastaría pocos retoques “estéticos” para que su rostro siga
siendo muy semejante al de su nacimiento. La literatura, aquella de verdadero
contenido creador y revolucionario, no envejece con el físico de sus autores.
El propio Manifiesto Comunista,
lo dijeron Marx y Engels, señala “...que la aplicación práctica...” de sus “... principios
dependerá siempre y en todas partes de las circunstancias históricas
existentes, y que, por tanto, no se concede importancia excepcional a las
medidas revolucionarias enumeradas al final del capitulo II”.
Precisamente ese pasaje tendría que ser redactado, hoy día, de una forma
diferente en varios de sus aspectos. De manera que el envejecimiento de algunos
órganos del cuerpo del Manifiesto Comunista
nada nos dice para que creamos que todo su cuerpo envejeció y que, por tanto,
es digno que muera por haberse gastado, física y espiritualmente, en el tiempo
que ha sobrevivido a todos los avatares del mundo.
Cierto es también que acontecimientos
posteriores al nacimiento del Manifiesto Comunista,
contribuyeron decisiva y cualitativamente para su enriquecimiento. La Comuna
de París de 1871 demostró, por ejemplo y como lo dicen sus autores, que “… la clase obrera no podía limitarse
simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y
servirse de ella para sus propios fines”. Tiene
que destruirla y crear una nueva que no es otra que la dictadura del
proletariado. El desarrollo del “Socialismo Soviético en un solo país”
y de una parte de la
Europa Oriental, sirvió para enseñar que una
revolución proletaria no debe crear una máquina de Estado de burocratismo
termidoreano ni debe sustituir los órganos de la dictadura proletaria por los
organismos del partido político, ni hacer de éste el instrumento superior y
omnipresente por encima de las obligaciones de las masas del pueblo que tienen
la misión de administrar la revolución para la creación de la nueva sociedad
sin clases, sin explotadores y sin opresores.
En cuanto a la crítica de la
literatura socialista contenida en el Manifiesto
Comunista, habría que hacer nuevas y hasta profundas
observaciones, porque los partidos allí señalados hace décadas construyeron su
propia sepultura y no hubo necesidad de enterrarlos, sino que irremediablemente
asistieron a su propia caída en la fosa común de las antigüedades que no
resucitan jamás. La vigencia del Manifiesto Comunista
que se propuso proclamar la desaparición próxima e inevitable de la moderna
propiedad burguesa, hay que encontrarla y valorarla en el todo más que en las
particularidades que se consideran ya pedazos sueltos de la cadena de su
contenido.
¿Cuál es la idea principal del
Manifiesto Comunista? La siguiente: “… que la producción económica y la estructura social que de ella
se deriva necesariamente en cada época histórica constituyen la base sobre la
cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que por tanto,
toda la Historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común
de la tierra) ha sido una Historia de la lucha de clases, de lucha entre clases
explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del
desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la
clase explotada y oprimida (el
proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime
(la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre,
a la
sociedad entera de la explotación, la opresión y la lucha de clases”,
como lo dijo Engels al morir Carlos Marx. Esa es una idea genial y cuyo
contenido de pura verdad verdadera pertenece por completo a Carlos Marx.
Cierto es que un programa
revolucionario contra la globalización del capitalismo imperialista salvaje, no
debe cerrar sus puertas y sus filas a tantas tendencias y corrientes del
pensamiento social ni a tantas organizaciones como lo hizo el Manifiesto
Comunista contra las tradeuniones inglesas, las
proudhonianos franceses, belgas, italianos, españoles y lasalleanos alemanes.
La globalización capitalista imperialista salvaje reparte la ganancia o
plusvalía de la producción, fruto del plustrabajo no cancelado a la clase
obrera, en una división entre los más grandes, poderosos y poquísimos
monopolios que dominan la economía; pero el mercado mundial es, mucho más que
en la fase de libre competencia, forjadora de mayor riqueza para los pocos y
mayor miseria y sufrimiento para los muchos. Estamos en un tiempo en que la
exclusión sólo se justifica contra comportamientos e ideologías incompatibles
con la creación de un nuevo mundo posible.
El Manifiesto
Comunista sirvió de instrumento teórico para unir
millones de proletarios en Europa y el resto del mundo; estrechó lazos de
camaradería que han continuado de generación en generación alimentando la
esperanza de un mundo nuevo para una nueva vida humana. Incluso, el Manifiesto
Comunista se transformó en un índice de desarrollo
de la gran industria en Europa, que a medida que se desarrollaba en una nación,
crecía en el seno del proletariado el afán por conocer su situación como clase
frente a la clase que le explotaba y oprimía. De tal manera que el Manifiesto
Comunista se convirtió en el termómetro para medir
cuándo un país entraba de lleno o no en el desarrollo industrial.
La vigencia actual del Manifiesto
Comunista lo demuestra no sólo porque el Papa haya
reconocido que Dios no hizo al hombre, sino que ya no le es conveniente darse
abrazos y besos públicos con reyes y zares de la globalización capitalista
imperialista salvaje, sin que curas y feligreses peguen el grito al cielo denunciando
esa acción como un pecado en la
Tierra en perjuicio de la humanidad y de Dios.
El Manifiesto
Comunista hizo posible y lo continúa haciendo, que
el comunismo exponga legal o ilegalmente, por vía pacifica o violenta, de
rostro directo al público o con pasamontañas clandestino, sus conceptos, sus
fines y sus tendencias. El fenómeno del Manifiesto
Comunista sigue recorriendo el mundo.
“Los obreros no tienen patria”.
“No se les
puede arrebatar lo que no poseen”. Por eso el Manifiesto
Comunista siempre será un fenómeno recorriendo el
mundo sin rendirse ni dejarse atemorizar por los conceptos sagrados de
fronteras, ni por dogmas acabados por la ética de la superstición. El Manifiesto
Comunista no es agua bendita con que el clérigo
limpia de pecados a los explotadores y opresores que dejan buenas propinas en
las arcas del templo; no es una aristocracia escribiendo y emitiendo juicios en
líbelas contra lo que de valía para el futuro tienen el pasado y el presente;
no es un ingenio de salón vomitando filosofía y aplausos a los traslados
teóricos que dejan atrás la práctica material de la vida como experiencia para
el desarrollo económico-social; no es un fraile superponiendo en manuscritos de
obras clásicas paganas las ocurrencias escritas de la vida de los santos
católicos; no es un filántropo o “humanitario” que desea salvarle la vida a un
moribundo para que después le sirva, con fidelidad y estoicismo, como esclavo;
no es un utopismo que en vez de la acción social ve el bien común en el ingenio
propio y en lugar de las condiciones históricas sitúa las maravillas de la
fantasía; no es un barniz socialista para abrigar el ascetismo cristiano; no es
un grito para redimirse exclusivamente denunciando hipócritas apologías de
adversarios; no es la asimilación de una lengua extranjera por traducción para
perderse extasiado en algunos acentos o pronunciaciones que la hacen más
atractiva y galante que la propia; no es deslizar un absurdo filosófico bajo un
original extraño, para disfrutar de la enajenación humana sobre la penuria de
los otros. El Manifiesto Comunista
es la claridad de objetivos e intereses de la clase obrera y la defensa del
porvenir de la revolución proletaria. ¡He allí su
gran vigencia histórica permanente mientras el mundo se desenvuelva en todo
contexto de lucha de clases!
El Manifiesto
Comunista es, sin embargo, un documento histórico
que nadie tiene derecho a modificar. ¡Así es la historia y no de otra manera en
la literatura! El Manifiesto Comunista subvirtió todo el orden de la literatura
revolucionaria de su tiempo y del que le siguió a su nacimiento y desarrollo.
Sus principios teóricos conforman hoy el más grande y sólido vínculo de
camaradería entre enormes cantidades de proletarios del mundo entero. ¿Quiénes
son capaces, con argumentos irrebatibles, desconocer la vigencia de un
documento histórico de tamaña dimensión e importancia como el célebre e
invencible Manifiesto Comunista?
El Manifiesto
Comunista no fue ni será jamás producto de unos
concordats ‘a l’ amiable (convenios amistosos), sino una lex de voluntas (ley
de voluntad) suprema del proletariado mundial. Esta es nuestra opinión a más de
siglo y medio del nacimiento del Manifiesto Comunista,
sans phrase (sin circunloquios).
El Manifiesto
Comunista está en la fábrica y no le teme a la
calle, está en el campo y no le teme al tractor, está en el aula de la escuela
y no le teme a la biblioteca, está en la selva y no le teme al depredador. Anda
construyendo su camino haciendo práctica, formando conciencia revolucionaria,
se bate en los campos de batalla como trinchera de ideas venciendo trincheras
de fuego, mientras que los reyes, los presidentes, los mandatarios de las
naciones más poderosas del mundo discuten los intereses de sus dinastías o
imperios en la ciudad más reaccionaria del mundo, La Haya.
¡Viva! El Manifiesto Comunista y ¡abajo!
todas las ideologías o filosofías que sirven de cimiento teórico al capitalismo
para explotar y oprimir al mundo.