Mientras
el mundo ande patas arriba, ninguna nación tenida por subdesarrollada podrá
tener posibilidad alguna de alcanzar siquiera el nivel de desarrollo de los
países de capitalismo altamente desarrollado. Esto no es una profecía, sino una
verdad histórica producto del entendimiento de la profunda contradicción
existente entre la ley del desarrollo desigual y la ley del desarrollo
combinado. Sólo el socialismo es capaz de hacer primar la segunda sobre la
primera y no precisamente para estabilizar el capitalismo, sino para superarlo
poniendo el avance de las fuerzas productivas (especialmente la técnica, las
ciencias y los brazos fuertes de los trabajadores) al servicio de la humanidad
y no de ninguna clase en particular explotadora y opresora del hombre por el
hombre. Con esto se quiere decir, además, que la revolución y su pleno
desarrollo final en un país dependen de la revolución y su pleno desarrollo en
el mundo entero y, especialmente, de las naciones de capitalismo altamente
desarrollado guiados por la solidaridad de la ley del desarrollo combinado. Lo
demás, no pasará de ser transición, lo cual implica una lucha extrema entre
quienes se aferran a lo viejo y el pasado y quienes optan por lo nuevo y el
futuro. De allí, el deber de prestar mucha atención a las palabras que expulsan
–de manera pragmática- los voceros del famoso y terrorífico Grupo de los Ocho,
que son los que anuncian al mundo su destino, ya determinado por los más
grandes, ricos y poderosos supermonopolios económicos dueños de casi toda la
riqueza que existe en el planeta Tierra.
Por
tener oídos escuché, con mucha atención, y por tener ojos vi, con mucha
claridad, las palabras y el acto en que el Presidente de Francia se dirigió a
los miembros del Congreso de Estados Unidos. Para que el Congreso del país
imperialista más poderoso y terrorista del mundo acepte que un Presidente de
otra nación hable en su recinto, no quede duda que detrás de bastidores se
tiene cocinada alguna receta para degustar –el imperialismo- la más nutritiva y
la mayor cantidad de la presa que se tiene por cazar. No olvidemos que el
expresidente Chirac, con sus intervenciones poco inusual en vocería
imperialista, evidenció el nivel de las contradicciones interimperialistas por
el nuevo reparto del mundo, lo cual ha llevado a crear una Europa aparentemente
unida y fuerte e incluso con una moneda continental que se denomina el euro
para, entre otras cosas, poder enfrentar las arrogancias y desquiciadas
pretensiones neocolonialistas del imperio estadounidense. Tampoco olvidemos que
los lobos también se disputan las víctimas de sus garras de rapiña y en el
Grupo de los Ocho se reúnen los grandes lobos del Apocalipsis.
El
discurso del Presidente Sarkozy no se salió en ningún momento de la diplomacia imperialista
poniendo el acento en la relación entre Estados Unidos y Europa, con mención
especial con Francia. Sarkozy ama a Estados Unidos no porque este país sea más
o menos hermoso que Francia, sino porque no quiere que aquel sea el
monopolizador del nuevo reparto del mundo y anhela, en igualdad de
oportunidades, las tajadas imprescindibles –sin conflicto violento
interimperialista- para las naciones más
poderosas del capitalismo europeo, que son: Francia, Inglaterra y Alemania. Por
algo, en Francia, lo llaman “el
americano”. El mundo está en tensión y muchas guerras producen enormes
exterminios sociales y destrucciones de infraestructuras y del medio ambiente
(las de invasión en Irak, Afganistán, Palestina, por ejemplo), y Sarkozy nada
dijo sobre ello, sino más bien centró su discurso en la grandeza y la belleza
de Estados Unidos y de Francia. Un petit falsificador del grande Napoleón
Bonaparte en un tiempo de profundas equivocaciones del imperialismo. Los
congresistas, demócratas y republicanos, de derecha y de centro porque no se me
ocurre pensar que exista alguno de izquierda, se levantaban de sus asientos y
aplaudían con frenesí. Sarkozy seguía con su discurso más bien turístico que
político, más de amistad que de sociología.
Habló de Europa pero
siempre destacando a Francia aunque ahora nada quieran saber de la guillotina.
Robespierre es un mal recuerdo hasta en lo de crear un nuevo Dios. Marat nunca
existió. De Danton sólo invocan la audacia en tiempos de tensión en París, pero
ahora contra la revolución y no en su favor. Si Estados Unidos tuvo su George Washington,
Francia tuvo dos Richelieu: uno cardenal y el otro mariscal. Si Estados Unidos tuvo un general Eisenhower,
Francia tuvo a su general De Gaulle y una historia de un Chacal. Si Estados
Unidos tuvo su Whitman, Francia tuvo su Víctor Hugo como glorias de la
literatura. Si Estados Unidos tuvo obreros rebeldes en Chicago, Francia tuvo
sus comuneros de Paris, y ambos son el mal ejemplo de la lucha de clases en la
concepción ideológica del imperialismo. Y aunque no lo creamos, ahora: el socialismo para construirse felizmente
en el mundo depende del triunfo de la revolución proletaria en Estados Unidos y
en Francia. Lamentemos por ahora: que
los obreros estadounidenses son los más atrasados ideológicamente en el mundo,
y los de Francia dependen de alguna gesta de rebeldía que se produzca un día en
París.
Sarkozy, habló de la
necesidad de incrementar la amistad y la alianza entre Estados Unidos y Europa
–pero con especial atención de Francia- exigiendo que deben ser más firmes que
antes para que la cooperación en los problemas internacionales sea mucha más
estrecha y tener la fuerza para aplastar los intentos de programa nuclear en
Irán, imponer la paz imperialista en el Medio Oriente y garantizar la
estabilidad capitalista en el Líbano. Nada, absolutamente nada, dijo de las tropelías del sionismo israelita
ni contra los palestinos –en lo particular- ni contra el mundo árabe –en lo
general-. Sarkozy fue a limar las asperezas interimperialistas que Chirac había
expresado y reconocido públicamente. Sarkozy agradeció la intervención de
Estados Unidos en la liberación de Francia contra el imperio alemán nazista de la Segunda
Guerra Mundial. Nada, absolutamente nada, agradeció a la
extinta Unión Soviética que fue, realmente, la potencia que más contribuyó a la
aplastante derrota del régimen de Hitler. En fin: Sarkozy fue a Estados Unidos para programar con Bush el nuevo reparto
del mundo para favorecer a los más poderosos supermonopolios económicos
estadounidenses y franceses. Es todo. Amén.
Todo verdugo, todo lobo,
tiene un pequeño sentimiento de magnanimidad con el cual pretende escudar todo
su potencial de perversión. Por un lado, aunque no lo habló en el Congreso de
Estados Unidos, hace esfuerzos humanos para lograr la liberación de Ingrid
Betancourt y otros prisioneros de guerra en Colombia, pero por el otro lado, sella
acuerdos con la nación imperialista más poderosa, agresiva, belicosa y terrorista
del mundo para aplastar todos los intentos de redención que se están
produciendo en contra de la globalización capitalista salvaje. ¡He allí la verdadera esencia de la
diplomacia privada y secreta de todo imperio de explotación y opresión de
clases y del hombre por el hombre!. Cifrar esperanzas de justicia para el
mundo en el mandato de Sarkozy, es como confiar en Putin para que el socialismo
en Rusia vuelva a ser una esperanza de redención para los pueblos explotados y
oprimidos por el gran capital.
Sarkozy,
frente a un Congreso de sostenedores del imperialismo, terminó su discurso
gritando: ¡Viva Estados Unidos!... ¡Viva Francia!, y quien tenga bien
ubicado el sentido común fácilmente entiende lo demás que quiso decir y no
dijo: “El reste de mundo es: excremento
putrefacto”. Y vinieron minutos de aplausos con frenética hipocresía
imperialista, que siempre y en todos los tiempos de capitalismo salvaje, se
burlarán de sus aliados, pero sí sabrán aprovecharlos al máximo.