De entrada, unos camaradas
venezolanos, incuestionables camaradas, me dijeron que el ELN era un grupo
paramilitar y que la única organización revolucionaria colombiana, era las
FARC-EP. Utilizan, para tan nefasta conclusión sobre la primera organización,
unos argumentos que no resisten ni siquiera el leve ruido de un zancudo harto
de sangre. Que no quede duda alguna de que las FARC es una organización
revolucionaria, pero decir que el ELN es un grupo paramilitar está en la lista
de los exabruptos más ignominiosos que pueda escuchar el oído humano, es como
darle bofetadas a la verdad para que la mentira conquiste espacio donde nunca
debería tener cabida.
Maquiavelo, criticando algunas cosas
de príncipes, vivió y escribió para su príncipe ideal. Tal vez, de ello
aprendió el Diablo a imaginarse que la política es una ciencia de la intriga
para que la mentira sea un instrumento intrínseco del egoísta, de manera que
éste sitúe la verdad por debajo de las botas del zapatero o de los cascos del
caballo de Atila, olvidándose que en toda época habrá un Whitman haciendo
crecer la hierba, que es la verdad.
Las contradicciones existen no sólo
en la sociedad, sus clases, su Estado, sus estamentos, sus partidos políticos,
sus gremios entre sí y en su propia interioridad, sino también en la misma
naturaleza inorgánica e igualmente en el pensamiento social. Si llegásemos a
creer que entre organizaciones revolucionarias, que luchan por una misma
estrategia o fin, no se produjeran contradicciones, llegaríamos al terrible
estigma de creer en la perfección política sin darnos cuenta de los
persistentes latigazos que por la espalda nos propina la historia como castigo
a nuestra ignorancia. Y si llegásemos a creer que en una organización
revolucionaria no se producen contradicciones o disidencias, caeríamos en una
indescifrable imperfección que errando tras errando nunca nos permitiría
inventar para no errar. Lo que más enriquece una teoría o doctrina son,
precisamente, esas disidencias que se debaten en el campo de las ideas y hacen
conquistar la hegemonía en la esencia de los principios revolucionarios para la
lucha por la estrategia común. Lenin, por ejemplo, para llegar al bolchevismo -como
expresión de la ideología marxista - hubo, primero, que andar un difícil pero
próspero camino en la batalla de las ideas contra los que posteriormente de la
socialdemocracia se agruparon en el menchevismo. Si se hubiesen puesto a
dirimir sus contradicciones, dentro de la socialdemocracia, a tiro limpio entre
ellos, lo más seguro es que el grupo vencedor hubiese terminado aferrado,
exclusivamente, a la táctica del terrorismo espontáneo o de grupo. Dice
Mehring, que cuando Marx y Engels no coincidían en alguna idea, se encerraban a
producir su batalla de análisis hasta que llegaban a la precisión de conceptos
asumidos por ambos como propios. Esto no lo hacemos nosotros, hoy día, para
dirimir nuestras diferencias, sino que recurrimos a la descalificación, al
insulto, a los improperios, porque nos dejamos guiar por el ansia de ser
vencedor y no en buscar el entendimiento que nos identifique en la misma idea.
Esas cosas dichas atrás son
necesarias para comprender que no es con la utilización de las armas en manos
de los camaradas matando camaradas la metodología para resolver las
contradicciones entre camaradas. Si esto hacemos, en nada nos diferenciamos de
esos imperios, que por sacar ventaja en la repartición del mundo para
explotarlo y saquearlo, hacen guerras mundiales entre sí.
Existen dos cartas que debería ser
una obligación de lectura para los revolucionarios colombianos y todos los
revolucionarios que compartan la lucha del movimiento insurgente del hermano
país. Una, escrita de la mano del camarada Manuel Marulanda Vélez -de las
FARC-, y la otra, del camarada Milton Hernández -del ELN-, escrita unos pocos
días antes de morir víctima de una maldita enfermedad que se lo llevó demasiado
temprano de este mundo. Si bien ambos no coinciden en los análisis sobre las
raíces del conflicto armado entre las FARC y el ELN, sí lo hacen en la
imperiosa necesidad de ponerle fin mediante el diálogo franco y revolucionario.
Marulanda dice: “Si hemos hablado con
nuestros enemigos de clase, por qué no hablamos nosotros como combatientes por
una misma causa, aunque utilicemos métodos diferentes en el trabajo
revolucionario”. Milton, por su parte dice: “Si las FARC y el ELN en verdad
queremos seguir sirviendo a los interese de la patria y de las mayorías
nacionales, no debemos sacrificar de la noche a la mañana lo que hemos
conquistado en estas cuatro décadas, con sangre, heroísmo y esfuerzo. De
persistir en las agresiones y la arrogancia demostrada en algunas regiones nos
convertiremos en los mejores aliados de esa derecha paramilitar y criminal que
lleva años y años tratando de destruirnos sin conseguirlo. Paradójico y cruel,
pero cierto”.
Para Marulanda como para Milton,
ningún motivo es suficiente para que las manos de revolucionarios se manchen
con la sangre de revolucionarios. ¿Con cuáles palabras se podrían consolar a
los centenares de familiares que sus seres queridos, camaradas, han sido
víctimas de sus propios camaradas? ¿Y cómo explicarle a los pueblos y a la
historia esos hechos, donde se enfrentan, hasta matarse, los mismos
camaradas?