El
Papa Pío VII (Gregorio Luigi Barnaba Chiaramonti), bendijo y consagró en París
el 2 de diciembre de 1804 el alba del Imperio con la coronación de Napoleón en
majestad de Emperador. Con la misma devoción cristiana bendijo la caída del
mismo Imperio en Junio de 1815.
Cambronne,
inventando por derrota o catástrofe el término “Waterloo”, no vivió para
enterarse que con su grito anunció –sin querer o sin imaginárselo- el derrumbe
de todo un sistema europeo. Había mucho llovido el día anterior y el genio de
Napoleón no tenía entre sus cálculos –para ese momento- lo que el prolongado
llanto de las nubes afectaría las realidades de clima, terreno y estado de
ánimo de las tropas del Imperio. El Emperador nunca fue historiador, aunque
llegase a sus conclusiones políticas partiendo de premisas sociológicas, sino
simplemente un fundamental protagonista de la historia ganándose un
privilegiado lugar como genio de la guerra. Por eso, esas realidades que se
dedican andar bajo la protección de los secretos, cuando explotan se convierten
en una sorpresa imposible de controlar en su marcha desaforada para huir de un
destino que ya resulta insoportable. Una batalla no es cosa de hechicero ni
tampoco de los que desatienden todos lo pronósticos. Napoleón, además, fue
víctima del engaño de su guía, y éste
–siendo siempre el menos relevante en el ardor de un combate- no pocas veces es
el constructor de las tácticas perfectas que conducen a la conquista de la
victoria o de las imperfectas que llevan a la derrota.
Víctor
Hugo dice que “La batalla de Waterloo es un enigma; tan oscuro para los que la ganaron,
como para el que la perdió…” Si
Europa perdió, algo debió ganar el mundo; si Francia perdió, algo debió ganar
Europa; si París perdió, algo debieron ganar Roma, el Vaticano, Londres y otras
pocas grandes e importantes ciudades europeas a costilla de Francia. A lo mejor,
hasta ahora, sigue siendo un enigma que ya poco importa descifrar pero 33 años
después (1848) comenzó hacer su recorrido –como un fantasma- el “Manifiesto Comunista” bajo el ardoroso
fuego de la lucha de clases, deslindando para siempre el sueño hecho realidad
para el aprovechamiento burgués de la explotación y la opresión del hombre por
el hombre y el sueño de un nuevo devenir o mundo preñado en la entraña del
proletariado.
Víctor
Hugo, además, sostiene que Waterloo siendo el encuentro –hasta el momento
pudiéramos aceptarlo- más extraño que había tenido la historia fue una “Jornada fulminante, en efecto, hundimiento
de la monarquía militar, que con gran estupor de los reyes arrastró a todos los
reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra” Pero también creyó, el
distinguido literato, que Waterloo no fue más que un ruido de sables, porque la Alemania por cima del sangriento
Blücher (príncipe) tenía a Goethe y la
Inglaterra por cima de Wellington (capitán de tercera
categoría) tenía a Byron. Lamentablemente, sin estar desmeritando al excelso
escritor, ni Goethe ni Byron representaban la salvación –por muchos méritos que
poseen y perduran en el tiempo- ni de Alemania ni de Inglaterra y menos de esa
Europa (arrogante en la cultura intercontinentes) que vivió durante el siglo
XIX bajo las garras de dictaduras bonapartistas y monarquías que se sustentan
sobre la esclavitud de sus pueblos.
El
16 de junio de 1815 se bajó el telón, cayó el imperio de Napoleón I en una
batalla en que hubo más deserción y muerte que combate. Algún historiador que
pretenda especular el resultado de la batalla para engrandecer a Blücher o
Wellington por su victoria sobre la derrota del genio de Napoleón, incurriría
en una lisonja deformante de los hechos o de la verdad histórica. La misma
historia, que nunca pierde el hilo dialéctico de su memoria, para avanzar o
marchar con sus zigzags o sus flujos y reflujos estaba hastiada y rencorosa con
el imperio de Napoleón, el genio del arte de la guerra pero no de toda la
ciencia política.
Víctor
Hugo señala que el 18 de junio de 1815, analizando el imperio de Napoleón, el
grande y genio, que no podía perdurar más allá de sus desmedidos apetitos de
expansionismo y ansias de poder autocrático, “… se desmoronó en una sombra parecida a la del mundo romano expirante…”, pero agrega que su caída atrajo
nuevamente el abismo como en tiempo de los bárbaros, sólo “…que la barbarie de 1815, a la cual llamaremos por su apodo – la
contrarrevolución- tenía poco aliento, se cansó en breve y se detuvo… si la
gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio había sido la
gloria misma. Había derramado por la tierra toda la luz que puede dar la
tiranía, luz sombría; digamos más, luz oscura. Comparada con la del día
verdadero, es la oscuridad de la noche. Pero la desaparición de esa noche
produjo el efecto de un eclipse”
Si
Victor Hugo hubiese sido un sociólogo, tal vez, “Los Miserables” sería una
novela extraña de historiar. No por codearse con la realeza, no por haber sido par
de Francia nombrado por el rey Luis Felipe, no por haber apoyado la vuelta de
Luis Napoleón Bonaparte, no por haber sido diputado en la lista de los católicos
conservadores, se le puede objetar sus juicios sobre el 18 de Junio de 1815 o,
mejor dicho, sobre Waterloo. No olvidemos que terminó su vida abrazando la
causa de los comuneros de París de 1871. Eso es prueba de una verdadera
revolución en el pensamiento. Víctor Hugo, avanzó sobre la derrota de sus
primeras predilecciones políticas; en
cambio, los derechos europeos se valieron de Waterloo para retroceder y no
avanzar.
Vuelto
al poder Luis XVIII, como rey de Francia, puso a París en manos de los ultrarrealistas
un corto tiempo después de haberse visto obligado a firmar algunos principios
de la Revolución Burguesa.
Dice Víctor Hugo que “El año 1815 fue
una especie de abril lúgubre. Las viejas realidades nocivas y venenosas se cubrieron
de nuevas apariencias. La mentira se casó con 1789; el derecho divino se
enmascaró con una Carta; las farsas se hicieron constitucionales; las
preocupaciones, las supersticiones y los pensamientos ocultos, con el artículo
14 en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Fue el cambio de piel de las
serpientes”. En Viena a eso se le llamó Restauración.
Si
bien el 18 de Junio de 1815 fue, de manera definitiva, el eclipse del emperador
Napoleón Bonaparte, su imperio tuvo un gran significado para la historia
humana. Lenin dijo: “Las guerras
imperialistas de Napoleón se prolongaron durante muchos años, abarcaron toda
una época, mostraron una red extraordinariamente los movimientos de liberación
nacional. Y como consecuencia de todo ello, la historia se desarrolló a través
de toda esa época tan abundantes en guerras y tragedias (tragedias de pueblos
enteros), marchando adelante del feudalismo al <<libre>>
capitalismo”.