Anduve,
un poco enfermo para no enfermarse totalmente, por una región olvidada de esas
que no aparecen en la cartografía o en mapas que se distribuyen en las escuelas
para que los niños y las niñas conozcan la geografía de lo que tienen -hasta
ahora- por su patria; y donde si los políticos –especialmente de gobierno- la
visitasen, mucho aprenderían –por simple percepción- de la generosidad, de la
solidaridad, del amor por el hombre y por la mujer y por la naturaleza, de esas
necesidades que de no ser resueltas a tiempo seguirán acortando la vida del ser
humano en el sufrimiento y la miseria que se padecen en la soledad y en el
olvido. Quería ver y dialogar con camaradas que llevan décadas luchando sin
escatimar esfuerzos y sacrificando la vida en la búsqueda de verdadera justicia
en la digna paz que se merece la humanidad entera.
En
vez de la alegría lógica y natural que produce un reencuentro, lo primero que
se produce es el dolor intenso de conocer que fuerzas revolucionarias y
hermanas –identificadas por el mismo ideal aunque se aprecien algunas
diferencias o disidencias en la teoría como en la práctica y que debe ser
natural para avanzar triunfante- se enfrentan entre sí como si el resultado de
sus combates decidiera el curso y el destino de la historia de su pueblo,
cuando en verdad lo que se hace es economizarle energías y recursos al enemigo
común de ambas. Sin inmiscuirme ni disfrutar del derecho a crítica sobre las
contradicciones internas del movimiento revolucionario colombiano, no puedo
negarme el intenso dolor que produce enterarse de camaradas muertos en combate
entre camaradas. Si siempre será maldita
la bala, que carente de principio de redención, quita la vida a un ser humano ¿cuánto de maldita será una bala disparada
por un camarada despojando de la vida a otro camarada?
La
historia es, entra tantas cosas, una sucesión permanente de generación por
generación donde cada una tiene un importante rol como deberes y derechos para
con todos los miembros de la sociedad y el futuro. Ya los niños y las niñas de
1992 son, actualmente, jóvenes mayores de edad. Muchos y muchas que conocí por
aquel tiempo están incorporados como combatientes a la insurgencia
revolucionaria colombiana; unos pocos, lo supe, prestan de manera obligada su
servicio militar en las filas de un ejército que por soberanía de su patria
obedece las directrices determinadas en el búnker donde se planifica en Estados
Unidos el intervencionismo en los asuntos internos de otras naciones para negar
el derecho a la autodeterminación de los pueblos; otros pocos han perdido la vida de forma muy prematura; y
otros pocos –contados con los dedos de las manos- se han involucrado en las
líneas de los hacedores de guerra sucia contra sus propios hermanos y hermanas de
clase y de campo. Más ahora que antes andan numerosos niños y niñas en los
predios por donde se desplaza la insurgencia colombiana; mucho más ahora que
antes existen niños y niñas completamente carentes de protección de políticas
humanísticas (educación, salud, recreación) que deberían ser de obligatoriedad
sagrada del Estado para con su infancia asegurándoles porvenir, como también para
sus ciudadanos y ciudadanas fomentándoles una mejor y más digna manera de vivir
en sociedad. En la medida en que la globalización capitalista salvaje extiende
sus garras o tentáculos de dominación sobre naciones o pueblos, más se verifica
el rostro de la miseria, de la muerte, de la tristeza, del dolor, del desprecio
y del egoísmo para que reine la minoría sobre la mayoría. Se supone, por la
simple razón de la misma vida humana, eso debería impulsar a la unificación de
esfuerzos, de energías, de capacidades, de hombres y mujeres, de recursos y de
sentimientos, para combatir –con probabilidad real de victoria- las tropelías
de los gobernantes enemigos acérrimos de los pueblos, de la verdadera justicia,
de la paz con dignidad, de la libertad y de la solidaridad.
Los
niños y las niñas, aun cuando viven y se desenvuelven en medio del tableteo de
las armas de la guerra; no poseen la menor noción de la concepción materialista
de la historia, nada saben de idealismo filosófico aunque ya hasta creen en la
existencia de Dios; nada conocen de la contradicción entre trabajo y capital
aunque sus ojos miren a su padre de sol a sol trabajar la tierra o su madre
metida de pies a cabeza entre el humo del cocinar con fuego de leña; lo mismo
les resulta que un bien sea mercancía o sea producto con tal de probar un
bocado para sobrevivir en medio de los rigores de la miseria y de la violencia.
Conocen, a penas, la tierra, las aguas, los árboles, los animales y no pocos
desconocen el peligro de molestar a la serpiente. Creo, si no me equivoco, de
lo que más saben es del cariño de la gente que no les hace daño como también el
terror o miedo cuando escuchan la eterna oración de la violencia en Colombia: “Vienen los paras o el ejército”. Si
miento, por esos mismos niños y niñas, que me pulverice un rayo venido de la
mano del Diablo y no de Dios.
Con
esos niños y niñas conversé largos ratos de tiempo en sus reducidos espacios.
Sonríen, por encima o por debajo de la miseria y del dolor, ante cualquier cosa
que les parezca una gracia de adulto o les impresione el esquema de su
imaginación; rodean al “extraño” como si estuviesen ansiosos de conocimiento o
de información veraz. Sin embargo, como para buen entendedor pocas palabras, es
fácil captar que detrás de esas ansias de algo conocer se deja ver, como
piedras bajo las aguas de un límpido riachuelo, la esperanza de buena vida que
desean todos esos niños y todas esas niñas vivir sin que haya un solo disparo de las armas de la
guerra.
Todos
esos niños y todas esas niñas, lo juro que es la verdad, creen –respetándoles
su ignorancia- que Chávez es su tío. Preguntan por él como si hubiese vivido
con ellos y ellas y ellas y ellos con él. Creen, y eso produce en uno cierto
nivel de nostalgia por lo que de utopía posee, que Chávez es el tío que les va
a solucionar sus niveles de miseria y dolor llenándolos de justicia y paz y recreación.
Ellos y ellas –niños y niñas- no conocen las realidades de las fronteras ni las
limitaciones que éstas interponen a los pueblos entre sí para diferenciarlos y
no se entiendan y se traten como hermanos y hermanas. Piensan, en su verificado
estado de ingenuidad para no utilizar más el despreciable término de
“ignorancia”, que lo que se está haciendo en Venezuela vale también para
traspasar los hitos como si todos fuésemos un mismo pueblo y todos y todas –de
acá y de allá- resultan obteniendo beneficios por igual del bien y no del mal.
Conocen
mucho más, sin que nunca lo hayan visto ni tratado personalmente, a Chávez que
al presidente Uribe. Si esto a nadie parece creíble, baste con penetrar no unos
pasos de adelante hacia atrás sino de atrás –regiones alejadas- hacia delante
–regiones cercanas- a las fronteras entre Colombia y Venezuela para que la
verdad desnuda haga comprobar la autenticidad de este testimonio.
Me
preguntaron “¿Cuándo viene a vernos el
tío Chávez?”. Como no podía asumir una vocería que no me está permitida, se
me hizo un nudo en la garganta para luego dejar escapar algunas palabras para
decirles, no sin antes pensar en todo cuanto podía implicar una mentira piadosa
como frustración de un sueño infantil, que a lo mejor pronto los visitaría,
hablaría con ellos y con ellas, y en ese momento podían plantearle sus
inquietudes. Tal vez un prolongado engaño, sin duda, sin la intención de
arrancarles de un solo tirón su inocente esperanza o el sol utópico de su sueño.
Pero ese fue un momento en que más me convencí que no sólo el socialismo es la
única alternativa de salvación del mundo para terminar por siempre con todos
los rasgos de la esclavitud social, sino que para hacerlo realidad debe llegar
ese instante en que los pueblos ¡arrechos!
se dejen de pendejadas y rompan con todos los hitos que demarcan fronteras y
lleven la solidaridad revolucionaria hasta el último rincón que se encuentre
más apartado de la civilización en la tierra o donde exista aunque sea un solo
ser que viva infelizmente. Será ese momento, entonces, cuando todos los niños y
todas las niñas del mundo resulten tratados y queridos como los hijos y las
hijas de todos los padres y todas las madres del mundo. Ese es el comunismo
aunque a muchos o pocos les desagrade ese término por el color rojo que lo ha
simbolizado.
Los
niños y las niñas, por último, me solicitaron que hiciera una Carta, en nombre
de ellos y de ellas, dirigida a Chávez planteándole sus necesidades y la
solución de las mismas. En eso sí me comprometí por una simple razón de
complacencia a esa voluntad inocente que me resultaría una bofetada a la misma
decirles que ¡no! No tengo facultad
de profeta, pero, sin embargo, creo tener conciencia de que la diplomacia
burguesa se fundamenta en mezquinos intereses económicos y no en la
satisfacción de las voluntades mayoritarias de la humanidad. Además, tampoco
permite que ese género de cartas resulten efectivas cuando de por medio están
una fronteras que mientras el mundo no se proponga la construcción del
socialismo están destinadas a respetarse por ciertas normas internacionales que
a los ojos de cualquier revolucionario son despreciables, pero que al fin y al
cabo hay que respetarlas. Y, por otro lado, existe una oligarquía colombiana
que tiene el poder político en sus manos que defendiendo sus intereses
económicos hace creer que defiende las fronteras de Colombia, y pegaría el
brindo al cielo protestando si el gobierno venezolano se ocupase de aplicar
políticas que lleven justicia al pueblo colombiano en su territorio sin el
pleno convencimiento de las autoridades elegidas por la mayoría de los que
votan en la elección presidencial colombiana, sea fraudulenta o no; y, acá en
Venezuela existe una oposición que desplegaría de manera mediática una campaña
acusando al gobierno de Chávez de injerencia en los asuntos internos de
Colombia. Así es la diplomacia burguesa, por eso el mundo evidenciará su
decisión de transformarse cuando se rompa con esa diplomacia privada y empiece
hacerse pública, es decir, cuando intervengan los pueblos de forma decisiva en
todos los asuntos que correspondan al ejercicio de la solidaridad internacional
como la fuente más próspera para poner el mundo a caminar patas abajo y deje de
andar para siempre patas arriba como lo ha hecho hasta la actualidad.
Cuando
tocó despedirme de esa región para ir a otra, surgió ese hecho de los
sentimientos que no puede describirse con las palabras. Mejor lo callo. Sólo
digo: por los niños y por las niñas del
mundo es imperioso construir el socialismo para que ellos y ellas –avalados por
las ciencias- gobiernen este planeta y lo llenen de flores para felicidad de
todos y todas las personas que lo habiten.
Siguiendo
el viaje, al llegar a otra región ya no los niños ni las niñas sino campesinos
adultos me preguntaron ¿Qué opina del
conflicto entre las FARC y el ELN? Luego de un breve tiempo de mudez o de
silencio meditativo o reflexivo, simplemente respondí: eso duele, duele mucho, tal vez a ustedes más que a nosotros, pero
duele. Todo lo que ustedes puedan hacer para que cese ese conflicto, respetando
la autonomía o independencia de las FARC y el ELN, será premiado por la
historia de Colombia y también la nuestra. Si París bien vale una misa, la
unidad de los revolucionarios colombianos o de cualquier nación del planeta,
bien vale no una misa sino todas las misas de los pueblos que despiertan su
conciencia por la emancipación de toda la humanidad. No podía decir más
nada.