Theodore Levitt,
director de la Harvard Bussiness Review, decía que “los científicos y
las tecnologías han conseguido lo que hace mucho tiempo intentaban, sin
éxito, los militares y los hombres de estado: el imperio global… Los
mercados de capitales, productos y servicios, gestión y técnicas de
fabricación, son ya, todos ellos, globales por naturaleza. Es el Global Marketplace. Esta nueva realidad aparece en el mismo momento en que las técnicas avanzadas transformaron la información y la comunicación”.
Se trata de la globalización
financiera, el supramercado que todo lo engulle. En los últimos
tiempos, sobretodo desde la caída del muro de Berlín, las transacciones
financieras han superado a las estrictamente productivas. Es decir, las
operaciones especulativas han rebasado a las comerciales, mercantiles y
de bienes y servicios. Hablamos pues de una economía sustentada en la
alteración constante y artificial del precio de unos valores
inmateriales en un marco sin límites, global. Tras la máscara del
cientifismo y del racionalismo, no hay nada más que un sistema
mantenido en base a la confianza humana, pues la seguridad de las
finanzas depende al final de la fe humana. Cuando no hay confianza en
un sistema financiero, este quiebra estrepitosamente porque no está
asentado sobre una economía real ni productiva, sino en la eterna
especulación de valores. Un castillo de naipes cuya base es la frágil
confianza. Psicología de masas para intereses de unos pocos. [1]
La globalización financiera exige, por
lo tanto, medidas políticas para no tener impedimentos ni límites en su
plan de extensión y acaparamiento total de todo tipo de mercados. La
existencia de estados soberanos e intervencionistas es el mayor enemigo
del proceso aparentemente imparable de la financiarización de la
economía global. Por eso su principal objetivo es el de menguar los
estados a través de la liberalización, que se eleva a la categoría de
dogma contemporáneo. Vendieron (y siguen haciendolo) la liberalización
como el crisol de las corrientes modernizantes, el culmen de la razón y
el último eslabón histórico del hombre [2]. Los recientes episodios de
financiación pública de la deuda privada no responden a otra cosa que a
la necesidad de liquidez de los mercados financieros ante su crisis,
prueba evidente de la sumisión política antes este poder económico.
La exigencia política es pues la
liberalización total, paradigma supremo de nuestra época.
Liberalización del comercio, las finanzas, las comunicaciones, el
trabajo, la sanidad etc. El orden político resultante es, en palabras
de Fernando Soler “un orden unificado, mundial, en el
cual, se dice, el Estado-nación que hasta ahora habíamos conocido sufre
importantes mutaciones, hasta el punto de que estaría abocado a su
misma desaparición. Es decir, sin la generalización de las políticas de
liberalización, sin la continua desreglamentación y los masivos
procesos de privatizaciones y sin la imposición de políticas
supranacionales establecidas por organismos independientes de los
propios estados, la globalización financiera no habría podido llegar a
concretarse en los niveles en que lo ha hecho”[3].
Esa liberalización ha pretendido
monopolizar el simbolismo de la democracia. De este modo, aquel que
esté en contra de la privatización total será tachado de
antidemocrático. Philip Allott dijo que “la democracia y el capitalismo son sistemas más totalitarios que el nazismo o el estalinismo” [4].
La eliminación total de las fronteras
económicas ha llevado a desparición de las soberanías políticas y
nacionales, es decir a la uniformización global. Prácticamente en todo
el mundo se come la misma comida, se viste de la misma forma y se
escucha la misma música[5]: es el mundialismo, de caracter
socio-cultural y consecuencia directa de la globalización económica.
Los comercios se extienden, las distancias se acortan, las riquezas se concentran.
En 1970 los países del tercer mundo representaban el 40% del comercio
internacional, veinte años después esta cifra había caído al 25%, las
previsiones para el 2020 son poco más de un 5%. Pero esta desigualdad
no sólo se incrementa entre países del primer y tercermundo. La propia
ONU reconoce que el número de pobres se ha duplicado desde 1974 porque
“la pobreza no deja de aumentar tanto en los países ricos como en los
pobres”: la tercermundialización del primer mundo[6]. Según Soler “las
clases dirigentes no son ya las mismas, ha nacido una hiperburguesía
internacional que vive rodeada de un lujo cada vez mayor y suplanta a
la élite vinculada al Estado y a las industrias de base nacional. Los
detentadores del poder son ahora los agentes de los propietarios de las
acciones. Una burguesía inversora reemplaza a la antigua burguesía
productora y controla cada vez más los media, forzando las tomas de
decisión e instaurando un control social casi omnímodo”. Es la
manipulación de las masas [7], empresas de difusión de ideas y
creadores de opinión pertenecientes a esas mismas élites, que a su vez
dirigen y controlan a los partidos políticos [8]
En el símbolo y principal difusor de
este modelo económico, Estados Unidos, las cifras del Buró de Censos
revelaron que uno de cada ocho habitantes vive por debajo del umbral de
pobreza, lo que equivale a 36,5 millones de personas en un país de casi
300 millones de personas censadas. El buró de Censos añade que en EEUU
hay 5.000.000 más de pobres que hace seis años, y que el ingreso
promedio es de 1.000 dólares inferior al que había en el año 2000, “sin
contar con la gran depreciación que ha tenido el dólar en los últimos
años”[9]. Según The New York Times, durante ese mismo periodo el único
segmento de la población cuyos ingresos aumentaron fueron los del 5%
más rico del país. Es decir, la supuesta bonanza económica del
capitalismo liberal afecta negativamente al conjunto de la población,
empobreciendola, y sólo repercute positivamente a los más ricos entre
los ricos. Una economía al servicio del 5% de la población apoyada y
sustentada por sistemas supuestamente democráticos.
En Europa la pobreza (ingresos
inferiores a los 2 dólares por día) afecta al 21 % de la población,
mientras el 5% sufre a causa de la inseguridad alimentaria, señaló Jacques Diouf,
director general de la Organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO) [10]. Según Diouf, los factores que
han contribuido al aumento de la pobreza en los últimos quince años han
sido la eliminación de los sistemas de planificación centralizada y su
liberalización y la disminución de los programas sociales en beneficio
de las privatizaciones. El Eurostat revela que un 16% de la población
europea malvive o sobrevive en la U.E.[11].
El sistema actual, que se encuentra en
un proceso de crisis tanto de liquidez como de confianza, es un régimen
económico que no sólo no ha sido capaz de mantener el nivel de vida de
las clases medias mientras enriquecía a los más ricos, sino que los ha
empobrecido y ha incrementado las desigualdades. La peligrosidad social
de esta crisis debería alimentar una masa crítica que pidiese como
mínimo cambios políticos y económicos (como en casi todas las crisis,
de donde han nacido nuevas ideologías y revoluciones), pero este
sistema se ha fortalecido tanto en cuanto a métodos de difusión de
opinión e imagen, que ha sabido socializar su crisis hasta el punto que
para la población no es fácil diferenciar entre su crisis y la de
“ellos”. Además hasta ahora son los propios provocadores de la crisis
(capitalistas y políticos) los que se muestran como única solución al
problema. Por lo tanto la oposición a este sistema queda prácticamente
anulada, desactivada.
diego_m_urioste@yahoo.es