Especial para el diario VEA

¿Qué es la cultura?

Para contestar la interrogante que sirve de titulo pudiera recurrir a mil y una definición, aunque creo que la que mejor explica el término cultura es la formulada por E. B. Tylor, quien la define como, “todo ese complejo conjunto que incluye conocimiento, creencias, arte, moral, ley, costumbres y otras capacidades, y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad”.

Por lo que, si la cultura tiene que ver con la moral y las costumbres de una sociedad determinada, entonces es correcto afirmar, que si estamos en presencia de una sociedad en la que priva la disolución de las costumbres, el engaño, el latrocinio, la indisciplina y el individualismo; esos antivalores deben ser tenidos como la cultura de esa sociedad; lo cual tiene mucho que ver con lo sucedido en Venezuela durante los últimos cincuenta años del siglo pasado

Lo que debe llevarnos a preguntarnos, qué es lo que caracteriza a lo que, con desmedida egolatría, en Venezuela se ha dado en llamar el “mundo de la cultura”. Desde una muy particular apreciación no veo en él más que fatuidad, narcisismo, deshonestidad, anarquía y desapego de la realidad social. Antivalores que no sólo caracterizan al “mundo de la cultura”, sino que también se hicieron patentes en el ámbito político, económico y social de país. De allí que podamos decir que la cultura venezolana se ha caracterizado por ser fatua, narcisista, deshonesta, anárquica y desvinculada de los grandes problemas sociales del país.

No vayan a creer que estoy generalizando, puesto que un gran sector del país no se dejó penetrar por esos antivalores, pero es que estoy en la obligación de centrar el análisis en torno a los individuos que se erigieron en factores de poder, y que son los que habrán de signar el “hecho cultural” venezolano de la segunda mitad del siglo XX.  La mayor evidencia de que en Venezuela existía una reserva moral, ergo, gente que no se dejó llevar por la vorágine, la tenemos en que hoy en día se está llevando a cabo un proceso de cambio de la estructura política y social, enmarcado dentro de un proyecto denominado Revolución Bolivariana.

Por lo que creo necesario hacer una ligera revisión de lo que fueron esos últimos 50 años del siglo XX, los que para el “mundo de la cultura” discurrieron dentro de los siguientes ejes cronológicos.

1.- El período comprendido entre 1950 y 1958, en el que artistas e intelectuales lucharon por la instauración de la democracia, lo que les valió prisión, torturas, muerte y exilio.

2.- El período comprendido entre 1958 y 1974, que coincide con la instauración de la democracia en Venezuela. En él, artistas e intelectuales, mayoritariamente militante de izquierda, se enfrentaron a los gobiernos de Betancourt, Leoni y Caldera, reclamando una democracia verdadera y no la democracia formal que había implantado el “Pacto de Puntofijo”. Por ello, y en democracia, artistas e intelectuales también serían perseguidos, torturados, exilados y asesinados.

3.- El período comprendido entre 1974 y 1999. 25 años durante los cuales la tarea fue la de “domesticar” a la gente del “mundo de la cultura”.

Por su carga de entrega y de renuncias este período es el que más influye para que la “cultura” se viese signada por los antivalores  a los que ya me he referido. No es fortuito que durante este período se creara el “Museo de Arte Contemporáneo de Caracas”, puesto que a través de él, y con los “buenos oficios” de Sofía Imbert, se ha de llevar a cabo una labor que tendrá por Norte quebrarle el espinazo a cualquier artistas que mantuviese una visión crítica del país. Había que enterrar un arte comprometido, militante y cuestionador, y sobre sus restos propiciar el nacimiento de un arte complaciente con el “Poder”, por ende inocuo.

Estos serán años en los que condecoraciones, bolsas de trabajo, agregaciones culturales, compra de obras y demás prebendas, habrán de dejar al desnudo que gran cantidad de artistas e intelectuales que se decían de izquierda, no tenían nada de ello, y lo único que habían hecho con su militancia era incordiar al “Poder”, para que éste al final terminase “domesticándolos”.

Son años en los que paulatinamente los museos se van llenando de un arte que no habrá de irritar a nadie, muy adecuado para “adornar” y  “decorar” las mansiones que iban poblando el Sudeste de la ciudad. Y si hubo un tiempo en el que se dijo que el “arte surge”, estos fueron tiempos en los que el arte se tuvo por una mercancía, tiempos en los que se proclama que el “arte se compra”. Es también un tiempo propicio para la creación del “Instituto Universitario de Artes Plásticas Armando Reverón”, a la postre fábrica de la que saldrán noveles artistas plásticos que serán “consagrados” en el “Salón Pirelli”. Y esas nuevas camadas de “artistas” expuestos en los salones del Museos de Arte Contemporáneo de Caracas”, al que se le agregó el “Sofía Imbert” en reconocimiento de los favores que ella le hizo al Estado, habrán de caer en manos de “galeristas” que los explotan a placer. Eso sí, con la condición de hacer el “arte” que los clientes de las galerías exigen comprar, puesto que para el galerista “el arte se vende”.

¿Habré tenido entonces razón al afirmar que el “mundo de la cultura” en Venezuela se caracteriza por ser fatuo, narcisista, deshonesto, anárquico y desvinculado de los problemas sociales?

Por lo que tampoco debe extrañarnos que por allí ande un grupo de artistas e intelectuales que se han autodenominado “Gente de la Cultura”, los que sin el menor pudor le echan en cara al Gobierno Revolucionario que:

“La ausencia de un proyecto de cultura nacional, insistimos,  ha deteriorado la belleza que guarda la provincia en el sentido más noble del término. La exaltación de la miseria y la premisa de la carencia, ha pervertido el proyecto cultural que nacía de la austeridad de las tradiciones para terminar caricaturizando la pobreza tenida ahora como un signo de la nacionalidad.”

Y me pregunto. ¿De qué belleza están hablando? Porque hasta ahora lo que me cansé de ver en el interior fue hambre, miseria, hacinamiento, tierras sin cultivar, y seres humanos clamando por un poco de justicia social. ¿De qué miserias estamos hablando? Porque no creo que haya mayor miseria que tras la masacre del 27 de febrero de 1989, esos intelectuales y artistas que integran “Gente de la Cultura”, no produjeran ni una sola obra relacionada con ese hecho histórico.

Por lo cual ya es hora de que vayamos enterrando esa cultura.

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Juan Vicente Gómez Gómez


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