Educación y emergencia socialista

Un amigo está dando clases en la UNES y una experiencia que vivió recientemente me dio pie (es decir, me aprovecharé de ella) para escribir un breve comentario. El asunto es que somos digámoslo así exigentes. Y vemos los problemas no solo magnificados sino como externos a nosotros y sin remedio, dotándolos de un algo cultural inamovible, como parte de nuestra constitución histórica. Incluso la corrupción y la burocracia son vistas como taras congénitas, atávicas. Es así desde la Colonia, sentenciamos, y con ello, en vez de combatir, sancionamos.

Contracorriente, colmado de buena fe el gobierno ha desplegado como todos sabemos una ingente cantidad de iniciativas que requieren dotes pocas veces tan demandadas de sacrificio, desprendimiento, solidaridad, cooperación. Entre las iniciativas acaso las más urgentes e intensivas: salud (Barrio Adentro) y educación (las Misiones Educativas y el Sistema Bolivariano de Educación, desde el Simoncito hasta la Universidad Bolivariana).

No obstante, ¡cuántas veces nos hemos quejado de la falta de compromiso, de los pagos tan precarios y a destiempo, de la mala instrumentación de las estrategias y las políticas! Empero, allí están los números, las vidas salvadas, los nuevos y las nuevas profesionales, las experiencias significativas, los proyectos comunitarios… Una expresión hegeliano-marxista ha ido cobrando forma y sentido: los cambios cuantitativos (graduales y continuos) producen cambios cualitativos (discontinuidades, rupturas y emergencias de cualidades nuevas)[1].

La multiplicación exponencial de los espacios educativos aumenta las posibilidades de acercamiento comunitario y colectivo a los libros, al conocimiento, a las experiencias diversas de formación e información. Ello, aunado a una potenciación de la política impulsada por la influencia del mensaje y la acción del presidente Chávez, crea un caldo de cultivo que estoy seguro nos colma de esperanzas, y nos va diciendo a una voz que avanzamos hacia la consolidación de un país potencia, es decir, que puede, que puede hacer, que puede tomar y está tomando decisiones, que puede construir-se, levantar-se sobre sus propios pies y caminar siguiendo sus propios pasos. Además que estos tienen sentido y están entroncados en el pensamiento y la acción de Bolívar y Simón Rodríguez. Proyecto histórico que la oligarquía mantuvo alejado de la población, de la política y la educación, pero que hoy vuelve por sus fueros y prende porque es propio, tiene raíces y las raíces se corresponden con nuestro suelo, son nuestras. Ni calco ni copia.

Soy del parecer de que los espacios o ambientes educativos comunitarios, en especial los creados para Misión Robinson y Ribas, propiciaron no sólo el aprendizaje de la lecto-escritura sino que permitieron que jóvenes pero sobre todo adultos de todas las edades se encontraran a veces diariamente por algo más de dos horas en un espacio tiempo ganado a la televisión. En ese tiempo-espacio se cultivaron amistades y se propiciaron conversaciones, se intercambiaron experiencias y se encontraron vecinos que el capitalismo separó y obligó a vivir como extraños. Allí se re-conocieron y desde esta nueva perspectiva miraron al barrio, a la comunidad y a sí mismos, con otros ojos. Todo esto, se entiende, independientemente de que aprendieran a leer y escribir, de que aprendieran matemáticas, historia y geografía. Con otras palabras, cumplido lo primero (la re-unión y el re-conocimiento), lo segundo era ganancia.

Lo mismo he pensado con la Misión Sucre y la Universidad Bolivariana. Más que un espacio para el ejercicio de la docencia y la profesionalización, he creído en la oportunidad de construir espacios comunitarios para el saber colectivo y el trabajo liberador. Para la transformación.

En fin, el proceso es sin duda lento porque toda transformación cultural lo es. Y la experiencia que motiva esta nota es, así me lo parece, aleccionadora y está conectada al sistema nervioso de la revolución bolivariana.

El cuento es que mi amigo tiempo ha se comió una luz roja y una patrulla se le pegó atrás para detenerlo. El policía en su afán de «cumplir con su deber» se tragó a su vez varios semáforos. Finalmente mi amigo fue interceptado y llevado a comparecer en una comandancia. Frente al superior reconoció su falta, pero aprovechó para hacerle saber que el policía que lo detuvo también había cometido la suya, y que si él pagaba ¿quién lo hacía pagar a él?

El asunto de fondo era: qué hacía, qué mecanismo operaba para que el policía estuviera al margen de la ley. Qué lo hacía actuar como «policía», es decir, extraño y ajeno, y no como ciudadano. Lo mismo se pudiera afirmar de todas las fuerzas públicas o de las llamadas fuerzas del orden cuando se elevan por sobre la ciudadanía. Altura y extrañeza desde la cual pueden reprimir e incluso matar, toda vez que el pueblo les resulta extraño tal cual como si se tratara de mercenarios en un suelo y en una sociedad que no sienten suya, guardianes de intereses exógenos, del dinero y la propiedad de las burguesías tras-nacionales.

El comandante no tuvo más remedio que aceptar los argumentos y reconvino al subordinado.

Con el tiempo –hoy- el comandante y mi amigo se encontraron en un salón de clases y el cuento salió a la luz. El comandante le confesó que entonces si bien se molestó porque tuvo que reconocer la falta del subordinado frente al ciudadano, en su casa siguió dándole vueltas al asunto, pensando y reflexionando sobre la justicia y la injusticia. Esa reflexión (si se quiere privada, de una ética en todo caso personal que las más de las veces no encuentra escenario de actuación social) tuvo un desenlace, una posibilidad de desarrollo público, la posibilidad de convertirse en acervo y en instrumento para la gestión de una nueva ética ciudadana al interior de un cuerpo de policías –ahora sí inédito, bolivariano- que se convierte en parte inextricable del cuerpo de la sociedad y que no se presenta (ni se presentará) ante ésta como un extraño ente ajeno, abstracto, inhumano y a sueldo.

En efecto, en un salón de clases convertido en ágora, las diferencias son borradas y desde esa igualdad política puede hablar la voz pública, la voz de los ciudadanos, la voz que construye poco a poco con argumentos y en el tiempo-espacio del diálogo, nociones, conceptos e ideas sobre las cosas.

Moral y luces que recorre la espina dorsal de la Patria. Si no es revolución, ¿qué es?

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[1] Carlos Rojas Osorio, La filosofía, sus transformaciones en el tiempo, Isla Negra Editores, San Juan, Puerto Rico, p. 273


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