La ciencia social sigue teniendo la duda de la
existencia de Jesucristo, aunque una buena cantidad de científicos lo han
descartado para siempre. Para muchos científicos la
resurrección fue el invento que negó la hipótesis de su existencia.
Sin embargo, sería mucho exigir y terriblemente injusto, que algún Papa se
atreva a negarlo como sí negó el Papa Juan Pablo II la creación del hombre por
Dios. Kart Kautsky escribió la obra más científica que se conozca sobre el
cristianismo, donde se analiza al Jesús hombre, al Jesús político, al Jesús con
ideología, al Jesús antiimperialista, al Jesús revolucionario, pero salvarlo de
las revisiones que hicieron los apóstoles de sus postulados no ha sido aún una
labor fructífera en toda su plenitud.
En verdad, el cristianismo nace de la necesidad de
lucha contra el despotismo y salvajismo del imperio romano. Rosa Luxemburgo
sostiene que los infelices buscaban en el cielo la salvación en la tierra.
Jesucristo-de haber existido- no tuvo rasgo socialista porque haya sido un
líder combatiendo la liberación de su pueblo contra el dominio del imperio
romano. Ser antiimperialista, no
significa que se sea socialista. No, lo
fue en el sentido que el cristianismo planteaba la distribución del producto
del trabajo en base a las necesidades de la gente, pero no rechazaba la propiedad privada sobre los medios de producción.
Bien sabido es el reparto por Jesucristo del pan entre todos los que estuviesen
presentes a la hora de satisfacer la necesidad de alimentarse, pero de allí a
ser el propietario de la panadería es un trecho muy largo. Uno de los grandes méritos de Marx es que, precisamente, acotó que para
el socialismo era aun más importante la propiedad social de los medios de
producción. Sin esto, cualquier socialismo termina siendo un humilde gesto
de filantropía que se entierra a sí mismo tan pronto el capital le da vuelta a
la tortilla.
No ha sido Chávez quien primero
haya dicho que Jesucristo fue el primer socialista en la historia humana.
Otros, antes que él, lo han expresado con semejantes o diferentes palabras. Sin
embargo, nunca antes se había refutado tanto esa idea como ahora contra Chávez.
Pero los argumentos no han sido a favor de Jesucristo sino, simplemente, para
descalificar la opinión de Chávez.
Pero lo que más interesa, ¡por ahora!, es la
opinión sobre el Jesucristo socialista, por cuanto a más de 2000 años de su
muerte sigue siendo un personaje reconocido por millones de millones que creen
en su pensamiento y en su obra. En honor a la verdad: el primer artista fue aquel, completamente desconocido por la
historia actual, que le construyó forma
a la piedra para ponerla al servicio del trabajo del hombre. Lo que sucede es
que la historia labora con instrumentos que le identifican claramente en el
tiempo. Los vikingos vinieron al continente que se llama América primero que
Colón y sus navegantes, pero nunca lo divulgaron para conocimiento histórico de
la humanidad. Por eso no aparecen como los descubridores de América. Con el ‘socialismo’
sucede algo semejante.
Comienzo diciendo que estoy en la
lista de quienes creen que Jesucristo, ciertamente, no fue el primer socialista
ni tampoco fue un socialista propiamente dicho de haber existido. Presiento que
el primer socialista o comunista –primitivo por cierto- fue aquel hombre
o aquella mujer que tuvo conciencia, en la prehistoria, que los medios de
producción –arcaicos, no importa- eran de propiedad social y lo producido –bienes,
y no mercancías- estaba destinado a la satisfacción de las necesidades de las
gens o de las tribus sin que ninguno conservara sobrante para su provecho
propio individual. Conste que no existían ni clases sociales, ni Estado ni
Constitución. Jesucristo, según lo que se dice, es de la época cuando el
Imperio Romano, y éste era temible por sus atrocidades y política
expansionista, era dueño a la fuerza de una buena parte del mundo. Entre las
tierras colonizadas estaba, precisamente, la región de donde era oriundo el
señor Jesucristo. Se dice que el hombre nació entre 20 y 50 millones de años.
Allí comienza la historia humana hasta nuestros días, aunque casi toda haya
sido perdida por no haberse escrito la
misma. Fueron miles de años los que vivió la comunidad primitiva en un
comunismo primitivo, arcaico, pero comunismo al fin y al cabo, donde entre
tribus o gens diferentes se intercambiaron productos sin que por el medio
existieran el dinero y la mercancía. Pero esa no es la historia de hoy, especialmente,
desde Jesucristo para acá. Las manos hicieron historia y socialismo mucho
antes que el cerebro y el lenguaje. Lo que nunca se imaginaron las manos,
era tener una facultad propia de raciocinio para escribir, porque eso
correspondía planificarlo y dirigirlo al cerebro cuando se desarrollara lo
suficiente en base al desarrollo de las fuerzas productivas y el conocimiento,
precisamente, donde las manos destacaron con una singular virtud no dada a
otros órganos del cuerpo humano en ese tiempo remoto.
Dice Cicerón que se comienza a
historiar con Herodoto, porque éste inició su escritura. Lo que nadie debe
dudar es que fue Marx el creador de la concepción materialista de la historia o
lo que Althusser llamaba: continente historia. Bueno, pero dejemos la
historia a los historiadores y ocupémonos de Jesucristo y su socialismo.
Se nos dice que Jesucristo
predicó la palabra de Dios al servicio de los pobres. Si bien esto por sí mismo
no es socialismo, tiene mucho de valor en la lucha contra la dominación de los
ricos. Se nos dice que Jesucristo expulsó a los mercaderes –ricos- del
templo. Si bien esto no es socialismo por sí mismo, tiene mucho de valor en la
lucha contra la explotación del hombre por el hombre. Se nos dice que
Jesucristo dijo que primero entraba un kamello –mecate grueso y no el
camello animal- por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos. Si
bien esto no es socialismo por sí mismo, tiene mucho de valor en la lucha por
un Dios amante de la justicia y la igualdad sociales y no por uno que haya
dicho que el mundo se hizo con ricos y pobres y así ha de ser siempre. Se nos
dice que Jesucristo predicó y luchó contra el Imperio Romano en procura
de la liberación de su pueblo. Si bien esto no es socialismo por sí mismo,
tiene mucho de valor en la lucha contra el colonialismo y por el derecho a la
autodeterminación de los pueblos.
¿Dónde podemos determinar el
socialismo de Jesucristo? El cristianismo fue salvajemente combatido por el
Imperio Romano hasta Constantino, quien vislumbrando la inevitable caída de su
poder decidió, apresurado, establecerlo como la religión oficial del Estado.
Jesucristo, ni siquiera en condición de resucitado, se enteró del derrumbe del
poderoso Imperio que lo crucificó por andar de ‘loco’ predicando la
liberación de los pobres y el respeto al derecho de soberanía de su pueblo para
decidir su propio destino. Los cristianos, aunque luchaban en común por su
liberación frente al Imperio Romano, se dividían entre los pocos ricos -que
eran propietarios de medios de producción y riqueza- y los muchos pobres -que
carecían de medios de producción y padecían la miseria extrema-. Sin embargo,
en el cristianismo –mientras no ostentó poder político- hubo un principio de
solidaridad común que consistió en distribuir la producción entre todos para la
satisfacción de sus necesidades materiales más apremiantes. Se supone que
mientras Jesucristo vivió, como profeta del cristianismo, a nadie se le ocurrió
negarse a esa solidaridad de la distribución de la riqueza. Pero aun así, la
mayoría de los cristianos vivían pobreza extrema y sufrían de dolores muy
alargados por la opresión a que estaban sometidos por el Imperio Romano. Es en
ese sentido que se puede hablar del socialismo de Jesucristo, porque no
se conoce ningún testimonio donde el Señor haya predicado la propiedad social
sobre los medios de producción; es decir, no era un socialista
completo. Ahora, que nada se tome para desmeritarlo en su lucha contra el
Imperio Romano y por la liberación de los pobres contra los ricos de haber
existido.
Sin embargo, como doctrina, el socialismo cristiano nace en los últimos veinticinco años de la primera
mitad del siglo XIX en los países más desarrollados del capitalismo (Francia,
Inglaterra y Alemania). El socialismo cristiano evidenció un rostro romántico
de utopismo, aunque pregonaba un ideal de liberación de la clase trabajadora,
combatía los males que provenían de la explotación y la pobreza. La vía para
conquistar sus objetivos la concebía a través del autoperfeccionamiento moral y religioso y dejaba por fuera las
verdaderas causas que generan la miseria y el sufrimiento para los muchos
impuestos por los pocos que disfrutan de la riqueza y el privilegio, es decir, por los amos de la propiedad privada sobre los medios de producción y del capital para
la explotación de clases. El documento central de donde parte la concepción
del socialismo cristiano es la célebre y hoy día olvidada encíclica <<Rerum Novarum>> del papa León
XIII (1891), precisamente cuando ya se comenzaban a expresar algunos indicios
de imperialismo capitalista.
Ahora, partiendo de que una por una no es
trampa, si un sacerdote invoca el antisocialismo del Señor Jesucristo para
defenderle su cristianismo como sostén del régimen capitalista, los marxistas
tenemos el derecho o el deber de invocar el cristianismo del Señor Jesucristo
para defenderle su socialismo como la vía de la liberación de los pobres de
toda expresión de esclavitud social. Sin embargo, hay que repetirlo, las
ciencias trabajan con categorías científicas ya comprobadas en la
experimentación de la práctica social y no con la imaginación que se conforma
con mitos y dogmas hacedores de milagros.
Hoy día también brota la necesidad, esencialmente
para los feligreses, de preguntarse: ¿De
qué lado está el Dios único: de los ricos o de los pobres? Si razonáramos
que Dios hizo el mundo y el hombre a su imagen y semejanza, y hoy estén tantas
desigualdades e injusticias afectando a la aplastante mayoría empobrecida de la
humanidad y favoreciendo a una minoría insignificante de ricos y Dios no hace
nada por resolver esa enorme contradicción, no le caigamos a peñonazos a
quienes, creyendo en un Ser Supremo que dirige el mundo, se pongan a inventar
un Dios nuevo, bondadoso, solidario,
todopoderoso, que decida situarse del lado de los pobres en su lucha por la
emancipación de los pobres de toda explotación y opresión de los ricos.