Mientras
más se piense con paciencia en búsqueda de argumentos y más se invierta tiempo
en la reflexión, le resulta mejor a una persona realizar su crítica
constructiva contra una idea que considera no está ajustada a la verdad o,
simplemente, no está bien entendida por otro o por otra persona que la ataca.
De allí que esta opinión, en relación a un criterio emitido por la periodista
Marianala Salazar sobre el Che, tenga el retardo que obliga a meditarla antes
de escribirla y publicarla.
Creo,
ciertamente, que la dama Marianela Salazar no limita su actividad
exclusivamente al periodismo, sino también a la investigación y la opinión
política. Es, en todo el sentido de la palabra, una activista política que
abraza un ideal socialcristiano y, por consiguiente, es enemiga de todo
pensamiento marxista. Eso no es criticable sino más bien respetable. Por eso,
cuando algo escribe, creo, escudriña en la documentación que le sirva de guía
para expresar sus criterios. Sin embargo, y esto no va dirigido contra ella
porque puede sucederle incluso al más sabio y culto de todos los seres humanos,
no pocas veces se hace un análisis correcto de una situación y se saca de ella
una conclusión incorrecta o viceversa. Pero, con el respeto que se merece
Marianala Salazar como mujer y por su derecho de opinar o de pensar en
correspondencia con su visión política e ideológica, creo, que ni su análisis
es correcto ni su conclusión es correcta.
Como
el Che Guevara se ha convertido, merecidamente, en una figura de importante
simbolismo y ejemplo de todo proceso revolucionario, no han sido pocos los
críticos, los ideólogos, los políticos e incluso los periodistas que han
enfilado sus baterías para hacer disparos buscando la mortalidad del condenado,
por sus opiniones, a muerte. En este caso, el Che.
Marianela
sostiene que el Che consideraba la violencia y el odio como instrumentos
indispensables de lucha. Para fundamentar su afirmación recurre al mensaje que
envió, hace unas décadas atrás -específicamente la de los años sesenta- a los
Pueblos del Mundo a través de la Tricontinental, donde sostuvo: “El odio
intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales
del ser humano y que lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría
máquina de matar”. A lo dicho por el Che, la periodista Marianela Salazar
opone un argumento considerando que eso se trata de “Toda una pedagogía de
la violencia que durante cuarenta años ha servido de inspiración y modelo a
personajes que han resultado verdaderamente siniestros y que será enseñanza
obligatoria para nuestros niños y jóvenes en las escuelas y universidades...”
No olvidemos, para analizar la concepción del odio, que el Che también
popularizó esa famosa idea de que el
revolucionario, a riesgo de parecer ridículo, está guiado por grandes
sentimientos de amor.
Si
hacemos uso simplemente del sentido común para apreciar el contenido de lo
dicho por el Che, no cabe duda que la periodista Marianela Salazar no hizo un
buen entendimiento de la esencia de esa idea. No es posible imaginarse siquiera
que el Che profesara una idea de que el revolucionario, valiéndose del “odio
intransigente al enemigo”, se convirtiera en una “selectiva y fría
máquina de matar”. El lector menos concentrado y despistado de las páginas
escritas puede darse cuenta que el odio que invocaba el Che era precisamente
contra ese gran enemigo de la humanidad (más concretamente: el imperialismo); y
éste, sí -en todo el sentido de su contenido perverso- es una verdadera máquina
de matar, de mercenarios que masacran a mansalva, de asesinos a sueldo,
incluso, produciendo más daño a los inocentes que a los frentes activos en los
conflictos armados de resistencia que crean contra sus invasiones a otras
naciones. Pero la periodista Marianela Salazar no sólo, creo, no entendió
acertadamente el sentido dialéctico de la concepción del odio que profesaba el
Che contra los verdugos y cínicos de la justicia y la libertad, sino que sacó
una conclusión terrible, fuera de foco como dijera un analista cuando
preguntándose sobre las propiedades del mango alguien salió opinando sobre las
de la sal, diciendo que el Che, con lo que antes dijo, dejó “… para la
posteridad expresiones propias de un criminal”. Si el Che fue un criminal, no habría
posibilidad alguna de encontrar un término en los códigos escritos hasta ahora
sobre el Derecho Penal para calificar a Simón Bolívar -y no pongamos otros
ejemplos-, que prometió la muerte a todos los españoles y canarios que
combatieran la causa de la Independencia y, lo que es más, ordenó pasar, sin
fórmula de juicio, por las armas a un numeroso grupo de presos que defendían la
causa de la Metrópolis. ¿Podría, la periodista Marianela Salazar o cualquier
persona de alguna naturaleza ideológica o política, convencer a la opinión
pública que nuestro Libertador Simón Bolívar no profesaba un odio de pueblo
colonizado contra el colonizador? ¿Qué es acaso el Juramento del Monte Sacro: una verdadera prueba de amor teológico al hombre
en abstracto o una prueba de odio contra el hombre concreto que colonizaba a la
América?
Sépase,
aunque no estemos de acuerdo con ello por la simple condición de tener un
corazón humano y la facultad del raciocinio, que el odio, junto al mal, son
fuerzas propulsoras, por un lado, de progreso social, de avance en el
desarrollo de la historia, del nuevo porvenir, y, por el otro, de
conservadurismo de lo viejo, de lo santificado, pero que ya caduco no
representa ninguna alternativa de superación para el género humano. No lo
dijeron, primero, los marxistas, lo dijo, nada más y nada menos, que Federico
Hegel, el más eminente de los filósofos idealistas, cuya doctrina sirvió de
fundamento ideológico para el triunfo de movimientos burgueses, para el avance
de las ciencias, y tiene en su haber de méritos, el ser padre de la dialéctica,
ciencia sin la cual, hasta ahora, el pensamiento moderno no haría más que caer
en desvaríos, darse de cabezasos contra las realidades y nadar en imprecaciones
negando la lógica de la evolución de la historia como de la naturaleza. No
olvidemos que él dijo que era mucho más grande afirmar que el hombre es malo
por naturaleza que por bueno. Y Engels, materialista dialéctico contrario al
idealismo hegeliano, refutando a los que se burlaron de lo dicho por Hegel, les
dijo: “... todo nuevo progreso representa necesariamente un ultraje contra
algo santificado, una rebelión contra las viejas condiciones, agonizantes, pero
consagradas por las costumbres; y, por otra parte, desde la aparición de los
antagonismos de clase, son precisamente las malas pasiones de los hombres, la
codicia y la ambición de mando, las que sirven de palanca del progreso
histórico, de lo que, por ejemplo, es una sola prueba continuada la historia
del feudalismo y de la burguesía...” Y, hasta ahora y búsquese un solo
ejemplo para contradecirlo, la lógica de la evolución se produce por choques de
antagonismos, de hechos violentos, de procesos que se repelan entre sí y
preparan el salto cualitativo, que es una revolución; es decir, una “brutalidad del progreso” en la
historia, porque produce muertes y dolor, pero luego de llorados y enterrados
los difuntos, lo dice Víctor Hugo y no el Che, se reconoce que el género
humano ha sido maltratado, pero ha marchado. ¿Qué sería el mundo actual si
la revolución burguesa de 1789 no hubiese maltratado con sus brutalidades, con
su violencia como partera de la nueva sociedad, al género francés que vivía
bajo el dominio del feudalismo? ¿Que sería de Venezuela si la guerra de
Independencia contra España no hubiera maltratado con sus brutalidades y su
violencia la sociedad venezolana que vivía colonizada? Y que nadie nos venga
con el cuento increible de elevar el pacifismo de Ghandi como la única vía
posible humana y democrática de conquistar la independencia de la India o de
cualquier otro país, porque si alguna nación sufrió la atroz violencia de sus
depredadores fue, precisamente, la patria del hombre que se alimentaba con
leche de cabra en sus largas huelgas de hambre invocando el pacifismo como la
única arma de liberación de los pueblos. Y un poco más de la verdad verdadera:
la oposición “moral” de Ghandi, prometiéndole no crearle dificultades de orden
público a Gran Bretaña, reflejaba el temor y el odio de la burguesía india a
las masas populares indias, que sí tenían sobradas razones para creer que el
imperialismo británico -tan atroz como el estadoundense o el alemán de Hitler o
el italiano de Mussolini- las conducía hacia una tragedia. Sépase que Ghandi,
sin desmeritarlo en nada de sus valores personales o políticos, siempre
requirió de las arrogantes amenazas de violencia del imperialismo inglés contra
el pueblo indio para poder lograr la canalización del movimiento revolucionario
indio hacia el pacifismo y desviarlo del camino de la revolución. ¿O es que
acaso algún estudioso sociológico puede argumentar sin errar que en la India se
haya producido una revolución verdadera con el logro de su independencia de
Gran Bretaña en 1947? Sépase que esa independencia no sólo costó la división de
su territorio en Unión India y Pakistán, sino también medio millón de muertos y
15 millones de desplazados. ¿Hubo o no violencia y odio para el logro de la
independencia de la India?
El
mundo actual puede ser debatido o confrontado teóricamente en las aulas de la
universidad, en los auditorios o teatros de las ciudades, en las casas de los
partidos, en las mesas de redacción de los medios de comunicación, en cuevas de
las selvas, en canchas deportivas, en un corral donde se aposenta el ganado, en
el solar de la casa de un vecino o compañero de organización política, en la
fiesta de una feria, en el portón de una fábrica, a la orilla de una quebrada,
en una plaza pública o hasta en un lugar de veraneo, pero el destino del mundo
se decide, queramos o no actualmente, en el reducto que domina el mercado
mundial por la fuerza poderosa de los monopolios de mayores capitales
financieros, en las bolsas de valores donde la aplastante mayoría de la
humanidad ni siquiera es invitada como convidada de piedra y nada conoce de
martillos que hablan por la economía cxapitalista. La economía decide aunque la
política dirige. Y en ese mundo, donde impone la más chiquita minoría el
destino a la más grande mayoría, no puede concebirse sin el odio como fuerza
paralela al amor, y sin el mal como fuerza paralela al bien. ¿Qué es el amor y
el bien para un rico o qué es el odio y el mal para un pobre? o ¿qué es el odio
y el mal para un rico o qué es el amor y el bien para un pobre? Cada quien
responda como le parezca o lo crea conveniente.
No
creo, como supongo que tampoco lo crea la periodista Marianela Salazar, que un
burgués pueda sentir amor sincero y verdadero por el hombre que explota, le
produce la plusvalía o la riqueza y lo mal remunera; como tampoco puede dejar
de sentir odio contra aquel obrero que le paraliza la fábrica, que le exije
elevación de salario y mejores condiciones de trabajo y, si no se limitara a
esas reivindicaciones, más lo odiaría si se rebela para expropiarle lo que el
patrón le ha expropiado (o mejor dicho: robado) a la sociedad, lo que por
naturaleza humana debe pertenecer a toda la humanidad, y lo denomina propiedad
privada. ¿Entonces qué moral puede tener un monopolio que enriquece y
privilegia a unos pocos sobre la miseria y el dolor de muchos, para solicitar a
éstos que no sientan odio contra un régimen que los esclaviza, que los
coloniza, que cada día que pasa más los empobrece y más los llena de
sufrimiento? Es de ese odio y no del individual, que habló y escribió el Che,
pero también Bolívar lo profesó, lo propagó y lo materializó. Ningún pueblo,
hasta ahora, satisface sus necesidades materiales y supera sus deficiencias
espirituales trabajando en una empresa que fabrica moral y alimentándose
de mercancías morales.
La
periodista Marianela Salazar, precisamente invocando su odio personal contra el
Che y sépase que Freud no sentía ninguna estima por ese género de sentimiento
individual, lo llama: “... tiránico, asmático, antihigiénico y fotogénico...”.
Asmático era en verdad, pero eso no lo desmerita absolutamente para
nada, porque sobreponiéndose a esos ataques que casi hacen morir a la persona
de asfixia, luchó en condiciones muy adversas en Cuba y triunfó, y de allí, con
su asma encima acosándolo a cada instante, llevó su internacionalismo
revolucionario a otras latitudes hasta que encontró la muerte en Bolivia, donde
actualmente multitudes de bolivianos y bolivianas y hasta foráneos, le rinden
homenaje por su obra revolucionaria. Antihigiénico era, es cierto, pero
no por concepción de cultura, sino por necesidades físicas como muchísimos
otros lo han sido o lo son. Creo que no existe ningún guerrillero o
guerrillera, incluyendo a los y las de todas las épocas, que no hayan pasado
algunos días sin bañarse, sin hacerse aseo. ¿Quién va a ser tan inocente y tan
pendejo para bañarse en un río o una quebrada en una zona donde está cercado
teniendo al enemigo pisándole los talones? Einstein, de paso, uno de los más
grandes científicos de todos los tiempos, se dice, que le exigía a la mujer con
la que iba a tener relación sexual, que antes del hecho dejara de bañarse un
mes para poder sentir placer. ¡Qué asco!, pero eso en nada desvaloriza
el mérito científico del camarada Einstein que ¡de paso nuevamente! era
partidario del socialismo. Y por si fuera poco, nuestra primera Independencia,
esa que se conquistó derrotando por medio de la violencia revolucionaria a la
violencia reaccionaria española, se la debemos en gran o en elevado porcentaje
a miles de miles de “antihigiénicos” que fueron soldados y no
dispusieron de tiempo todos los días para bañarse e incluso para cepillarse los
dientes o limpiarse los mocos en un tiempo en que no cargaban en sus morrales
el papel higénico. Era la época de limpiarse el orto con hojas o tuzas y en
muchísimas oportunidades no tenían agua a su disposición para lavarse las
manos. ¿Calculemos, por ejemplo, el monto de las pecuecas? Pero, una historia
para marchar, depende del motor, que es la lucha de clases y no de la hediondez
de las pecuecas, las axilas o los malos alientos. La higiene, es cierto, es parte
importante de la cultura, pero ésta necesita de la savia de la economía para
que progrese, se enriquezca y se perfeccione. Sólo cuando la economía esté al
completo servicio de todas las personas sin distingos y no haya necesidad de
ninguna lucha violenta entre los seres humanos por nada, entonces ni siquiera
será posible imaginarse a una sola persona siendo antihigiénica en el mundo
entero. No sé y tampoco me interesa saberlo, si existe algún venezolano que
bañándose todos los santos días dos y tres veces en Maracaibo haga lo mismo,
por ser un culto en concepción de higiene, en Pico de Aguila en el estado
Mérida aun haciendo uso del agua tibia. Tampoco tengo idea si Jesucristo, en
sus largas travesías por el desierto para predicar el derecho de su pueblo a expulsar
de su territorio al imperio romano, se bañaba, se cepillaba los dientes y si se
lavaba las manos luego de hacer sus necesidades fisiológicas. “Tirano”,
no deseo ni discutirlo ni de objetarlo, porque creo, en base a que las ciencias
trabajan con categorías y no con suposiciones, todo gobierno es una dictadura
de unos contra otros. Y sépase que el mundo logrará su total emancipación de
toda explotación y de toda opresión de clase y del hombre por el hombre,
precisamente, cuando la suma de las dictaduras proletarias, antes de
extinguirse toda expresión de Estado, hagan valer el derecho de la humanidad al
socialismo sobre el capitalismo. “Fotogénico”, sin duda, lo fue, pero no
por su culpa sino por la de los fotógrafos que lo buscaban con sus cámaras para
dispararle ráfagas de fotografías. Y el hombre que diga que el Che no era
fotogénico, no tiene noción de las artes y es profundamente egoísta en su
machismo.
La
periodista Marianela Salazar, cree erróneamente que el Che se dedicó a luchar
más por convertirse en un ejemplo moral que por dar libertad a los pueblos
oprimidos. Es su opinión y debe respetársele, pero no tiene razón. El Che no
tuvo un pelo de escolástico ni de misticista, no era nacionalista ni nihilista
sino internacionalista, no fundamentaba su lucha en las ideas del moralismo que
se esperanza más en que el alma viva feliz en el cielo con tal que los
sobrevivientes lo recuerden como ejemplo del sufrimiento en la tierra. No, el
Che era hombre de acción y de pensamiento en procura de arrancar el poder a la
burguesía para que se estableciera el socialismo en toda la faz de la Tierra.
Sépase que el de la idea del “hombre nuevo” no fue el Che, simplemente
la popularizó. Mucho, muchísimo antes que el Che, el maestro Simón Rodríguez
habló y escribió sobre la necesidad de crear un hombre nuevo como fruto
de las revoluciones políticas y económicas que necesariamente generarían
cultura o conocimientos, costumbres o hábitos, modos de comportamiento
profundamente más humanos que los que establecieron los conquistadores y
colonizadores en América. Y también antes que el Che, el camarada Franz Fannon,
el del famoso libro “Los condenados de la Tierra”, habló y escribió sobre el hombre nuevo.
En todo caso, para el Che el hombre nuevo era aquel capaz de luchar por
la emancipación de la humanidad sin que nunca pusiera su interés personal por
encima de los de los pueblos, capaz de construir un mundo nuevo posible donde
reine la libertad sobre la necesidad.
Es
verdad que un muerto es un difunto según la patología, pero creo que la
periodista Marianela Salazar, en sus críticas, pasó del juicio político al odio
personal, y no se cuidó de respetar ciertas normas éticas del periodismo
crítico, sino que recurrió al sarcasmo, a la sátira y hasta la burla cuando se
refiere “al moribundo Fidel Castro...”. Pareciera una contradicción, una
discordancia que una persona criticando a otra porque invoca el odio como
instrumento indispensable de su lucha, sienta tanto placer por el hecho de que
otra persona se esté muriendo. Pero en verdad, no tiene sentido llamar moribundo
a una persona que ha vivido más de ochenta años y bien vividos por cierto,
y si no me lo creen, habría que hacer una encuesta que abarque a más de doce
millones de cubanos y de cubanas y miles de millones de hombres y mujeres en el
mundo que admiran, respetan y quieren a Fidel Castro, y ajustémonos a su
resultado.
Acusar
al Che y a Fidel de terroristas no es digno de consideración para refutarlo, no
sólo porque no es cierto, sino que Fidel, por ejemplo, nunca estuvo de acuerdo
que los revolucionarios en lucha contra la dictadura de Batista llegaran a
utilizar el terrorismo individual como forma de lucha política. Y si ordenó
volar dos avionetas sobre territorio cubano se debió a que el gobierno
estadounidense estimuló demasiado el espionaje y la provocación, confiado en
que nunca jamás se iba a dar la orden de derrumbar aviones espías, porque mil
veces antes Fidel había dicho y ordenado que los dejaran tranquilos y no se
disparara a ningún aparato que violara territorio cubano porque dentro podían
ir personas inocentes. Esto lo sabía y lo aprovechaba la CIA, pero
lamentablemente la periodista Marianela Salazar nunca se ha preocupado por
investigarlo antes de lanzar sus críticas y ataques contra el “moribundo
Fidel Castro”. Y que se sepa, jamás salió de la boca de quienes sí son
verdaderos terroristas (la CIA, el Departamento de Estado, el Gobierno
estadounidense, los grupos organizados de cubanos enemigos de la revolución
cubana y otros), en vida del Che, una acusación contra éste de terrorista,
mientras, por ejemplo, que Posadas Carriles y Orlando Bosch sí han reconocido
su propio accionar de terroristas y los estadounidenses saben que es así, y
deduzco, por el género de sus críticas, que la periodista Marianela Salazar
también lo sabe.
Bueno,
que la periodista Marianela Salazar rece todos los días y todas las noches y a
toda hora para que Fidel Castro se muera, termine de “... despegarse de este
mundo”, según las Santas Escrituras, debe ser una mala praxis o creencia de
su cristianismo si se cree en Jesucristo y la virgen María. Y que el Che sea
sólo una “... foto que se oxida en la Plaza de la Revolución mientras
preside -como le corresponde- la prostitución...” es la expresión de ese
odio individual que ciega las pasiones y hace emitir criterios con los ojos
vendados, la cabeza ardiente y el corazón frío.
Y
si algo extraña, llama poderosamente la atención, petrifica y nubla de
confusiones el entendimiento, es que la periodista Marianela Salazar, luego de
expresar criterios tan radicales, tan llenos de fuego destructivo, tan
agresivos y tendenciosos, tan drásticos y trágicos, termine sus argumentos
diciéndonos que el Che y Fidel son menos peligrosos que Chávez “... fusilando
la democracia venezolana...”. Eso es cosa de seria preocupación para el
imperialismo y para quienes tengan al socialismo como enemigo, pero para la
gente que nada tiene y que clama por un destino más justo y más digno para
vivir, sería una verdadera satisfacción que Chávez resulte un fenómeno de
mortal peligro para esa democracia que se sustenta dando potestad a la minoría
para pensar y decidir por los demás, disfrutar la riqueza y el privilegio
ejerciendo la opresión sobre las mayorías. De allí, para poder acabar con la
maldición de Malinche y no sigamos viendo a los explotadores y opresores como
amigos de los explotados y los oprimidos, la vigencia plena e inmediata en el
mundo de la dictadura del proletariado sobre la burguesía y garantizando
democracia a las masas populares.
De otra parte, el Che está muerto aunque su
ejemplo recorra al mundo, no es posible que venga a Venezuela, tome en sus
manos un kalashnikov o un dragunov y se ponga a disparar contra los opositores
de Chávez; y, supongo, que Fidel tampoco lo va hacer, pero sí puede dar a
tiempo un buen consejo, porque, aunque esté “moribundo”, quiérase o no
reconocerlo, sigue siendo no sólo el más grande de los estadistas en América
del siglo XX y comienzo del XXI, sino también un genio de la política e incluso
en estado de guerra, que es la continuación de aquella por otros medios, según
Clausewitz.
La
periodista Marianela Salazar culmina su juicio o artículo con la siguiente
profecía: “La historia puede repetirse, sobre todo si hay un Chávez que
financie los Vietnams apocalípticos que hace cuarenta años propuso el Che”. Y pensar, como hecho inevitable y
no es profecía, que el mundo capitalista actual, por un lado, ya se sobrepasó
del límite de las atrocidades, del saqueo y la rapiña extremos, del genocidio y
la masacre excesivamente repugnantes, ha violado tantos los derechos humanos
que ha dejado a la mayoría de los humanos sin derechos; y, por el otro, está
causando tanta desesperación, cólera, venganza, odio, que el cúmulo de
contradicciones antagónicas entre los pocos que ostentan la riqueza y el
privilegio y los muchos que padecen la pobreza y el dolor, entre los
explotadores y los explotados, entre los opresores y los oprimidos, entre los
esclavistas y los esclavos, se resolverá en un conflicto entre continentes y no
entre naciones. Por lo tanto, nadie se preocupe y no gaste su tiempo pensando
sólo en los Vietnam, porque la historia
no puede repetirse igual en ningún tiempo y en ningún lugar de la historia
humana, aunque las semejanzas existan. Baste saber que Hegel creyó en esa idea
y Marx sostuvo que se olvidó aquel de agregar: una vez como tragedia y otra
vez como farsa. Una revolución, debemos volver a reconocerlo, es en gran medida una tragedia inevitable para
el género humano, pero sin ella no avanza, no progresa, no se desarrolla. Y
farso no puede ser lo que está aconteciendo en Venezuela, porque nada se repite
igual así como nadie puede bañarse dos veces en las mismas aguas, lo dijo
Heráclito y eso es una prueba del cambio y no de la inmutabilidad de quienes
creen eternamente en la existencia de la democracia burguesa.
Y,
finalmente, no lleva esto ni la intención de descalificar a la periodista
Marianela Salazar ni de polemizar como tampoco odiarla por sus opiniones, sino,
simplemente, que como el Che, fundamentalmente, está muerto, creo que es justo
y es necesario, aclarar lo que en vez de verdad es lodo tirándoselo encima de
sus huesos por sus enemigos. Es todo.