Trotsky, aun cuando era el personaje
más vilipendiado y más acusado en el mundo entero de hechos repugnantes que
nunca cometió, era, sin duda, la figura más relevante y brillante del mundo
político internacional luego de muerto el camarada Vladimir Lenin. Trotsky era
el cerebro más luminoso que tenía el marxismo, el proletariado, la revolución y
el socialismo en su tiempo. Eso no lo discutía absolutamente nadie aunque sus
enemigos más enconados se lo negasen por diferentes vías acusándolo de
contrarrevolucionario y agente del imperialismo. ¡Qué monstruosidad! Incluso, Hitler, la fiera más salvaje del
fascismo temía a Trotsky como lo hace el zorro ante todo animal que lo exceda
de tamaño. Así, en otros términos, se lo había reconocido al embajador francés
en Alemania, Coulomdre, porque le aterrorizaba que Trotsky fuese el vencedor de
la segunda guerra mundial.
Trotsky y su inseparable esposa Natalia
Sedova recibieron cobijamiento en México bajo el gobierno del general Lázaro
Cárdenas. Después de haber padecido horrores, desde su encarcelamiento,
aislamiento y expulsión de la Unión Soviética, terminaron como habitantes de la casa del gran
pintor muralista Diego Rivera y de su siempre amada Frida Kahlo.
Esta
mujer y al mismo tiempo artista, se caracterizó por haber vivido en un casi
eterno sufrimiento físico, producto de accidentes. Aun así nunca dejó de ser
polémica, extrovertida, audaz en el desafío, chocante a las viejas costumbres
de familias hacendadas, satírica en el sentido crítico del término, pero
también poseedora de una mente brillante. Frida había nacido en tiempo de
violencia, en pleno auge de los movimientos revolucionarios acaudillados por
los generales Emiliano Zapata y Pancho Villa. En sus venas entró sangre de
revolución. Natalia Sedova, en cambio, cuando llegó a México tenía un trayecto
revolucionario extensamente recorrido; había andado con el futuro presidente
del Soviet de Petrogrado, Comisario de Relaciones Exteriores y de la Guerra, constructor del ejército rojo, y eminente teórico
marxista, León Trotsky. Natalia vivió la revolución de octubre en las
vicisitudes de antes y en el gozo de su triunfo, en sus debilidades y
fortalezas, en sus luchas contra el cerco imperialista y contra la guerra civil
interna de los contrarrevolucionarios; había vivido, también, los excesivos
sinsabores del destierro, del frío bajo cero, del hambre, del encarcelamiento, del
desprecio, del abandono, del maltrato, de la difamación e injuria, del extremo
dolor de haber perdido a sus hijos asesinados por los enemigos del padre.
Natalia, cuando llegó a México, era ya una mujer de edad avanzada a diferencia
de Frida que era joven y de manos prodigiosas para el arte, pero la primera
gozaba de un nivel de formación o de conocimientos que ni Frida ni Rivera
juntos alcanzaban. Una gran diferencia había entre esas dos distinguidas
mujeres de la revolución y hasta del arte: Natalia celaba en exceso a Trotsky
mientras que Frida no celaba ni en un poquito al maestro Diego Rivera, lo cual
permitía sacar la siguiente conclusión: era imposible que Natalia se enamorara
de Rivera, pero sí era posible que Frida lo hiciera de Trotsky.
Todos los biógrafos de Frida, por lo
menos, han insinuado una relación amorosa entre Trotsky y ella como algunos,
igualmente, narraron el celo de Natalia por el más grande hombre político de la
revolución internacional viviente para ese entonces. Ponernos a negar esa
relación argumentando que un hombre de la talla de Trotsky, en el sentido de
ser un revolucionario cabal e integral y además el más ilustrado de su tiempo,
sería agarrarse de una estúpida moralidad burguesa o de una convicción de de un
sacerdote que desde niño hasta su muerte demuestra su vivencia de angelito
apegado con fe inquebrantable en el celibato. Dicen algunos biógrafos de Marx,
que éste tuvo su jujú con la mujer que cumplía labores domésticas en su hogar.
Si eso fue cierto, nadie debe deducir que la doméstica lo hizo por obtener un
poco más de dinero de lo que ganaba, porque todo el mundo conoce que Marx no
tenía con qué pagarle, ya que su manutención familiar la cubría su inseparable
camarada Federico Engels. Y éste, hombre de físico muy atractivo y, además, de
sabio con algún dinero, tan pronto se le murió la esposa se puso a vivir con su
cuñada, ya que ésta igualmente estaba enamorada del eminente científico,
político, revolucionario y marxista. Desvalorizar la obra de Marx y Engels por
lo anteriormente expuesto, sería una estupidez que nadie con seriedad tomaría
en consideración.
En el caso de Trotsky había un
interesante antecedente que podría servir de indicio para no creer en la
mencionada relación amorosa con Frida. Clarissa Reiner fue una militante
revolucionaria bolchevique, combatiente del ejército rojo, muy culta y
extraordinaria escritora que, además, estaba considerada como la mujer
bolchevique más hermosa de todas las bolcheviques y revolucionarias en Rusia.
Ella era amante de Karl Radex, un excelente periodista de la revolución. Lo
cierto es que Clarissa le planteó en una oportunidad a su propio amante que
deseaba tener un hijo con Trotsky, porque consideraba que resultaría siendo un
genio. ¡Cosas de creencia! Radex,
confundido y preocupado por la posibilidad de perder a esa mujer tan bella y
talentosa, fue y se lo expuso a Trotsky esperanzado en que no lo aceptase. Este
le respondió que eso no podía ser ni iba a suceder, lo cual devolvió la total
tranquilidad psíquica o emocional al periodista revolucionario, y nunca más,
que se sepa, Clarissa volvió a insistir en su deseo. Murió en la guerra.
No sé ni me interesa si Frida vivió
momentos de inestabilidad emocional o tuvo otros amores distintos al del gran
muralista Diego Rivera. Tampoco sé ni me interesa conocer los detalles que
condujeron a Frida a casarse con el pintor. Lo que sí me atrevo a decir, si
existió la relación amorosa entre Trotsky y Frida, es que si ésta se enamoró
del primero no puede haber sido, nunca jamás, por el físico. Trotsky ya estaba
lo suficientemente viejo para Frida, y ésta estaba lo suficientemente joven -27
años- y buenamoza, a pesar de su defecto físico, como para codearse con
artistas jóvenes de toda naturaleza en México y fuera de éste. Si Frida se
enamoró de Trotsky fue, sin duda, por la genialidad del revolucionario, por el
talento y la sabiduría que albergaba en su grande cerebro que pesó un kilo
seiscientos y sesenta gramos, por los galardones que había conquistado en su
vida de revolucionario, por su extraordinaria capacidad de análisis para llegar
a las conclusiones más correctas de su tiempo; en fin, porque Trotsky era un
sabio con todos los éxitos históricos de un hacedor de revolución, de escritor,
de científico y hasta de militar, aunque sus enemigos hubiesen dicho todo lo
contrario. Y, además, si hubo una relación amorosa con Frida fue, en todos los
términos, teórica que no pasó, podría asegurarse sin haber vivido a su lado, de
unos simples y relampagueantes besitos de boca. ¿Cómo podía Trotsky sacudirse
de la cercanía de Natalia para disfrutar de tiempo y hacer el amor sexual con
Frida?
No sé qué dirán los monógamos
absolutos, pero en nada, absolutamente en nada, disminuyen la grandeza de
Trotsky, por su lado, y, por el otro, de Frida el hecho de que hayan tenido un
breve y fugaz romance más utópico que realista. Tal vez, el amor de Frida por
Trotsky fue mucho más surrealista que su pintura. Quizá, el amor de Trotsky por
Frida haya sido un desliz de juventud en la vejez.